Primera edición de "Homage to Catalonia". Secker and Warburg, Inglaterra, 1938.

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    Un observador dislocado: George Orwell y la figura del intelectual

    Jimena Néspolo - 07-08-2012

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    Hay una idea insistentemente subrayada en la novela 1984 de George Orwell, la idea de que la única esperanza posible que tiene la humanidad se encuentra en las clases bajas, en el proletariado. Dice el texto: “Si hay alguna esperanza, escribió Winston en su diario, está en los proles”. Con premura estas palabras reaparecen “como afirmación de una verdad mística y de un absurdo palpable”, pero también de un singular acto de fe. El texto insiste de modo obsesivo en ella como si fuera una revelación de la que el protagonista no puede desasirse y que lo empuja a la acción. Y es, precisamente, cuando el personaje llega a este momento epifánico que se produce un giro total en su vida: abunda en la escritura de su diario (actividad absolutamente prohibida por el partido) y en los modos de evadir la tenaz vigilancia de la telepantalla, comienza a rastrear los hechos verídicos y las manipulaciones sobre el discurso histórico realizadas por la cúpula dirigente, se liga con Julia en el ejercicio de un erotismo de los cuerpos sin funcionalidad genésica (lo cual también está prohibido a los miembros del partido aunque no así a los proles) y, finalmente, se pone en contacto con quienes estarían conspirando junto a Goldstein para derrocar al régimen. Dicha idea, que en el personaje de la novela más famosa de Orwell publicada en el año 1949 actúa como bisagra entre un antes –pleno de obsecuente indiferencia frente a los abusos de poder de un régimen totalitario que controla hasta las pulsiones más elementales del sujeto– y un después –en el que el mismo sujeto tienta sin éxito todos los modos posibles de desarticulación de ese poder-, es sin duda la gran enseñanza a la que arribó el escritor luego de su experiencia como combatiente del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) en la Guerra Civil Española.  

     

    La crítica ha acordado en señalar que el período vivido junto a las milicias catalanas en el frente de Aragón dejaron en Orwell una marca indeleble y crucial en su desarrollo como intelectual y como escritor. Con la persecución de los comunistas ortodoxos y su posterior escape de Barcelona, Orwell habría así clausurado, a los treinta y cuatro años, un ciclo comenzado quince años atrás con su alistamiento en el servicio de la Policía Imperial Británica con sede en Birmania. Este período formativo habría tenido entonces su pivote en la experiencia catalana la cual definió desde entonces una praxis literaria singular basada tanto en el compromiso ético y político como en una increíble conciencia sobre el lenguaje y su capacidad para manipular ideologías o crear nuevos universos discursivos. Así, como apunta su documentado biógrafo Bernard Crick (1992), es cómo Eric Arthur Blair (el verdadero nombre del autor) deviene finalmente en un political writer, términos tan necesarios como inseparables para pensar la poética orwelliana. 

     

    En su conocido ensayo Why I Write, el mismo George Orwell ratifica esta sospecha: “La guerra española y otros eventos acaecidos entre 1936-37 cambiaron la escala de los acontecimientos y después supe dónde estaba situado. Cada línea de trabajo serio que he escrito desde 1936 ha sido escrita, directa o indirectamente, contra el totalitarismo y para el Socialismo democrático, como yo lo entiendo” (1970: 23-30).

     

    En 1938 –cuando aún no había llegado a su fin la Guerra Civil– George Orwell escribe Homenaje a Cataluña. Siete meses atrás al momento enunciación del texto, Orwell emprendía una huida vertiginosa hacia Francia vía Port Bou mientras todos los afiliados del POUM eran víctimas de una despiadada caza de brujas y sus dirigentes eran encarcelados e incluso asesinados (entre ellos el conocido Andrés Nin) no por parte del ala franquista –como podría creerse–, sino por parte del partido comunista español a las órdenes directas de los emisarios rusos de Stalin. Aun así, en  medio de ese contexto de ardua y compleja trama política, luego de haber luchado en el frente y de haber participado en la semana trágica de mayo de 1937, de haber sido herido de gravedad en el cuello, Orwell escribe este texto híbrido que navega entre el testimonio y la autobiografía novelada para concluirlo con las siguientes palabras: 

