Interior de la casa de Rimbaud en Harar, donde se exponen fotos suyas y otras de la época.

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    El otro Rimbaud, el Rimbaud africano

    Texto y fotos: Manuel Ruiz Rico - 14-02-2013

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    Yo es otro

    Arthur Rimbaud

     

    Viajaremos, cazaremos en los desiertos, dormiremos sobre

    el empedrado de ciudades desconocidas, sin cuidados, sin penas

    Arthur Rimbaud, Una temporada en el infierno

     

     

    Un día de primeros de 1887, seguramente entre febrero y marzo. El rey Menelik II de Etiopía regresa a su cuartel general, instalado en el monte Entoto, en el centro del país, tras haber librado una rápida y sangrienta batalla contra las tropas egipcias en la conquista de la ciudad de Harar, cerca de la actual frontera con Somalia. En Entoto, a unos 2.500 metros de altura, lo espera un comerciante francés cargado con un cargamento de 2.040 rifles de percusión, 60.000 cartuchos Remington y una remesa de utensilios.

     

    Lo que el monarca no podía imaginar es que el hombre que abrigaba el sueño de hacerse rico vendiéndole tal cargamento de armas había nacido en la localidad francesa de Charleville, tenía 32 años y era ya uno de los grandes poetas de su tiempo. Se llamaba Jean Arthur Rimbaud.

     

    Rimbaud había partido desde Tadjoura —en la actual Yibuti— dos años antes y desde entonces andaba a lo largo y ancho de Etiopía en pos de Menelik II para cerrar la venta. Una travesía de casi un año y medio “con enormes gastos que afrontar, por no mencionar los peligros del camino”, según escribió en una carta a su familia del 3 de diciembre de 1885.

     

    Y no sin razón: para llegar desde Tadjoura hasta Entoto había recorrido cientos de kilómetros “siguiendo terribles caminos que recuerdan los horrores que se atribuyen a los paisajes lunares”, la mayoría de ellos probablemente a pie, y atravesado una de las regiones más inhóspitas del planeta: el lago Asal, donde está el desierto del Danakil, el segundo punto más bajo de la tierra (-150 metros bajo el nivel del mar), cuyas temperaturas superan los 50 grados.

     

    La caravana apenas recorría diez kilómetros diarios. De modo que cuando Menelik II arribó a su base central de Entoto procedente de la conquista de Harar, el comerciante francés se apresuró a pedir audiencia con el monarca. Pero Menelik II era rey astuto y un duro negociador: no negociaba mirando el reloj ni el calendario, por lo que las conversaciones se prolongaron durante semanas.

     

    El escenario también haría fortuna. Aquel campamento militar sobre el monte Entoto, donde Menelik fundó la capital de su nuevo reino, de la Etiopía moderna, es hoy una ciudad de varios millones de habitantes, llamada, literalmente, Nueva flor, lo que, dicho en amariña o amárico —uno de los dos idiomas oficiales del país junto al inglés— no es sino Addis Abeba, la actual capital del país y sede de la Unión Africana.

     

    Pero no es Addis Abeba la ciudad a la que está unida la vida africana de Rimbaud sino otra ciudad, precisamente, la que Menelik II acababa de conquistar a los egipcios cuando llegó a Entoto: Harar, la cuarta capital del islam tras La Meca, Medina y El Cairo. Una ciudad también hoy eminentemente musulmana, como más o menos la mitad de los etíopes en la actualidad —el resto son en su mayoría cristianos ortodoxos, también llamados coptos, la religión que ha predominado tradicionalmente en Etiopía, y un pequeño porcentaje de tribus animistas, predominante sobre todo al sur del país—.

     

     

    Tres etapas en una década

     

    Rimbaud había llegado a Harar a finales de 1880 para trabajar como comerciante en el almacén del francés Alfred Bardey. Desde entonces, residió en la ciudad un total de unos cinco años a lo largo de tres etapas diferentes, que concluyeron en abril de 1891, cuando abandonó Harar gravemente enfermo rumbo a Europa, donde moriría en Marsella el 10 de noviembre de ese año debido a una inflamación en su pierna derecha.

