Pedro Antonio de Alarcón. Foto: Biblioteca Nacional de España.

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    Pedro Antonio de Alarcón, testigo de la Guerra de África (1859-1860)

    Eduardo del Campo - 21-11-2013

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    Las patas del caballo pasan tropezando entre los brazos de los muertos, esparcidos en posturas aberrantes por la playa como bultos de un naufragio. Sopla el viento de Levante y las olas se estrellan contra el escenario del horror. Él está allí, solo. Abre sus ojos de novato espantado, sintiendo que la contracción del estómago y la sangre estrangulada que le golpea en las sienes es menos fuerte que el influjo fascinante de la muerte alrededor. La curiosidad del periodista vence al instinto natural de salir corriendo, y él descabalga, saca cuaderno y lápiz de su cartuchera y se acerca a pasar revista a los cadáveres de la última guerra romántica, para describirlos como un forense que, en su primera autopsia, intenta a la vez ser preciso y dominar el pavor:

     

    “Eran las diez de la mañana. El día estaba nubladísimo, y la mar empezaba a embravecerse bajo el látigo del Levante. En la playa no había alma viviente, aunque acababa de ser teatro de espantosas luchas... Nadie más que yo tenía en aquel momento libertad de acción para ir allí en busca de los cuarenta cadáveres enemigos que, según noticias, nuestros Cazadores habían dejado a retaguardia. El lugar era melancólico de suyo, y yo caminaba sin más compañero que un sordo remordimiento por la cruel curiosidad que me guiaba en aquel instante”.

     

    Es la noche del 26 de diciembre de 1859 y el soldado-periodista Pedro Antonio de Alarcón, granadino de Guadix de 26 años, calado hasta los huesos dentro de su tienda de campaña en un campamento militar a pocas leguas de Ceuta, está escribiendo, con su relato de lo visto el día antes, algunas de las páginas fundadoras del periodismo moderno en español. Enrolado como voluntario (hoy lo llamaríamos periodista empotrado) en las tropas que el general Leopoldo O’Donnell ha lanzado contra el norte de Marruecos, Alarcón describe la campaña militar en su Diario de un testigo de la guerra de África para el periódico La Época de Madrid, entre diciembre de 1859 y final de marzo de 1860.

     

    Al joven periodista (como nos recuerda José Asenjo Sedano en su edición de 1985 para la Biblioteca de la Cultura Andaluza) se le han quedado pequeñas las experiencias político-revolucionarias que en años anteriores ha vivido en Granada, cuando ocupó el Ayuntamiento y la Capitanía a la cabeza del motín local en apoyo de la insurgencia de O’Donnell en Madrid, o cuando lanzó desde las páginas de los periódicos granadinos Cuerda y La Redención y el madrileño El Látigo, con poco más de veinte años, furiosos artículos contra la reina Isabel II y el clero. Ya ha viajado a París como corresponsal de El Occidente y escrito, una vez pasada la etapa juvenil más revolucionaria, en gran parte de las publicaciones de la época. Ahora necesita dar un salto mortal, comprometiéndose en una expedición de más riesgo y posibilidades dramáticas. La oportunidad se la da la guerra que el gobierno de O’Donnell le declara al sultanato de Marruecos de Mohamed IV por una serie de sabotajes a las nuevas fortificaciones que los españoles han construido en la frontera de Ceuta.

     

    La campaña española que encabeza en persona el presidente del Gobierno también pretende curar un complejo de inferioridad militar que dura los tres siglos transcurridos desde el desastre de la Armada Invencible. Tras décadas de crisis políticas internas y estancamiento económico, la edad dorada que suponen los cinco años de estabilidad (todo un récord) del Gobierno largo de O’Donnell permiten al país ponerse de acuerdo en torno a una misma codicia colonial y embarcarse en operaciones bélicas exteriores con las que recuperar el prestigio internacional perdido. En ese contexto histórico, las páginas del Diario cristalizan el arrebatado romanticismo patriótico que se ha apoderado de España… Y del corresponsal.

     

    “¡Al fin amaneció el día de nuestra marcha! ¡Al fin vamos a participar de los peligros y de la gloria de nuestros hermanos, que luchan y mueren como leones al otro lado del Estrecho! ¡Al fin se mecen las naves, prontas a surcar las tendidas olas y transportar el Tercer Cuerpo de Ejército de África al teatro de la guerra! (…) ¡En marcha, pues! Despidámonos de los buenos amigos que dejamos en esta noble ciudad; despidámonos del suelo y del aire patrio; y ocupando nuestro lugar en la legión expedicionaria, volemos a África a realizar el sueño de toda nuestra vida”.

