Una fan de Silvio Rodriguez ondea la bandera cubana en el concierto de Carnegie Hall. Nueva York 2010/Cordonpress

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    Silvio en el Carnegie Hall

    Gonzalo Sánchez-Terán

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    Que en aquel tiempo la lucha fuera justa, que los ideales fueran altos y bellos, que el enemigo fuera y sea poderoso y vil, ¿hasta cuándo justificó la opresión, la mella de derechos en Cuba? Ni el pasado ni el rival pueden dictaminar la ética personal o colectiva: la justicia de nuestros actos la definen sus destinatarios, en presente, hoy. El ayer es buen maestro pero mal inductor; el contrincante es el impulso, jamás la coartada. Quienes defienden al régimen de los Castro son como quienes defienden la dictadura de Franco, perpetran argumentos contra el vínculo que sobrenada cifras, siglos e ideologías, la otorgadera columna vertebral de nuestra especie: la libertad. Los militares que tomaron el poder en Cuba hace cincuenta años cometieron el error central: pusieron la poesía al servicio de la revolución en lugar de la revolución al servicio de la poesía. 

           Cuba ya no es una metáfora de nada, no es un símbolo de nada: es una desventurada isla empobrecida con un gobierno inmundo, pomposo y vacío. Pese a lo que sus estridentes críticos afirman sus constantes violaciones de los derechos humanos no la convierten en uno de los peores países de la Tierra y sus índices de desarrollo son en muchos casos más que aceptables. Cuba no es un infierno: tras medio siglo de consignas y soflamas esto es lo mejor que se puede decir de la Revolución. Cuba es, simple y tristemente, una pena.

           Su estatura en el planeta no se la concedía su grandeza moral sino el tamaño de su estúpido y criminal vecino del norte: los Estados Unidos. Contra Goliat hasta el más miserable es un David. Durante decenios el mamut norteamericano, mediante un reguero de embargos inútiles, intentos de asesinato, conatos de invasión y leyes inicuas, mesianizó a un autócrata como Fidel Castro haciendo levas de espíritus en su favor. Tan desesperante como escuchar verdades en la boca de un terrorista como Osama Bin Laden fue reconocer la evidencia de que el Comandante tenía razón en parte de lo que decía a lo largo de sus inacabables disenterías verbales. La mayoría de los presidentes de Estados Unidos deberían haber sido juzgados por crímenes contra la humanidad; todos tendrían que haber sido condenados por imbéciles, por no comprender la verdad primera: es posible derrotar a tu oponente por las armas, pero la victoria sólo se obtiene cuando lo dejas sin argumentos. 

           Barack Obama es el primer mandatario estadounidense en media centuria que ha entendido esta máxima. Desde que asumió el poder se ha propuesto desmartirizar a Cuba, minando de este modo los ya podridos cimientos de la Revolución. Poco a poco, como en el juego de los palillos chinos, le va sustrayendo exclamaciones al discurso antiimperialista de los Castro. Su última decisión ha sido la de conceder a Silvio Rodríguez el visado para entrar en Estados Unidos. Sus antecesores veían compatible autoproclamarse los líderes del mundo libre y al mismo tiempo impedir que un cantor desarmado interpretara sus canciones ante el público estadounidense que libremente quisiera acudir a escucharle porque sus ideas eran contrarias a las de Washington: es normal que durante décadas muchas personas desconfiaran del país más poderoso del planeta cuando se le llenaba la boca con la palabra libertad. Obama, en el mes de mayo, maridó realidad y principios.

           La última gira de Silvio Rodríguez por Estados Unidos databa de 1980: han pasado treinta años -¡aún se presentaba junto a Pablo Milanés!-. A partir de entonces todas sus peticiones de visado fueron rechazadas: Reagan primero y los Bush y Clinton después consideraron que era peligroso permitir a la voz de la Revolución cantar ante sus posibles votantes. Silvio es el artista más internacional del régimen. Ha sido miembro del Parlamento cubano y aunque en ocasiones haya deslizado levísimas críticas a su gobierno es conocido por su defensa inquebrantable de Fidel y su obra. Algunas páginas de Internet ligadas al Partido Republicano y a la diáspora cubana anunciaban su llegada a Nueva York como el advenimiento del Anticristo. Yo tenía una entrada para su primer concierto: iba a ser en el mítico Carnegie Hall, en el corazón de Manhattan, el 4 de junio. Aquel viernes terminé mis clases y bajé corriendo las pocas manzanas que separan la Universidad de Fordham del hermoso auditorio donde tocaron Tchaikovsky y los Beatles. El aire estaba predispuesto para una noche encalabrinada de historia y política.

