22 Diciembre 2015

y 43, Fronteras como paredes como montañas (final)

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Sólo al cabo de un tiempo, vete a saber cuánto, Cangrejo percibió nuevos cánticos y ondas en el agua que llegaban hasta él. En la Asamblea estaban inventando nuevas normas, requisitos, laberintos… entre otros estaba naciendo el primer gran poeta de la nueva Nación Tiburón, y la Asamblea le estaba haciendo el solemne encargo de cantar las bondades de los límites, el carácter irrefutable de las señas de identidad –dientes, aletas y ojos letales que reunían a todas las tribus en una misma identidad-, y la esencial noble diferencia de sus habitantes. En pleno fragor revolucionario y fundacional, esa fue la primera propuesta del tiburón nombrado poeta de la nueva nación:

 

-Somos una patria.

 

Era un Limón, una de las tribus más sabias en esa etnia de los escualos, y por pura y remota sabiduría hereditaria sabía que ciertas palabras tienen la capacidad de llegar más lejos que otras, e identidad, nación y patria son algunas de ellas. Aún así, y aunque se esfuerzan esas palabras nunca consiguen llegar tan lejos como los cantos de las ballenas y quién sabe si los radares de los delfines.

 

Felpudo había perdido interés al percibir la agonía de Piojo, y fue desde muy pronto pues, igual que el águila sabe cuándo la vaca ha enfermado de moquillo, se cree que la legendaria nariz del tiburón está especializada en sangre, pero también lo está en muerte. Es un carroñero. Y si Felpudo no quiso comerse a Piojo fue por una suerte de temor antiguo a que le pegase alguna enfermedad. Qué más enfermedad que quererse morir, eso contradecía la esencia misma de la tiburonez. Así que Felpudo se había vuelto a los Juegos, no fuera a ser que hubiese algún reparto y a él no le tocase nada.

 

Cangrejo comprendió que era urgente reaccionar. No podía seguir allí, en esa gruta más deprimente que cualquier otro sitio del mar porque no se podían ver ni la luna ni las estrellas durante la noche. Estudió las posibilidades, eran pocas y tan pobres como siempre.

 

Entonces reparó en el rayo de sol, y sin pensárselo más -¿tenía elección?- durante una buena mañana subió por la pared llena de aristas sin perder de vista la delgada columna de luz, y a través del hueco por donde entraba la luz, salió a lo alto de unas rocas. Y ahí de inmediato casi lo arrastra una ola y luego el viento, y se tuvo que aplastar con fuerza contra las piedras, algo que nunca había tenido que hacer en el fondo del mar.

 

Durante un tiempo quedó, primero ciego y exhausto por el esfuerzo, equivalente en él a una maratón, luego atónito y, con la llegada de la noche, deslumbrado. La noche y las estrellas le parecieron más, mucho más de lo que había imaginado nunca, vistas temblorosas desde el fondo del mar y sin telescopio alguno, y hasta las luces de la ciudad, a lo lejos, se le antojaron atractivas: como si allí se hubiese derramado un saco de estrellas.

 

Sólo al amanecer, que recibió como si alguien desenvolviera el mundo para regalárselo, sólo al amanecer descubrió la fealdad de la ciudad y algo que le pareció perverso: los hombres, de los que tanto se hablaba en el mar –nunca había visto a ninguno- vivían en pequeños cajoncitos y se movían en orden, igual que los tiburones cuando cantaban su himno, entre enormes piedras rayadas a lo ancho y a lo alto para hacer pequeñas guaridas cuadradas.

 

Al pie y dentro de algunas de esas piedras se agitaban lo que debían de ser hombres, aunque parecían insectos, minúsculos peces sin muchos colores en acuarios baratos. Le intrigaba por qué tenían filo esas piedras en las que vivían los hombres, pero menos que el hecho de que fuesen iguales. Tardó en comprenderlo pues en el mar nada es igual a nada. Nunca. Quizá tan sólo los peces payaso parezcan a veces iguales, pero sólo lo parecen. Y tuvo mucho mérito al aceptarlo al fin pues en su mundo eso suponía una gran revolución, como descubrir en su día que el mar no lo es todo. Que había tierra y seres vivos más allá.

 

No tuvo tiempo para sacar las conclusiones de todas esas rayas y cuadrados y que no tenían nada que ver con la geometría. Por alguna razón que no se detuvo a pensar, los pececillos grises de acuario le recordaron a los tiburones y su designio. Y la urgencia de su misión, de la que sólo él, por lo visto, era consciente.

 

Tuvo que esperar primero horas y luego días, como un náufrago. Aunque estaba por completo desfondado por el esfuerzo –había hecho mucho más que lo que estaba previsto que hiciera un cangrejo, y sabía que iba a pagar por ello-, procuró estar muy alerta, pero sólo alguna que otra vez tuvo la oportunidad de levantar las pinzas y hasta gritar. Si se sabe que el grito de un cangrejo se disuelve en el agua, es fácil suponer lo que le ocurre al aire libre, sobre una roca que resiste al viento. El grito desaparece nada más salir de la boca. Se esfuma y no queda la menor prueba de que nadie gritase nunca.

 

Cuando ya desesperaba y él mismo estaba a punto de desfallecer, pues no comía más que seres muy pequeños que alguna ola llegada hasta allí conseguía colocarle sobre la boca, un albatros se paró cerca… y reparó en él. Lo que siguió fue arduo y el cangrejo casi murió, devorado, pero al final, después de mucho baile hacia delante y hacia atrás con el pico del albatros, que iba a por él pero con la conocida torpeza de ese pájaro en tierra, consiguió que el albatros se inclinase a oír eso que le gritaba. Y tuvo suerte: el pájaro se encontraba entre él y el viento y gracias a eso consiguió que se olvidara un momento de cazarle con su pico y le oyera.

 

- Escucha –le dijo-, es muy importante: Vete y dile a una ballena que los tiburones están trazando fronteras en el mar. Ellas son las únicas que pueden hacer algo.

 

El albatros le miró receloso: ninguna comida le había hablado nunca, y menos en un idioma con palabras difíciles.

 

-¿Fronteras? Qué son fronteras.

 

Cangrejo se tomó el lujo de pensar. Sabía que esa oportunidad ya era un milagro.

 

-Paredes.

 

 - ¡Y qué son paredes! –se impacientó el albatros.

 

- Son como montañas, -dijo Cangrejo, de nuevo tras pensarlo. Y al ver una caravana de nubes muy blancas que viajaban alegres hacia el Sur, precisó-: Muy altas. No dejan pasar nada. Ni a los pájaros.

 

- Ya veo –dijo el albatros, y desplegando sus alas, con dos o tres aleteos se dirigió mar adentro.

 

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