     

    Esta guerra, en la que desempeñé un papel tan ineficaz, me ha dejado recuerdos en su mayoría funestos, pero aun así no hubiera querido perdérmela. Cuando se ha podido atisbar un desastre como éste (...) el saldo no es necesariamente desilusión y cinismo. Por curioso que parezca, toda esta experiencia no ha socavado mi fe en la decencia de los seres humanos, sino que, por el contrario, la ha fortalecido. (2001: 206)

     

    Repito: cuando Orwell escribe estas palabras la guerra aún no había finalizado; con todo, ya la daba por perdida. Y la derrota, para Orwell, no era la derrota “de la democracia frente al fascismo”, según quisieron encasillar a los sucesos españoles tanto los fascistas como los comunistas, paradójicamente volcados ambos hacia la derecha a partir de 1937. La derrota era la derrota de la revolución que había comenzado a gestarse en España en el convulsionado año de 1936. Este es uno de los principales postulados que defiende Orwell en Homenaje a Cataluña –específicamente en el capítulo V de la edición original del texto– el hecho de que lo que había comenzado a nacer en España durante los primeros meses de la Guerra Civil (gracias a los anarquistas y a los líderes sindicales a los que Orwell les adjudica mayor ascendencia en el pueblo español) era una verdadera revolución sin precedente en la historia que “obligó al Partido Comunista, respaldado por la Rusia soviética, a invertir su máxima energía para contrarrestarla” (214).

     

    Lo que más sorprende a los historiadores y especialistas sobre el tema es la asombrosa veracidad y lo acertado del análisis de la situación realizado por Orwell en Homenaje... Algún crítico incluso ha apuntado que el escritor sufría arduamente por carecer de una perspectiva y de un saber histórico acabado, lo cual lo empujaba a atender con particular atención lo sucedido en el presente. Con todo, si se tiene en cuenta que cuando Orwell huye de España lo hace sin nada más que un cuaderno de notas a cuestas, pues en las requisas realizadas al hotel en que se alojaba su esposa la policía del partido le había decomisado numerosos libros, recortes periodísticos y demás material que había acumulado sobre el tema; si se tiene en cuenta, entonces, que la escritura de dicho libro se asienta básicamente sobre la experiencia y lo observado por el autor en un período de tiempo relativamente breve (apenas seis meses), y la poca distancia histórica y emotiva que separa a Orwell de su material de estudio, el asombro es aún mayor.

     

