El peligro de tener algo que hacer

Javier Villán

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Muy claro tenía Lenin en su célebre libro, que coincide con el nombre de esta sección, cómo hacer la revolución y cómo organizar un partido revolucionario encaminado a tal fin. No era una pregunta, sino un imperativo categórico. Fue hace más de un siglo y, a la vista de los resultados, la teoría no fue tan eficaz y clarividente como parecía. Pero la duda ¿qué hacer? sigue siendo la clave en cada momento de nuestras vidas. Lo primero, claro, es tener algo que hacer, algo con lo que justificar una existencia en el supuesto de que esta necesite justificación.

 

Yo tenía un amigo cuyo lema era “sobre el hombro ni una pluma”; o sea no hacer nada. Y le fue muy bien la vida. Pero, convencido uno de que  tiene algo que hacer –algo trascendente por supuesto que rebase los puros límites personales- lo primero es establecer una estrategia. Si un proyecto no vale para ensanchar las propias fronteras y las de los demás, no vale para nada. No es fácil calibrar la amplitud de ese proyecto, pues con frecuencia desconocemos nuestros límites; pero puede correrse el riesgo aún a sabiendas de que casi nada vale de nada; o a sabiendas de todo lo contrario. La estrategia viene a ser la misma: escalonar los distintos niveles y empezar por el principio. El principio, esa es la madre del cordero. Y una vez que tenemos clara la madre del cordero todo lo demás se nos dará por añadidura: la madre por un lado y el cordero por otro. Puede que ambos se nieguen a separarse, pues la teta de la madre ata mucho, y que vengan juntos; pero no importa, el tiempo acabará por desatarlos.

 

Puede que, pese a todo, uno no dé con su proyecto ni con el quid de la cuestión. Por ejemplo, lo que me ocurre a mí con este artículo; que quería desenredar el vejo embrollo leninista y que, de tanto preguntarme qué hacer, qué hacer, qué hacer, me he hecho un lío que ni el propio Lenin sería capaz de desenredar. Tampoco es para que el artífice de la Revolución de Octubre se las dé de omnisciente; ahí queda el follón que dejó armado y por dónde marcha el mundo; la centralidad organizativa sus sucesores se encargaron de convertirla en organización centralizada; cada leninista llevaba dentro un Stalin y así nos ha ido. Algunos como Carrillo, recientemente fallecido y que en paz descanse, vivían una cierta dualidad que era casi la unión hipostática de dos naturalezas; por dentro un Stalin recalcitrante y por fuera un socialdemócrata tirando a liberal, como un Kerensky o así. En resumen, que no sé qué hacer ni de qué escribir. Pero hay que seguir intentándolo, seguir cavilando, seguir buscando. Y algo se me ocurrirá. Y si no, tampoco pasa nada.

 

 

 

Javier Villán es escritor. Twitter: @J_Villan

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