04 Junio 2014

El último dogo

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El presente texto es copia literal de una carta manuscrita de Contarini hallada en su escritorio el día que falleció. Aunque hay algunas alusiones personales, no se sabe a quién iba destinada. Como otras pertenencias suyas, el original está depositado en el archivo del monasterio armenio de San Lazzaro, donde puede ser consultado.

 

 

 

            Malas noticias, amigo mío. Se cumplieron las peores previsiones. Dos o tres meses, cuatro a lo sumo. Eso cree el doctor. “Lástima que no acudiera antes a mi consultorio, podría haberse salvado.” 

He encajado bien el golpe. A mi edad uno sabe que cualquier exploración puede ser desastrosa. Sería ridículo sorprenderse por ello y más aún rebelarse como si la muerte de un anciano fuera una injusticia. Pronto formaré parte del pasado que estudié con tanto ahínco. Antes quizá de que esta carta llegue a sus manos. No puedo quejarme, he tenido una buena vida, incluso ahora. El tumor que corroe mi próstata es como un zapador que socavara los cimientos de una torre para, en vez de tomarla por la fuerza, provocar su desplome. Caeré de golpe y sin avisar, igual que el campanile. Lo prefiero así. Al menos conservaré la lucidez hasta el último momento.

            El médico sugirió apostarlo todo a la carta de la operación. Hospital, quimioterapia, radioterapia, desplazamientos al continente. Le dije que no me interesaba. Si la lucha contra la enfermedad es una guerra conviene acordarse del consejo de Clausewitz de no contribuir con nuestro esfuerzo a agravar las cosas. Yo desde luego no termino de ver la ventaja de sobrevivir a cambio de renunciar a la vida. Hemos nacido para ser derrotados. Engañarse con esto es absurdo. Podemos discutir cuanto se quiera acerca de si la muerte se comporta razonablemente (de acuerdo con los principios de la medicina), o demencialmente (como un terrorista que pone su bomba allí donde le apetece), pero de lo que no hay duda es de que siempre acaba saliéndose con la suya y que es mejor aceptarla que oponerse a ella. Créame, aunque no tengo prisa por saber que seré cuando deje de ser, tampoco deseo ningún aplazamiento. ¿Recuerda la inscripción del reloj solar de la villa de Stra: Horas non numero nisi serenas? A mí me ocurre lo mismo: sólo quiero contar las horas serenas, esas en las que el cielo está despejado y vale la pena la vida. Da igual si son pocas. Las medias tintas me desagradan. Quienes cruzaron el umbral de la muerte y volvieron para contarlo nunca hablan bien de la experiencia. Ni Sol, ni tinieblas; tubos fluorescentes, me dijo un amigo poeta. 

Lo que de ningún modo pienso hacer es dejar Venecia. He prohibido un traslado a un hospital de tierra firme. Pase lo que pase. Me horroriza la posibilidad de que lo último que oiga sea el zumbido de una máquina de cuidados intensivos. Si uno, en vez de morir, pudiera desvanecerse como la Luna cuando es borrada por la luz solar … Lo mejor sería desplomarme en mitad de la calle y no levantarme más. A mí no me parece mala forma de despedirse del mundo. Nada me agrada hoy tanto como pasear la ciudad, sentir su ajetreo, su indiferencia hacia el tumor que me está destruyendo. Por más que acabe agotado, luego consigo dormir varias horas de un tirón. El sueño es bueno para mantener la cordura. 

¡Pero miremos las cosas por el otro lado! La muerte tal vez no sea tan mala como se dice. Que nadie haya regresado de ella constituye desde luego un argumento a su favor. Lázaro, el único que podría haber esclarecido las cosas, guardó un silencio sepulcral. A mí siempre me ha extrañado que sus conocidos no le  preguntaran por la experiencia. ¿Eludió la cuestión o perdió la cabeza? Rembrandt, con su habitual sutileza, compuso un aguafuerte de su resurrección en el que aparece abatido por el dolor, como si el regreso a la vida, motivado por el capricho de sus hermanas y su relación con Jesús, le hubiera contrariado. “La muerte es dulce: nos libra del pensamiento de la muerte”, escribió Renard. Recuerdo una ocasión en que Stravinski disertó sobre esto en un banquete, aquí, en Venecia. Durante un buen rato estuvo hablando con espanto de la muerte gradual. Evocaba con envidia la de su amigo Diaghilev, que murió del mismo modo que había vivido, riendo y cantando. Esto estaría bien para mí, sin duda, pero me conformo con no sentir miedo ni acabar absorto en ensoñaciones inconexas.

