¿Qué hacer el primer día de clase de un curso de periodismo?

Roberto Herrscher

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Primero, una aclaración necesaria: “qué hacer” es una pregunta bien grande. Lenin, un candidato presidencial, el líder de una secta o de una nueva corriente artística se animan a indicarnos qué hay que hacer. Yo soy de la tribu de los “y yo qué sé”. Me atrajo el desafío de FronteraD, pero la acepto con la condición de que lo mío se transforme en un “esto es lo que hago yo; después cada uno que haga lo que le surja”.

 

Con esa premisa, que me libera de miedos, parto a contarles lo que suelo hacer en ese día en que los que llevamos bastante dando clases (yo casi un par de décadas) todavía nos inspira respeto: el primer día.

 

¿Qué hacer después del “buenos días”?

 

 

*          *          *

 

Los nuevos alumnos entran al aula con cautela, como si estuvieran pisando vidrios rotos, y se sientan en las sillas dispuestas en forma de herradura. Los alumnos del Máster en Periodismo de la Universidad de Barcelona, que dirijo, suelen venir de una decena de países y un puñado de idiomas, y algunos están casi tan nerviosos como yo.

 

Primero, propongo la habitual rueda de presentaciones: en un minuto, que cada uno nos cuente a los demás quién es, de qué planeta viene y por qué está aquí. Algunos recitan su currículum, otros piensan que hay que hablar bien del programa. Pero en cuanto uno cuenta una historia, los siguientes se dan cuenta de que tienen esa libertad: a lo largo de los años he oído historias sobre conversaciones con el abuelo, sobre discusiones con la jefa, sobre una frase inspiradora de un maestro, o sobre el estado del periodismo en su país (sobre todo si el país es Venezuela).

 

Y entonces, cuando creen que el ejercicio terminó, es cuando realmente comienza. Les digo que un editor demente decidió encargarles un artículo sobre el primer día de clases, con foto del grupo y explicación del programa. Y que en la página del artículo debe haber una cita destacada, de esas que aparecen en rojo o azul en un recuadro. Cada uno debe elegir una frase que haya dicho alguno de sus compañeros.

 

Por supuesto, pueden parafrasear, porque no anotaron ni grabaron. Pero les pido que no elijan dos ni tres sino una, que traten de dejar fuera sus propias ideas y que anoten la frase y no la cambien cuando empiecen a escuchar las respuestas de los compañeros. Ese es el momento en que les digo que el ejercicio se llama El arte de la memoria.

 

 

*          *          *

 

Es un momento mágico. Se miran, se preguntan el nombre, se estrujan el seso para acordarse la frase exacta. Yo voy marcando con palitos los votos en el pizarrón. Casi siempre son tres o cuatro los que acumulan más menciones.

 

Al terminar esto, comienza la tercera parte, la que más me gusta. “¿Por qué les parece que se acordaron de esa frase? ¿Y por qué piensan que esas dos frases tuvieron tantos votos?”.

 

Como todos hablaron ya dos veces, ha bajado mucho el miedo a romper el hielo. Siempre hay algunos que dicen haber recordado una historia impactante, y otros que mencionan un giro ingenioso. El viejo tema de la sustancia y el estilo. La historia sorprendente o la historia común bien contada.

 

Todavía me acuerdo de los ganadores de la segunda edición del máster. Era octubre de 1999, y un abogado treintañero contó que venía de San Petersburgo, de entrenar a croupiers del gran casino de la ciudad. Eran los comienzos del reconquistado capitalismo ruso. El abogado, que había ganado buen dinero como croupier en España, sentía que algo no estaba bien en su trabajo en la antigua Leningrado.

 

En la otra punta del aula, un joven recién recibido de sociólogo, andaluz con gracejo, nos contó que su sueño era ser pintor, pero en vez de manos nació con dos pies izquierdos. Las risas inundaron el aula, y nadie se olvidó de su anécdota, pese a que querer ser artista y descubrirse sin talento no es tan original como entrenar croupiers en San Petersburgo.  

 

A medida que avanza el debate, surge la palabra clave: identificación.

 

La mayoría encontró un vínculo, una cercanía, un olor familiar en lo que escucharon, y por eso se les pegó. En algunos casos esa identificación es fácilmente reconocible, y le pueden poner palabras. En otros, saben que una idea o una frase les siguen zumbando en la memoria mientras otras se perdieron en el olvido, pero no terminan de descubrir por qué.

 

La identificación puede ser positiva o negativa. Pero siempre nos apela, nos atañe, sentimos que tiene que ver con nosotros.

 

 

*          *          *

 

Hace varios años usé este ejercicio en un taller de la Fundación Nuevo Periodismo en Cartagena de Indias. El editor de un diario de la provincia argentina de Tucumán nos contó la historia de un carpintero. Un cliente viene a preguntarle el precio para hacer 12 sillas idénticas, y el carpintero le da para cada silla un precio muy superior al que cobra por hacer una sola silla. “Usted no entiende”, dice el cliente. “Hacer 12 sillas me debería costar menos, no más”. Y el carpintero le responde que para él es un suplicio. Le gusta crear, preguntarle a la madera cómo quiere ser labrada, imaginar cada silla como un mundo, despertarse cada mañana sin saber qué silla le saldrá.

 

Y entonces el editor tucumano hizo una pausa dramática y nos dijo: “Cuando el carpintero me contó esta historia, entendí por qué me había hecho periodista”.  

 

Desde entonces me identifico apasionadamente con la historia del carpintero.

 

Cada vez estoy más convencido de que si aprendemos a desandar el camino y conectamos con esa parte nuestra que se acuerda de algunas cosas y olvida otras, podremos intentar ese logro cada vez más necesario y más elusivo para los periodistas: ser memorables.

 

Un gran profesor de la Universidad de Columbia, Sig Gissler, recomendaba a sus alumnos que al volver de reportear con la libreta llena de citas, datos y descripciones, intenten escribir el lede, el primer párrafo, antes de abrirla.

 

Si no podemos acordarnos de lo que nos acaban de decir, de lo que acabamos de ver, ¿cómo podremos aspirar a que el lector recuerde lo que le contamos?

 

Al terminar esa primera clase los alumnos se van al café hablando entre ellos, preguntándose cosas que escucharon, queriendo saber más de este o de aquella. Todos hablaron, hasta el más tímido. Todos aprendieron a escuchar, hasta el más acostumbrado a escucharse a sí mismo. Muchos de ellos lograrán al final del año hacer reportajes, perfiles, crónicas, documentales y producciones multimedia que queden en la memoria.

 

¿Quién sabe qué historias potentes, qué frases ingeniosas, qué ideas innovadoras escucharé en la primera clase del año que viene? Entraré con respeto, con algo de temor, les pediré que se presenten. No tengo ni idea de lo que puede pasar después. Tal vez por eso enseño periodismo narrativo.

 

 

 

El periodista argentino Roberto Herrscher es el director del Máster en Periodismo BCN_NY de la Universidad de Barcelona y autor de los libros Periodismo narrativo (RIL-UFT en Chile y Publicaciones de la UB en España) y Los viajes del Penélope (Tusquets), traducido al inglés como The Voyages of the Penelope (Südpol)

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