     

    La primera página del Diario, fechada en Málaga el 11 de diciembre de 1859, nos presenta a un escritor eufórico por el ambiente de fiesta en honor de los heroicos hijos que van a sacrificar sus vidas por la patria. Para él la guerra, al otro lado del Estrecho, es todavía una imagen idealizada, una cuestión de caballeros regulada por leyes de honor. “Volemos a África a realizar el sueño de toda nuestra vida”. La frase resume lo que el autor busca al partir: aventura, libertad, camaradería, gloria... Una experiencia hermosa si no fuera por los muertos que quedarán en el camino, y la indiferencia que crecerá en el corazón. La probabilidad de la muerte actúa como polo de contraste con la fanfarria castrense en el puerto y hace que tiemble la voz del narrador, que se da cuenta de que su existencia pende de un hilo entre la plenitud y la nada, por mucho que sublime el miedo a morir aceptando su sacrificio por la coartada patriótica:

     

    “Ni el júbilo del patricio; ni el entusiasmo del soldado, pueden ahogar los lúgubres sobresaltos del hijo, del padre, del esposo, del hermano, del amigo que deja, tal vez para siempre, a las más caras prendas de su alma. Así es que he leído en todos los semblantes y hallado en mi imaginación una dolorosa idea, desatendida por nosotros mismos, pero que levantaba muy alta su poderosa voz: ¡Los que nos vamos podemos no volver! La guerra, la peste, la intemperie, las privaciones: he aquí lo que vamos a encontrar en la inhospitalaria costa moruna. ¡Ni pan, ni techo, ni descanso, ni abrigo! ¡La guerra con todos sus horrores y sin más consuelo que los propios! (...) ¡Y ahora, que Dios sea con nosotros! —¡Adiós a todo! ¡Adiós a nosotros mismos!”.

     

    Entre la fama del héroe superviviente y la rigidez del cadáver anónimo media sólo el capricho de un destino ciego. Vista la tragedia una vez, se acepta su existencia en el mundo o se renuncia a vivir. El cronista elige lo primero y su personalidad sale reforzada.

     

    Su caso es uno de los primeros en que el escritor se convierte en periodista para inmortalizar el presente tal como va ocurriendo, intentando al mismo tiempo hacer de su crónica un testimonio fidedigno y una obra de arte. El que vive es el mismo que a continuación, sin dar tiempo a enfriarse, escribe, aún bajo la onda expansiva de la realidad, un rasgo periodístico que potencia el dramatismo de este Diario africano. El corresponsal se mete en el ojo del huracán arriesgando su vida para ver la Vida con ojos propios y no prestados. El lujo de detalles que enriquecen y dan relieve a su crónica, convirtiéndola en documento histórico de primera mano, no sería posible sin la virtud de la presencia. Ese yo que nos arraiga en el campo de batalla, identificándonos con los ojos espantados del testigo, no se estila en el periodismo de hoy, pero aquí parece la fórmula natural. Yo vi, yo estuve, yo hice.

     

    El desconocido imperio marroquí en el que Alarcón se adentra, como puerta de la “misteriosa África”, representa, por sus diferencias culturales y religiosas con la norma occidental, una muralla de otredad que alimenta sentimientos paradójicos: el desprecio del xenófobo y racista, pero también la fascinación y el deseo del curioso por acercarse al extranjero. Como buen periodista, Alarcón quiere conocer al enemigo y, atravesando la alambrada de su origen, hace el esfuerzo de presentar el testimonio, aunque sea edulcorado, de los otros, para a través de ellos mostrarnos cómo es el mundo del otro lado del campo de batalla.

     

    No puede haber imparcialidad en la pluma de un cantor de gesta, pero en este caso sí existe por lo menos el respeto por el rival y la curiosidad de conocerlo. Alarcón es aquí el frágil punto de contacto entre dos culturas vueltas de espaldas. Un emisario de Europa en la zona de sombras de lo desconocido. Un intruso. Como cuando se adentra en la zona marroquí, aprovechando una momentánea retirada, para entrar en una mezquita en ruinas. A la vista del Boquete de Anghera, una imponente brecha en las montañas del Rif, Alarcón dice, sobrecogido por la idea de hallarse en el límite de dos mundos, al borde de las tinieblas:

     

    “En el Boquete de Anghera está la callada esfinge, depositaria del enigma de la verdadera África, del África misteriosa e independiente, que empieza en él y no en sus costas. Allí ha fijado la misma Naturaleza la frontera de lo desconocido; por allí fluye y refluye ese mar interior de gentes ignoradas, que nuestra civilización trata nuevamente de explorar (...)”.

     

    El reconocimiento del Otro queda de relieve en el fragmento, que hoy reproducimos, en que describe a los combatientes enemigos muertos, donde pasa gradualmente, como él admite, de la actitud inicial de desprecio, al aprecio de su humanidad. El periodista se impone al soldado; el intelectual, al patriota. Al final del recuento se pregunta por el origen de esos hombres, como queriendo sacarlos, mediante su retrato póstumo, de la indecencia del anonimato del montón de cadáveres.