La confusión y la demencia me horrorizan. De niño temblaba con el doctor Jekill y mister Hyde. Preferiría alcanzar la otra orilla en plena posesión de mis facultades, como un narrador omnisciente y no uno de esos narradores de las novelas actuales. El médico piensa que no hay nada qué temer, pero desconfío de su palabra. Para perder el entendimiento un anciano apenas necesita un empujón. Cualquier tontería, por pequeña que sea, nubla su inteligencia. Además, tengo la sospecha de que los desvaríos de la vejez son un mecanismo de defensa y que la senilidad no se debe sólo al aflojamiento de los resortes materiales del cerebro. A la medicina esto le trae sin cuidado, pero no puede ser lo mismo salir al campo de batalla a jugarse la vida que esperar a pies del patíbulo la llegada del verdugo. Uno continua en escena después de haber representado su papel y siente la mirada del público que se pregunta a qué está esperando para marcharse. En el desorden, el primer paso es perder la cabeza. Mantener el hilo resulta difícil cuando se tiene la vida desplegada ante la memoria, una memoria cansada, incapaz de descubrir el orden subyacente a los acontecimientos. Todos son cabos sueltos cuando se acerca la muerte por la escalera. El emperador Carlos V, a quien Paulo IV acusó de locura cuando se retiró a Yuste, quiso celebrar en vida sus propias exequias. No estaba loco, sólo dejó de ser el protagonista de su historia y quiso materializar su nueva condición de espectador, contemplarse con los ojos de Dios. 

             Anoche, viendo una película de Scola, escuché esta frase: “a cierta edad ya no se piensa, sólo se recuerda”. Doy fe de ello. Desde que la muerte me atrapó por un pie paso la mitad del tiempo sumido en los recuerdos. El pasado avanza hacia mi igual que la niebla cuando irrumpe en la laguna y va cubriendo poco a poco la ciudad. Antes no me ocurría. Siempre me sentí distante de mis recuerdos, incluso los de la guerra, como si en vez de míos fueran de otro. Ahora evoco a todas horas mi infancia como una época maravillosa bajo la presencia soberana de mis padres. Me viene a menudo a la memoria las tardes de domingo junto a mi madre, memorizando la lección mientras ella bordaba flores en un bastidor de madera, o los paseos nocturnos en góndola, con mi padre. Me basta con cerrar los ojos para percibir la fría brisa de los canales y el olor a alcanfor de la manta con la que me cubría mientras observaba a la Luna jugar al escondite entre chimeneas llenas de gatos. Dormirme allí y despertar a la mañana siguiente en mi cuarto era una experiencia mágica. En aquella época estaba convencido de que en Venecia hay caminos que comunican con el mundo de los sueños, itinerarios secretos que solamente conocían mi padre y Sebastiano, el gondolero. Hoy los rememoro con tal fuerza que a menudo me sorprendo buscándolos. ¿Era por aquí o por allí?  

Nunca caminé tanto como ahora. Recorriendo el dédalo veneciano tengo también la impresión de estar recorriendo mi propio laberinto. En cada palmo de Venecia advierto un fragmento de mi mismo. “Como has destruido aquí tu vida, en esta angosta esquina de la tierra, así la has destruido en todo el mundo”, reza un poema de Kavafis. La cercanía de la muerte tiene un efecto turbador. Los recuerdos que ocultaba en el fondo de mi memoria han empezado a moverse igual que lombrices al levantar una roca en el campo. Un barullo de imágenes a las que intento poner orden. Pero soy incapaz de renunciar a ninguna. Malraux se equivocó al decir que todas las formas se parecen cuando la mirada que las recorre puede ser la última. Tampoco estoy de acuerdo con esos místicos a los que la idea de la muerte impulsaba a complacerse en visiones de destrucción. Yo más bien procuro retener con todas mis fuerzas este mundo caleidoscópico. En el modo en que ahora yo la veo, la muerte no significa abandonar la naturaleza, de la que nunca se sale, sino el mundo de las apariencias. 

 

Música A. Vivaldi. Adagio. RV 235.

 

Por si fuera falso que en el último instante uno repasa la totalidad de su vida, trato de llevarme al más allá un recuerdo lo más preciso posible del mundo. El mundo es para mí Venecia, ya sabe. No conozco nada tan maravilloso como mi ciudad, no se me ocurre nada más bello y placentero que contemplar mi ciudad. Mirarla me hizo siempre el mismo efecto que escuchar una obra maestra o leer un libro extraordinario. No sólo he reconocido su perfección, sino que he tenido a menudo la impresión de sentir la fuerza exuberante que inspiró a sus creadores. Rezo por volver a verla de cabo a rabo otra vez antes de fallecer, liberarme de la nostalgia que empieza a invadirme, aunque es más difícil de lo que parece. Las perspectivas se multiplican continuamente. Un día me hago el propósito de visitar las tumbas de los compositores a los que he consagrado mi vida –Giovanni Gabrieli en San Esteban, Monteverdi en Santa Maria Gloriosa dei Frari, Zarlino y Cavalli en San Lorenzo, Monferrato en San Bartolomé, Rovetta en San Silvestre, Legrenzi en Santa María de la Consolación, Hasse en San Marcuola, Galuppi en San Vidal …-, otro día intento ver los cuadros de Carpaccio, cuya obra he disfrutado más que la de cualquier otro pintor –en la Accademia, en la Scuola degli schiavoni, en el museo Correr…- o los antiguos teatros y los solares donde se alzaban, pero mientras recorro lentamente el itinerario fijado procurando no desviarme, imagino otros igual de sugestivos y me doy cuenta de que, pese a ser una isla, Venecia es infinita. Créame, querido amigo, tengo la impresión de haberlo vivido todo fuera de mí y de necesitar una recapitulación, volverlo a vivir todo otra vez, aunque desde dentro. ¿Será este el motivo por el que los seres humanos hemos hablado siempre de la eternidad?

