Christopher Hitchens. Washington DC. Foto: Jamie James Medina para The Observer

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    Nunca estamos solos (mejor Christopher Hitchens que el Mio Cid)

    Bruno H. Piché - 08-01-2015

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    Recordé unos versos de W. H. Auden, uno de mis poetas favoritos;

     

                Some other kind of otherness his own:

                Perhaps, in fact, we never are alone.

                 

    Una voz me estaba llamando desde otro lado; no me refiero al más allá, no se diga del cielo ni de ningún idiótico Nirvana. Aquella era una voz conocida: la escuché clara, decirme: no te rebajes, prefiere la dignidad por encima de todas las cosas, recela de la compasión, no tengas miedo a que te consideren arrogante o egoísta. La voz que escuchaba provenía de adentro: quiero decir: de adentro de mí. No me costó demasiado trabajo reconocerla: se trataba del Contrarian por excelencia, Christopher Hitchens, a quien casi le debo, puedo decirlo con la arrogancia del caso, tal como lo hice en otro lugar, nada menos que mi propia vida.

     

    Me explico: muchos años viví idiotizado, obsesionado en hacer algo antes que en ser un poco más egoísta, es decir: en ser yo mismo, tal como prescribe el propio Christopher Hitchens en sus Letters to a Young Contrarian –lectura que, esa sí, debiera ser obligatoria en el colegio, a los doce o trece años, y no las inocuas andanzas del Mio Cid, campeador de tedios a escala cósmica–. Me refiero a los mismos años en que, de esto también he hablado, no hubo noche en que no me fuera a la cama completamente borracho, hastiado de jugar el papel y las convenciones sociales que mi educación universitaria –si a eso se le puede llamar educación– imponía sobre mi apenas existente voluntad. El miedo no anda en burro, decía mi abuela paterna, a quien le encantaba sacarse de la manga sus dichos y proverbios a la menor provocación.

     

    Hoy que Christopher Hitchens y mi abuela comparten sitio en la inmensa Nada me atrevo a enmendarle la plana a la abuela, doña Ramona: el miedo, m’ija, anda más bien en caballo y es cabrón como él solo y, en el hipódromo de la vida, uno es el aterido y diminuto jockey que va trepado ahí arriba, rebotando sin saber qué demonios ocurre ni entender una chingada de nada, apenas que quienes apostaron su pasta por tu caballo ya te esperan a la salida para propinarte una buena golpiza pues al caerte del caballo los dejaste en bancarrota. No entenderán razones, que fue culpa del destino o de los hados de mierda que pueblan los graderíos de los hipódromos –esos escaparates de la condición humana que tan bien supieron reconocer John Fante o el cochinetas Bukwoski–.

     

    La voz del Hitch llegaba, una vez más, en medio de un trance difícil –he pasado peores, pero sí, lo admito: no me gustó nada quedarme en casa en lugar de andar por ahí, vagando en compañía de una belleza–.  No necesito a Freud ni a Jung para saber que en esta ocasión había que escuchar la voz del Hitch y fundirla con mi inconsciente (el cual siempre está demasiado consciente: por eso bebía yo como un cosaco), siempre cortés, siempre arrebatada si se le provocaba defendiendo lo indefendible, por ejemplo los documentales de Michael Moore, propaganda pura, o bien los ambiguos principios de ciertos intelectuales no menos ambiguos a la hora de tratar de entender lo inentendible y negociar con la yihad, la misma banda de asesinos que, como bien señala Martin Amis, quiere verte muerto.

     

    Sí, a no dudar que era la voz del Hitch; sin embargo, esta vez Hitchens entró, como casi siempre, por la puerta grande de la lectura, si bien ahora con una ligera modificación, entró por la puerta definitiva: la puerta de salida.

