Qué hacer para sobrevivir como reportero al primer portazo en la cara

Alberto Salcedo Ramos

Tamaño de texto: A | A | A

 

Tenía veintidós años cuando me enfrenté por primera vez a la necesidad de encontrar un trabajo como periodista. Estaba muerto del susto, me sentía solo y, para colmo de males, di entonces con un tipo de malas pulgas que convirtió aquella experiencia en una pesadilla.

 

Fue en 1985. Acababa de terminar mi carrera de periodismo en la universidad. Como me había casado unos meses atrás –a los veintiún años– y pronto me iba a convertir en padre, necesitaba con urgencia un trabajo remunerado. Hasta ese momento yo había publicado artículos breves en un pequeño periódico de Barranquilla, la ciudad del Caribe colombiano donde nací.

 

Escribía por el simple gusto de ver mi nombre impreso en letras de molde. Mi madre decía con sarcasmo que yo no actuaba como profesional sino como penitente. Ni siquiera les pedía a los dueños del periódico que cubrieran los gastos de transporte en que incurría durante el trabajo de campo. Mientras fui soltero pude permitirme tamaño idealismo, pues no afectaba a nadie. Al estar casado y a la espera de un bebé, partirme el lomo sin cobrar ya no habría sido visto como un acto romántico sino como un gesto indolente. De modo que me tocaba conseguir empleo.

 

En Barranquilla no se abrió ninguna de las puertas que toqué. Los dueños del pequeño periódico donde publicaba, quienes me habían tratado con mucha amabilidad mientras escribía gratis, empezaron a mostrarse distantes cuando les dije que necesitaba remuneración.

 

Decidí probar suerte en un lugar ubicado a ciento veinte kilómetros de distancia: Cartagena, la ciudad turística más importante de Colombia. Allí se acababa de fundar el periódico Calamarí. Calamarí era el nombre que tenía el lugar antes de la llegada de los conquistadores españoles. En lengua indígena significa “tierra de cangrejos”. Todavía en los atardeceres de estos tiempos, cuando uno recorre a pie los barrios adyacentes al mar, se topa con cangrejos desorientados que abandonan la cómoda arena de la playa y salen a morir en el duro asfalto de la calle.   

 

Varios amigos cartageneros me avisaron que en ese periódico de circulación semanal estaban necesitando redactores. Había posibilidades para un muchacho sin experiencia como yo, porque se trataba de un proyecto nuevo que no contaba con presupuesto suficiente para contratar a periodistas veteranos. Así que desde Barranquilla, por teléfono, solicité una cita con el gerente, José María Martínez Aparicio. El encuentro fue programado para un martes a las diez de la mañana. Asistí puntual. Después de una espera de tres horas la secretaria me informó que la reunión se corría una semana. La segunda vez fue un calco de la primera: la misma antesala, la misma espera, la misma desesperanza. De nuevo la mujer volvió a decir que la reunión se aplazaba. Le conté que vivía en Barranquilla y que para cumplir cada cita debía hacer un viaje de tres horas – ida y vuelta – y gastarme un dinero que no tenía. Además le dije que me quedaría allí esperando al señor, pues me resultaba imposible volver por tercera ocasión. Ella se encogió de hombros y me pidió, con una seña de la mano, que aguardara un momento. A continuación entró en la oficina de su jefe. Minutos después regresó acompañada por un hombre regordete. Vestía de blanco desde los zapatos hasta la camisa, y olía a colonia Jean Marie Farina. El hombre miró altivamente a todos los visitantes, y preguntó quién era el insolente que lo seguía esperando en contra de su voluntad. Sentí el clásico nudo de la angustia en la garganta.

 

—Lo que pasa –dije con la voz temblorosa– es que yo vivo en Barranquilla, doctor, y para venir acá me toca incurrir en unos gastos que ahora mismo no puedo cubrir…

 

El hombre no me dejó terminar. Mirándome con una dureza inesperada me soltó aquella andanada terrible:

 

—¿Y qué culpa tengo yo de que usted sea un muerto de hambre? Yo tengo mi comida segura en la casa. Usted es el que necesita y usted es el que tiene que volver cuantas veces sea necesario.

 

Sentí que su brutalidad era innecesaria. Nunca he sabido cómo actuar en tales casos. Por lo general las palabras se me extravían y quedo paralizado. Lo único que atiné a pronunciar fue un “disculpe” seguido de un “hasta luego”. Decidí cubrir a pie la distancia entre el centro histórico de Cartagena, donde quedaba el semanario Calamarí, y la casa de mi tío Gonzalo en el barrio Crespo. Me fui caminando por la Avenida Santander, que bordea el mar. A ratos el agua salada me salpicaba la cara y se mezclaba con mis lágrimas. Me sentía humillado.

 

Al poco tiempo conseguí un trabajo, y luego otro, y desde entonces, por fortuna, nunca me ha faltado qué hacer. He tenido oportunidades, he viajado por ríos y montañas, he atravesado selvas y desiertos. Como reportero he sido testigo de excepción de ciertos acontecimientos importantes que un ciudadano común solo puede ver a través de la televisión; he conocido a personas que me han enseñado mucho sobre la condición humana. Hace poco recordé el episodio. Al verlo en perspectiva me pareció muy útil: me fortaleció de manera oportuna, me enseñó que siempre hay alguien dispuesto a tirarnos la puerta en la cara, me permitió ver de qué material estaba hecho para resistir y defender mi pasión por el periodismo.

 

Me enseñó, sobre todo, que quien quiere ser reportero será reportero aunque lo saquen a patadas de todos los periódicos. Me parece una lección útil para estos tiempos en que todo el mundo anda con su queja a cuestas. ¿Qué hacer para sobrevivir? Resistir, seguir en la brega. Convendría también empezar a entender que lo que está en crisis no es el periodismo sino los periódicos, porque no supieron reaccionar ante ciertos cambios en el negocio.

 

A veces me pregunto qué será de la vida del señor Martínez Aparicio. Por una especie de curiosidad que pudiéramos llamar profesional, quisiera encontrármelo para ver cómo luce hoy. No importa que siga siendo un tipo de malas pulgas.

 

 

Alberto Salcedo Ramos es cronista colombiano, autor de libros como El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé y La eterna parranda. Crónicas 1997-2011, ambos publicados por Aguilar

Compartir

ImprimirImprimir EnviarEnviar
Inicie sesión o regístrese si quiere identificar sus comentarios.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.

Más información sobre opciones de formato

CAPTCHA
Rellene el código de la imagen / Resuelva la operación matemática

(*) Campos obligatorios

Al enviar tu comentarios estás aceptando los términos de uso.

Maravilloso texto. El más bonito que he leído en muchas semanas.

ISSN: 2173-4186 © 2017 fronterad. Todos los derechos reservados.

.