El domingo encontré en campo Manin un montón de niños jugando. Cada vez es esto más raro en Venecia. Al verlos correteando por la plaza, persiguiéndose ruidosamente unos a otros, evoqué mis años infantiles. También entonces corríamos nosotros en todas direcciones hasta que el que llevaba la vez conseguía tocar a alguien. “La llevas”, gritaba. ¡Quién me iba a decir entonces que la muerte juega con nosotros de esa manera! Nos sigue a todos a la vez y va tocando de uno en uno, quizá por azar. Sólo que la vez que la muerte te da ya no se transmite a nadie, te la quedas para siempre, eternamente. Cuando te toca hay que apartarse y dejar que el juego continúe sin uno. Has perdido, debes marcharte. Saber que uno está a punto de morir significa empezar a ser en otra dimensión temporal, lejos de los demás. El tiempo del moribundo no es como el del resto. La gente da la impresión de llevar sincronizados sus relojes y marchar juntos, como en una caravana, no se sabe dónde, pero juntos. El moribundo, en cambio, está fuera del grupo, perdido en una inmensidad vacía, sobrecogedora. Es una sensación extraña, que me asalta cada vez con más frecuencia. Cuando me ocurre en la calle noto en las piernas un peso tan grande que apenas puedo tirar de mi. Entonces suelo buscar refugio en las iglesias. Allí descanso en un banco esperando una recolocación de las cosas. A veces esa recolocación ocurre o creo que ocurre; otras se produce una suerte de angustia. La cruz, símbolo de la encarnación del espíritu, me parece un signo interrogativo antes que una respuesta. Siento en ese momento como si hubiera ingresado en un almacén vacío, un lugar donde antes se suministraban provisiones para el viaje y ahora no quedara nada salvo el recuerdo de que antaño los peregrinos partían esperanzados hacia un continente desaparecido.

Nuestros antepasados comparaban la muerte con el sueño. La conciencia primero se desvanece y luego renace llena de vigor. El Bosco pintó este pensamiento en un óleo que se exhibe en el palacio ducal. Morir equivale más o menos a pasar a través de un túnel. Oscuridad primero, después claridad. El muerto sale a otra dimensión, un paisaje soleado donde aguardan criaturas de espiritualidad angélica, mensajeros divinos. Hoy se cree más bien que el alma se disuelve en la nada mientras que el cuerpo va pudriéndose lentamente. Poca gente confía en el más allá. La muerte, que para nuestros antepasados era un enigma metafísico se ha convertido en algo mecánico: un interruptor que corta la corriente, piezas que fallan provocando el colapso, deterioro de los engranajes.

Lamentablemente, hemos llegado tarde para los dioses. Sabemos demasiado para creer. Aquí y allá advertimos fragmentos sin terminar, esbozos a los que parece faltarle la última mano. La omnisciencia es difícil de aceptar a la vista de lo que hay y de lo que hemos visto en este siglo. La semana pasada, antes de interrumpir esta carta, pensé largamente en ello. Deseaba contarle que Dios resulta tan difícil de admitir como la idea de infinito, pero que igual que la matemática se desmoronaría si renunciáramos a la idea de infinitud, no hay modo de comprender el mundo sin recurrir a la divinidad. Por desgracia, el dolor me postró en la cama. Cuando se quiebra la cohesión del organismo, las cosas se precipitan y la arena empieza a correr más deprisa, ansiosa por encontrar el reposo que sólo puede hallar al otro lado, más allá. Tan confundido estaba que pensé en romper la carta. ¿Para qué cansarle con mis fatigas y temores? El estado de ánimo del moribundo no es el mejor para el género epistolar. Cambié de idea ayer. Tenía una cita en la Pietá y en el camino, mientras apretaba el paso (sé que por mucho que me apresure no despistaré a la muerte y que aunque ésta se distraiga olfateando futuras presas siempre recupera el rastro), me di cuenta de que es un consuelo para mí seguir conversando con usted. No puedo oír sus comentarios a mis palabras, aunque los imagino. Debo evitar cansarle, sin embargo, con mis lúgubres reflexiones. Nada se gana regodeándose en las postrimerías, la calavera y el gusano. Pero en mi situación resulta difícil. Fíjese lo que me sucedió precisamente ayer frente a una chisporroteante hilera de velas. Estaba escuchando el Credo de Galuppi – ¿le he dicho que estoy asesorando a una orquesta inglesa que graba en la Pietá un disco con piezas sacras del Buranello?- cuando recordé un poema en el que se comparan los días del futuro con las velas encendidas y los del pasado con las velas apagadas. Cerré los ojos un minuto, no más, y al abrirlos, debido a una ráfaga de aire que no percibí, sólo quedaba una vela encendida. Se me encogió el corazón.

