Platón no condenó la siesta
filosofía
Maite Larrauri
Ilustraciones Arnal Ballester
¿Un detalle sin importancia? Depende. Por una parte, son muchos los que piensan que la filosofía no se entiende, que a los filósofos les está permitido decir cualquier cosa, que es tan raro lo que dicen que te puedes encontrar con cosas sin sentido. Y las malas traducciones refuerzan esa mala fama. Por otra parte, la desconfianza en el texto que lees crece cuando te topas con algo así. Desde hace muchos años, desde el seminario sobre Althusser, siempre que puedo manejo junto con las traducciones españolas, traducciones italianas o francesas de los clásicos, cuando no soy capaz de leerlos en lengua original. Y, puesto que pienso que no soy la única en haber observado esas tropelías, la desconfianza deja en mal lugar al conjunto de las traducciones españolas.
Mi último ejemplo se refiere justamente a mi experiencia como traductora. De entre los pocos libros que he traducido, uno fue los Escritos de Londres de Simone Weil. Cuando el texto me fue devuelto, corregido y revisado por la editorial, pude comprobar que la frase “un colectivo no hace ni una suma” había sido sustituida por “un colectivo no forma ni una suma”. Obviamente el corrector de estilo había querido mejorar o embellecer la traducción, que en este punto le debió de parecer demasiado plana o literal. Y afortunadamente me percaté de ello.
Simone Weil repite hasta la saciedad que el pensamiento es algo individual. Que así como el trabajo físico puede hacerse en cadena, el trabajo intelectual, la reconstrucción mental de un argumento, se lleva a cabo en su totalidad, de principio a fin, en una mente individual. No se puede pensar colectivamente. Quien dice que existe el pensamiento colectivo confunde el pensamiento con la ideología, con la doctrina. Hacer una suma es una operación mental sencilla, pero una colectividad no podría ni siquiera hacer una suma.
La traducción “un colectivo no forma una suma”, de haberse publicado, se habría añadido al conjunto de cosas incomprensibles de las que se supone que están llenos los textos de los filósofos. Y no habría contribuido al conocimiento de una filósofa excelente como es Simone Weil.
¿Es posible que la debilidad teórica de nuestro país esté vinculada al hecho de que las traducciones de los clásicos sean tan horribles a veces? ¿A que sólo en contadas ocasiones existan traductores reconocidos de tal o cual autor y a que, por el contrario, la mayoría de las veces un autor sea traducido por diversas personas, que no respetan entre sí la misma terminología? ¿Por qué no existe una edición de bolsillo, barata, de clásicos en lengua original con el texto traducido enfrente?
La última vez que hice un seminario fue sobre Marco Aurelio. Tuvimos que pelear con diversas traducciones españolas, y sólo salíamos de dudas con la versión francesa acompañada del original griego. Sólo así podíamos saber si Marco Aurelio hablaba de pensamiento, alma, espíritu, inteligencia, entendimiento, o de qué. Cada versión empleaba conceptos diferentes, e incluso en una misma traducción se saltaba de un término a otro en casos en que el original empleaba siempre el mismo.
Que no se me diga que los traductores son tradittori, porque en los ejemplos de los que he hablado se trata más bien de falsarios. La responsabilidad también es de las editoriales, que pagan mal, que no les importa el rigor de la traducción, que no buscan especialistas en la materia para revisar la corrección teórica de las traducciones, que no se atreven a publicar con el texto enfrente porque piensan que no es rentable.
Estamos lejos de aquellos últimos años del franquismo, cuando leíamos con voracidad, sin entender apenas lo que leíamos. Quizá ha llegado el momento de que se fomente un acceso a los clásicos con más garantías: para ello, hay que revisar las traducciones, proponer nuevas, editar en bilingüe. Sería un modo de conseguir, para un futuro, pensadores creativos.










