Evelyn Underhill

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    La práctica del misticismo. Los sonidos de un seto como los oye un conejo

    Evelyn Underhill - 06-08-2015

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    Aquellos que están interesados en esa actitud especial hacia el universo a la que ahora con cierta ligereza se llama mística se ven asaltados por un buen número de personas que constantemente les preguntan –algunos con auténtico fervor, otros con curiosidad y otros con desdén– “qué es el misticismo”. Cuando se los remite a los escritos de los místicos mismos y a otras obras en las que parece responderse a esta pregunta, estas personas responden que tales libros les resultan absolutamente incomprensibles.

     

    Por otro lado, el interrogador genuino encontrará, pasado no mucho tiempo, un número de autodenominados apóstoles ansiosos por responder a su pregunta de muchas maneras extrañas e inconsistentes, calculadas para aumentar, antes que resolver, la oscuridad de su mente. Aprenderá que el misticismo es una filosofía, una ilusión, una especie de religión, una enfermedad; que significa tener visiones, hacer conjuros, llevar una vida ociosa, soñadora y egoísta, descuidar los asuntos propios, refocilarse en vagas emociones espirituales y “estar sintonizado con el infinito”. Descubrirá que lo libera de cualquier dogma –a veces de toda moralidad– y, al mismo tiempo, que es pura superstición. Un experto le dice que se trata simplemente de “beatería católica”, otro que Walt Whitman era un místico típico, un tercero le asegura que el misticismo procede de Oriente, y apoya su afirmación citando el truco del mango*. Al final de un prolongado curso de conferencias, sermones, reuniones y charlas con las personas interesadas, se sigue oyendo decir al interrogador –demasiado a menudo en un tono exasperado–: “¿Qué es el misticismo?”.

     

    Yo no pretendo resolver un problema que ha proporcionado tan buena caza en el pasado. El objetivo de este pequeño ensayo es el de convencer al hombre práctico de que siga el único camino adecuado: descubrir la respuesta por sí solo. Y, sin embargo, tal vez inspire confianza el hecho de que me atreva a confesar desde el principio que he descubierto una definición que a mí me parece cubrir todo el terreno, o al menos, la parte del terreno que merece la pena cubrirse. No llegará a incluir el truco del mango, pero sí abarca a los visionarios y a los filósofos, a Walt Whitman y a los santos.

     

    La definición es esta: El misticismo es el arte de la unión con la Realidad. El místico es la persona que ha alcanzado esa unión en mayor o menor grado, o que cree en ella y busca alcanzarla.

     

    No espero que el interrogador encuentre un gran consuelo en esta frase cuando la lea por primera vez. La pregunta definitiva: “¿Qué es la Realidad?” –una pregunta que tal vez no se le haya ocurrido nunca– ya empieza a tomar forma en su mente, y él sabe que le causará inquietudes sin fin. Solo un místico puede responderla, y únicamente en términos que solo otros místicos podrán comprender. Por ello, el hombre práctico debe, de momento, dejarla de lado. Lo único que se le pide que considere ahora es esto: que la palabra “unión” representa, no tanto una operación extraña y difícil de concebir, sino algo que él está haciendo, de una manera vaga e imperfecta, a cada momento de su vida consciente, y haciéndolo con intensidad y compleción en todos los momentos válidos de esa vida.

     

    Solo conocemos una cosa uniéndonos a ella, asimilándola, interpretándola a ella y a nosotros mismos. Ella se da a nosotros solo en la medida en que nosotros nos damos a ella, y es solo porque nuestra entrega a las cosas es habitualmente tan lánguida y superficial que nuestra comprensión de ellas es asimismo superficial y lánguida. El gran sufí que dijo: “Peregrinar al lugar de los sabios es escapar de la llama de la separación”, dijo una verdad literal. La sabiduría es el fruto de la comunión; la ignorancia, la inevitable porción de aquellos que “se guardan para sí mismos” y se mantienen aparte, juzgando y analizando aquello que jamás han conocido de verdad.