La semana de cama me ha sentado muy mal. Tengo la impresión de que algo se ha quebrado dentro de mí y que el todo ya no es capaz de mantener unidas las partes. Me siento tan débil que si ahora ingresara en un hospital creo que no podría objetar nada a quienes afirman que sólo somos química. ¡Con la de veces que habré citado aquello de que quienes definen a los hombres como una simple amalgama de carbono, hidrógeno y oxígeno lo único que desean es convertirlos en abono! Está visto que cuando el alma se rinde surgen los elementos. A menudo he hablado de esto con mi amigo Zoran Music! Si él no estuviera ciego y yo tuviera fuerzas para acercarme a su taller me ofrecería como modelo para todos esos horrores que nunca ha podido sacarse de la cabeza desde que lo internaron en Dachau. “Pretendo pintar a Lázaro levantándose del féretro de madera”, me dijo un día mientras me enseñaba Nosotros no somos los últimos, la escalofriante serie que pintó en el campo de concentración con tintas y papeles sucios. Claro que sus féretros siempre están ocupados por cadáveres y yo … Muchas, muchas veces he hablado con él de aquellos años. Ambos fuimos prisioneros de guerra de los alemanes. Tras la defección del rey y la rendición del mariscal Badoglio miles de soldados italianos fuimos acusados de traición y sometidos a un trato vejatorio. Para distinguirnos de otros inquilinos del infierno nos afeitaban cada semana la cabeza y nos dejaban una cinta de cinco centímetros de pelo en lo alto del cráneo. El frío, el hambre y la enfermedad iban haciendo retroceder los cuerpos y los rostros hacia ese espeluznante anonimato del que se ha ocupado Zoran en sus pinturas …

Cambiemos de tema. No quiero darle más la lata. Ser un moribundo no significa carecer de vida. Aún no me he tumbado en la cama aguardando la muerte que viene por el pasillo. Estoy seguro de que le gustará saber que sigo en activo. Además de mi labor como asesor musical, procuro mantener mis hábitos. Guardo en secreto la enfermedad. La gente recelaría si se me viera cada mañana en el Florián mirando ociosamente la plaza desde los ventanales. En vez de eso, paso varias horas en la Biblioteca Marciana. El estudio de las partituras de Galuppi me ha llevado al final de la República y a Lodovico Manin, su último dogo. Estoy interesado por ambos personajes. La indescriptible tristeza del momento que vivieron congenia bien con mi situación actual y ahondando en él parece que me olvido un poco de esta.

A Manin nadie lo apreciaba en mi juventud. Se le responsabilizaba del hundimiento de la República. Había encabezado un gobierno que rindió un Estado milenario sin plantar cara a sus enemigos y era imposible disculparlo. ¿Tal era la impotencia de la Serenísima que ni siquiera fue posible fingir un poco de entereza, de heroísmo? El rumor esparcido por los agentes franceses de que los patricios cedieron el poder a cambio de conservar posesiones y privilegios confluyó sobre su persona y aún no se había disipado. El cargo es infundado, pero la historia siempre fue un cúmulo de despropósitos y cuesta mucho enmendarla. Hoy sabemos que Manin no fue un traidor y que aquella política de acobardada neutralidad que practicó la República no era cosa suya. Si Venecia, en vez de rendirse, hubiera obligado a Bonaparte a atacarla –cosa que hubiera debilitado su posición en Italia-, las cosas habrían sucedido de otro modo. Pero no fue él quien tomó la decisión, sino los órganos colegiados del Estado, influidos por Villetard, el secretario de la embajada francesa, quien convenció a sus miembros de la superioridad aplastante del ejército francés y de la sinceridad del plan de su gobierno de preservar la independencia de la Serenísima a condición de que cambiara el régimen político por una democracia. ¿Acaso la República no lo había sido ya en su origen, mil años atrás?

