Pongamos que hablo del empleo y, de paso, de Madrid

Matesa Bourio

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El empleo temporal en la hostelería está muy delimitado este verano. En los restaurantes turísticos del centro de Madrid se observa un solo camarero por terraza. Los demás, que nutren –hasta cubrir lo publicado– la afiliación a la inseguridad social, son ahora hamaqueros y sombrilleros en nuestro litoral, que no es moco de pavo.

 

También es verdad que lo más en restauración es el self-service y el take-away, para lo que no se precisa de mucho personal ni de barra ni de mesa: el ciudadano austero se sirve directamente, cada día más, de las papeleras y los contenedores. Estos los limpian después los ciudadanos de bolsillo y vejiga holgados que salen de las discotecas caras a las cinco de la mañana y portan su propio material de limpieza. Qué mejor que la orina, con la que también, en ocasiones, y mostrándose extremadamente proactivos, duchan a los indigentes que se extienden en su camino a ese gran after-hours al raso que es la Puerta del Sol.

 

Allí, ante la comprensiva mirada de unos maderos encapsulados en sus coches de sheriff, desarrollan sus habilidades canoras entonando, los que pueden, bellas canciones; los que no, aullando como los animales que somos.

 

El personal de limpieza, notablemente menguado por la política, se ve –también notablemente– aliviado porque, durante su actuación, corifeos y coristas no permiten recoger de entre sus piernas las botellas, latas, papeles y detritos del McDonalds (que ahora tiene licencia 24 horas, solo take-away y con las chinas de China vendiendo las birras en la puerta). Así, los barrenderos nocturnos sobrellevan su bien pagada jornada y se retiran a dormir sin excesiva fatiga renal. Pasa, pues, la labor a los diurnos, que, ya con un horario de humanos, llegan fresquitos para redoblar esfuerzo y terminar lo que los otros empezaron. ¿El salario? Opíparo, como para vivir de alquiler en una roulotte a lo telefilme USAmericano.

 

Todo esto contribuye a incrementar el turismo especializado. Especializado en “hacer el madrileño”, si bien buena parte ya viene hecho, y llega por el efecto llamada: vente pa Madrid, que es muy permisivo con el alcohol y además te dejan plantar en el asfalto los huesos del Kentucky Fried Chicken, a ver si se reproducen. Y vaya si se reproducen. Perros hambrientos ya no hay, y solo falta solucionar lo de las personas. Todavía no son suficientes los voluntarios de las parroquias, la universidad, la Comunidad de San Egidio y los propios vecinos, que bastante aportan. Falta la Orden de Malta, que está en la vecindad, pero sí acuden los musulmanes. El viernes pasado, a un grupo de “gente de la calle” (como ellos dan en llamarse), con el que estaba yo a la fresca a las 2 de la mañana, vino a socorrerle un musulmán minúsculo y tocado con el característico gorrito, que repartía cordero al curry con arroz, limosna de su mezquita con motivo del Ramadán. Verídico. Y sangrante, porque me hace suponer que durante el Ramadán todavía contratan menos gente en los restaurantes, y los parados tienen que desplazarse a nuestro litoral a ejercer de hamaqueros... y vuelta al principio.

 

Todo esto tiene un reportaje, pero mejor no, porque los medios todo lo desvirtúan y hacen falsos los testimonios.

 

Esto es Madrid y va a más, en movimiento progresivamente acelerado, de unos años para acá. Es el que dejan los ¿conservadores? Es el que se encuentran los turistas abstemios cuando llegan (los otros no ven nada), y el que dejan el día que se van. Hermosa, la mirada del turista, que se lleva apuntado en su diario: “El español tiene un carácter eminentemente festivo: muchos, cada vez más, gustan de vivir en la calle, tienen los contenedores llenos de manjares, yacen en cajas como los zapatos; otros, con medios, metabolizan el alcohol fino como nadie, y el excedente lo vomitan con arte en las calzadas y lo mean con alegría en las esquinas donde detectan el rastro de previas visitas; y siempre, siempre encuentran dónde seguir la fiesta”.

 

Por algo la oferta turística está muy enfocada a favorecerla: por si los ¿conservadores? dieron pocas licencias de bares estos años (incluso en fachadas históricas, para hacerlas gratas a la vista y si antes no plantaron allí un DIA), ahora el Clubbers Tour (tiene web pero no la digo) facilita la noche a guiris y locales, con copas baratas y música también. Espero que la señora Cifuentes, cuyo despacho calculo que vendrá cayendo junto al Clubbers de la estrechita y peatonal Calle de la Paz, advierta el fenómeno y tome, no sé, alguna medida. Como el clásico “¡agua vaaa!”. Las pistas las tiene: meadas, vomitonas, restos organicomestibles, bolsas del burguer, plásticos, ruido y un encargado del Este que tiene petrificada de miedo a su plantilla de 18 personas. El otro día le abronqué por abroncarlas, le pregunté dónde escondía las armas y luego salí corriendo a seis patas, las de mi perra y las mías.        

 

Las medidas de Cifuentes las propongo complementarias con la virtualmente imposible de la alcaldesa Carmena: limpiar Madrid. Con estos antecedentes, va a limpiar las narices. Seguro que los clubbers protestan por escrito. ¡Tanta limpieza!

 

Mi agradecimiento a Clubbers por crear empleo. Y a Amancio Ortega, por fabricar en España… humm… ¿no?

 

PD. Tampoco quiero decir, como Edgar Neville: “levantaremos murallas, Madrid, para que nos dejen en paz”. No voy por ahí.

 

 

 

 

Matesa Bourio es licenciada en Filosofía por la Universidad de Compostela, y periodista casi sin querer. Las redacciones le dan la risa pero, aun así, es redactora de informativos en TVE, casi sin querer. Detesta el periodismo masticable, el de usar y tirar, el que sirve para hoy y para nunca.

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