     

    El acercamiento al Otro avanza un grado más cuando días después entrevista en una cárcel ceutí a unos soldados marroquíes prisioneros. El testimonio de uno de ellos, Omar-ben-Mohamed, Caíd de Mequinez (él lo escribe Mequínez), actúa como relato dentro del relato, engastando la voz del vencido en el discurso del vencedor. Alarcón cede la palabra al hombre modélico que a él seguramente le gustaría ser de haber nacido al otro lado del frente, y Omar, en primera persona, explica de modo positivo cómo es la tierra de los marroquíes y su forma de vida. El prisionero al que se escucha se convierte así en una ventana o médium a través del cual asomarse al otro lado. Curiosamente, cuando Alarcón le pregunta por qué odian a los españoles, el marroquí le contesta que es por la inmemorial negativa de éstos a conocer Marruecos. De lo que se deduce que la guerra nace de la ignorancia y el desconocimiento mutuos, y del amor propio herido de unos marroquíes que se sienten despreciados. Los temas conflictivos de Ceuta y Melilla y Al Ándalus asoman en el breve encuentro.

     

    La voluntad de comprensión del cronista no puede detener la maquinaria bélica, que avanza movida por el ansia de afirmación española hacia el horizonte africano. La guerra, una vez en marcha, no se detiene, hay que agotarla. Para Alarcón, la muerte que siembra esa cruzada es, además de causa de conmoción espiritual, un elemento decorativo necesario en el vasto espectáculo colectivo de la guerra, como la sangre del toro pueda serlo para apreciar la autenticidad de una corrida. De este modo plantea toda una serie de reflexiones que confirman su visión de la batalla como material artístico: los tratados militares de Clausewitz como poéticas; las escaramuzas como expresiones del ars belli dignos de ser analizados en términos estéticos; los soldados, protagonistas de una tragedia en la que, al contrario de los trucajes de las películas, han de morir de verdad derramando una sangre que no sabe a tomate. Un rito sagrado como fiesta cruel para acceder a la gloria. En la descripción de la batalla de Los Castillejos, ocurrida el 1 de enero de 1860, Alarcón cuenta:

     

    “Enfrente de nosotros se levantaban en progresión ascendentes tres corpulentas lomas, de las cuales sube una columna interminable de soldados y acémilas con cargas de municiones y artillería llevada a lomo, y de las cuales desciende un cordón continuo de heridos... Torrente de sangre que, vomitado por el monte, cruza el llano y va a morir a la mar (...). Ahora, lo que yo no puedo haceros ver ni oír es la luz y la vida de este cuadro, su animación, su estruendo, su ardiente colorido, sus fantásticas proporciones...”.

     

    Ve la batalla como el modelo natural de uno de esos cuadros bélicos de gigantesco formato que llenaban paredes completas de los palacios reales y republicanos de Europa, como si echase de menos la presencia a su lado de un Delacroix o un Géricault para pintar esa realidad bajo ese sol, más que la del fotógrafo que en principio había intentado contratar para que lo acompañase. Su relato encontraría su gran complemento plástico en los apuntes y cuadros del pintor catalán Mariano Fortuny y Marsal, que a sus 21 años, becado por la Diputación de Barcelona, llegaría en marzo, al final de la guerra africana, con el encargo de plasmar la contienda y la participación de los voluntarios catalanes (aunque sería el paisaje y paisanaje lo que más le acabaría interesando).

     

    Muy revelador es el fragmento en el que Alarcón describe a los jinetes marroquíes como caballeros exóticamente disfrazados en una gala de circo; pareciera que está pintando con palabras un cuadro de Fortuny:

     

    “Yo no he visto jamás figuras tan airosas, tan elegantes, tan gallardas, (...) aquellos caballeros, cubiertos de blancos albornoces, iban y venían sobre la verde hierba como bandada de gaviotas sobre las azules olas del mar. ¡Era un cuadro maravilloso! ¡Era el espectáculo soñado por todos los que han divertido su fantasía con héroes orientales!”.

     

    El cronista despierta de esta visión de fantasía, que idealiza y da sentido a una muerte que por naturaleza es desnuda y carece de él, y se lanza apasionada, febrilmente, hacia el clímax de la carga del general Prim, queriendo ordenar el caos con palabras.

     

    “¡Viva nuestro General!, gritan vigorosamente, y se abalanzan en pos suyo sobre los Moros, y arrostran una muerte segura, y caen cadáveres sobre cadáveres, y siguen arremetiendo, y las bayonetas se cruzan con las gumías, y mézclase la sangre infiel con la cristiana, y la victoria ciérnese indecisa sobre los revueltos combatientes.