     

    El episodio de la venta de armas en Entoto, conocido como el affaire Labatut, es el eje central de la historia de Rimbaud que narra Abdú Naser, uno de los guías de la casa del poeta en Harar, la conocida como bet Rimbaud (bet significa casa en amariña), una de las principales atracciones turísticas de la ciudad.

     

    Pierre Labatut, antiguo capitán de barco, llevaba casi 15 años viviendo en la región de Shoa, en la ciudad de Ankober, por entonces la capital del país, donde vivían apenas unos diez europeos, todos ellos comprometidos con el tráfico de armas. Se había casado con una abisinia y tenía buenas relaciones con Menelik II, originario también de Shoa.

     

    En agosto de 1885, Labatut dejó Shoa con el encargo del rey etíope de comprar armas. El contrato entre Rimbaud (que dejó a Bardey) y Labatut fue firmado el 5 de octubre de ese año. Las mercancías que pretendían vender al rey Menelik eran 1.721 anticuados rifles de percusión, 20 rifles Remington, 14 rifles para cazar elefantes y 750.000 cartuchos.

     

     

    Sueños de riqueza

     

    A partir de ahí, Rimbaud se abandona a esperar en Adén a que la operación cuaje para entrar en acción y cumplir con su parte y empieza a destilar un excesivo optimismo en cuanto a las ganancias que le reportará la operación Labatut. En una carta a su familia del 22 de octubre de 1885, Rimbaud escribe: “Me vienen de camino desde Europa varios miles de rifles. Voy a organizar una caravana y llevar esta mercancía a Menelik”, escribe, “el rey paga a buen precio las armas (…) Espero recibir el pago de inmediato y regresar con un beneficio de 25.000 a 30.000 francos; todo en menos de un año…”.

     

    El cargamento llega con un retraso espantoso a Tadjoura a finales de enero de 1886. El real, no el firmado por Labatut meses atrás: 2.040 rifles de percusión, 60.000 cartuchos Remington y un pedido de utensilios para el rey. A partir de ahí, hay que comenzar a organizar la expedición: contratar guías, ayudantes, cargadores, camellos… de modo que las semanas continúan pasando hasta que en junio de 1886 Labatut cae gravemente enfermo y regresa a Francia. El diagnóstico no puede ser peor: tumor cerebral. Finalmente, Labatut muere y Rimbaud se queda al frente de la operación. Será el principio de muchos quebraderos de cabeza para el escritor, que alcanzarán su punto álgido en el encuentro de Entoto con Menelik II a principios del año siguiente.

     

    Rimbaud está solo al frente del negocio con la caravana pendiente de salir para Shoa. Decide sumarse a otra expedición que hará un recorrido similar y que dirige otro eminente comerciante francés en la zona, Paul Soleillet. Pero la mala suerte se ceba de nuevo con Rimbaud. Soleillet sufre una apoplejía en las calles de Adén y muere.

     

    “Rimbaud está ahora más decididamente solo que nunca”, escribe Charles Nicholl en su Rimbaud en África. No es para menos. Después de casi 11 meses en aquella “costa maldita” está al fin listo para partir, aunque con la moral más baja que nunca. “Ahora veo, pues”, escribe a su familia, “que la existencia es sólo un camino para agotar tu vida”.

     

    Parte desde Tadjoura y tarda 50 días en atravesar el desierto y llegar hasta Shoa. Desde ahí se dirigió a Ankober, la capital, adonde llegó el 9 de febrero de 1887, tras una singladura de cuatro meses. Pero Menelik II había abandonado la ciudad para librar sus batallas contra los egipcios y convertido su nuevo campamento base, al oeste de Ankober, en la nueva capital para el país.