     

     

    Mortalidad significa seguir con vida

     

    Me explico: días antes, había leído, prácticamente de una sentada, su libro Mortalidad (Debate, 2012). Meses antes, durante un viaje, me había hecho con un ejemplar en la versión original en inglés, Mortality, pues se trata del mejor ensayista del idioma en el siglo XX después de Orwell. Quién no esté de acuerdo con semejante afirmación puede hacer tres cosas: uno, irse mucho al diablo; dos, dejar de leer esto y pasar a otra cosa y, tres, pasárselo bien leyendo y pensando con ambos titanes. En todo caso, el asunto es que había pospuesto la lectura del libro póstumo de alguien cuya partida todavía no acababa de aceptar, un poco como esos bateadores que ven forzados a abandonar el juego a la cuarta o quinta entrada, justo cuando están lanzando sus mejores pitcheadas pero el brazo ya no puede más.

     

    Algo similar le ocurrió al Hitch: recuerdo que, apenas en 2010, publicó sus memorias, Hitch 22, y que en junio del mismo año viajé a Nueva York. El mismo día que se presentó el libro en compañía de su amigo de la vida, el novelista Salman Rushdie, en un prestigioso lugar que lleva por nombre su ubicación de la Gran Manzana: 92nd Street Y. El propio Hitchens había vivido un trance sin camino de vuelta esa misma mañana de verano neoyorkino: despertarse en la habitación de su hotel con la sensación de hallarse a las puertas no de la habitual resaca sino de la muerte. Y ahí estuve, sentado al igual que todo el mundo –y con ello quiero decir todo el mundo en tanto Hitchens había dejado de ser un intelectual público y se había convertido ya, quizás, en el primer intelectual auténticamente global del siglo XXI–. Al día siguiente Hitchens canceló la gira de promoción de su Hitch 22, y un par de meses después, si mal no recuerdo, hizo público en la revista de la cual era asiduo colaborador, Vanity Fair, su ingreso “en el país de la enfermedad” y su conversión en “ciudadano de Tumorlandia”, víctima de un despiadado cáncer de esófago –fase 4, es decir, terminal–. No hay tal cosa en la ciencia de la oncología como fase 5.

     

    Fase 5 fue lo que terminó ocurriendo en la vida del Hitch. Sigo negándome a hablar de su muerte, al igual que él se negaba a aceptar que estaba librando una lucha contra el cáncer recurriendo a razones impopulares entre quienes se preocupaban por su estado de salud, si bien él estaba, y con razón, más preocupado por sí mismo y por la guerra que el cáncer había decidido emprender en su contra.

     

    En su momento, a horas de tomar un avión a una de las ciudades más peligrosas de mi país –omito decir cuál porque todas son peligrosas y para no herir idiotas susceptibilidades: nunca falta quién se siente ofendido y te encara y te escupe el mismo rollo de siempre: “para peligrosa, tu puta ciudad, la ciudad de México”–, es más, a riesgo de perder el avión, una revista en la que ocasionalmente colaboro, me pidió un comentario acerca de la muerte de Christopher Hitchens, acaecida horas antes. Me negué a escribir una cosa tipo obituario, datos de su vida, tonterías del estilo. Sospecho que eso era lo que quería, precisamente, el editor en turno. En su lugar escribí lo que me salió del corazón, hecho trizas, y del dedo índice de mi mano izquierda, lo único con lo que podía teclear, pues esa misma mañana había despertado con una furiosa tendinitis en mi mano derecha, cuyos músculos y tendones permanecieron inertes más de una semana. Escribí y mandé mi texto –el mío, no la balbuceante nota lacrimógena y pseudo-biográfica que, sospecho, esperaban recibir–. Sobra decir que casi pierdo el avión. Aterricé en la ciudad más peligrosa del país y no me enteré y recorrí su tétrica noche sin importarme un carajo el estado de mi mano, mucho menos mi corazón.

     

    A la mierda, me dije, Hitchens no está muerto. De hecho seguía bien vivo. En las horrendas calles de la ciudad más peligrosa de México creí entrever su figura, intentando hallar el camino de vuelta, semejante a las imágenes de él, trastabillando en las sombrías aceras aledañas a su piso en Columbia Avenue luego de una cena pantagruélica en uno de sus restaurantes preferidos –mío también y de mi mejor y más querido amigo, el doctor Uri Raich Portman– de Washington D. C.: el animado, siempre disfrutable y de precios muy razonables, Bistrot du Coin, 1738 Connecticut Avenue, para más señas.