     

    Las cornetas siguen tocando ataque; los Marroquíes asordan el espacio con sus gritos; el arma blanca y la de fuego juegan indistintamente; el humo se hace tan denso, que no permite distinguir al amigo del adversario (…)”.

     

    En la campaña de Marruecos, que ganaron los españoles el día que entraron triunfantes en la rendida Tetuán, el periodista y futuro novelista fue “volando a la muerte como al festín de la inmortalidad”, y si hubo de merecerla –la inmortalidad, no la muerte– no fue por los sablazos que pegó sino por los libros que escribió, y de entre ellos este Diario de un testigo de la Guerra de África con el que abrió un camino en el periodismo moderno.

     

    Testigo directo de la “última guerra romántica española” y exponente del realismo literario, Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891) cumplió el ideal del hombre que interviene en su tiempo con la espada y con la pluma. Experimentó ese roce con la muerte que es el peligro y llevó al abismo su “cruel curiosidad”, para luego, sentado frente a un papel en blanco, convertido en un superviviente, poder escribir: “La embriaguez del horror y el entusiasmo embarga aún mi corazón...”.

     

     

     

    Eduardo del Campo es periodista en el diario El Mundo, con base en Sevilla. Su último libro publicado es la novela Capital Sur (Paréntesis, 2011). En su sección maestros del periodismo en FronteraD han aparecido:

     

    Rafael Barrett denuncia la esclavitud en ‘Lo que son los yerbales’ (1908)

     

    Magda Donato en la cola del hambre de 1934

     

    Luis de Oteyza entrevista a Abdelkrim

     

    Ramón J. Sender en Casas Viejas (1933)

     

    Sofía Casanova en la Revolución Rusa de 1917

     

    Manuel Chaves Nogales

     

    ¡Qué persona, Carmen de Burgos, Colombine!

     

    Blanco White, tinta liberal

     

    José Martí

     

    La lección de Antonio Machado

     

     

     

     

    Diario de un testigo de la guerra de África

     

    (Publicado por el periódico ‘La Época’ de Madrid, diciembre de 1859-marzo de 1860)

     

     

    Pedro Antonio de Alarcón

     

     

     

    26 de Diciembre [de 1859]

     

    (…) A las tres de la tarde el combate había terminado, y no se veía ni un solo Moro por estas cercanías. Su temeridad se había vuelto contra ellos mismos. Nuestra Infantería los expulsó primero de sus posiciones; la Artillería los persiguió y destrozó en su retirada, y la lluvia, finalmente, les obligó a transponer el horizonte. Por mi parte, durante la jornada, tuve ocasión de ver tranquila y detenidamente (¡como que estaban muertos a mis pies!) una grande y variada colección de los extraños personajes que luchan con España hace tantos días; y, si he de decir toda la verdad, el primer sentimiento que me inspiró su vista fue cierto desprecio, considerándolos indignos de medir sus armas con las nuestras, o sea juzgándolos más salvajes y fieros que patriotas. Luego cambiaron súbitamente mis ideas, y sentí noble compasión hacia aquellos bárbaros, de cuya tierra éramos seculares invasores y contumaces enemigos. —Y, por último, sobreponiéndose en mí a otra idea la devoción artística, los hallé tan grandes, tan denodados, tan hermosos y tan inocentes, que me entristecía el considerar el odio con que me hubiesen mirado ellos, caso de volver la vida a alumbrar sus inanimados ojos.

     

    Eran las diez de la mañana. El día estaba nubladísimo, y la mar empezaba a embravecerse bajo el látigo del Levante. En la playa no había alma viviente, aunque acababa de ser teatro de espantosas luchas... Nadie más que yo tenía en aquel momento libertad de acción para ir allí en busca de los cuarenta cadáveres enemigos que, según noticias, nuestros Cazadores habían dejado a retaguardia. El lugar era melancólico de suyo, y yo caminaba sin más compañía que un sordo remordimiento por la cruel curiosidad que me guiaba en aquel instante.

     

    Figuraos un arenal rojizo, estrecho y largo, limitado a mi izquierda por las espumantes olas, y a mi derecha por altos peñascos, áridos y adustos, tajados verticalmente sobre la playa. —De aquellas empinadas rocas habían caído o sido precipitados los Moros cortados en la carga a la bayoneta, y allí estaban sus ensangrentados cadáveres: unos colgados por los jaiques de los picos y matorrales de la ladera; otros, estrellados contra las peñas del suelo; algunos, tendidos sobre la blanca arena, y no pocos dentro del agua, yendo y viniendo de la mar a la orilla a merced del espumoso oleaje. —¡Era el cuadro de mayor desolación que nadie haya contemplado nunca! ¡Sobrepujaba en horror al más angustioso naufragio!