     

    Porque se ha rendido a él, se ha “unido” con él, el patriota conoce su país, el artista conoce el objeto de su arte, el amante a su amado y el santo a su Dios de un modo que es inconcebible, amén de inalcanzable, para aquellos que los observan desde fuera. El conocimiento real, dado que siempre implica una simpatía intuitiva más o menos intensa, es mucho más acertadamente sugerido por los símbolos del tacto y el gusto que por los de la vista y el oído. Es cierto que el pensamiento analítico sigue inmediatamente al contacto, a la aprehensión, a la unión, y nosotros, en nuestro atolondramiento, nos hemos convencido de que esta es la parte esencial del conocimiento; de que es, en realidad, más importante cocinar la liebre que cazarla. Pero cuando nos liberamos de esta ilusión y volvemos a las actividades más primitivas a través de las cuales nuestra cocina mental obtiene sus provisiones, vemos que la distinción entre el místico y el no místico no es meramente la que existe entre el racionalista y el soñador, o entre el intelecto y la intuición. La cuestión que los divide es realmente esta: ¿a qué, de entre la vasta masa de material que se le ofrece, debe asirse la conciencia? ¿Con qué aspectos del universo debe unirse?

     

    Es notorio que las operaciones de la conciencia humana ordinaria unen al yo, no con las cosas como son en realidad, sino con imágenes, nociones o aspectos de esas cosas. El verbo “ser”, que el hombre práctico utiliza con tanta ligereza, no puede aplicarse realmente a ninguno de los objetos entre los que este se supone que vive.

     

    Para él, la liebre de la Realidad siempre viene envasada: no concibe la bella criatura veloz, viva y salvaje que ha sido sacrificada para que él pueda alimentarse del deplorable plato que llama “las cosas como son en realidad”. Tan completa es la separación de su conciencia de los hechos del ser que no experimenta sensación alguna de pérdida. Se conforma con “comprender”, adornando y asimilando el esqueleto del que los principios de la vida y el crecimiento han sido despojados, y en el que solo se han conservado las partes más digestibles. Él no es “místico”.

     

    Pero a veces algo le sugiere que su conocimiento no es tan completo como él suponía. Los filósofos, en particular, tienen tendencia a señalar el carácter torpe y superficial de tal conocimiento; a demostrar el hecho de que a menudo confunde sus propias sensaciones personales por cualidades inherentes a los misteriosos objetos del mundo exterior. Para aquellas pocas cualidades de color, tamaño, textura, etcétera, que su mente ha sido capaz de registrar y clasificar, él confecciona una etiqueta que registra la suma de sus propias experiencias.

     

    Esto es lo que conoce; con esto se “une”, porque es su propia creación. Es nítida, lisa, inmutable, con bordes bien definidos: algo en lo que se puede confiar. Olvida la existencia de otras criaturas conscientes que también poseen sus propios parámetros de la realidad. Y, sin embargo, el mar tal como lo experimenta un pez, la borraja vista por la abeja, los intrincados sonidos de un seto tal como los oye un conejo, el impacto de la luz sobre el rostro ansioso de una caléndula, el paisaje conocido en toda su inmensidad por la mariquita o la hormiga..., todas estas experiencias, que le serán por siempre negadas, tienen tanto derecho a los atributos del Ser como sus interpretaciones subjetivas y parciales de las cosas.

     

    Porque el misterio nos resulta pavoroso, en general hemos convenido en vivir en un mundo de etiquetas; en hacer de ellas la moneda corriente de la experiencia ignorando su carácter meramente simbólico, la infinita gradación de los valores que tan mal representan.

