11 Octubre 2016

Humo rojo, Capítulo 12

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SEGUNDO ACTO

ROMA, VERANO DE 1863

 

 

 

Constanze

 

 

Arena que resbala, que se desliza entre las páginas; arena en volandas, flotando dentro de un haz de sol que enturbia el resto de azoteas de Roma. Con una campana –lejana, débil– se estremecen las tejas; los pies, de puntillas hasta entonces, se acomodan y me siento. No ha interrumpido la música –si acaso se ha solapado, la ha acompasado– del piano que continúo escuchando en mi interior. Cesa el repique, acaricio el libro abierto y al hacerlo parece que alcanzara a tocar la cúpula del Panteón. La ciudad, ésa a la que llaman eterna, aparece ante mis ojos truncada sólo a mi izquierda, por el muro de una casa más alta que la mía; como una tumba licuada, un horizonte ilimitado y opresivo. Roma no termina, pero tampoco existe en el futuro. Roma sólo fue.

 

No acertaste, no a la primera. Nunca me senté con ella, nunca consentí en mantenerme a su lado mientras tocaba. ¿Por qué no lo hiciste?, me digo. Lo sabes: repetir compases, jamás cambiar la partitura, recibir golpes suyos en los dedos, cuando me equivocara; pensaste que se trataba del aprendizaje de una dama. No el tuyo, sin considerártelo en absoluto, el que proponían quienes esperaban que tu figura terminase por asemejarse a la suya, a la de tu madre. Los deberes del apellido. Y tal vez, así puedes reconocerlo delante del espejo, de veras te parezcas a ella.

 

Pulsaste una tecla –conoces dónde comienza la escala– y erraste. Esperaste una nota que sonó distinta. En el segundo intento funcionó y, a partir de esa sola primera nota, fuiste capaz de imaginar que, peldaños arriba, hasta el tejado, te acompañaba un Nocturno de Chopin. Interpretado sin limpieza, carente de virtuosismo alguno; cargado de una ternura que a veces te pertenecía, que era –que fue– legítimamente tuya, el mensaje de una madre hastiada y gélida que así te confiesa que ya no puede creer en nada, salvo en ti. El momento en que te convertiste en una esperanza ajena.

El libro que acariciaba lo había leído un día de finales de abril de hacía ya cuatro años. Un día, frente al mar. Mi madre y yo tomamos, las dos solas, temprano el ferrocarril hacia Civitavecchia. Abandonando las lindes de la zona portuaria, recuerdo el tránsito a una tranquilidad progresiva. La algarabía de barcos y estibadores se apagaba. Recuerdo unas termas rodeadas de plana campiña; mi madre pasó y yo esperé fuera. “¿Por qué no puedo ir contigo, mamá?” Me escoció la piel de la cara, del bofetón. Y recuerdo cómo nos sentamos luego en la arena, en silencio, durante varias horas. Ella no abría los ojos, estaba inmersa. Nos llegó un olor, uno inflexivo por cuanto debió evocar en mi madre para levantar aquella sonrisa suya, para sacarla –o quizás devolverla, si es que allí se encontraba el lugar donde pudo ser feliz– del pasado. Un horno haciendo pan. Se levantó y la seguí.

 

Pediste permiso, pero no esperaste a la contestación. Así actuabas, nadie te contrariaba. Tomaste de sus manos la pala y, con maña, empuñando el mango desde muy arriba a pesar del calor que desprendía, sacaste una hogaza. El panadero rió cuando la dejaste sobre un paño en la encimera de granito. Humeaba levemente pero partiste un pedacito –mientras él continuaba sacando el resto de panes, los que dejaste dentro del horno– y me lo diste a probar. Me hacías en casa un pan delicioso, mamá, tan bueno como aquél. Pagaste y salimos comiéndolo.

 

Paramos en un camino cuando sentimos que a nuestro alrededor el paisaje no podía mutar, que todos eran puntos intercambiables de una recta que partía un mar de flores amarillas que superaban la altura de mi cintura –la cintura de una niña de once años– y que debía continuar hasta Tarquinia. Nos detuvimos ante el único detalle que lo modificaba: un columpio. Era un lugar especial; abracé a mi madre pero enseguida se apartó de mí. “Monta”. Allí, en mitad de un prado incomprensiblemente atemporal, encontramos un columpio y me balanceé con el impulso que mi madre, aún riendo, me daba incansable.

