Otra manera de ver las cosas

Mario Coll

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Según la Organización Mundial de la Salud el índice de suicidios y de depresiones diagnosticadas se ha disparado exponencialmente de un modo alarmante durante los últimos cuatro años en el mundo occidental. No es que no pase lo mismo en el resto del mundo, es que ni hay estadísticas.

 

Es decir que cuando hablamos de crisis nos olvidamos significativamente de que las crisis económicas –como los males para los perros con pulgas, nunca vienen solas- y vienen acompañadas de una cohorte de desestabilizaciones anímicas, emocionales, psicológicas, etétera.

 

En distintos foros psicoanalíticos y psiquiátricos se habla de una suerte de “depresión generalizada” en la sociedad; de una especie de clima, de atmósfera que engullera silenciosamente las mentes de una especie que se halla en un momento claramente excepcional.

 

En Momo –creo recordar- los llamados “hombres grises” devoran la voluntad y el ser de los hombres sin que estos se den cuenta; es una ficción, pero ya se sabe que la realidad siempre supera a la ficción y en la realidad, la nuestra, hay unos “hombres de negro”, lo cual cualitativa y simbólicamente presenta un futuro más oscuro.

 

El No way out, No hay salida, No hay futuro… está calando como un sirimiri lento y callado en el espíritu de cientos de miles de personas.

 

El malhumor, la agresividad, el strés pueden ser síntomas depresivos y las salidas desesperadas ya sean en forma de pelotazos, negocios inmorales, estafas o ataques aunque sean encubiertos bajo marchamos políticos o religiosos van en aumento canalizando así el delirio de muchos.

 

El cinismo como mecanismo de autodefensa frente a la frustración y el fracaso de los ideales de la mano de un gran imperativo de gozar a toda costa “porque lo valgo y lo merezco” se abren paso por doquier así como la corrupción como una constante en la vida política y económica sin que el desconcertado ciudadano medio tenga una mediana capacidad de respuesta.

 

Ideales religiosos y políticos canalizan conciencias enfermas en derivas imprevisibles.

 

El panorama se puede vender más o menos apocalípticamente según el ángulo sobre el que se haga hincapié; yo, personalmente opto por la mirada jocosa y humorística en la medida que se pueda.

 

El humor no consiste en estar haciendo reír constantemente a los demás o en buscar obsesivamente frases ingeniosas y ocurrentes. Es un estado de ánimo, una forma de ver y de estar en el mundo que quita importancia a lo aparentemente grave y trascendental; una forma de desposesión interior que se puede emparentar –aunque parezca paradójico- con la mística y que siempre proporciona paz.

 

Hablo del verdadero humor que implica una mirada amorosa del mundo y sus gentes –aunque a veces no resulte fácil-, pero que reconoce y dice que el rey está desnudo, cuando lo está, aunque nadie se atreva a decirlo.

 

¿O no tiene gracia ahora, sin ir más lejos, que una ministra de Sanidad se apellide Mato, un ministro de Educación Wert –primera sílaba de “wertedero”, lugar en que se está “conwertiendo” nuestro sistema educativo público-, o que cada vez más españoles deseen en su fuero interno que el presidente del Gobierno grite un día a la Nación: “Españoles, por fin me Rajo Hoy”?

 

 

 

Mario Coll es psicoanalista y autor del Dicciomario que publicará en breve la editorial Vértice

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