     

    ¿Quiénes eran aquellos hombres? ¿Quién los echaría de menos en el mundo? ¿Hacia qué sombras queridas tendieron los brazos al tiempo de morir?

     

    Sorprendía desde luego la variedad de tipos, y aun de razas, que se veía representada en cuarenta individuos segregados al acaso del Ejército marroquí. —La mayor parte eran indudablemente rifeños, a juzgar por sus pardos jaiques rayados de blanco y por sus cabezas afeitadas escrupulosamente, salvo un largo mechón que conservaban hacia el occipucio, como los chinos. Pero los había también de raza árabe, y negros y mulatos.

     

    Recuerdo de entre los árabes a uno, joven y hermoso, cuya vestimenta, como la de casi todos sus compañeros, se reducía al largo jaique de gran capucha. Hallábase tendido en el borde mismo de las aguas: sus negrísimos ojos, aunque nublados para siempre, miraban aún enfurecidos, y su obscura, correcta y callosa mano, ennegrecida por la pólvora, se remontaba sobre su cabeza, como si amenazase todavía. Obscura barba, rala y partida en dos, rodeaba como un festón de terciopelo su pálido rostro de singular belleza, sombreando artísticamente el cuello, atravesado por espantosa herida. Uno de sus pies conservaba la redonda babucha de cordobán; el otro, completamente descalzo, ostentaba la fortaleza del hierro y las graciosas proporciones de los pies del Sur. Notábase, en fin, en todo aquel hombre medio desnudo, algo que recordaba los contornos finos y acerados de los caballos árabes. El arte antiguo lo hubiera tomado para modelo de sus famosos gladiadores.

     

    Al lado de este gallardo tipo vi otro en quien todo era rudeza y ferocidad. Sus mismas bárbaras heridas le hacían parecer más horroroso, pues tenía deshecha la cabeza por un bayonetazo, y los dos hombros atravesados por las balas. Era de estatura colosal; chato como un tigre; con las rodillas más recias y nudosas que viéronse nunca en ser humano, y sobre su piel lustrosa y curtida blanqueaban muchas cicatrices, que revelaban toda una vida de combates. —Una especie de tuniquilla tejida con pelo de camello defendía meramente el pudor: se hallaba descalzo, y pendiente de su cintura se veía una bolsa de tafilete rojo, de la cual se habían volcado algunas balas y una gran cantidad de pólvora muy gruesa. Por último, entre las municiones asomaban algunos mendrugos de galleta, ennegrecidos por la dicha pólvora... —¡Era el alimento natural y propio de una criatura semejante!

     

    También recuerdo a un mulato, feo, cobrizo, imberbe, largo de brazos, parecido en todo a un ídolo egipcio.

     

    Contrastando con él, y colgado de una jara como otro Absalón, vi a un joven de quince o diez y seis años, blanco y endeble, cuyo rostro conservaba aún el sello del espanto, y cuyo desnudo seno vomitaba todavía caliente sangre por una tremenda herida de bayoneta. —Este no debía de ser rifeño: parecía un moro de ciudad; su jaique estaba limpio, llevaba alguna ropa interior, y sus babuchas ostentaban graciosos arabescos.

     

    Por lo demás, allí había hombres de todas edades; lo mismo tiernos adolescentes, como el que acabo de describir, que viejos canosos, de arrugada piel y desmedrados remos; pero la mayoría era de varones fuertes, en la plenitud de la virilidad. Entre ellos vi dos negros: el uno hermoso y reluciente como un cafre, y el otro deforme y pardusco como un hotentote. La verdadera casta mora se revelaba en muchos por el trazo diagonal de las cejas y por la depresión de la nariz roma, así como la clásica raza árabe parecía indicada en otros por el noble perfil de sus semblantes ovalados, por la finura de sus músculos de acero y por la esbeltez de sus delgadas cinturas.

     

    ¡Vi hasta cuarenta!... —Lo repito. —¡Nunca, jamás, olvidaré aquella hora, aquel lugar, aquellos muertos! Los estremecimientos de mi caballo me los anunciaban antes de que yo los descubriera, y cuando me alejé del ensangrentado arenal para subir a la montaña vecina, un alegre resoplido del noble bruto pareció como que me advertía que habíamos estado solos demasiado tiempo...

     

     

    *     *     *

     

    (…)

     

    5 Enero [de 1860], por la tarde [en Ceuta]

     

    Bajo en este momento de la Torre del Hacho. —Nuestros campamentos siguen en el mismo sitio. Yo estoy peor y desesperado.

     

    Sin embargo, hoy he pasado una hora agradable hablando con los Moros heridos en Castillejos, que se encuentran en uno de los hospitales de esta Plaza.