     

    Yo mismo, en mis visitas a Washington, igualmente trastabillé hasta la fatiga las aceras de la ciudad, siempre en compañía de mi hermano, el doctor Raich. La última de mis visitas ocurrió con ocasión de su partida de la ciudad capital. Dejaba Washington después de cinco años para pasar a otra cosa: para ser más útil en su trabajo y ayudar a sus semejantes en un continente al otro lado del planeta, en un país destartalado por años de guerras intestinas y para contraer feliz matrimonio con su novia, Valentina. Fue una semana histórica en al menos tres sentidos: la pasamos de lujo, comiendo y bebiendo como reyes todas las noches; Uri acabó de despedirse de su vida en Washington, y, por último, en mi caso, yo terminé de vuelta en la ciudad de México en calidad de huésped en un hospital, dándole la menos cordial de las bienvenidas a la rabiosa pancreatitis que me produjo esa semana de dicha en compañía de mi hermano y que, a la fecha, no cambiaría por nada –ni siquiera por un nuevo y reluciente páncreas–.

     

    Hace tres años o algo así que no bebo una gota de alcohol, el mismo Johnnie Walker Red, “el desayuno de los campeones” que acostumbraba beber Hitchens y al cual yo fui devoto y orgulloso aficionado. Decir que ese era el whisky que acostumbraba beber el Hitch es blasfemar en el sentido laico de la palabra, si es que éste existe: ese whisky en especial era lo mismo su bebida preferida que su gasolina vital y, sin duda alguna, parte esencial de su equipaje cada vez que era “despachado” a los puntos más remotos y peligrosos del planeta. Todos sabemos cuáles. Quien no lo sepa, peor para él o ella, pues eso significa que se ha perdido al menos quince años de reportaje del más alto nivel, del más alto octanaje. Coincide que ese hipotético él o ella son del tipo que prefieren prosa baja en calorías y alta en imbecilidades ideológicas: el típico fiel y ciego lector de Chomsky sería, para el caso, nuestro mejor ejemplo.

     

     

    Un innecesario granito de arena a la pseudo-reflexión

     

    Si Mortalidad es su libro póstumo, la monumental reunión de ensayos titulada Arguably, fue, me consta, su mejor libro pre-póstumo. Lo publicó –y esto lo sé de cierto porque así me lo dijo su viejo amigo, el escritor y crítico de The New York Times Book Review, Paul Berman– como una manera de despedirse. Desde 2011, año en que apareció, he frecuentado ese tomazo de setecientas cincuenta páginas tanto o más que mis caminatas con Johnnie Walker –claro está, antes de ingresar yo mismo a mi nuevo país de sobriedad obligada, Pancrilandia–.

     

    Y sí, ladies and gents, amigas y amigos, queridos camaradas, solo o acompañado: no está fácil hablar ni escribir acerca de Mortalidad, al menos no para mí.

     

    Primero porque me niego a repetir los mismos lugares comunes, rayanos en la idiotez, de las reseñas que han aparecido aquí y allá, en varios idiomas. Ya saben a qué me refiero: que si el valor extremo de este hombre para encarar la muerte, que si vaya paradoja de la vida lo que le ocurrió al –dice un tipo que, ese sí, se ve que no leyó siquiera el libro– “icono del movimiento ateo mundial”, y cientos de tonterías semejantes. ¿Para qué, me he preguntado todo este tiempo, agregar las mías?

     

    Segundo: porque hablar así nomás de la muerte no es cualquier cosa. De hecho, estamos mentalmente constituidos para NO hablar de la muerte. Ello, como bien apuntó el filósofo y musicólogo Vladimir Jankélévitch en La mort, su obra definitiva acerca de la muerte, es una naturalidad contra-natura. Es más, nos dice el propio Jankélévitch, filósofo ejemplar si los hay: “En realidad, la reflexión misma acerca de la muerte es una reflexión crepuscular y, por lo tanto muy frecuentemente, una pseudo-reflexión”.