Hay que imaginar su angustia el día que abdicó, con el palacio vacío, despidiéndose uno por uno de sus antecesores, ciento veinte dogos retratados en las salas capitulares de la República. Desde luego, aquello no era como dejar a una amante o una casa largo tiempo habitada. Nadie le obligaba a marcharse. Podría haberse quedado, guardar unos días más la apariencia de normalidad que el resto de los patricios arruinaron con su huida. Mientras él permaneciera en su puesto, la Serenísima continuaría siendo la Serenísima. ¿Cómo hubieran reaccionado los venecianos de saber que el príncipe, en el último instante, antes de ceder el corno y el anillo, había decidido resistir en palacio?, ¿acaso no estaban todos engañados al pensar que la República había entrado en un callejón sin salida? ¿Y si Bonaparte los había embaucado con sus mentiras y amenazas? Napoleón era un estratega genial. Sabía poner las cosas a su favor. Los aristócratas, prisioneros de sus prejuicios, no acababan de entender la ventaja que representaba carecer de principios. El general peroraba sin parar de ellos y esta es la prueba de que no se los tomaba en serio. Hoy no nos hubiera engañado. La historia de los pueblos oprimidos no sirve para poner bajo la bota a las naciones. Manin, sin embargo, no aguantó, hizo lo mismo que cualquier actor al concluir la representación: cambiar de vestuario y regresar a casa.  

En el palacio familiar, donde llegó con las mejillas mojadas, tardo poco en sentirse como una de esas princesas chinas a las que los emperadores desposaban con reyezuelos nómadas que apenas si disponían de otra cosa para agasajarlas que una miserable tienda de fieltro y un cántaro de leche de yegua. Era rico como Epulón y había gastado una fortuna en remozar el inmueble, un fastuoso edificio erigido por Sansovino para los Dolfin, pero cuando se instaló experimentó los horrores de una cárcel. Los dogos sólo abandonaban el palacio ducal para ser sepultados. A él le había tocado en suerte una especie de entierro en vida, tal vez algo peor, pues era el símbolo de la derrota de Venecia y sabía que mientras permaneciese vivo atraería el rencor de un pueblo incapaz de admitir que la Serenísima, tras tantos siglos de dominio, pudiera haber dejado de pronto de existir.

Los cinco años que transcurrieron hasta su muerte debieron ser muy dolorosos. A menudo tuvo que preguntarse si valía la pena seguir con vida. El mundo que conocía y que era el mismo que habían conocido sus padres y sus abuelos estaba a punto de extinguirse, si no lo había hecho ya. Un viejo romano desprovisto de fe no habría dudado en sacarse las tripas. La religión le impedía, sin embargo, recurrir a esa vía. Debía soportar la carga que la providencia había puesto sobre sus espaldas.

Al principio, durante varios meses, no ocurrió nada. Ni visitas, ni noticias, ni nada. Era algo espantoso. Cualquier sonido extraño le sobresaltaba. Poco a poco fue entendiendo la hiriente humillación a que estaba siendo sometido. Las potencias ocupantes ni siquiera se acordaban de él. Aislado en su casa, ocupándose día y noche de la caída de Venecia, se veía obligado a revolver continuamente sus pensamientos sin encontrar el hilo que necesitaba. ¿Cómo iba a encontrarlo si no existía? Manin habría perdido la cordura de no ser porque se percató de que era el único testigo de los acontecimientos. Sus compatriotas sufrían las consecuencias del desastre, eran sus víctimas, pero él estaba allí, vivo y confinado, sólo para verlo.

Luego empezó a percibir a su alrededor la estupefacción, el odio, la vergüenza de un pueblo que de la noche a la mañana se había quedado sin patria. Alrededor de su palacio no se oía nada. Los tripulantes de las embarcaciones que cruzaban el Gran Canal bajaban la voz al llegar a su altura. Algunos gondoleros incluso optaban por arrimarse a la otra orilla. La situación se volvió tan desagradable que evitaba también el contacto con sus criados. Se encerraba por la mañana en su despacho, corría las cortinas y permanecía allí hasta la hora de volver a la cama. Frecuentemente pensaba con envidia en el último emperador de Constantinopla. Pero él no podía haber muerto defendiendo las murallas de Venecia porque Venecia carecía de murallas. Su fuerza era de otro tipo.  

El nudo que tenía en la garganta no empezó a aflojársele hasta que la ciudad pasó a manos de los austriacos y fue conminado por las autoridades a jurar lealtad al emperador. Aquel acto de fidelidad, de traición dijeron sus enemigos, cerró su carrera. Al fin podría dedicar toda su energía a la salvación de su alma, olvidarse del mundo. Se sentía más tranquilo ahora que era un particular, pero aún así se negó a recibir visitas, ni siquiera antiguos colaboradores. Imaginar que alguno lo llamara Príncipe Serenísimo incendiaba sus feas orejas de anciano. Si ser dux de Venecia, Dalmacia y la tercera parte del imperio bizantino le obligó a renunciar a su vida, retornar a ella como un fantasma le costó un esfuerzo inaudito.

