Bajo la tormenta negra
30 aniversario de la Revolución Islámica iraní
Pablo Mediavilla Costa
La casa donde vivió Jomeini está en obras. La van a reconvertir en un museo. Es austera y cuenta, como único lujo, con un patio y una fuente seca que debían ser una delicia cuando el sol cae a plomo sobre la ciudad. Muchos ojos y oídos se dirigían hacia este lugar cuando Reza Pahlevi cometía uno más de sus atropellos. Trato de imaginar a la multitud apiñada frente a la entrada, jaleando al imán, pero el asfalto con el que han recubierto la plaza Ruhollah Jomeini no me devuelve nada.
Vuelvo a Teherán por una magnífica autopista de cuatro carriles. La Policía nos para y multa al taxista por exceso de velocidad. Acto seguido, con el acelerador de nuevo a fondo, el papel es arrugado con desprecio y lanzado a un parabrisas lleno de multas. ¿Quién se atreve a detenernos en esta llanura rodeada de lagos de sal?, ¿a quién le importa que cada 19 minutos una persona muera en Irán en accidente de tráfico –la magia de las estadísticas– hasta llegar a 28.000 muertos anuales?
El paraguas negro de la contaminación se anuncia al fondo. Estamos entrando en el Gran Teherán, conectado con el centro por una red de metro modernísima, a la que le faltan estaciones para competir con el tráfico tradicional. Es mi última noche en Irán y estoy invitado a una obra de teatro. Un grupo de jóvenes actores va a representar Yerma de Federico García Lorca, y M., una actriz ya veterana que estudiaba en Berlín cuando estalló la Revolución, me espera en la puerta del Teatro de la Ciudad. M. viste el hiyab al límite de la incorrección y es abrazada y besada por amigos que se acercan a nuestra mesa en la cafetería. M. no volvió a Teherán hasta que el reformista Mohamed Jatamí llegó a la Presidencia en 1997 y ahora no encuentra palabras para decirme qué va a pasar con su profesión y con su país.
Entramos a la pequeña sala, los asientos se llenan enseguida y los últimos en llegar se despliegan alrededor del escenario, a ras de suelo y sin decorado. Empieza la obra y los actores pronuncian en farsi las palabras que un poeta escribió en un país lejano. Me detengo, una a una, en sus caras y en las caras del público. Las chicas no se quitan el hiyab y el vestuario de las actrices lo lleva incorporado de una manera muy sutil. En un solo día he viajado del Irán de Qom al Irán de un grupo de jóvenes haciendo y viendo teatro. Se acerca el final. Yerma es maniatada a una viga y el resto de actrices le lanzan tomates. Es una imagen insoportable y valiente.
Me despido de M. y de los actores. Les ha hecho gracia que sea español. Salgo a la atestada avenida Vali Asr y pienso en la Revolución, en Saíd, en esta ciudad impensable que nunca se acaba y que no me deja conocer su secreto, en qué pasará con todas las personas que he conocido cuando Irán sea atacado o revolucionado o reprimido de nuevo y, entonces, vuelva a poner los pies aquí. No llego a ninguna conclusión, es imposible hacer pronósticos. Pase lo que pase, siempre podré decir que se me aparecieron fantasmas de la guerra y vi morir a Yerma en el teatro nocturno de las calles de Teherán.
