     

    He aquí, con todos sus curiosos pormenores, tan interesante escena.

     

    La habitación ocupada por los prisioneros es un mal pabellón de un desmantelado cuartel, donde no entra más luz que la que pasa por la puerta.

     

    Cinco tablados, con un jergón de paja cada uno, y las correspondientes sábanas y mantas, constituyen los lechos de los vencidos Marroquíes.

     

    Dos presidiarios (de los cuales uno habla el árabe por haberse pasado al Moro en cierto tiempo) sirven de enfermeros a los pobres pacientes.

     

    El centinela encargado de que nadie penetre en la estancia sin la competente autorización, hallábase dentro de ella, atraído por una curiosidad muy justificada.

     

    Mr. Chevarrier, corresponsal de Le Constitutionnel, de París, me acompañaba en esta visita.

     

    Mr. Chevarrier ha permanecido largo tiempo en la Argelia; conoce mucha parte de la guerra de los Franceses con los Árabes, y habla el idioma de éstos como el suyo propio. Él, pues, llevaba la palabra; y por cierto que a su astucia y claro talento se ha debido el que los adustos y recelosos Mahometanos estén hoy con nosotros mucho más expansivos que acostumbran.

     

    Pero empecemos por el principio.

     

    Cuando entramos en el pabellón, los cinco Árabes parecían dormidos, pues ninguno de ellos movió la cabeza para ver quién llegaba...

     

    Sin embargo, me atrevo a asegurar que los cinco estaban despiertos, aunque todos tenían tapado el rostro con la sábana.

     

    A la cabecera de cada lecho veíase colgado de una percha el jaique blanco del herido correspondiente...

     

    Este detalle no carecía de significación. —Aquellas prendas estaban allí a petición de los mismos Moros, después de haber sido depositadas en otro aposento, a fin de que no se extraviaran. Pero, temerosos sin duda de que pensáramos vestirlos a la europea cuando se levantasen, y fieles como siempre a sus usos y tradiciones, pusiéronse muy tristes y suplicaron que les trajesen sus ropas, viendo quizá en ellas una garantía de futura libertad.

     

    Mr. Chevarrier fue de cama en cama preguntándoles por la salud, y ellos, conociendo que no había más remedio que darse a partido, levantaron sus pálidas cabezas, y el que pudo (porque sus heridas no se lo impidieron) se sentó en el jergón, sonriendo falsamente.

     

    Uno solo permaneció con la cabeza tapada y sin respirar siquiera.

     

    De los otros cuatro, el lº (fuerza es numerarlos) era un viejo de fisonomía innoble, pero muy inteligente. —Desde luego se mostró afable con nosotros, y nos pidió cigarros, lumbre y una manta más para la cama.

     

    El 2º, joven, fuerte y bien parecido, sufría mucho... ¡Como que el día anterior le habían amputado un brazo! —Este pidió otro jergón, indicando que fuese de lana. —Ya lo tendrá a estas horas.

     

    El 3º, tosco y feroz, parecióme tan diligente montañés como terrible soldado. Un gorro blanco de lienzo (el gorro de nuestros hospitales) cubría su cabeza, haciendo resaltar los vigorosos rasgos de su moreno rostro.

     

    Finalmente, el 4º (del 5º hablaremos más adelante) era un verdadero Árabe de leyenda; fino, pálido, hermoso; con la tez mate, los dientes de marfil, los ojos obscuros y melancólicos, y la barba negra, sedosa y bien delineada.

     

    Este fue nuestro hombre. —Tenía un balazo en una pierna; pero el plomo no había tocado al hueso, y los facultativos calificaban su herida de no grave. Habíase incorporado un poco, apoyando un codo sobre la almohada, y la cabeza sobre la mano. Finísima toca de lana blanca envolvía sus hombros y su cabeza, dejando solamente descubierto su rostro, ovalado y expresivo. Con la mano izquierda nos llamaba y nos ofrecía cigarros de papel de nuestras fábricas, que sin duda le habían regalado los enfermeros. Su amable sonrisa y su mirada franca y luciente nos atrajeron de tal modo, que nos sentamos en su cama y entramos en conversación.

     

    Ante todo dímonos la mano a su usanza, que es tocando dedos con dedos, sin estrecharlos, como entre nosotros se da el agua bendita, y besándose luego cada cual a sí mismo los dedos propios.

     

    Esta pantomima va siempre acompañada de una inclinación de cabeza. Si después os lleváis la mano a la frente, significa respeto; y si os la colocáis sobre el corazón, es muestra de cariño, de gratitud o de entusiasmo. El súbdito besa a su señor en el hombro izquierdo; y dos que se juramentan, se dan la mano encajando dedos entre dedos y cruzándolos con energía.