    En este sentido, basta confrontar las causas de la derrota especificadas por Orwell y las que expone Jacinto Cimazo (Jacobo Maguid, ver nota 1) –por citar un ejemplo lo suficientemente próximo a nosotros–, en su libro La revolución libertaria española (1936-1939). La permanencia de Cimazo en España comprende prácticamente todo el trienio que duró la lucha, llega allí a fines de 1936 –al ser nombrado primer delegado por la organización libertaria argentina (lo que luego se denominó FLA)– y parte hacia el exilio poco antes de la derrota final el 26 de enero de 1939. Durante ese período se desempeña mayormente como director del semanario Tierra y libertad, puesto al que es asignado por la FAI (Federación Anarquista Ibérica); luego de mayo de 1937, cuando la persecución hacia el POUM, la CNT (Confederación Nacional de Trabajadores) y la FAI se recrudece, los delegados de estas dos últimas organizaciones –que en rigor de verdad estaban íntimamente amalgamadas– permiten a Cimazo acceder a sus archivos e informes de lo actuado en España durante los primeros meses de la Guerra Civil. El libro de Cimazo exhibe entonces datos concisos y documentación suficiente que demuestra y detalla la “labor productiva llevada a cabo por la revolución española”. No vamos a desconocer el hecho de que ambos autores (Orwell y Cimazo) estuvieron en rigor del mismo bando a partir de febrero de 1937, sólo pretendemos poner en relieve la asombrosa concordancia que se opera entre estos textos. Básicamente ambos acuerdan en que la derrota de la revolución española se debió a la siniestra maniobra internacional concretada en la no intervención la cual impidió a la España antifascista adquirir elementos bélicos imprescindibles; y a la política de Rusia que “simulando una ayuda dosificada a capricho, hizo del minúsculo partido comunista, que apenas había sacado cinco mil votos en la última elección, el monstruoso agente de chantaje que consumó crímenes sin nombre, ocupó posiciones estatales, militares, policiales, etcétera, se infiltró en otros partidos, compró conciencias y realizó una política contrarrevolucionaria, disgregadora y desmoralizadora” (Cimazo, 1994: 41-42) que acabaría en el famoso pacto germano-soviético llevado a cabo en 1939. Dice Orwell: “El único rasgo inesperado en la situación española –que fuera de España ha causado muchos malentendidos– es que, entre los partidos del lado gubernamental, los comunistas no estuvieron en la extrema izquierda, sino en la extrema derecha. (...) En realidad, eran los comunistas, más que cualquier otro sector, quienes impedían la revolución en España” (2001: 220-221).

     

    A comienzos de 1937, explica Orwell, la situación era compleja: por un lado estaba el enorme bloque de sindicatos que constituían la CNT, y junto a ella la FAI y el POUM, que diferían fundamentalmente con los comunistas representados por el PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña) –formado a principios de la guerra por la fusión de diversos partidos marxistas–, en tanto que propugnaban el control directo por parte de los trabajadores y no una democracia parlamentaria. CNT, FAI y POUM coincidían en un lema: “La guerra y la revolución son inseparables”; y en líneas generales defendían lo que hasta entonces habían logrado: 1) control directo de servicios e industrias por los trabajadores que constituían sus plantillas, por ejemplo en transportes, en fábricas textiles, etcétera; 2) colectivización agraria para los campesinos; 3) gobierno ejercido por comités locales y resistencia a toda forma de autoritarismo centralizado; 4) hostilidad absoluta hacia la burguesía y la Iglesia. En la medida en que la URSS comenzó hacia finales del año 1936 a hacer efectiva su “ayuda” a través del envío de armas al gobierno, el poder comenzó a pasar al partido comunista que, progresivamente fue desplazando la participación de sus opositores. Primero se expulsó al POUM de la Generalitat Catalana, luego la CNT fue eliminada del gobierno a la vez que dirigentes socialistas del ala izquierda del PSUC fueron reemplazados por socialistas de derechas (ejemplo: Largo Caballero por Negrín). Todo este proceso desembocó en los sangrientos acontecimientos de mayo de 1937 acaecidos en Barcelona mientras las tropas situadas en el frente (que nucleaban gente de todos los sectores) continuaban la lucha contra las milicias de Franco: 

     

    Como el propio Largo Caballero informó en su discurso del cine Pardiñas de Madrid, la causa de su salida del gobierno fue su negativa de satisfacer las exigencias del embajador de la ex Unión Soviética y de los ministros comunistas de su gabinete que el 15 de mayo de 1937 provocaron la crisis. Querían que pusiera en marcha una dura represión contra los sectores antistalinianos, inculpables de los hechos de mayo. Los camaradas de su partido, Negrín y Prieto, se solidarizaron con los comunistas y heredaron el máximo poder de la República. Fue otro capítulo del complot que produjo los sangrientos sucesos de Barcelona, según lo explicó después en su libro Yo, espía de Stalin quien fue jefe del espionaje ruso en Europa Occidental, el general Walter Krivitski. Del 2 al 7 de mayo de 1937 se entabló la lucha en las calles de Barcelona entre las fuerzas coaligadas de la Generalidad, los comunistas y los ultraderechistas del Estat Catalá, por un lado, y las de la CNT, FAI, Juventudes libertarias y el POUM, a las que se pretendió destruir, por el otro. Hubo cientos de muertos y muchos más heridos. (Cimazo, 1994: 43)