     

    En éstas se hallaba el autor de El barco ebrio cuando un antiguo socio etíope de Labatut le reclamó las deudas que el comerciante tenía contraídas con él. Cuando Rimbaud decide hacer el pago recurriendo a los bienes de Labatut, se da cuenta de que la viuda se los había llevado todos, lo que imposibilitó cualquier operación y la reclamación de la deuda siguió en pie.

     

    La esperanza de Rimbaud para salir de este atolladero era la venta de armas a Menelik II, pero éste, para rematar las cosas, le hace responsable de otra deuda de 3.000 táleros que Labatut mantenía con él. Rimbaud, que había previsto cerrar la venta en 40.000 táleros (170.000 francos), acaba aceptando 11.000. De ahí ha de restar los gastos de la expedición, fijados en 2.500, de modo que la cifra final se queda en 8.500 táleros, ni la cuarta parte de lo que había previsto.

     

    Pero Menelik II no paga en mano, sino que los 8.500 táleros serían cobrados en bonos firmados por Ras Makonen, gobernador de Harar, primo de Menelik y padre de Ras Tafari, más tarde conocido como Haile Selassie, el León de Judá, el autoproclamado heredero del Rey Salomón y la Reina de Saba, El Emperador de Kapuscinski, quien gobernaría Etiopía entre 1931 y 1974. Nació un año después de que Rimbaud abandonara para siempre Harar.

     

    Nada de esto podía saber Rimbaud cuando abandonó Entoto el domingo 1 de mayo de 1887, a caballo, de nuevo con rumbo a Harar y en compañía de su compañero de no pocas fatigas y negocios el también francés Jules Borelli. Más de dos años después, el 20 de diciembre de 1889, Rimbaud escribe derrotado al consejero de Menelik II, el suizo Alfred Ilg: “No sueltan ni una sola piastra”. Se hace así realidad su nefasta frase escrita en una carta a su familia mientras organizaba en Adén la caravana para Menelik II: “Es fácil ser millonario en África… ¡un millonario en pulgas!”.

     

     

    Fotógrafo en el corazón de África

     

    Sentados en la sala principal de la Bet Rimbaud de Harar, Abdú Naser obvia en su exposición los escritos que el poeta escribió en la ciudad etíope y centra su exposición en otros aspectos presuntamente más llamativos de su vida como las diferentes residencias que Rimbaud tuvo en la ciudad o la temporada en la que se abandonó al desempeño de la fotografía.

     

    Este último episodio se remonta a 1882 y el escenario es, de nuevo, Adén. En septiembre de ese año encarga en Francia una cámara fotográfica. Tiene el propósito de viajar a Shoa: “[Allí] jamás han visto una antes”, escribe a su familia el 28 de septiembre, “y me servirá para ganar una pequeña fortuna en poquísimo tiempo”.

     

    De nuevo, sueños de riqueza que nunca se cumplirán. Con su nueva adquisición regresa a Harar. “Aquí todo el mundo quiere ser fotografiado”, escribe a su familia, a la que el 6 de mayo envía sus primeros frutos fotográficos: tres autorretratos. “En la primera estoy de pie en una terraza de la casa; en la siguiente, en una plantación de café; y en la tercera, con los brazos cruzados en una plantación de banano”, relata en la misiva. Esta última imagen es, sin duda, la más famosa de todas. Estas tres fotos conforman nuestro único conocimiento visual de la estancia de Rimbaud en Harar y en África.

     

    Continuará haciendo más fotografías (escenas de Harar, retratos a personajes de la ciudad) hasta que el 14 de abril de 1885 anuncia a su familia que ha vendido la cámara. En total, se conocen cuatro fotografías de Rimbaud y una quinta —un retrato del cortesano y militar egipcio Ahmed Ouadi— se sabe perdida.