     

    ¿Alguien, alguno de esos tontos por iniciativa propia, tendrá una mejor opinión que la del venerable y simpático filósofo y musicólogo de origen franco-ruso?

     

    Y sin embargo, plantado por una dama  a la manera del estoico lanzador que mira volar la pelota fuera del estadio desde su sitio, el centro del diamante, lesionado, al final he cedido a la tentación de hacer un par de comentarios acerca de Mortalidad.

     

    Hace unos días, mi madre y yo hablamos del libro. Enfática, mi madre –quien pasó buena parte de su vida profesional en hospitales atendiendo a los condenados a muerte, es decir en la temida área de oncología, nada más y nada menos– se refirió a la forma ejemplar mostrada por Hitchens para encarar la muerte. Hablamos también de un libro que le obsequié hace relativamente poco tiempo, un breve pero luminoso ensayo de Norbert Elias, La soledad de los moribundos (Fondo de Cultura Económica, 2009). No sé si al final mi madre y yo logramos ponernos de acuerdo, pero lo cierto es que al escribir Mortalidad mientras, literalmente, se estaba muriendo, Christopher Hitchens puso en reversa un sólido patrón histórico consistente en el ocultamiento gradual de la muerte, en el sentido no sólo literal de la palabra, sino corporal y hasta sentimental, iniciado al menos desde el temprano siglo XVII.  Para explicarme mejor, le dejo la palabra al célebre y solitario sociólogo, a quien cito –vale la pena– in extenso en tanto ubica el trasunto en la muerte, al igual que el propio Hitchens en Mortalidad y en una vastísima parte de su obra, en el gran continuum evolutivo del homo sapiens como especie:

     

    “La muerte es uno de los grandes peligrosos biosociales de la vida humana. Al igual que otros aspectos animales, también la muerte, en cuanto proceso y en cuanto pensamiento, se va escondiendo cada vez más, con el empuje civilizador, detrás de las bambalinas de la vida social. Para los propios moribundos, esto significa que también a ellos se les esconde cada vez más detrás de las bambalinas, es decir que se les aísla […] No es cosa de un individuo aislado. El hablar de la muerte, de la tumba y de todos los detalles de lo que en el sepulcro acontece con la persona muerte, no era algo que estuviera sometido aún a una estricta censura social. La contemplación de cadáveres humanos era mucho más cotidiana. Todo el mundo, incluidos los niños, sabían el aspecto que tenían; y como todo mundo lo sabía, también se hablaba del tema con mayor libertad, tanto en el trato social como en la poesía […] se halla en nuestros días un peculiar sentimiento de embarazo por parte de los vivos en presencia de un moribundo. Con frecuencia no saben qué decir. El vocabulario a utilizar en tal situación es relativamente pobre. Los sentimientos ante una situación penosa contienen las palabras. Para los moribundos puede resultar bastante amargo. Se sienten abandonados mientras aún están vivos […] Tan sólo las rutinas institucionalizadas de los hospitales configuran socialmente la situación del final de la vida. Crean formas de gran pobreza emotiva y contribuyen mucho al relegamiento a la soledad del moribundo […] Dondequiera que se ponga el acento, este motivo vivencial de la muerte en solitario aparece en la Era Moderna con mucho mayor frecuencia que en cualquier otra época anterior […] El especial acento que recibe en la era moderna la idea de que al morir estamos solos se corresponde con el mayor acento que también recibe este periodo la sensación de que estamos solos en la vida […] Quizá se debería hablar más abierta y claramente sobre la muerte, aunque no sea más que dejando de presentarla como un misterio. La muerte no encierra             misterio alguno. No abre ninguna puerta. Es el final del ser humano. Lo que sobrevive de él es lo ha conseguido dar de sí a los demás, lo que de él se guarda en la memoria de los otros”.