Encerrada en sus muelles de mármol, olvidada por las naves que otrora llenaban la laguna, la reina del Adriático agonizaba sin remedio. Igual le ocurría a él. Había ostentado la dignidad suprema de una República milenaria, con su efigie se habían acuñado monedas y publicado decretos que evocaban la época de los emperadores, había tenido una guardia y una corte, pero ahora recorría solo los callejones oscuros de Venecia. En realidad, tuvo que pasar un año antes de que osara hacerlo, y tampoco solo, ya que le abrían paso dos lacayos portando sendos candiles. Temía ser reconocido. La gente no se quedaba callada al verlo pasar. Algunos se persignaban o escupían en el suelo. Una vez, un grupo de mujeres lo persiguió por la calle gritándole: “Ahí va su excelencia el príncipe serenísimo, ¡cobarde!, ¡traidor!” Para un hombre bueno como él, al borde de la muerte, era un mal trago. Ni siquiera un tirano con las manos llenas de sangre habría experimentado tanto pánico como él al tropezarse con sus súbditos. Por eso paseaba de noche. Embozado en su capa, pasaba desapercibido. La ruta era siempre la misma. Abandonaba su palacio por la puerta de tierra, bordeaba la iglesia de San Salvador, tomaba el callejón de los Stagneri hasta Santa Maria de la Consolación, después flanqueaba el templo por la izquierda –a veces traspasaba la verja de la sacristía para rezar frente a un monolito donde está escrito “Dios te ve”- e iba a San Lio, la plaza que pintó Mansueti quinientos años antes. De San Lio, donde estuvo la tumba de Gaspara Stampa (“Aquí yace la más fiel amante que ha habido. Por amar mucho y ser poco amada vivió y murió infeliz. Deséale reposo y paz, caminante, y aprende de ella a no seguir a un corazón cruel y antojadizo”), pasando por Santa Marina y San Canziano, se dirigía a la iglesia de Santa María dei Miracoli y de allí, cruzando el campiello Widmann y el del Pestrin, a las Fondamente Nove. Esta era la meta del paseo, un lugar solitario desde el que podía contemplar la laguna y la isla de San Miguel, todavía no transformada en cementerio. La vuelta la hacía por los Jesuitas y los Santos Apóstoles. Cuando llegaba al puente de Rialto, tomaba un callejón paralelo a la riva, siempre concurrida, y alcanzaba el portón lateral de su casa.

En la última semana he hecho tres veces esa ruta, pero de día. Es un bello paseo. La ciudad, por estos callejones, no parece un cadáver sobre el que andan zumbando enjambres de turistas. Salvo en un par de cruces, uno camina solo, sin otra compañía que sus pensamientos. En las Fondamente hay más actividad. La laguna abierta, con los Alpes al fondo, es aquí más mar que por el otro lado. La brisa en el rostro, el chillido enloquecido de las gaviotas, el color furiosamente verde de las algas, todo parece más salvaje. Joseph Brodsky, que está enterrado enfrente, me contó cuando lo conocí que su primera sensación en Venecia, antes de que su retina registrara ninguna otra cosa, fue el olor a algas heladas. Se trataba para él de una sensación muy agradable, parecida a la que se tiene con la hierba recién cortada, pero yo no he sabido nunca a qué huelen las algas, quizá porque aquí hay algas por todas partes y es el olor de la ciudad, el olor que instruyó a mi nariz. Hoy, en memoria de Joseph, he hecho un esfuerzo y creo que por primera vez he notado algo, una fragancia evanescente, como un vestigio a punto de desaparecer. No sé si es a eso a lo que huelen las algas. El hecho me ha entristecido y, a la vez, me ha regocijado. Me gustaría que la próxima vez que venga a Venecia –yo no estaré- contemple desde aquí el horizonte en mi nombre. Es una tontería, pero se me ha ocurrido, mientras miraba los reflejos plateados de la laguna envolviendo como papel de regalo la isla del cementerio, que entonces volveré a verlo todo a través de sus ojos. 

Sólo he estado una vez en San Michele. Fue hace muchos años y sentí una opresión muy fuerte en la cabeza. Aquel hacinamiento de cadáveres llegó a marearme. La decisión de incinerarme la tomé entonces. No me gustan las tumbas, aunque ya conoce usted mi afición a los epitafios. Ni que decir tiene que me interesan sólo como muestras de ingenio o virtuosismo poético. El último que ha llamado mi atención –vi recientemente una fotografía suya en una revista- no contiene ni nombres ni fechas, sólo una frase sobre la losa de mármol: “Nunca fui él”. Un amante no correspondido, creo. Yo, de haber elegido la fosa, el féretro y la lápida en vez del horno hubiera mandado grabar los últimos versos de un poema de Sándor Rákos: “Eviten mi tumba, déjenme al menos estar muerto.” Tengo el barrunto de que en nombre de la ciencia y del bien común se harán cosas espantosas en el futuro con los cadáveres. 

