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Atisbo a Fenicia el blog de María Iverski


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17 de marzo, 2017

Tiritos

 

Sorpresas en la vida aún te esperas unas cuantas, tu padre te dice que al final no eres hija única, el periódico obliga a entrar a cuatro patas en la redacción, el Líbano no peta ni con cinco guerras civiles alrededor…, pero otra cosa es cuando así, de repente, de buena mañana, te proponen ir a pegar tiros. Y no vas a decir que no, que para eso te viniste a Beirut y no a Luxemburgo. Por chula.

 

En el club de tiro se muestran estrictos: los psicópatas pueden entrar solo si son mayores de edad. El ejército inspecciona el coche cuidadosamente por si un sábado cualquiera a los diplomáticos se les ocurre la gracia de ir a inmolarse por ahí. Una chica que estudia español pregunta en el mostrador que qué armatostes quieres y cuántas veces vas a dispararlos. El esclavo prepara un capuccino de polvos a los extranjeros; no, no puedes meter el café dentro no vaya a ser que mates a a alguien del susto si se lo tiras ardiendo en un pie.

 

El lugar impresiona bastante, a mí claro, que le veía la pipa a Don Johnson en “Corrupción en Miami” cuando era pequeña y me la imaginaba solo como un accesorio más de un tío bueno en pelotas. Los machos campan a sus anchas como quien abre la puerta del frigorífico para ponerse una cerveza: saben posicionarse, cargar la metralleta, saben acertar en el blanco, manejan las balas como si fueran canicas, el mismo control de sus sentimientos...

 

Hay tanta munición que podrías pasarte un par de años dando positivo en un control del aeropuerto por manejo de armas. Yo miro, callo, no toco, y hago fotos para mandárselas a mis quinientas mejores amigas de Facebook por privado, que la discreción es lo primero. Cuando creías que el sonido de las pistolas retumbaba demasiado en la pequeña sala insonorizada entonces te sacude el zambombazo atronador de una ametralladora. No hay más, básicamente te has acojonado del susto. El corazón se acelera, otro disparo, venga, más tralla, otro, a darlo todo…¿diría algo Freud de la relación entre el tamaño del fusil de asalto y la impotencia? Plantearlo en las presentes circunstancias es ir pidiendo a gritos un balazo entre ceja y ceja.

 

Resulta curioso, pero si bien una siempre había pensado que le gustaría aprender a disparar, cuando llega el momento de la verdad me siento más sorda que mareada. Aún no hemos comido, la necesidad de comer es cosa de débiles y no de machos listos para matar. Mi instructor personal se sitúa a mi espalda, indica cómo debo plantarme, grita algo sobre como sujetar la culata y poner los dedos, me visualizo con los sesos desparramados en un callejón de Mosul antes de haber recordado cómo decían que había que colocar las manos correctamente…

 

El tío de al lado dispara ahora un cacharro que te impediría reposar hasta muerto. Una voz cálida y excitada pide prestar atención al blanco, me concentro, pienso en ese gesto amable de la mujer de Netayahu, en el Brexit, en la Infanta que nada sabía…Ni drogada podría disparar. Vuelvo la vista atrás en busca de una mano compasiva que me ayude a presionar el gatillo hacia el infinito. Suena un disparo, otro, hacemos una pausa. Por mi cabeza pasan las más vívidas imágenes, ahora sí que puedo ver un cuerpo agujereado tirado en el suelo, veo la cara aterrorizada de quien sabe que van a atravesarle la carne con un trozo de metal dorado, imagino los disparos continuados cuando ya es imposible dormir y el recuerdo omnipresente en la mente cuando has tenido la suerte de dejarlos atrás. En un momento de debilidad me gustaría impedir que un niño tuviera que escuchar algo así toda una larga noche pero me recompongo pronto ante la cuadrilla de gordos libaneses que pegan tiros en ese momento como quien come un shawarma. ¿Nadie ha organizado aún orgías en un club de tiro…? Un jovencito introduce con toda normalidad a su novia veinteañera en la sala, este es otro mundo, para follar existen otras opciones además de las copas.

 

Sin darme cuenta termina en mis manos un AK 47 cargado. Intento que mi hombro pueda dominarlo con firmeza, como si en mi puta vida hubiese logrado controlar alguna vez algo, pero hoy yo también soy un hombre con problemas de erección. Me retiro con la lección aprendida, hay que respetar las armas: ahora ya solo las colocaría como icono protegiendo el lecho conyugal.

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