     

    Apuesto el reino, que no poseo, a que Hitchens habría leído este pasaje de Norbert Elias con paradójica y simultánea aceptación y rechazo. Lo más que puede decirse de Mortalidad es que se trata de un breve pero nutrido libro que logra, a ratos, refutar en las ideas y en los hechos, no es cosa menor, a una pequeña obra maestra, La soledad de los moribundos.

     

    La idea hitcheana del individuo y de sus dotes intelectuales era, en efecto, radical: “lo que de verdad importa en un individuo no es lo que piensa, sino cómo lo piensa […] Desconfía de cualquiera que hable con seguridad de nosotros o en nombre nuestro. Desconfía si oyes que esos tonos se infiltran en tu estilo. La búsqueda de seguridad y de mayoría no es siempre lo mismo que solidaridad: puede ser otro nombre del consenso, la tiranía y el tribalismo” (Letters to a Young Contrarian). Si llevamos el argumento al extremo –como debe de ser, si no para qué demonios queremos discutir con argumentos: si es usted del tipo que gusta argumentos empaquetados en un engañoso temple “racional”, vaya y corra a comprar pañales para adulto– varias de las cosas que dice Norbert Elias están en la extensísima obra ensayística, de crítica literaria, en los textos ocasionales y en el periodismo de Hitchens. Tan es así que basta revisar el índice de Hitch-22: al menos seis capítulos están casi íntegramente dedicados a sus amigos; los mismos que, con excepción de Edward Said, lo acompañaron desde distintos puntos del planeta en una especie de rito o ceremonia del siglo XXI como jamás la habría imaginado Elias, pues no vivió lo suficiente para conocer él mismo las posibilidades de la tecnologías de la era de la información, y en la cual se habló de manera abierta y clara del fatídico tema, no se diga de lo que el Hitch consiguió dar se sí a los demás y lo que de él se guarda en la memoria de sus mejores amigos.

     

    La conversación con varios de ellos, por ejemplo Martin Amis, se extendió incluso un año después de su fallecimiento, por si alguien sigue dudando de la irrelevancia que, al final del día, constituye como quería Elias, el misterio de muerte.

     

    Y bueno, llegado este punto es imposible esquivar lo inevitable: hacer un par de comentarios específicos acerca de Mortalidad. Tan específicos que remito al lector al capítulo VIII del libro, en el cual la prosa de Hitchens comienza a mostrar, con suficiente detalle, o mejor dicho, con compacta precisión, el rápido decaimiento de su salud. Los párrafos se van acortando hasta volverse frases, frases cortas y contundentes que remiten al lector, de manera sorprendente, a La Doulu, una especie de blog en el que Alphonse Daudet dejó un implacable registro del padecimiento que contrajo antes de cumplir veinte años, la sífilis, que en su tiempo equivalía a una muerte lenta y cruenta. Se leen en La Doulu cosas como las siguientes: “El dolor encuentra su camino por doquier, en mi visión, en mis sentimientos, en mi sentido del juicio; es un infiltración”; “El dolor conduce a la comprensión intelectual y moral. Pero sólo hasta cierto punto”. O esta frase de Daudet que bien pudo ser escrita por Hitchens: “La vida consiste en el antagonismo”. En el caso de Mortalidad, los siguientes ejemplos: “Enviar flores, un gesto no tan preciso como podría parecer”; “todas estas pastillas para ayudar a dormir en dosis boyantes parece, en cierta manera, una pérdida de vida –habrá futuro de sobra para estar inconsciente”. O bien: “Saul Bellow: la Muerte es el reflejo oscuro que necesita un retrovisor, en el caso de que pudiésemos ver algo”.

     

    Curiosamente, casi al final del libro, y por lo tanto de la vida de Hitchens, aparece una cita de un libro que poseo desde que se publicó hace treinta años, y que, miren cómo opera esa extraña parejita de cagada, la vida y la muerte, solamente vine a leer cuando el Hitch la recordó sospecho que estrictamente para sí mismo –se trata del último fragmento del libro, el último-último, así que dudo mucho que Christopher estuviera pensando en la posteridad y sus insufribles lectores al reproducir esto que sigue–.