     

    El mapa de la situación trazado por Orwell y Cimazo en líneas generales coincide, aunque ambos textos se construyan, en rigor, sobre bases muy distintas. Mientras que el del libertario argentino adquiere la mera fisonomía del informe, el de Orwell despliega una cantidad de recursos considerables que conjugan magistralmente la observación veraz de los hechos y la efectiva narración de ellos. Al respecto, Raymond Williams señala que si bien la escritura de este autor se asienta sobre la “observación certera de la experiencia ordinaria”, el proceso por el que Orwell somete a este material es un proceso literario en donde “imaginación” y “recursos formales” se alinean hacia el deseo primero de escribir ante todo “buena literatura”. Los “estudios culturales”, por un lado, y la “non-fiction”, por otro, han sido ciertamente deudores de la gran novedad inyectada por Orwell en la literatura de los años 30 y 40 al conjugar de manera magistral ambas dimensiones.

     

    El texto comienza con la llegada de Orwell a Barcelona, con la profunda impresión que le causó observar una ciudad embanderada en rojo y negro con todos los servicios socializados y “un estado de cosas por el que valía la pena luchar (...). Por encima de todo, existía fe en la revolución y en el futuro, un sentimiento de haber entrado de pronto en una era de igualdad y libertad. Los seres humanos trataban de comportarse como seres humanos y no como engranajes de la máquina capitalista”(2001: 22). Pero esta mirada panorámica sobre la ciudad en clima revolucionario, es previamente anticipada y condensada en la sola observación del rostro de un miliciano que el escritor encuentra en los Cuarteles de Lenin un día antes de enrolarse: “Algo en su rostro me conmovió profundamente: era el rostro de un hombre capaz de matar y de dar su vida por un amigo, la clase de rostro que uno esperaría encontrar en un anarquista, aunque casi con seguridad era comunista. Había a la vez candor y ferocidad en él, y también la conmovedora reverencia que los individuos ignorantes sienten hacia aquellos que suponen superiores” (2001: 19).

     

    Hay varias cuestiones que confluyen en este fragmento presente en la primera página del texto. Por un lado, sugiere ya cierta tensión entre comunistas y anarquistas; por otro, se define el perfil del pueblo que está en la lucha (un pueblo feroz, candoroso y de una ignorancia noble que los vuelve superiores); y finalmente, se manifiesta el deseo de estar hasta el final junto a esos hombres. Por sobre la cantidad de contradicciones y paradojas que puntean Homenaje a Cataluña (paradojas que sus críticos no han dejado de señalar), Orwell nunca traiciona la vereda que él dice ocupar; sería demasiado engorroso enumerar la cantidad de veces en la que se elogia la “generosidad”, “nobleza”, “valentía y entrega” del pueblo español, en particular de los catalanes. El texto se escande, entonces, a partir de un procedimiento puramente narrativo: fuertes escenas de condensación simbólica preceden al desarrollo de la acción y al avance de extensas secuencias descriptivas en las que el paisaje natural, la vida en las trincheras o la geometría de las ciudades y pueblos españoles son efectivamente representadas.

     

    Otro elemento que torna altamente atractivo al texto es el manejo de la intriga que se opera a lo largo de todos los capítulos. La irrupción abrupta del presente del momento de enunciación detiene con audacia el tiempo narrativo, para proveer al lector de una mínima información que anticipa o anuncia lo que sucederá muchas páginas más adelante. Así, cuando leemos: “¡Qué natural parecía todo entonces!, ¡cuán remoto e improbable ahora!” (31) o “En esa época ignoraba que el motivo de este absurdo era  la total carencia de armas” (27); el texto logra anclar la atención y la expectativa por los sucesos futuros a los que habrá de referirse el narrador, al tiempo que alerta al lector acerca del carácter relativo (y por ende, permeable y temporal) de las apreciaciones del sujeto que enuncia. Para ser más claros, leemos en Homenaje a Cataluña:

     

    En esa época [estando en la trinchera] yo casi no tenía conciencia de los cambios que se sucedían en mi propia mente. Como todos los que me rodeaban, percibía el aburrimiento, el calor, el frío, la mugre, los piojos, las privaciones y el peligro. Hoy es muy diferente. Ese periodo que entonces me pareció tan inútil y vacío de acontecimientos, tiene ahora gran importancia para mí. Es tan distinto del resto de mi vida que ya ha adquirido esa cualidad mágica que, por lo general, pertenece sólo a los recuerdos muy viejos. Fue espantoso mientras duró, pero ahora constituye un buen sitio por el que pasear mi mente. (105)

     

    Sin duda es gracias a este tipo de reflexiones, en las que Orwell antepone al relato de sus vivencias las urgencias de su cuerpo deseante y necesitado de los insumos más elementales, y la materialidad de un sujeto sometido (como cualquiera de sus contemporáneos) a las contradicciones y cegueras de un presente vivido como caótico, que puede radicarse aquella fama que el crítico Lionel Trilling contribuyó a forjar en la década del 50 al señalarlo, en un ensayo ya canónico, como “the man who tells the truth” (Trilling, 2952). Es decir, es sólo porque Orwell en todo momento alerta acerca del carácter subjetivo y parcial de sus apreciaciones que el lector puede confiar plenamente en ellas. Lejos de elevar juicios de carácter universal, la confiabilidad del observador/George Orwell radica en que sus apreciaciones particulares están avaladas por su experiencia y, si bien se admite que éstas pueden ser “erróneas”, cierto es que aun así siempre serán “verdaderas” en tanto que así han sido son vividas por el sujeto que las enuncia. Veamos un par de ejemplos:  

     

    Sólo se puede estar seguro de lo que se ha visto con los propios ojos y, consciente o inconscientemente, todos escribimos con parcialidad. Si no lo he dicho en alguna otra parte de este libro, lo diré ahora: cuidado con mi parcialidad, mis errores factuales y la deformación que inevitablemente produce el que yo sólo haya podido ver una parte de los hechos. Pero cuidado también con lo mismo al leer cualquier otro libro  acerca de este período de la guerra española. (206)

     

    Yo no podría, por ejemplo, ponerme a discutir la lucha de Barcelona con un miembro del Partido Comunista, pues ningún comunista, es decir, ningún “buen” comunista, admitiría que he dado una versión veraz de los hechos. Fiel a su “línea” de partido, tendría que declarar que miento o, en el mejor de los casos, que estoy totalmente equivocado y que cualquiera que haya ojeado los titulares del Daily Worker, a mil kilómetros del escenario de los acontecimientos, sabe más que yo acerca de lo que ocurrió en Barcelona. (269)

     

