02 Agosto 2013

Capítulo 28 y último. Abajo está el mar

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Hace tiempo que escribo desde la casa del acantilado. Abajo está el mar, ese animal salvaje y camaleónico que lame con fuerza las descomunales rocas cubiertas de mejillones negros, a cada momento las tapa con su lengua de espuma y luego se retira incansable para volver a hacerlo. 

 

Llegué a este lugar por carreteras comarcales, bajo un cielo flácido de nubes anodinas, transitando por pueblos que, asomados a la carretera, veían cruzar los coches. Las noches las pasé acurrucado en la oscuridad del asiento de atrás oyendo Radio Nacional de España y algún ladrido lejano, en sitios apartados, escondidos, donde quedan abandonados los condones.

 

Una de aquellas noches, una nube con forma de cabra llevó encima, por un instante, la luna llena de neón blanco.

 

 

Dejé atrás carreteras de piel negra, y grises como feroces tiburones, tristes, y solitarias. Vi gatos aplastados sobre el asfalto y perros perdidos. Rodeé, avancé por caminos de tierra que cruzaban campos de hierbas secas y levantaban polvo de cacao. Observé casas solitarias y distantes, miradas, y árboles que deseaban irse. Me llamaron la atención humos de chimeneas, bosques oscuros que devoraban al sol, altos horizontes con senderos ondulados de cruces eólicas, algunas batían con sus largas aspas las nubes, y entonces  las montañas se cubrían de nata  blanca.

 

Pasé de largo horizontes grises, cielos como mesas vacías. Vi titanes allá arriba, nubes repletas de árboles negros, y me asombraron los rostros de las nubes,

 

 

disfruté de momentos de luz en la pradera azul del cielo, donde las nubes-cabras se alimentaban.

 

 

Contemplé con admiración y temor a los seres y demonios que habitan en las hogueras, a las criaturas de los cañaverales.

 

 

 

Parte del camino lo hice con la lluvia que rezaba en el cristal, los limpiaparabrisas creaban la forma de un sol donde rayos de pequeñas gotas se iban expandiendo y subían hacia los lados.

 

Hice el viaje de este modo porque así les sería más difícil seguirme. Debía esconderme y cuanto más lejos mejor.

 

Casi siempre tuve poco tráfico, una camioneta por un tiempo me vino siguiendo, la despisté metiéndome por entre las estrechas calles de uno de los pueblos. En el viaje me acompañaron mis frascos, las fotos, un mapa de carreteras y los postes de la luz, con sus cables negros que navegaban en el aire, cuerdas de guitarra que cortaban el cielo.

 

 He tirado hace tiempo la caja por el acantilado, la vi caer volteando, tropezando en las esquinas de las rocas, volviéndose cada vez más pequeña. Cuando se estrelló contra el agua, por un segundo creció la espuma, luego flotó unos instantes y, por último, fue engullida  por el mar. Estará en el interior de su estómago de formas que cambian, de verdes veroneses, de azules y violetas.

 

También he roto parte de las fotos y se las di al viento. Las llevó en sus manos durante unos minutos, mar adentro. No las he vuelto a ver, ni siquiera al día siguiente, entre las grietas de las rocas donde se esconden los cangrejos de Picasso.

 

Ahora miro a través de la ventana el camino sinuoso de tierra que se dibuja entre hierbas y tojos, pinceladas cortas, amarillas. No veo a nadie, solo, de vez en cuando, me trae el viento el sonido del canto de un gallo ¡socorro... socorro... socorro...!

 

Detrás de la casa no hay nada, el acantilado y el mar. Aquí estoy a salvo para siempre. No bajo al pueblo a por comida, me alimento de las formas de las nubes que van pasando.

 

Hoy el mar está en calma. Bajaré, pero con cuidado, a través del acantilado a por el pan. Las olas que vienen son barras que se deshacen en migas sobre las rocas oscuras.

 

 

 

 

FIN

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