La crisis alimentaria
Mayte Pérez Báez
Ilustración Pere Ginard

En 2007, en Estados Unidos, se emplearon 138 millones de toneladas de maíz para la producción de bioetanol, es decir, un tercio de la cosecha anual del país. El argumento de los políticos es luchar contra la degradación del clima y la excesiva dependencia del petróleo proveniente de Oriente Medio y de otros “puntos calientes”. Pero obvian el derecho fundamental, el derecho a la vida y a la alimentación de las personas. Si se retiran del mercado 138 millones de toneladas de maíz para fabricar agrocombustibles destinados a los automóviles norteamericanos, se provoca una explosión de los precios de la alimentación básica en el resto del mundo. A principios de 2008 miles de agricultores se manifestaron en México contra un incremento del 60% en el precio de las tortillas. A causa de los subsidios del gobierno estadounidense, los campesinos mexicanos dedicaban más hectáreas al maíz para biocombustible que para alimento, lo que facilitó que los intermediarios especularan y aumentaran los precios. La expansión de plantaciones para la producción de bioetanol también avanza en Guatemala, donde los agroindustriales están acaparando las tierras para la siembra de palma africana y caña de azúcar.
Conclusiones entre gritos de alarma
Jean Ziegler considera imprescindible acabar con la especulación de los alimentos básicos, cuyo precio no debería estar sometido al negocio en las bolsas de valores, sino quedar fijado mediante acuerdos internacionales de compraventa directa entre países productores y consumidores.
Gran parte de ONG y diversas organizaciones están luchando contra la transformación de alimentos en biocombustibles. Ziegler apunta que éstos deberían producirse a partir de desechos agrícolas no alimenticios en lugar de emplear vegetales de consumo humano, sin destruir los cultivos que han de emplearse para el sustento de la población. Con ello, rechaza que la dependencia del transporte que domina en el Norte se atienda a costa de la muerte de millones de personas del Sur. Y plantea que habría que exigir a nuestros gobiernos una modificación en las políticas agrícolas: que se evalúe el impacto de los biocombustibles sobre los derechos económicos y el medio ambiente; que se produzcan desechos agrícolas a partir de plantas no alimenticias o de restos vegetales, en lugar de emplear cultivos, para así evitar la explosión en el precio de los cereales y el agravamiento de la situación de hambre en el mundo.
Ziegler criticaba a los principales países productores de biocarburantes, Brasil y Estados Unidos, pero también a la Unión Europea que fijó en 5,75% la parte de los agrocarburantes de la energía utilizada para los transportes de aquí a 2010 y en 10% de aquí a 2020. Y llegaba a proponer que se contemplara la figura de los refugiados del hambre en los tratados internacionales, y que se reconociera un "principio de no-expulsión provisional" para las personas migrantes amenazadas por el hambre. Sin embargo, el gobierno socialista de España nuestro gobierno socialista no ha cuestionado la directiva europea que obliga a que, en 2020, al menos el 10% del consumo de energía sea de origen vegetal y no fósil.
Estamos agotando la tierra. Según los botánicos, un monocultivo como la soja, que es altamente extractiva de nutrientes, en un sistema sin rotación produce el agotamiento del suelo. Además, el campesinado desempeña numerosas funciones de importancia ecológica, más allá de la mera producción de alimentos: es necesario su papel en la conservación del medio ambiente. Algunos expertos denuncian que se llegará a la descampesinación, [a] la supresión de un modo de producción para hacer del agro un escenario apropiado para la acumulación intensiva de capital. Tal transformación resultaría traumática para millones de personas cuya actividad campesina es mucho más que su actividad económica. Y sería necesario protegerlas con un difícil equilibrio en las ayudas europeas a la producción.
Conviene advertir que según la Organización de las Naciones Unidas para la agricultura y la alimentación, FAO, dentro de 15 años, los agrocombustibles supondrán el 25% del total de la demanda energética mundial y el incremento de precios se disparará. Los monocultivos y las simientes genéticamente modificados causan la desaparición de fauna y flora autóctonas. La utilización de pesticidas y fertilizantes de manera intensiva provoca daños en el suelo y el agua, destruyendo bosques y selvas. Países como Malasia o Indonesia han disminuido en un 20% su superficie forestal en pocos años. En la región amazónica, los monocultivos de soja, eucalipto y caña están provocando un constante desplazamiento de la frontera agrícola y cambios climáticos en la zona.
Cuando Josette Sheeran, directora del Programa Alimentario Mundial (PAM) de Naciones Unidas, anunció recientemente que la cifra de hambrientos había alcanzado la cifra de 1.020 millones de personas, advirtió que seguiría aumentando, ya que la ayuda humanitaria se encuentra “en un mínimo histórico”. Sin embargo, el PAM solo dispone de la cuarta parte del presupuesto necesario para dar de comer a los 108 millones de empobrecidos que dependen de él en 74 países. Las grandes potencias económicas mundiales hacen oídos sordos ante los gritos de alarma. Los burócratas que administran presupuestos multimillonarios argumentan que, debido a la crisis económica, no hay fondos para erradicar el hambre. Pero Sheeran asegura que bastaría con dedicar a la lucha contra el hambre menos del uno por ciento del dinero público invertido en ayudar a las entidades financieras durante el último año.











Comentarios
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dennykurian - Jue, 08/26/2010 - 14:13
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clark41 - Lun, 06/21/2010 - 09:08
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miguel.romero - Jue, 12/17/2009 - 20:08