     

    Varias copias de estas imágenes están expuestas en la casa de Rimbaud en Harar, una casa que, como informa Naser, “no es ninguna de las que realmente tuvo Rimbaud. Esta bet Rimbo fue, entre otras cosas, el almacén de un comerciante indio que tuvo relaciones con Rimbaud y también la casa en la que el padre Jarousseau enseñó francés a un pequeño Haile Selassie”. El padre André Jarousseau, misionero francés y a la sazón obispo de Harar, había llegado a Harar en 1888, un año después que Rimbaud.

     

    Si en esta casa se ha ubicado la bet Rimbo es, sobre todo, porque ninguna de las tres casas de Rimbaud sigue en pie y además se ignora la ubicación exacta de dos de ellas; el emplazamiento de la primera sí se conoce y hoy hay en ese lugar, a los pies de la plaza de Faras Magala —literalmente mercado del caballo— un bar y un hotel decrépitos, el Wesen Seged Hotel. Es decir, la actual bet Rimbo tiene la enorme ventaja no sólo de estar en pie sino de ser un hermoso edificio. Como decía John Ford, si tienes que escoger entre la verdad y la leyenda, escoge siempre la leyenda. Y Rimbaud es precisamente eso: pura leyenda.

     

     

    Los dos escritos africanos de Rimbaud

     

    Rimbaud escribió en Harar. Nada de poesía, nada de novela o de ficción. Escribió dos artículos para la Société de Géographie. El primer escrito data de principios de 1883 y se titula Rapport sur l’Ogdaine (Informe sobre el Ogadén, el desierto que conecta Etiopía y Somalia). Es un breve texto de cinco páginas cuya publicación recomendó Bardey por su “precisión”. Éste lo envió a la Société de Géographie, de la que era miembro, y apareció en 1884. En realidad, el informe se basa en una expedición de Constantin Sotiro, un comerciante griego amigo de Rimbaud.

     

    El segundo escrito, también publicado por la Société de Géographie en 1887, consiste en un relato del viaje que realizaron Rimbaud y Borelli desde Entoto hasta Harar tras vender el cargamento de armas a Menelik II. Según Borelli, Rimbaud y él fueron los primeros europeos en cubrir dicha ruta.

     

     

    La vida privada de Arthur Rimbaud

     

    Se sabe que Rimbaud compartió su vida con dos mujeres abisinias —con la primera entre 1884 y 1885, y entre 1888 y 1891 con la segunda— y que Bardey siempre negó cualquier presunta homosexualidad del poeta. Sin embargo, el guía Abdú Naser admite, en voz baja y con notable pudor —la homosexualidad es un tabú absoluto en Etiopía—, “que Rimbaud pudo tener alguna… relación… con otros… con otros… hombres”. Nada de esto está demostrado. Como siempre, está envuelto en la neblina de la leyenda y del mito.

     

    Acaso los rumores de homosexualidad vienen dados por la estrecha relación que mantuvo el poeta con su joven sirviente Djami Wadai —quien habría nacido hacia 1870—. Éste estuvo ocho años al servicio de Rimbaud, desde 1883 hasta que el francés abandonó Harar. Pero nada es seguro, todo son elucubraciones alimentadas por el misterio inherente al personaje.

     

     

    El café, el qat y los hombres-hiena

     

    Sin embargo, la presencia de Harar apenas se ciñe al apartado turístico, y no digamos de la presencia de la cultura y la lengua francesa. Nadie habla la lengua de Molière en esta ciudad remota. Apenas algún taxista suelta un superficial ça va? aquí y allá para atraer al turista, pero nada más. Según Abú Kassen, otro guía turístico de Harar, “en la ciudad hablan francés unas 200 personas. Antes, el Gobierno francés pagaba a un profesor y había clases en la casa de Rimbaud, pero hace diez u once años que murió y nadie lo sustituyó, así que ya no hay clases”.

     

    Harar es también un lugar legendario en Etiopía: es la ciudad del café, la ciudad del qat —una especie de hoja de coca con un efecto excitante que apaga el sueño y el hambre—, más de 90 mezquitas se aglutinan en el interior de las murallas que rodean su casco histórico… Pero Harar también es la ciudad de las hienas. Aunque hay muchos hombres-hiena destaca de entre ellos Yusuf, que sale cada noche a los arrabales de la ciudad para darle de comer a estas temibles criaturas —ya bastante domesticadas debido a la acción humana—.