     

    Hecha aquella salutación, preguntamos al Moro por su salud. —Nuestro interlocutor, que se llamaba Omar-ben-Mohamed, nos dijo que él y los demás heridos se encontraban muy mejorados, admirando a cada momento la generosidad de los Españoles, tan formidables en la pelea como tiernos con los vencidos. —(Mr. Chevarrier servía de intérprete en ese coloquio).

     

    Yo le dije a Omar que aquellas virtudes no eran solamente propias de los Españoles, sino de todos los pueblos cristianos...

     

    —¡Es verdad! (replicó el Árabe). —Yo fui herido y hecho prisionero por los Franceses hace muchos años, y me trataron con igual misericordia.

    —¿Cuándo y dónde fuiste herido? —le preguntó Mr. Chevarrier.

    —Hace diez y seis años.

    —¿En la batalla de Isly?

    —No; cuatro días antes: en la acción de Ouchda. ¡Mira!

     

    Y levantándose la toca, nos mostró una larga cicatriz que le atravesaba toda la frente.

     

    —¡Oh! ¿Cómo no moriste? —exclamamos al ver aquella espantosa señal.

    —La bala se deslizó sobre el hueso —respondió el Moro con su eterna sonrisa.

    —Pero tú serías muy joven en 1844...

    —¡Oh! ¡No! Tenía ya diez y siete años...

    —¿Y qué eras entonces?

    —Simple caballero. Hoy soy Caid.

     

    Caid (me dijo Chevarrier) significa capitán de ciento.

     

    —¿Y siempre sirves en Caballería?

    —¡Siempre! Pero el día de la pelea con vosotros, mis soldados y yo habíamos dejado los caballos en Anghera, y nos batimos a pie, pues debíamos atacar por la mañana...

    —¿Y te has batido muchas veces con nosotros?

    —Solamente ésta. El día antes había llegado con mi gente.

    —¿De muy lejos?

    —De Mequínez.

    —¿Cuántos días habíais caminado?

    —Catorce, sin parar.

    —¿Y es buen país Mequínez?

     

    El rostro del Caid se iluminó de alegría.

     

    —¡Muy hermoso! —respondió, cerrando los ojos para verlo.

    —¿Qué hay allí que ver y que admirar?

    —¡Todo! —exclamó Omar con viveza.

     

    Con viveza digo, y no es esta la palabra. El tono, el ademán y el gesto con que los Moros adornan su discurso, merece otra calificación. Cuanto dicen lleva el sello de una convicción inalterable. Ya nieguen, afirmen o duden, parecen ser el eco de una verdad eterna, de una revelación divina. Y es que, para ellos, las cosas más insignificantes no pueden menos de ser lo que son.

     

    Vaya un ejemplo. —No sé cuál de nuestros Generales, que visitó hace algunos años Tetuán, encargó a cierto Moro un caballo árabe de pura raza.

     

    —¿Cuándo he de traerlo? —dijo el Moro.

    —Dentro de cinco días —respondió el General.

    —¡Bueno! —respondió el Mahometano.

     

    Y contando por los dedos como nuestros campesinos, añadió:

     

    —Mira, General: mañana... no. (Y doblaba un dedo.) —Mañana... no. (Y doblaba otro) —Mañana... no. —Mañana... no. —¡Mañana... sí!

     

    Y permaneció un momento con el quinto dedo levantado como diciendo: “Tan cierto es que tendrás caballo, como que yo tengo quinto dedo”.

     

    Conque volvamos a Omar-ben-Mohamed.

     

    El Caid habló largamente de su patria. Elogió la riqueza y hermosura de su tierra..., las grandes llanuras que rodean a Mequínez, sembradas de trigo y pobladas de olivares; las praderas de carneros, camellos y caballos; los montes cuajados de gacelas y de jabalíes, y los valles abundantes en perdices y avutardas, que él, como todos los grandes señores, tenía licencia para cazar, ora con halcón, ora con lebreles...

     

    Después nos dijo que fuéramos a aquellas comarcas, donde seríamos bien recibidos y se nos daría la más noble hospitalidad, añadiendo que la causa principal del odio preferente que los Moros tienen a los Españoles, es el miedo o el desdén con que éstos miran al Imperio de Marruecos, en el que no se internan nunca, aunque lindan con él, mientras que Ingleses, Franceses, Portugueses y Alemanes lo recorren con mucha frecuencia.

     

    —Dicho miedo (añadió el Moro) nos hace suponer que nos consideráis como enemigos, y que, si nosotros fuéramos a España, correríamos los mismos peligros que vosotros teméis hallar en nuestro suelo.

    —¡Eres injusto! (repuse yo). En Ceuta no se hacía daño a ningún Moro de los muchos que entraban diariamente por sus puertas antes de que la Guerra se declarase...