     

    De la intrincada novela de 1993, Los sueños de Einstein, de Alan Lightman; ambientada en Berna, 1905:

     

    “En una vida infinita hay una infinidad de parientes. Los abuelos nunca mueren, ni tampoco los bisabuelos, los tíos abuelos, las tías bisabuelas y así a lo largo de las generaciones, todos vivos y dando consejos. Los hijos jamás escapan de la sombra de sus padres. Ni las hijas de sus madres. Nadie está librado a sus propios medios […] Este es el precio de la inmortalidad. Nadie está completo. Nadie es libre”.

     

     

    A las estrellas les importa un bledo si te vas al infierno

     

    No tengo la menor idea acerca del por qué Hitchens eligió este fragmento antes de traspasar, como habría dicho Norbert Elias, la puerta que no abre ninguna puerta. Hay y no hay misterio, es cierto, como también es cierto que en la cita a la novela de Alan Lightman, profesor de física en el prestigioso MIT y novelista de cierto éxito, se halla más que presente la idea del continuum evolutivo, de cuenta larga en la historia de la humanidad, la Gran Cadena del Ser tan cara a Elias, pero repelente en alguien con el carácter de Christopher Hitchens, quien prescribía para cualquiera que quisiera, como fue mi caso, dejar de hacer y comenzar a ser: “la discusión y la disputa por sí mismas; la tumba suministrará cantidad de tiempo para el silencio” (Letters to a Young Contrarian).

     

    Al final mi madre y yo, en una conversación sostenida en la sala de su casa, en mi ciudad natal, terminamos por coincidir mientras mirábamos a través del ventanal la suave caída de la nieve, indiferente a nuestra plática, sobre la calle y las aceras, un espectáculo a la vez tranquilizante y arrebatador: Mortalidad no es un libro que muestra el proceso de muerte de su autor, sino su amor por la vida: un amor tenaz, desbordante, apasionado, excesivo, letal como la muerte misma.

     

    Eso ocurrió hace unos meses y, ahora que escribo estas líneas en mi piso de la ciudad de México, con un sol inclemente irradiando sus calles, puedo ver ota vez la nieve como suspendida, en pleno invierno canadiense.

     

    Nunca estuvo en mis planes escribir acerca de Mortalidad, creo que ya lo dije. Este negocio es, como hace tiempo que me ha quedado claro, un juego de equilibrios. El brillante Jankélévitch, en su pequeño tratado filosófico La paradoxe de la morale, lo define mejor que nadie: “Mientras más ser se te da, menos amor hay. Menos ser tienes, más amor hay. El uno compensa al otro”. O si lo prefieren, como un poema de madurez del viejo amigo Auden, The More Loving One, también disponible en versión leída por el eterno, apuesto, encantador, witty a tope y nada celestial, Christopher Hitchens:

     

                Looking up at the stars, I know quite well

                That, for all they care, I can go to hell

     

    Si me lo preguntan, cuando llegue el momento yo pediré llevarme lo mismo el infierno que las estrellas, los whiskies que me tomé de más y los que me faltaron, las citas que tuve y las que no ocurrieron, u ocurrieron en el fondo del fondo del corazón, ese lugar inalcanzable como tumba que encierra a la vez todos y ningún misterio. Adiós, good-bye.

     

     

     

     

    Una versión ligeramente distinta de este artículo apareció en el espacio cedido a FronteraD por Jot down en el número 2 de la revista Five.

     

     

     

     

    Bruno H. Piché (Montreal, 1970) es ensayista y narrador. Ha sido editor, periodista, diplomático y promotor cultural. Ha sido nombrado recientemente miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Su libro más reciente, El taller de no ficción (2012), se publicó en México bajo el sello de la editorial Magenta. En FronteraD, donde ha publicado artículos como Angustia, histeria, futuro: una lectura de ‘Campo de guerra’. El mundo no es lugar para turistas y curiosos, El amor y el peor poema del mundoEl cuaderno de Fabian Avenarius y Frontera y terror. La DEA, el FBI, los Zetas y los nuevos agentes migratorios de México, mantiene el blog La vida en Comala City.  

     

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