     

    Sencillamente, no intentamos unirnos con la Realidad. Pero, de vez en cuando, ese carácter simbólico se nos aparece súbitamente. Una gran emoción, la devastadora visita de la belleza, el amor o el dolor nos elevan a otro nivel de la conciencia, y por un momento somos conscientes de la diferencia entre la ordenada colección de objetos y experiencias discretos que llamamos el mundo, y la altura, la profundidad y la amplitud de ese Hecho vivo, creciente y cambiante del cual el pensamiento, la vida y la energía son partes, y en el que “vivimos, nos movemos y somos”. Entonces nos damos cuenta de que nuestra vida entera está inmersa en grandes fuerzas vivientes, terribles porque son desconocidas. Incluso la energía que se esconde en cada cubo de carbón, que brilla en la bombilla eléctrica, que jadea en el motor de los autobuses y se manifiesta en las maravillas inefables de la reproducción y el crecimiento es supersensual. Nosotros apenas percibimos sus resultados. El plano de vida y energía más sagrado que parece manifestarse en las fuerzas que llamamos “espirituales” y “emocionales –en el amor, la angustia, el éxtasis o la adoración– también se nos oculta. Los síntomas, las apariencias, son todo lo que nuestros intelectos pueden discernir; las súbitas, irresistibles invitaciones a entrar en él, lo único que nuestros corazones pueden aprehender.

     

    El material para una vida más intensa, una conciencia más amplia y más aguda, una comprensión más profunda de nuestra propia existencia yace a nuestras puertas. Pero estamos separados de él; no podemos asimilarlo: salvo en momentos especiales, apenas somos conscientes de que está allí.

     

    Ahora empezamos a atribuir al menos un significado fragmentario a la afirmación de que “el misticismo es el arte de la unión con la Realidad”. Vemos que el derecho de un poeta como Whitman a llamarse místico se basa en el hecho de que este ha alcanzado una comunión apasionada con niveles de la vida más profundos que aquellos con los que tratamos habitualmente, de que ha ido más allá de las nociones comunes hasta llegar al Hecho; que el reclamo de una santa como Teresa de Ávila es parte intrínseca de su declaración de que ha alcanzado la unión con la Divina Esencia. El visionario es un místico cuando su visión le permite acceder a una realidad que está más allá de los sentidos. El filósofo es un místico cuando pasa más allá del pensamiento a la pura aprehensión de la verdad. El hombre activo es un místico cuando sabe que sus actos son parte de una acción más grande. Blake, Plotino, Juana de Arco y Juan de la Cruz... hay un eslabón que los une a todos, pero, si va a hacer uso de él, el interrogador debe descubrirlo por sí mismo. Los cuatro muestran formas diferentes del funcionamiento de la conciencia contemplativa, una facultad que es inherente a cada ser humano, aunque pocos se tomen el trabajo de desarrollarla. Su atención a la vida ha cambiado su carácter y agudizado su enfoque: como resultado, algunos ven un paisaje más amplio; otros, un mundo más brillante, más significativo y detallado que el que aparece ante la visión menos educada y observadora del sentido común.

     

    La vieja historia de Ojos y No-ojos es en realidad la historia de los místicos y los no místicos. “No-ojos” ha fijado su atención en el hecho de que está obligado a dar un paseo. Para él, el factor principal de su existencia es su propio movimiento a lo largo del camino; un movimiento que se ha propuesto llevar a cabo de la manera más eficaz y cómoda posible. Prefiere ignorar lo que hay del otro lado del seto. No siente la caricia del viento hasta que este amenaza con hacerle volar el sombrero. Camina a paso firme, diligente, evitando los charcos, pero ajeno a la luz que estos reflejan. “Ojos” da también ese paseo, y para él, este constituye una perpetua revelación de belleza y maravilla.

     

    La luz del sol lo intoxica, el viento lo deleita, el esfuerzo mismo del viaje es un placer. Presencias mágicas pueblan los costados del camino, o le saludan a voces desde los campos escondidos. El opulento mundo a través del cual se mueve está en el primer plano de su conciencia, y le revela a cada paso nuevos secretos. No-ojos”, cuando él le habla de sus aventuras, suele negarse a creer que los dos han hecho el mismo camino. Supone que su compañero ha estado flotando en el aire, o ha sido asaltado por agradables alucinaciones. Jamás lo convenceremos de lo contrario a menos que lo convenzamos de que mire por sí mismo.

