18 Diciembre 2014

Despedida y cierre

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Ya en Phnom Penh tomé la decisión, la enésima, que esta vez no iba a verse salpicada ni por chorretones de saliva, chorrazos de semen o cubos repletos de flujo hasta el límite de los mismos. Desbordados. Porque a la distancia la sentencia el tiempo. Y la desesperación de la carne amputada no la cura ni una mala prótesis, ya sea ésta ludópata filipina, millonaria jemer o culta centroeuropea. Luego están todas esas parejas que se gestan en medio de una parálisis sólo por venganza, miedo y todas esas miserias de donde, además, nacen niños, para recordarnos que venimos del mono, nuestro auténtico hermano. Y que si luego nos matamos entre nosotros mismos es simple y llanamente porque estamos mal paridos, y hasta a veces mal follados.

 

Fue una tarde muy lluviosa, tormentosa hasta el extremo del bordillo de la acera, como tantas en Phnom Penh, cuando le envié a Flower un correo directo, como tantas y tantas veces. Esta vez intuí que sin el roce iba a ser harto imposible un reencuentro. Una recuperación. Y así fue. Porque desde aquel finiquito –“Por mi estabilidad mental deseo dar por terminado…”, así empezaba la misiva– no volví a tener noticias de una Flower que por primera y única vez desde aquel marzo de 2013 no contestó ni molestó. Este hecho histórico aconteció a mediados de abril de 2014. Y era evidente que el cambio de continente, temperatura y hábitos, junto con las doce horas de diferencia entre Boston y Phnom Penh, habían ayudado a que de una santa vez la normalidad se impusiera entre nosotros: el amor de dos seres adultos y ocupados que viven a miles de kilómetros de distancia es una entelequia parecida a dar de comer cocina creativa en comedores sociales. Por lo que a cada semana transcurrida y respirada me sentía como aquel niño que fui que iba consiguiendo quesitos del Trivial Pursuit y que se sentía ganador contestando a diferentes preguntas que a lo largo de la vida me resultaron absolutamente inútiles haberlas acertado. Ya era libre. Efímeramente exitoso. Porque dejar de sufrir, de padecer, de soñar con gestas más cercanas a las leyendas que a otras cosas, fue un paso adelante. Sin lugar a dudas. Cuando las relaciones no desembocan en medalla olímpica, y si acaso algo se pudiera llegar a hacer público, serían los dimes y diretes; los dramas televisados que tanto gustan al pueblo llano encontrárselos en la escalera de su edificio sino en el mismo salón de su casa.

 

Eso no quita para que cada día no dejara de pensar en Flower, por activa y por pasiva, en los desayunos y en las cenas, al levantarme y al acostarme, en la masturbación y en la natación, en el bar y en el paseo, antes y después de la botella, al defecar y al orinar, al leer noticias o carteles con su nombre o parte del mismo. En resumidas cuentas: la sangría fue memorable, con cada minuto de cada hora de cada día ocupados con nuestros recuerdos, mis sueños, que seguían viéndome junto a ella; y la locura general de saber que si sólo disponemos de una vida podría llegar a aceptar que en esta he fracasado por haberla perdido. Aunque aún restan años para ascender nuevas montañas. Si es que aún queda cordillera de interés que deseen besar mis pies, a los que idolatro por imparables.

 

Esta historia de amor está dando para un libro –éste que leen– y para otro de poemas –75 de casi una tacada, cuando junio me ofreció oxígeno en una separación que ya era oficial– demostrándose que el amor bien exprimido adorna bibliotecas y genera adeptos. Mientras FronteraD tiene a bien publicarme todas estos capítulos sanguinolentos, donde me he abierto literalmente en canal, cuento hasta siete para ofrecer el manuscrito a mi editor o a cualquier otro que tuviera interés en mi obra, que en sí es una obra nacida en el amor y la verdad, y que se dirimió en una auténtica y continua montaña rusa. Muchos os habréis sentido identificados con esta obra, aunque todos tropezaremos, otra vez, con la misma piedra, ya que el ser humano no termina de evolucionar. Y mucho menos en asuntos como el amor. O es que esas evoluciones sólo se aprecian pasados 500 millones de años, asunto que no es moco de pavo.

 

Aquellos poemas que hoy son corregidos –en sí otra nueva matanza contra mi cerebro– me permiten alargar esta episodio de mi vida, que en parte, casi me lleva por delante. Y así comienza esa obra, en un extraño poema a modo de haiku que presenta la primera de las tres partes:

 

Al bosque de la turba;

 

Al que nunca arde

 

Pero todo quema.

 

 

Cartas a Thompson (Island) –que así se titulará la obra salvo que algún editor cabroncete lo revoque– contrae aquellos poemas (pensamientos; deseos; gemidos) que alguna vez me planteé escribir pero que hasta que la relación se había evaporado fui incapaz de transcribir. Aún recuerdo los ilegibles seudopoemas que alguna que otra vez –no muchas, la verdad– le escribí en los albores, la mitad y la finalización de una relación donde me vi absolutamente incapacitado para no ya sólo escribirle poemas, sino para respirarla sin sentir arritmias.