 

En el trayecto de vuelta a casa desde el café dei Tedeschi y sin levantar con ello protesta alguna por mi parte, mi padre me llevó sujeta del brazo, por encima del codo. Él no apretaba, no me dejaría marcas. Se tragaba sus frases, nerviosas, antes de terminarlas; me hablaba de Emanuele y la bronca por las berenjenas, lo repetía una y otra vez. Pero no mencionaba en absoluto al señor Schivasi. Luego enmudeció. Se encerró en el despacho durante semanas con Antonio Marchese y, cuando salía, todavía parecía ausente. Y cuando Antonio dejó de visitarnos por una corta temporada, él siguió allí dentro.

Pasé yo, furtiva, más allá de ese umbral durante un momento breve, aprovechando que oía a mi padre debatir con Emanuele algún asunto doméstico en la planta de abajo. Para saber; quería ver qué podría haber que lo retuviera allí. Tenía sobre el buró dibujos, ¿podrían haber salido de su puño? Fachadas de casas muy distintas entre sí, de líneas geométricas y trazo inseguro. Había cientos de papeles; planos –estos sí, propios de un arquitecto– desplegados y anotados en las esquinas y hasta por el reverso. Escapé, porque lo instintivo era hacerlo, huir de un espacio que no me brindó el entendimiento al que aspiraba. ¿El orfanato? La prensa había difundido el proyecto, pero ¿qué le pasaba a mi padre? ¿Qué significaba aquello?

 

Espiaste –eso fue tiempo más tarde, cuando de manera consciente buscabas una llamada de atención sobre él, que despertara; admito para mí–  la mirilla tras la que el jardinero tomaba un baño. Te mantuviste firme, sin vacilar ni dejar paso al rubor. Registraste la imagen del muchacho, poco mayor que tú, desnudo; cómo frotaba la esponja por la axila y cómo el agua le escurría por el pecho y hasta el pubis. Esperaste que entonces ocurriera algo, que te interrumpieran. Pero no sucedió. Empujaste la hoja de la puerta hasta abrirla, te asomaste, comenzaron –ahora sí– los gritos y el alboroto que supusiste anteriores a haber llegado tan lejos. Caminaste directa hacia el despacho que abandonaba en ese instante tu padre. Habrías querido verlo atónito, deseaste que se enfadara, haberle podido replicar algo desde la posición de una verdadera mujer, que viera que lo eras y le doliese. Pero no dijo nada. Sentiste desprecio. Parecía asustado, aplastado. Te abrazó en silencio, temeroso incluso de asirte con excesiva fuerza. ¿Eso era él? ¿Mi padre?

 

La arena que el libro había albergado y voló arrastrada por el viento había añadido matices rituales al gesto, de maniobra de la memoria. Leo en el tejado, en ocasiones, para recordar: rememorarla a ella, traerla conmigo adonde mi vida empieza a perder su sentido. Exigirle que sea mi férrea guía. La auténtica, los granos de arena del recuerdo original, se perdieron la primera vez que poco después de su muerte volqué el contenido de las estanterías y abrí cada libro para leer frases sueltas y devolverlo luego al suelo. La vi caer y pareció natural, como si se sumara al resto de unas dunas que hubieran habitado mi cuarto, y sentí que lo que batía en mis ventanas era una brisa marina que olía como la de aquel día: a pan recién hecho; que ella estaba a mi lado. Que debía estarlo.

 

Tomaste de su sepultura un puñadito de tierra, me repito como si tuviera que recapitular. Lo has hecho cada vez desde entonces, cuando periódicamente has acudido sola al cementerio del Verano a rezarle. No mediante oraciones, sino tornando los papeles, leyéndole tú. Has guardado ese montoncito, cerrado las cubiertas y vuelto a casa.

 

He bajado del tejado y soltado el libro. No suena ya, el piano. Quiero asomarme a los pies de Roma, para dejar de distinguirla. Perderme. Atravieso ahora la cancela del jardín y una vereda que se abre hasta la calzada de la vía del Corso. Otra recta; y a ambos lados, el mármol blanco y el revestimiento ocre de los edificios dejan de serlo para mí, aquel camino vuelve a desplegarse entre las flores amarillas. Al fondo no están las iglesias gemelas, la plaza del Popolo. Hay un columpio. Y mi madre en él; en un lugar que sin serlo –sin adoptar sus formas, sin mutar– sólo puede ser la ciudad de donde ella vino y adonde yo debo dirigirme: París.

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