Los detractores de Manin creen que su único mérito fue la riqueza. La República se encontraba asfixiada económicamente y puesto que los gastos que acarreaba la jefatura del Estado correspondía hacerlos al titular con su peculio personal –lo mismo debían hacer el resto de las magistraturas-, no quedó otro remedio que elegir a alguien extraordinariamente solvente. Sin embargo, la carrera política del nuevo dux no había sido insignificante. Desde su juventud asumió responsabilidades notables, labrándose en su desempeño una reputación de eficacia. Estaba considerado un experto en temas financieros, con ideas innovadoras en este campo. Además, y como representante de las familias que se adscribieron al libro de oro en el siglo XVII a cambio de una contribución monetaria, su candidatura era apoyada por los sectores prósperos de la aristocracia y la nobleza de tierra firme (Padua, Verona, Vicenza, Mantua y otras ciudades del Véneto), excluida del poder político y deseosa de pertenecer a la minoría soberana. Si había alguien que no deseaba su ascensión a la jefatura del Estado, amén de él mismo, era su mujer, Elisabetta Grimani. Cuando se conoció su elección sufrió un ataque de angustia y hubo que demorar la comunicación oficial hasta que se recuperó. Luego se negó a participar en los fastos de la coronación y fue sustituida por su cuñada Caterina Pesaro. El hecho dio mucho que hablar y afiló la punta picante de los poetas aficionados a jugar con las pasiones de magnates y gobernantes.

            No conozco bien las relaciones entre Manin y Galuppi y tampoco dispongo de tiempo para emprender una investigación en serio sobre ellas. Manin era más joven que el compositor, de la edad de Bertoni, su sucesor como maestro de la capilla ducal. Al morir Galuppi, en el apogeo de su fama, con setenta y nueve años, no había alcanzado el dogado todavía. Aunque en la ceremonia de coronación se interpretó por decisión suya una cantata de Bertoni (infaustamente titulada El vaticinio de Proteo), prefería con mucho a Galuppi. Así lo reconoce en una carta donde narra la impresión que le produjo el reestreno en la Basílica del Dixit Dominus. El contraste entre las partes corales, lentas y serenas, y la viveza de los acompañamientos, le dejó un recuerdo imborrable. Galuppi parecía haber previsto en su música la nostalgia que iban a sentir los venecianos cuando la ciudad perdiera la independencia. Sin duda había sabido captar el último resplandor antes del ocaso, esa alegría de vivir que se extinguiría con la libertad. Bertoni era ya un hombre para otra época y le faltaba talento. Recordaba perfectamente la decepción que le produjo su réquiem en honor al almirante Angelo Emo, el último héroe de Venecia. Sólo el Dies Irae estuvo a la altura de las circunstancias. Pero no diré ni una sola mala palabra sobre este hombre. Me estremezco sólo de pensar cómo lloraba el día que tuvo que dirigir la misa que conmemoraba la derrota de la República. Su destino, en realidad, no fue mejor que el de Ludovico Manin, pues se vio obligado a desempeñar su puesto con amargura hasta que se lo llevó la muerte en 1813. Manin al menos no tenía que exhibirse y contaba con el consuelo de la fe. La beneficencia, a la que pudo consagrarse gracias a sus recursos, suplió la falta de actividad política y dio sentido a su existencia de fantasma. Curiosamente, no le interesaban los enfermos, los pobres o los criminales. El centro de su acción eran los mentecatos: locos de remate u hombres que simplemente se sentían fracasados como hombres, igual que él, gente solitaria, inconformista, amargada de la vida, pero que en vez de decirlo permanecían en silencio o hacían lo contrario, gritar sin parar. En el interés por estos individuos perdidos en el mundo y perdidos también en su conciencia fue un precursor. Por aquel entonces poca gente se daba cuenta del horror de la demencia. Uno de ellos, por cierto, fue Galuppi, quien compuso a partir de un libreto de Goldoni una ópera sobre la locura, Arcifánfano rey de los locos. Los investigadores actuales, siempre tan mezquinos, sostienen que fue el temor a ella lo que le movió a escribir sus memorias. Transferir al papel la historia de aquellos años pudo servirle para defenderse de una cotidianidad devastadora. La verdad es que no le quedaba otro remedio que enfrentarse a la posteridad. Podía eludir el trato con la sociedad, convertirse en un misántropo, pero el futuro se ocuparía sin duda de él y lo haría en términos aterradores. La historia pintaría un cuadro negrísimo de su persona, una suerte de retrato de Dorian Gray. Contra eso lo único que podía hacer era ofrecer su versión de los hechos, o mejor, contar el modo en que se vivieron en los despachos de la República. Su incapacidad política no había sido fruto sólo de una falta personal de penetración, sino de la impotencia de un régimen envejecido. Las Memorias del dogado son el esfuerzo por impedir el repudio sistemático del pasado que, con toda razón, presumió que se desencadenaría cuando los aires modernos soplaran hacia la laguna. Su examen es político, no llega al orden anímico, personal. No se sentía culpable y, por eso, tampoco se impuso a sí mismo una confesión en toda regla, un examen de conciencia. Pero le vino muy bien. La escritura funcionó. No era escritor, pero consiguió arreglárselas para contar las cosas de la mejor manera posible. La austeridad de su estilo es envidiable. Habida cuenta el dolor y la desesperación con que tuvo que afrontar la tarea se trata de algo meritorio. A mí me extraña que los editores actuales no las hayan publicado.