    —¡Ah! (respondió el Marroquí). ¡Tú has pronunciado la palabra fatal!... ¡Ceuta! Ni Ceuta ni Melilla son España... ¡Son África!

    —Y tú no me negarás (repliqué yo) que los Moros nos aborrecéis porque recordáis que estuvisteis siete siglos en España, de la cual os creéis injustamente desposeídos...

    —¡Oh! ¡Garnata! (dijo Omar de la manera que lo escribo). ¡Garnata!... De allí venimos nosotros.

     

    Y se sonrió, como para que le disimulase el que cambiara la conversación tan bruscamente.

     

    —Allí he nacido yo... —respondí, sonriendo también.

    —¡Ah! —murmuró el Caid.

     

    Y me miró intensamente.

     

    —Yo soy de la tribu de los Bokarts —añadió, al cabo de un momento.

    —Mi pueblo se llama Guadix.

    —Nombre de río... —replicó el Moro.

    —¿Quieres venir a España? —le pregunté yo entonces con efusión.

     

    En este instante, el 5º prisionero, el que todavía no había hablado ni una palabra, sacó un poco la cabeza de debajo del embozo, y murmuró una frase que mi bondadoso intérprete no comprendió, pero en la que hasta yo mismo percibí el acento de la ira, del imperio, de la amenaza...

     

    Volvíme hacia él, y encontréme con que era aquel dervich de la melena negra que vi en el camino de los Castillejos, y a quien muchos tomaron por una mujer.

     

    —Este Moro (dijo el presidiario conocedor del árabe, señalando al nuevo interlocutor); este Moro gasta muy mal genio, y no quiere ni que respiren los demás. ¡Los tiene metidos en un puño! Cuando vienen... así... señores como ustedes, y les hacen hablar, luego les riñe y les insulta, diciéndoles que son unos cobardes y unos tontos. —En mi entender, es un cura, pues les amenaza con Alá y con Mahoma cuando no lo respetan; pero este otro se ríe de todo, y hace lo que le parece.

     

    Las últimas palabras las decía señalando a Omar, quien efectivamente nos indicaba por señas que no reparásemos en el pobre dervich, o sea en el cura, como le llamaba el confinado.

     

    Continuó, pues, nuestra conversación, a pesar de la frase imperiosa del dervich, repitiendo yo a Omar la pregunta de si quería acompañarme a España.

     

    El buen capitán se puso serio, y hasta sombrío, al oír por segunda vez esta pregunta. —Comprendíase que se le había ocurrido si aquello sería una fórmula suave de advertirle que, luego que estuviese mejor de sus heridas, se le internaría en España, en vez de ponerlo en libertad, como él esperaba...

     

    Me apresuré, pues, a decirle:

     

    —Bien comprendo que tú desearás ver a tu familia antes que todo...

    —¡Sí..., sí!..., —respondió con infinita dulzura.

    —¿Tienes hijos?

    —¡Nueve hijos! —respondió con el mismo júbilo humilde, con la misma alegría modesta, como si pidiera perdón de ser tan venturoso fuera de España.

    —¿Y padres?

    —Padre, no —contestó con cierta naturalidad, exenta de ternura y de dolor, como quien dice: “Mahoma lo llamó a su lado, y allá me espera...”.

    —Pero tengo madre.

     

    Nada le hablé de otras mujeres, porque sabía que la mayor ofensa que se puede hacer a un Musulmán es nombrarles a sus esposas o a sus esclavas o aludir a ellas en la conversación...

     

    —“¿Cómo te va de salud?” —se preguntan los Moros más amigos y allegados.

    —“Bien, o mal”.

    —“¿Y tus hijos, Fulano, Mengano, Zutano?”, etcétera.

     

    Y los nombran todos, aunque sean ciento.

     

    —“Fulano, bueno; Mengano, malo: el uno está aquí, el otro está allá”, etc.

    —“¿Y... tu casa? 

    —“Soy feliz, o soy desgraciado” —responden con indiferencia aparente.

     

    Y no se descienden a más pormenores.

     

    —Omar, adiós... (le dije al Caid, levantándome para irme, en vista de que, a pesar de todos sus esfuerzos por disimularlo, se le notaba que le había asaltado profunda tristeza). Mejórate pronto. La Reina de España te dejará en libertad, y verás a tu familia, y vivirás donde mejor te plazca, hasta que Dios disponga de ti.

     

    El Caid se llevó la mano a los labios y luego a la frente, para saludar a la Reina. Después me tendió la misma mano, nos saludamos como al entrar, y partí, sin entablar conversación con los otros Moros.

     

     

     

    El texto completo del Diario de un testigo de la Guerra de África, en la Biblioteca Virtual Cervantes

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