    Innumerables veces a lo largo de sus escritos ficcionales y ensayísticos, Orwell criticó la figura del “intelectual” que, parapetado tras cierta “seguridad y confort burgués” escribe a la distancia sobre aquellos conflictos bélicos, políticos y sociales sobre los que no tiene un conocimiento directo. Sus críticas a la prensa internacional comunista durante la Guerra Civil Española o, en particular, al poeta W. H. Auden, quien, en 1937, con apenas un conocimiento muy superfluo de lo que estaba sucediendo en España y sin comprometerse realmente en el conflicto, escribe su famoso poema Spain (que fue utilizado como panfleto publicitario para enrolar milicianos en las Brigadas Internacionales), son sin lugar a dudas lapidarias. Ésta es la intelectualidad satirizada y denunciada en 1984 y en Rebelión en la granja, una intelectualidad que por comodidad y obsecuencia se alinea bajo la égida del poder y reproduce su ideología a través de su discurso. De alguna sutil manera toda la carrera de George Orwell como periodista, escritor, y como intelectual –aunque a él no le agradara el calificativo–, es un denodado esfuerzo por diseñar otro perfil y otros roles sociales para esta figura. Con todo, a lo largo de sus escritos Orwell convoca a un intelectual definido no sólo por el compromiso político directo y la observación exhaustiva del presente, sino también por su capacidad de dislocar posiciones e insertar la perspectiva como soporte de su mirada. Homenaje a Cataluña puede ser leído como el testimonio de alguien que se alistó en las milicias ante el urgente deseo de “matar a un fascista” (según reza el texto); puede ser leído como una pseudonovela autobiográfica o, incluso, como una pseudonovela de aprendizaje que narra los vericuetos revolucionarios de la Guerra Civil Española y sus momentos epifánicos, pero lo más interesante –a mi entender– es que este libro puede también ser leído como el discurso de un hombre que, habiendo comprometido su vida en la disputa, no teme exhibir la masa carnal e informe de contradicciones que lo definen como actor/observador de los hechos, y aún así intentar elaborar un discurso crítico pasible de ser puesto al servicio de la Historia.

       

    No es casual que Richard Hoggart realizara en el año 1965 la introducción a la reedición inglesa de The road to Wigan Pier, de Orwell. Sólo al leer The Uses of Literacy, del mismo Hoggart, puede valorarse todo lo que el gran mentor de los estudios culturales le debe a los textos de este escritor. La seducción ejercida en Orwell por las clases obreras, en rigor, antecede a su experiencia catalana y se ancla en dicho escrito. Publicado por primera vez en el año 1937 y redactado antes de su partida a España, El camino a Wigan Pier es una crónica desgarradora sobre la miseria y la explotación en los barrios obreros del norte de Inglaterra. Una de las mayores críticas que le hace Hoggart es la de representar un tanto “poética y sentimentalizadamente” a la clase obrera al conformar una pintura estática que excluye cualquier tipo de resistencia y movimiento social. Es en este contexto que la Guerra Civil Española adquiere para Orwell una dimensión liminar: si bien representa el mayor desafío al que se enfrenta como ensayista, emotivamente es la culminación de una búsqueda que habría de signarle el resto de sus días.

     

    “La historia se detuvo en 1936” –escribió alguna vez Orwell–. Esperemos que cuando ese improbable motor reanude su marcha seamos capaces de observar su frágil movimiento.   

     

     

     

     

    Bibliografía

     

    —Berga, Miquel, 1996. ‘From fact to fiction: Orwell’s Homage to Catalonia and the shaping of Nineteen eighty-four’ en: I linguaggi della Guerra. La Guerra Civile Spagnola. Atti del Gongresso Internazionale, 26-28 novembre 1996. Universitá Ca´ Foscari di Venezia, Dipartimento di Studi Anglo-Americani e Ibero-Americani Unipress.  

    —Cimazo, Jacinto, 1994. La Revolución Libertaria Española (1936-1939). Buenos Aires, Editorial Reconstruir.

    —Crick, Bernard, 1992. George Orwell: A life. London, Penguin Books.

    —Hoggart, Richard, 1965. ‘Introduction to The Road to Wigan Pier’ en: Orwell, George. The Road to Wigan Pier. London, Heinemann Educational Books. 

    —Orwell, George, 1987. 1984. Barcelona, Ediciones Destino. Traducción de Rafael Vázquez Zamora. 

    —Orwell, George, 1970. ‘Why I write’ en: Collected Essays. Journalism and Letters of George Orwell.  Ed. by Sonia Orwell and Ian Angus. Harmondsworth, Penguin Books. Vol.1, 23-30.  

    —Orwell, George, 2001. Homenaje a Cataluña. Barcelona, Virus editorial.

    —Orwell, George, 1965. The Road to Wigan Pier. London, Heinemann Educational Books. 

    —Trilling, Lionel, 1952. ‘George Orwell and the Politics of Truth’ introducción a: Orwell, George. Homage to Catalonia. Harcourt Brace Javanovich.  