     

    Hasta el siglo XIX, las agresivas hienas eran el terror de los habitantes de la ciudad y de los viajeros que se dirigían hacia ella. Sin embargo, hacia finales de ese siglo, se implantó la costumbre de colocar despojos de carne en el exterior de cada una de las cinco puertas de la ciudad, de modo que las hienas se acostumbraron a comer la carne que le proporcionaban los humanos en vez de a los humanos mismos hasta que han acabado por convertirse en una suerte de llamativo aliciente para los turistas, si bien es poco recomendable tratar de relacionarse con ellas sin la presencia de hombres-hiena como Yusuf, que aprendió la costumbre de su padre, y éste de su padre, que a su vez la aprendió de su padre y… y así hasta el siglo XIX.

     

     

    El principio del fin

     

    En este escenario cumplía Rimbaud casi diez años lejos de Europa cuando apareció la enfermedad en los primeros días de 1891. “Todo empezó con algo semejante a un martillazo, por así decir, por debajo de la rótula, repetido muy ligeramente, como una vez por minuto”, escribió el poeta.

     

    Será el inicio del mal que aparece en su pierna derecha y que le costará la vida meses después, incluso previa amputación de dicho miembro. La dolencia fue a más, los dolores se intensificaron, a veces paralizando incluso el cuerpo del poeta, hasta que el 7 de abril de 1891 tiene que abandonar Harar, moribundo, enfermo, enrolado en una caravana que lo lleva encamado hacia Zeilah, en la actual Somalia. Desde ahí es embarcado hacia Adén, donde ingresa en un hospital y recibe un primer y fallido diagnóstico: sinovitis.

     

    A partir de ahí todo se desencadena veloz y fatalmente. El 10 de mayo embarca hacia Francia a bordo de L'Amazone  y a finales de mes llega a Marsella. En junio le amputan la pierna. Atraviesa semanas de relativa calma hasta que la enfermedad regresa de nuevo y a finales de octubre sabe que todo está perdido.

     

    Tiene 37 años y en su lecho de muerte y entre delirios recuerda a su querido Djami. Como indica Nicholl en Rimbaud en África, “que sepamos, la única encomienda de Rimbaud fue dejarle [a Djami] un regalo después de su muerte. E Isabelle [la hermana del poeta, que lo asistió hasta el final] se encargó de ejecutarla”. Así fue como, a través de su hermana, Rimbaud le envió 3.000 francos (750 táleros) que cuando llegaron a su destino recibió la familia de Djami, puesto que el joven etíope había fallecido también. Fue un legado de muerto a muerto.

     

    Recordando Harar en sus delirios finales, Arthur Rimbaud murió a las diez de la mañana del 10 de noviembre de 1891. El viajero y comerciante desaparecía y ya no regresaría a Harar; el otro Rimbaud, el poeta, también moría, su biografía, puesto que su voz, su poesía, se había apagado mucho tiempo atrás.

     

    Acaso por eso, muchos años después, André Tian, hijo del comerciante César Tian, quien tuvo asiduas relaciones con Rimbaud en África, afirmó: “Ni mi padre ni su gerente Maurice Riès ni su amigo Jules Borelli sospechaban por entonces que Rimbaud fuera un poeta… La poesía estaba muerta para él”. Su poesía, sin embargo, está más viva que nunca para nosotros.

     

     

     

    Manuel Ruiz Rico es periodista. Ha sido corresponsal en Etiopía y actualmente en Panamá. Es doctor en Periodismo por la Universidad de Sevilla y ha publicado el libro Antonio Muñoz Molina. El Robinson en Nueva York. En FronteraD ha publicado Gauguin y el sueño (frustrado) de Panamá

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