 

 

 

 

Hace cuatro días tuve que volver a interrumpir otra vez abruptamente esta carta. De pronto sentí un dolor agudo y localizado que se fue extendiendo por todo el cuerpo sin perder nada de su intensidad, una especie de pinchazo que afectaba a los huesos y las articulaciones. Dolían como si alguien me hubiera metido un montón de clavos y los estuvieran empujando hacia adentro a martillazos. Apenas podía mantenerme sentado. Me han recetado un preparado hecho con potentes opiáceos, pero apenas desaparece la molestia. Se ve que el cuerpo es una estructura más endeble que el alma porque no he perdido la conciencia. Lo que sí he perdido, en cambio, es el apetito, signo evidente de que la muerte está ya aquí, muy cerca, quizá en esta habitación. Si me diera la vuelta la sorprendería ahí, a mi espalda, agazapada en un rincón como una fiera que se relame mientras observa a la presa que se dispone a cazar. Pero no tengo fuerzas para girarme. En los relatos de Regnier percibiría su presencia reflejada en la campanita de bronce que tengo en el escritorio o escucharía una respiración entrecortada, un jadeo de ansiedad. Menos mal que vivimos en la época de la bomba atómica y esos fenómenos espectrales ya no ocurren.

Lamentablemente, he tenido que cambiar mis planes. Quería visitar la isla de San Servolo y ver las instalaciones del manicomio al que contribuyó tan generosamente Manin, un lugar hermoso que un día estuvo poblado de hombres y mujeres extraídos de los lienzos del Bosco y Brueghel, criaturas deformes y repugnantes, el último escalón antes de llegar al reino de los muertos donde estuve ya de joven y donde estoy a punto de volver otra vez, aunque ahora sin conciencia ni esperanza, y luego a San Lazzaro de los Armenios a fin de ultimar los pormenores de mi testamento, pero no me ha quedado otro remedio que desistir. ¡Saber que la última vez que estuve en estos lugares fue la última vez me llena de melancolía!

Tampoco pude proseguir ayer y no sé hasta dónde alcanzarán mis fuerzas hoy. El entumecimiento ha llegado a los dedos de la mano y a duras penas consigo sostener la pluma. Soy incapaz de vestirme solo. Me ayuda la pobre Giovanna, mi criada, cada vez más apurada por lo que tiene que ver y hacer. Pero quiero acabar esta carta. Es mi última tarea. 

Creo que me he quedado dormido. He soñado que estaba en San Servolo, con los locos, pero no era San Servolo, sino una clínica neurológica moderna. Lo sé porque había enchufes por todas partes. Los pacientes que se movían por los pabellones parecían haber sido sometidos a duras sesiones de electrochoque. Las marcas de los electrodos en la frente y de las correas en las muñecas y los tobillos todavía eran visibles. Aunque habían perdido la capacidad de pensar y recordar, uno de ellos me sobresaltó al querer abrazarme mientras gritaba: noli me tangere. Una sirena precedida con órdenes severas en alemán me despertó. El corazón todavía me late con fuerza, pero la sangre tarda en regar mi cabeza. ¡Qué espantosa ignorancia!

Creo que si Manin hubiera vivido hoy su compasión no se hubiera limitado a una generosa disposición testamentaria. Lo más probable es que se hubiera ocupado él mismo de los locos. En su época no había que ser un héroe para obrar bien. Bastaba con decidir si ayudar o no. Podía hacerlo y luego olvidarse del asunto, sin necesidad de arrastrar la cruz a la vista de todo el mundo. Y eso hizo, donó cien mil ducados para que los dementes tuvieran una casa y alguien que se ocupara de ellos. Sus sobrinos, pues hijos no tuvo, quizá pensaron que es fácil ser generoso con el dinero que uno no puede llevarse al otro mundo. No me atrevo a juzgar qué es lo mejor. Para eso está Dios. Yo no puedo hacer nada, llegaré a Dios con las manos vacías.

No, no sé lo que digo, no podré acabar la carta. Lo siento. Ella ha puesto ya su atareada mano sobre mi hombro, percibo sus dedos fríos. Estas letras son la última arena cayendo por el gollete del reloj. Viva feliz, amigo mío, yo ya he pasado al otro lado.

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