    —Williams, Raymond. ‘Observation and Imagination in Orwel’" en: Williams, Raymond (comp.) Orwell. Londres, Twentieth Century Views, 56-58.

     

     

    Notas

    1 “Esto ocurría hace menos de siete meses, a finales de diciembre de 1936, no obstante lo cual me parece que aquel período pertenece ya a un pasado remoto. Acontecimientos posteriores lo han esfumado hasta tal punto que podría situarlo en 1935, y hasta en 1905. Había viajado a España con el proyecto de escribir artículos periodísticos, pero ingresé en la milicia casi de inmediato, porque en esa época y en esa atmósfera parecía ser la única actitud posible”. Orwell, George. Homenaje a Cataluña. Barcelona, Virus editorial, 2001 (pág.20). Esta edición toma como texto de referencia la edición que en Argentina publicó la editorial Proyección (en los años 1963, 1964, 1973, y 1974), cuya traducción estuvo a cargo de Noemí Rosenblat y que luego volvería a ser reeditada por Editorial Reconstruir/Dissur Ediciones (Buenos Aires, 1996). Cabe aclarar que la edición realizada por Virus editorial es la primera edición española “completa” que se hace del texto de Orwell, las ediciones anteriores continuaron reproduciendo la censura franquista operada sobre el texto original. Por otro lado, la edición de Virus también reproduce el prólogo realizado por Jacobo Maguid (cuyo seudónimo de militancia en el movimiento libertario argentino fue Jacinto Cimazo) a las ediciones tomadas como referencia.

    2 Williams, Raymond. ‘Observation and Imagination in Orwell’ en: Williams, Raymond (comp.) Orwell. Londres, Twentieth Century Views (págs. 56-58). En dicho artículo Williams señala a los escritores más influyentes en la escritura de Orwell: mientras que en los 30 se destacan Wells, Bennett, Conrad, Hardy y Kipling; los 40 están marcados por la lectura de Joyce, Eliot y Lawrence. Asimismo Swift, Fielding y Dickens, más que Zola y Flaubert, son los escritores que la crítica ha señalado como aquellos que más ascendencia tuvieron en la ensayística orwelliana.   

    3 En este sentido, Richard Hoggart es quizá uno de los críticos más duros de Orwell y, a la vez, uno de sus mayores epígonos. Ver: Hoggart, Richard. ‘Introduction to The Road to Wigan Pier’.  

    4 “Al participar en acontecimientos como ésos supongo que, en una pequeña medida se está haciendo historia, y uno debería sentirse personaje histórico por derecho propio. Sin embargo, no ocurre así porque en tales momentos los detalles físicos siempre pesan más. Durante toda la lucha, nunca pude hacer el ‘análisis’ correcto de la situación que los periodistas esbozaban con tanta facilidad a cientos de kilómetros de distancia. Lo que me preocupaba esencialmente no era lo justo y lo injusto de esa refriega intestina, sino simplemente la incomodidad y el aburrimiento de estar sentado día y noche en esa azotea insoportable” (Orwell, 2001: 141).

     

     

     

    Jimena Néspolo (Buenos Aires, 1973) es poeta, escritora, investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Ténicas (CONICET). Entre los años 1999-2001 lideró un proyecto de murales de poesía ciudadana y editó los primeros números de la revista Boca de Sapo. Publicó el libro álbum Niñas (Adriana Hidalgo editora, 2010), ilustrado por Marta Vicente, y los poemarios: incertezas (Simurg, 1999), Papeles cautivos (Simurg, 2002) y La señora Sh. (Alción, 2009). Su ensayo Ejercicios de pudor. Sujeto y escritura en la narrativa de Antonio Di Benedetto (Adriana Hidalgo editora, 2004) recibió en el año 2002 el Premio del Fondo Nacional de las Artes. 

     

     

    Este texto se publicó originalmente en la Revista Afuera. Estudios de crítica cultural

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