Réplica del cohete Safir en la plaza Azadi de Teherán/ Ferrán Quevedo

    1    2       Siguiente »

    Bajo la tormenta negra

    30 aniversario de la Revolución Islámica iraní

    Pablo Mediavilla Costa

    Tamaño de texto: A | A | A

             En The Musicman, una película prohibida que uno puede comprar en algunos puestos de la calle o ver en los autobuses de largo recorrido, el protagonista, un artista maldito enganchado a la heroína –verdadero problema nacional–, grita su desesperación por una juventud a la que ni las élites religiosas ni las económicas dan tregua. El 70% de los iraníes nació bajo la República Islámica, es decir, tiene menos de 30 años. Alí Lariyani, portavoz del Maylis –Parlamento–, afirma que “la juventud conoce los ideales de la Revolución. La gente puede pensar libremente y ver que el Gobierno no está bajo la influencia de fuerzas extranjeras”.

             Paseo con Saíd por el centro de Teherán. Es estudiante de filosofía y dramaturgo, aunque la escena teatral se haya venido abajo desde que llegó Ahmadineyad y no pueda invitarme a ninguna de sus obras. Quiere estudiar en la Sorbona, pero no tiene pasaporte y para obtenerlo tiene que hacer un servicio militar de 21 meses, al que está empezando a odiar. Su padre estudió de joven en Estados Unidos, en el Massachussets Institute of Technology (MIT), y su madre murió de cáncer cuando él era un niño. Fuma un cigarrillo detrás de otro. “La gente está deprimida y sale a caminar sin rumbo por las calles. No hay otra cosa que hacer”.

            Puedo escribir una historia de este lugar saltando de negro a negro, como un caballo de ajedrez. El petróleo que todo ha dado y quitado. El turbante de Jomeini cuando volvió de París y que designa a los sayyid o descendientes directos de Mahoma –en Qom son legión–. El vestido más ortodoxo de las mujeres, sombras andantes. Las banderas de las milicias islamistas. El verso del poeta nacional Ferdosi: “¡Ay, Irán! [...] desde la fecha en que los bárbaros, salvajes, toscos árabes beduinos vendieron a la hija de tu rey en el mercado callejero de ganado, no has visto un día luminoso, y has yacido sumido en la oscuridad”. Los ojos de los persas que sólo saben arrojar preguntas. Los trajes de los ministros que despedían al Sha y el propio traje de Reza Pahlevi rumbo al exilio. Las multitudes de hombres que se congregan en las mezquitas a llorar la muerte de Alí o a escuchar al Líder Supremo o a rezar, y que parecen un disciplinado ejército de la noche. El negro como celebración del sufrimiento, de la fe, de la muerte, de la rabia, del destino. El negro que engulle todas las luces y agujerea el encuadre de cada mirada. La tormenta negra que cayó sobre Irán en 1979 y que no amaina, ni perdona, ni olvida.

            Esperando a Godot. ¿La conoces?”, me preguntó Saíd cuando nos conocimos, antes de intercambiar nuestros nombres. “Este país es como la obra de Beckett. Todo el mundo  esperando algo que nadie ha visto”. Saíd se refería a la leyenda del Mahdi o imán oculto, un mesías que, según los chiitas, ha de llegar algún día; pero luego me enseñó cómo la metáfora encajaba en otros muchos asuntos. El que no reza y espera al Mahdi, piensa en la democracia o en beber una cerveza sin ser castigado. El que no aguarda el amanecer de un Irán nuclear, teme una invasión de Estados Unidos o un bombardeo de Israel. Otros buscan cartas, becas, pasaportes para salir de aquí o permisos para abrir un nuevo negocio. Una situación general de espera que lo tensa todo y deja suspendida en el aire la promesa, siempre aplazada, de que algo va a cambiar de un momento a otro.

             Ciro, un médico nacido en Adarbir, me cuenta en perfecto inglés que se pasó un año y medio de trámites para obtener la ciudadanía canadiense. Ahora está de visita en Irán. “He viajado por 45 países”, me dice orgulloso ante la mirada un tanto pasmada de los que nos rodean en el salón de un hotel de Shiraz, la capital económica del sur. Entre 1981 y el año 2000, 266.000 iraníes emigraron a Estados Unidos, 91.000 a Alemania y 62.000 a Canadá. El diario Iran Times publicó que, justo después del triunfo de la Revolución, cerca de 5.000 médicos y dentistas iraníes –muy considerados en todo el mundo– se marcharon del país y estimó que la riqueza que se fue con el conjunto de emigrados fue de entre 30.000 y 40.000 millones de dólares.

             La teocracia dejó escapar a muchos trabajadores cualificados, pero con el tiempo formó a otros nuevos –el sistema médico asistencial iraní es alabado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en uno de sus últimos informes– y cuando necesitó de conocimientos precisos, no dudó en importarlos. En 1988, después de la guerra contra Irak, el entonces portavoz del Maylis y más tarde presidente de la República, Alí Rafsanyaní, dijo que la contienda les había enseñado que “los acuerdos internacionales son sólo papel mojado” y apostó por conseguir armamento nuclear y biológico para hacerse respetar. Acababa de empezar una carrera científica y militar, más o menos encubierta, que llega hasta nuestros días y que se conoce con el ambiguo nombre de programa nuclear iraní.

             El padre de la bomba atómica pakistaní, Abdul Qadir Jan, fue señalado por los servicios secretos norteamericanos como el jefe de una red de venta de secretos nucleares a terceros países. Jan confesó que Irán era uno de los clientes de una lista en la que también aparecían Libia y Corea del Norte. Desde entonces, las suspicacias sobre el plan oficial de Irán para generar energía nuclear con fines pacíficos no han parado de crecer.

             El Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), dirigido por Mohammed El Baradei, publicó una nota el 19 de febrero de 2009 en la que anunciaba que “a menos que Irán aplique las medidas de transparencia antes indicadas [suspensión del programa de enriquecimiento de uranio, entre otras], de conformidad con lo pedido por el Consejo de Seguridad, el Organismo no estará en condiciones de ofrecer garantías creíbles sobre la ausencia de materiales y actividades nucleares no declarados en el país”. Es decir, el gobierno de Ahmadineyad sigue jugando al gato y al ratón con el OIEA, encargado de supervisar el cumplimiento del Tratado de No Proliferación Nuclear, del que Irán es firmante. El asunto nuclear es enrevesado, ya que, precisamente por ser firmante, Irán tiene derecho a disponer de energía nuclear y de asistencia para obtenerla.

    Compartir

    ImprimirImprimir EnviarEnviar
    Inicie sesión o regístrese para hacer comentarios

    © 2010 fronterad. Todos los derechos reservados.

    .