Dorothea Lange / Corbis

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    La crisis oportuna

    Eduardo Costas y Victoria López-Rodas
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           La crisis que no se percibe. Apenas quedan reservas de alimentos para 40 días
    Sin duda, todavía queda suficiente margen de “reserva biológica” para que consigamos resolver la crisis únicamente con medidas económicas y consigamos volver a vivir como antes, siguiendo la senda insostenible del crecimiento. Pero hay un hecho, en términos económicos, también incuestionable: estamos viviendo muy por encima de las posibilidades de nuestro pequeño y limitado planeta; y ya se sabe cómo finalizan las historias donde se gasta más de lo que se gana, primero se recurre al crédito que inexorablemente nos llevará a la bancarrota.

           Los parámetros de gasto –es una simple cuestión matemática- nos indican que tal vez podamos mantener el estilo de vida basado en el actual crecimiento como mucho durante 2 ó 3 generaciones más. Después se acabó. La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) dio la alarma ante lo que considera una auténtica crisis global para sus dos grandes campos de actuación, precisamente la agricultura y la alimentación: durante los últimos años se ha producido un continuo y preocupante descenso en las reservas de alimentos de la Humanidad. En este sentido, en 1985 teníamos almacenados alimentos suficientes para dar de comer a la humanidad durante algo más de 100 días; 20 años más tarde nuestra reserva alimentaria era sólo de la mitad. Hoy apenas quedan reservas para 40 días.

           Desde su concepción antropocentrista del mundo, numerosos políticos y economistas pretenden convencernos de que tenemos un dilema: elegir entre el crecimiento económico o la conservación. Tal vez la verdadera disyuntiva esté en elegir entre conservación o extinción. En todo caso vale la pena echar un vistazo a las cuentas de la Tierra de organizaciones como la ONU o la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN en sus siglas en inglés) y pensar que esta crisis podía ser nuestra gran oportunidad.

           En vista de la miopía general, del rechazo a cambiar los patrones de vida y de consumo que nos han llevado a la orilla de este acantilado, en vez de a replantearnos de modo radical las bases de nuestro sistema hemos optado por volver a posponer hasta la próxima crisis las decisiones que ya empezaban a ser demasiado tardías esta vez.

           Tal vez hayamos perdido nuestra oportunidad, el último tren. Sin ánimo de ser más alarmistas de lo estrictamente necesario, estamos abonando a marchas forzadas nuestra catástrofe. La crisis era una oportunidad. Soñamos con volver a crecer y así olvidamos lo que podíamos haber hecha esta vez. Veremos cuánto tiempo tarda la Tierra en cobrarnos esta última letra funesta.

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