`Ser y tener´/ Cortesía Le Studio Canal +

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    El cine que nos da la educación

    Natalia Díaz

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           Una película más reciente, que obtuvo la Palma de Oro en el Festival de Cannes es La clase (2008), del director francés Laurent Cantet. Está basada en el libro autobiográfico de François Bégaudeau, quien hace también el papel de profesor en la película. En ella, el mundo de la educación actual revela su cara más difícil: estudiantes adolescentes que se rebelan contra el profesor, mostrando un comportamiento manipulativo y desafiante hacia cualquier autoridad. Cantet ha escogido un escenario que, si miramos bien, puede que nos resulte más familiar de lo que imaginamos. Un barrio marginal, con alumnos procedentes de múltiples culturas y países, y contextos familiares a veces extremos Los alumnos y los profesores no son actores y previo a la filmación hubo un año de ensayos y prácticas de improvisación. Las clases eran reales y las discusiones abiertas. De esta manera, el documental filtra la película, que sin embargo, tiene un guión sólido que sigue a rajatabla. El espectador duda a menudo de si lo que está viendo es ficción o realidad y esto, claramente, es parte de la intención del director. Es decir, provocar una cercanía que a menudo roza lo incómodo, así como clavar en la conciencia una realidad ineludible: esto no es un cuento, esto es lo que ocurre en las aulas de nuestros colegios.

           Bégaudeau, el profesor, utiliza la palabra, no sólo porque sus cursos son de lengua francesa, sino porque es a través de ella, de los debates e, incluso, los enfrentamientos verbales entre él y los alumnos, como pone en práctica su método pedagógico. Se trata del diálogo y la incitación a la palabra, en un tira y afloja a veces agotador pero que él nunca abandona. Nos hace recordar una gran película de la década de los 60, Rebelión en las aulas (1967, James Clavell), donde un profesor (Sydney Poitier) enseña a un curso de adolescentes mal encarados. Por supuesto, los años han pasado y las diferencias entre unas generaciones y otras - 40 años después-  son grandes. Pero algo muy importante hay en común: la enorme paciencia y la constancia de un educador y el desafío y respuesta de los estudiantes. Dialéctica de la pedagogía cuyo objetivo es incorporar al alumno a un discurso de intercambio y voluntad de aprendizaje.

           Seguramente esta es la imagen fuera de pantalla que percute incómodamente en otra gran película de nuestra década, Elephant (2003), de Gus van Sant. No porque en las aulas –a cuyos cursos no asistimos- se esté poniendo en práctica ningún tipo de pedagogía, sino porque esos alumnos que pululan  por los pasillos sin nada aparente que hacer, que ven televisión y usan internet, que programan juegos terribles que quieren hacer realidad (la película está basada en los hechos ocurridos en 1999 en el Instituto Colombine, donde unos alumnos perpetraron una matanza), nos hacen preguntarnos qué tipo de educación está llevando a cabo nuestra sociedad y nuestras instituciones. El elemento terriblemente perturbador de la película es, precisamente, la normalidad con que todo ocurre. Y si el mensaje de esta película es todo entra en la normalidad, el cine en esta ocasión ha conseguido una función primaria: hacernos estremecer y reaccionar diciendo “No, esto no puede ser. Esto no debe ser”.

           En este sentido, resultaría interesante hacer una comparación entre cierto tipo de películas, construidas principalmente en la factoría estadounidense, y las que nos brindan directores de otras geografías

           El cine norteamericano ha tenido siempre muy presente en su vasta producción la dramaturgia clásica del guión. El protagonista es un héroe con todas las de la ley que se enfrenta a cuantos más obstáculos mejor para llevar a cabo su aprendizaje y catarsis personal. Aprendizaje y desarrollo van, pues, más ligados al protagonista, sea quien sea, que al mensaje sobre educación que se quiere transmitir. Esto puede observarse en filmes como Mentes peligrosas, El club de los poetas muertos o la más reciente Escuela de Rock (2008). Las aulas las llenan alumnos salvajes o indiferentes, a los que el profesor termina ganándose con todo tipo de triquiñuelas. El objetivo es domesticar, y el contenido queda en un segundo plano. Son historias de domadores de fieras y del proceso de amaestramiento. (Vocablo que aunque viene de la palabra maestro, queda por desgracia deformado en su uso ya que no resulta claro que uno pueda amaestrar en la libertad y para la libertad, que es lo que se espera de una buena educación.) Este objetivo, en principio no implica ningún discurso sobre la educación. Se trata básicamente de ver quién gana. O la ecuación habitual de protagonista (profesor), más objetivo (ganarse el sueldo, reto personal...), más obstáculo (la clase), igual a “superarlo para salir bien librado”. Sirve para la narrativa del cine, pero no queda tan claro si aporta realmente al tema de la enseñanza... En Escuela de Rock, el improvisado profesor de música va a encauzar a sus alumnos hacia los placeres del desfogue y disfrute musical hasta convertir su clase en una banda de rock. Pero él no tiene ningún discurso sobre la educación. De hecho, si no fuera por la música, seguramente no estaría enseñando nada a nadie.

           Algunas películas han entrado sin embargo por la vía alternativa del mentor y el aprendiz, que finalmente es la fórmula más eficaz para obtener resultados: un cara a cara, un  pulso en el que las dos partes salen ganando. O eso se supone. Dos buenos ejemplos serían El indomable Will Hunting (1997) o Descubriendo a Forrester (2000)

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