     

    Por ello aquí se invita al hombre práctico a un misticismo práctico: a un adiestramiento de sus facultades latentes, a un fortalecimiento y abrillantamiento de su lánguida conciencia, a una emancipación de las ataduras de las apariencias, a volver su atención a nuevos niveles del mundo. Así, podrá tomar conciencia del universo que el artista espiritual está siempre intentando revelar a sus congéneres. Esta porción de percepción mística –esta “contemplación ordinaria”, como la llaman los especialistas– es posible para todos: sin ella, no están totalmente conscientes, ni totalmente vivos. Es una actividad humana natural, que requiere tan poco de los grandes poderes y las experiencias sublimes de los filósofos y los santos místicos como el disfrute ordinario de la música requiere de los poderes creativos de los grandes compositores.

     

    Del mismo modo que la belleza no existe solamente para el artista o el poeta –aunque estos puedan encontrar en ella una profundidad de significado más intensa que otros hombres–, el mundo de la Realidad existe para todos, y todos pueden participar en él, unirse a él, según su capacidad y la fuerza y pureza de su deseo. “Pues el cielo”, dice el autor de La nube del no saber**, “no está ni arriba ni abajo, ni delante ni detrás, ni a un lado ni a otro. Puesto que cualquiera que aliente un deseo intenso de estar en el cielo, entonces, en ese momento mismo, se halla en él. Porque la altura o la situación la disponen los deseos, y no los pasos que miden la distancia”. Nadie, pues, está condenado, salvo por su propio orgullo, pereza o perversidad, a los horrores de lo que Blake llamaba “la visión única”: la atención perpetua y concentrada en el continuo espectáculo cinematográfico que la mente, en conspiración con los sentidos, interpone entre nosotros y el mundo viviente.

     

     

     

     

    * La autora se refiere a un popular truco de magia hindú consistente en hacer brotar un tallo de mango de una semilla en apenas unos minutos.

     

    * * Texto anónimo inglés del siglo XIV.

     

     

     

     

    Este fragmento corresponde al volumen titulado La práctica del misticismo, que acaba de publicar la editorial Trotta, con prólogo de Pablo d’Ors.

     

     

     

     

    Evelyn Underhill nació en Wolverhampton, Inglaterra, en 1875. Recibió una esmerada educación privada y asistió al King’s College para mujeres (Londres), donde estudió letras, historia, botánica y filosofía. Crecida en el agnosticismo, en 1907, durante una breve estancia en un convento franciscano, tiene lugar su conversión espiritual. A pesar de estar convencida de que la religión católica era la verdadera, diversas circunstancias impiden su adhesión a la Iglesia católica, y en 1921 optará finalmente por una pertenencia practicante al anglicanismo. En 1911, a raíz de la preparación y publicación de su obra fundamental La mística conoce al barón Friedrich von Hügel, al que convertirá en su director espiritual; él influirá grandemente en su pensamiento y en su práctica religiosa. Repartió su actividad entre la escritura y la vida de devoción, asumiendo la dirección de retiros e impartiendo charlas y conferencias, dedicaciones que harán de ella unas de las maestras espirituales más importantes de su tiempo. Autora de tres novelas y dos libros de poemas, destacan sus trabajos sobre mística y espiritualidad, que comprenden ediciones y comentarios de místicos y obras clásicas como RuysbroeckWalter HiltonLa nube del no saber o La escala de perfección. Entre sus numerosos libros cabe mencionar The Mystic Way: A Psychological Study in Christian Origins (1913), The Life of the Spirit and the Life of Today (1922), The Mystics of the Church (1925) y Worship (1936).

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