           Los rostros del retén de policías tornasolados por las luces de sus coches protegiendo la entrada del Carnegie Hall parecían corroborarlo. Sin embargo al abrirme paso descubrí que los manifestantes que protestaban contra la presencia del cantante en Estados Unidos eran seis ancianos con dos pancartas más bien pequeñas: seis, dos señoras y cuatro hombres. Ninguno de ellos tenía menos de setenta años. Enfurecidos gritaban: ‘¡Silvio, asesino!’, o también, ‘¡Silvio, embajador de muerte!’, en español y en inglés. La policía los miraba al soslayo, con gesto aburrido. Los turistas y algunos asistentes les hacían fotos: una japonesa le pidió permiso a la más vocinglera para retratarse con ella; la vieja exiliada interrumpió sus imprecaciones y atendió a la agradecida oriental. Aquellos viejecitos invitaban a la conmiseración antes que a la complicidad o la réplica. Nadie les prestaba atención: sobre todo el presente de indicativo.

           Mi amigo Brendan me había conseguido una entrada en el último anfiteatro de la sala de conciertos: es un recinto más vertical que amplio, con una sonoridad espléndida. Cuando Silvio apareció en el escenario el Carnegie Hall prorrumpió en aplausos. Desde el primer momento la gente empezó a corear su nombre y a solicitar canciones. También se oyeron los gritos de rigor: ¡Viva Fidel!, y el clásico, ¡Viva Cuba! Me entretuve en contar el número de veces que escuchaba esos vivas: fueron ocho. Y quizá me equivoque, pero siempre las gargantas que los pronunciaban parecían pertenecer a personas mayores: retumbaron tras los primeros temas, luego desaparecieron. Por increíble que resulte en un concierto de Silvio Rodríguez en ‘la capital del imperio’, aquellos gritos sonaban, no sé, fuera de lugar, anacrónicos. Al mirar a mi alrededor comprendí por qué.

     

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    Esta bellísima crónica me ha trasladado al mágico concierto de Silvio en la Isla de la Cartuja, en Sevilla, hace tres años.
    También hace más de un cuarto de siglo que las primeras canciones que conocí de Silvio comenzaron a acompañar mi vida. Las noches en que cantaba sus canciones con buenos amigos, en las playas de Huelva o en Andahuaylillas; los amores imposibles; la lírica del compromiso... todos esos momentos se arremolinaron en la garganta en el concierto sevillano y brotaron de mis ojos rodando por la cara mientras la era estaba pariendo un corazón.
    Ojalá, que la mezquindad de tanto líder del mundo libre y tanto revolucionario del pleistoceno dejen paso pronto a una Cuba libre, feliz y llena de belleza. Como la poesía y la música de Silvio. Ojalá que este concierto haya sido un signo de eso.
    Gracias otra vez por esta belleza de crónica

    Si alguna vez quieres ver un país que es una verdadera pena te invito al mío. Incluso los médicos cubanos que colaboran en el hospital de mi ciudad te podrán explicar cuál es la diferencia entre libertad y libertad (Burkina Faso es un país libre, no como Cuba, tiene elecciones 'democráticas', periódicamente, aunque siempre las ganen los mismos). Ellos y yo, en nuestra demagogia, no entendemos la muerte, el hambre y la miseria en aras de la 'libertad'. Nunca podremos. Hay cosas mucho más sagradas para la vida (que suele ser, más bien, la muerte) de los hombres que esa 'libertad'

    Qué hermoso análisis y que post tan cierto, espero...Gracias

    Qué hermoso post y qué análisis tan cierto, espero.... Gracias.

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