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Entrada libre el blog de Juan Ignacio García Garzón


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17 de febrero, 2012

Pecios

 

 

Recogidos tras algún naufragio de papel o flotando sobre las olas de las ocasiones perdidas, abandonados en el mar de las prisas, sobre la espuma de los olvidos. Algunos pecios.

 

La huella de las vanguardias

 
Llevo semanas dándole vueltas a un artículo de Mario Vargas Llosa sobre la contribución de las vanguardias a la literatura, el arte y el pensamiento. Al comentar un libro de Carlos Granés, El puño invisible. Arte revolución y un siglo de cambios culturales (Taurus), asegura Vargas Llosa que la “voluntad de ruptura y negación que movilizó a tantos espíritus generosos desde los comienzos del siglo XX y que conmovió hasta las raíces las actividades artísticas y literarias del mundo occidental, fue insensiblemente deshaciéndose de todo lo que había en ella de creativo y tornándose en puro gesto y embeleco”. Un rumbo destructivo que, en opinión del escritor peruano, ha sido cataclísmico. Ahí están, como prueba –subraya–, los escombros que nos rodean”. Y llega a la conclusión de que “lo menos perecedero que en pintura, poesía, música e ideas se produjo en Occidente en esos años no formó parte o, si lo hizo, se apartó pronto de la ‘vanguardia’ y tomó otro rumbo: el de Mahler, Joyce, Kafka, Picasso o Proust”.

 
El admirable narrador integrado apunta a lo apocalíptico. Fuego graneado contra todo lo que se mueva fuera de la senda de la tradición. En otro tabuco digital –ya digo que llevo tiempo trajinando con un rescoldo que no consigo apagar– he comentado lo que de generalizador, inmovilista, parcial e injusto hay en esa sentencia sin matices que no tiene en cuenta la brisa liberadora con que las vanguardias orearon las artes en general e insuflaron pasión en un panorama mortecino, pasa por alto cómo nos han enseñado a mirar las cosas de otro modo, a abrirnos a lo no convencional. Y si, para qué negarlo, han propiciado “embelecos”, la huella de las vanguardias moldea también, mal que le pese, la obra de los creadores que cita.

 
No son perecederos: las neblinas de Turner, el golpe de dados de Mallarmé, las pinceladas febriles de Van Gogh, el escalofrío en el ojo que corta la navaja de Buñuel, las mademoiselles de Aviñón, la ventana en blanco y negro por la que Pabts nos muestra el gabinete del doctor Caligari,  el Nueva York pintado por Federico, los bigotes de Mona Lisa decretados por el estilista Duchamp, los paisajes electrónicos de Luciano Berio, las geografías de ensueño geométrico cartografiadas por Kandinsky, los inagotables saltos de la rayuela dibujada en el cielo de la literatura por Julio Cortázar, la carne descarnada del desasosegante Bacon, la angustia lúcida amasada por Samuel Beckett, el Ulises de Joyce, la terquedad insumisa de Jean-Luc Godard, la hondura cromática de Mark Rothko, la música de Stravinsky, la risa helada de Kafka, los colores de Matisse, las arquitecturas de luz de James Turrell, los juegos de Georges Perec, los nerviosos laberintos de Pollock, la amenaza latente en las obras de Pinter... y las primeras novelas de Vargas Llosa hasta Conversación en La Catedral.
 
El incierto señor don Álvaro (Cunqueiro)


Ha pasado el centenario de Álvaro Cunqueiro (1911-1981) como pasa un tren de mercancías por un apeadero de tercera, sin banda de música ni glosa atiplada del alcalde de turno. Pues vale. Sus lectores lo seguimos conservando en el rincón más mullido de nuestras preferencias, formando con Néstor Luján y Juan Perucho un curioso club de raros colegas de la maravilla, la sabiduría juguetona y la fantasía erudita y amena. Cunqueiro hizo de lo fantástico sabrosa materia cotidiana enhebrándolo en un estilo luminoso y fragante de gran plasticidad. Escribió en gallego y castellano. Poesía, narrativa, miríadas de artículos y teatro, un puñado breve de obras entre las que destaca O incerto señor don Hamlet, Príncipe de Dinamarca, cedazo metateatral de humor y melancolía. Siempre es bueno cualquier motivo por el que brindar, así que, aunque sea a toro pasado, levanto mi copa por el incierto señor don Álvaro y su obra abierta a los vientos de la imaginación. Chin, chin. 
 

 

 

 

 

 

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