 

Tras la ruptura y la vomitona de poemas poco más puedo decir. Que nos mantuvimos al margen, que al menos yo fui feliz por sentirme curado, que la eché de menos, que no hubo día que no me viera paseando por Boston oculto en una peluca roja, y que hasta septiembre, coincidiendo con la presentación de ‘Faltan moscas para tanta mierda’, no volví a tener noticias de ella. Serían las seis de la mañana y tras tres horas escasas de sueño me levanté algo destruido con la idea de no perder el AVE desde Sevilla a Barcelona. Y revisando con un ojo cerrado y el otro entreabierto mi correo electrónico, descubrí que en la bandeja de entrada había dos de Flower, lo que me hizo acudir al baño a mear, lavarme los dientes y ducharme sin haberlos abierto, paladeando esa secuencia única, en donde no tuve ni la menor idea de para qué me había escrito. Embarazada iba a ser difícil que estuviera, a no ser que en su locura congénita hubiera decidido avisarme a los siete meses de embarazo, que eran los meses que habían pasado desde que nos despedimos en el aeropuerto de Phnom Penh. Por lo que tras descartar denuncias, impagos y reproches, y ya enjuagadito y con una mano en el brazo izquierdo por si los latidos se me disparaban, abrí ambos correos que sólo querían felicitarme por la publicación de la obra y poco más. Yo, evidentemente, no contesté, ya que mi situación física y psíquica, tras tres horas de mal sueño en un hostal de Sevilla después de un viaje en coche desde Málaga, unas cañas, un almuerzo, una tarde bebiendo vino de postre, una presentación literaria donde yo era el protagonista, más cañas, manzanilla de Sanlucar, cena y copazos, no era la mejor. Ya en Barcelona iniciaríamos una serie de correos en donde yo siempre me limitaba a contestar los suyos, asépticamente, con alguna que otra broma, pero sin mandarle señales en forma de emoticonos de falos, que ahora están tan de moda.

 

La ola desapareció y la paz, que esta vez no se perdió, volvió de lleno a mi estabilidad, hasta que hace un par de semanas –en este mismo instante corre la mitad del mes de diciembre de 2014– Flower volvió a tomar las riendas de mi jindama enviándome dos tristes mensajes en el chat de Facebook, adefesio por el que navego por culpa de mi restaurante al que he de promocionar. Contesté mediante un correo electrónico y la puse al día, dándole explicaciones. Y de nuevo, silencio. Como tiene que ser. Yo aún me guardo la carta de contactarla primero, carta que espero guardarme hasta el fin de los tiempos. Alana, su espía sueca, me visita y me comenta, me pregunta y me alecciona. Yo, por supuesto, me mantengo al margen: frío como un témpano. Masticando lo ya masticado y guardándome lo demás para mis adentros.

 

Y cuando finalizo esta obra informo de que ayer noche anduve por el Pontoon –discoteca-puti club donde conocí a la coprotagonista de esta historia real como la vida misma– donde me encontré con Levi, que para más inri se había dejado barba, como yo, y con el que crucé siete frases evitables, al menos por su parte, cuando yo tomé la absoluta iniciativa diciéndole que ya había publicado libro en España y que con el mismo buscaba editor anglosajón. Su novedad, la única junto a su barba –demasiado etrusca: aliñada y recortada hasta la aceptación masiva–, era que había vuelto al redil, junto a Vik, a comer mierda; cuando hace nueve meses se había ido por culpa de justamente eso: haber trabajado con ese holandés errante, en un Tribunal Penal Internacional que hace aguas por dentro y por fuera. Descosiendo a los que tienen sueños no sólo económicos. Volver al redil. Doblar la rodilla. Un asunto de personalidad conmovedoramente penosa. Por esos miles de dólares que pagan cada final de mes que callan bocas, asientan fracasos y generan gasto en centros comerciales y prostíbulos a la carta. Que me da un no sé qué pensar que todos estos bastardos un día se sacaron una carrera; alentados por sus errados padres, que hoy creen que hicieron bien cuando fue justo lo contrario.

 

Al llegar a casa –Trrasañejo: mi restaurante; que si no duermo dentro del horno es de milagro– me encontré con que Marylin deseaba ser mi amiga en Facebook, cuando desde el incidente de la uña (uñate) me la imaginé antes quemándome negocio –nunca a ella misma a lo bonzo– que queriéndose arrastrar de una manera tan (red) social. Porque si yo me abrí hace un mes esa maldita cuenta no era para contar con quién me acuesto, sino para soportar la carga comercial de Trasañejo, mi restaurante, que necesita que le dé de beber y comer para que yo saque algo en claro.

 

Por lo pronto preparo la invasión literaria al mundo anglosajón, de una manera tan curiosa que se escribirán libros sobre el asunto. Y que no me lo deje en el tintero: cada vez que Flower se quiso poner en contacto conmigo noté dosis extras de palpitaciones. También me pasaba con el café, por quitar hierro al asunto.

 

Y uno, qué quieren que les diga, prefiere recordar el amor pasiego, aplastado, derretido, pasado de rosca, antes que enfrentarse a otro amor cualquiera sólo por querer pasar página. Cuando yo sólo paso página si la leída fue comprendida y la siguiente la supera.

 

Y desde The Red Apron, el mejor bar de vinos de Camboya, donde Flower y yo las montamos muy gordas, clausuro estas memorias que no está nada mal escribirlas cuando sólo tienes cuarenta años. Suena el Parade de Magazine. Y siento que, en el fondo, Flower ya ha pasado a la historia: un calvo con gafas le ha escrito dos obras, una en prosa y otra en verso. ¿Quién da más?

 

 

Joaquín Campos, 12/12/14, Phnom Penh.

 

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