Foto: Olmo Calvo Rodríguez

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    ¿Que no ves que estamos en crisis?

    María Fernanda Ampuero - 03-01-2013

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    Cada quien cuenta la feria según le va en ella

    Proverbio español

     

     

    La imagen de España en el mundo es más o menos así: paella, siesta, sol, vestidos estampados a lunares, toreros, sangría y olé.

     

    Hoy, en cambio, o también, es así: desempleados, desahucios, endeudamiento, indignados, recortes y caras de a-ver-cómo-salimos-de-esta.

     

    Pero viajemos por un momento al año 2007 a. C. (antes de la Crisis). Con un PIB mayor que el de Canadá, España juega en la Champions League de la prosperidad. La economía ha crecido a un ritmo feroz, la tasa de desempleo es de un ridículo ocho por ciento –la más baja desde 1978– y, por primera vez, recibe inmigración masiva. La canción del verano, Hot summer night oh la la la, se baila en todos lados.

     

    El Milagro económico español, que así se llamaba lo que empezó en 1998, estaba sostenido en ladrillos, millones de ladrillos que formaron la silueta de un país boyante. El gobierno incentivó la construcción urbanizando áreas que nunca habían sido urbanas y los bancos prestaron millones a las inmobiliarias: la costa se llenó de edificios, el campo de chalés, los pueblos de Guggenheims y las calles de nuevos ricos. Sólo en 2005, las ochocientas mil viviendas construidas en España superaron a las levantadas en Alemania, Reino Unido y Francia juntos. Como esas casas había que venderlas, los bancos abrieron el crédito como quien abre una represa.

     

    Con el parque inmobiliario más grande de la Unión Europea en plena construcción, la necesidad de mano de obra subió y del cielo cayeron dos millones de latinoamericanos atraídos por el Spanish dream. Por tierra y mar llegaron dos millones de africanos y europeos del este.

     

    España se conjugaba en futuro perfecto.

            

    Pero los precios de la vivienda –¡ay!– estaban infladísimos: un apartamento normalito en Madrid o Barcelona podía costar cerca de medio millón de dólares (la hipoteca media nacional era de 151.000 euros). Aún a esos precios los pisos se vendían. La gente firmaba hipotecas a cuarenta años, con cuotas del 80 por ciento de su sueldo, pero había sueldo y todos lo hacían. Los vendedores inmobiliarios tenían la suave tenacidad de ciertos grupos religiosos:

     

    —Y usted, hermana, ¿sigue desperdiciando su fe en el alquiler?

     

    Durante las vacas gordas se daban hipotecas como se da la hora. Según datos del Instituto Nacional de Estadística, en 2007 fueron casi cuatro mil al día: 1,4 millones al año.

     

    Entonces llegó 2008, año I de la era d. C (después de la Crisis).

     

    El 17 de septiembre de ese año, allende los mares, quebró un banco estadounidense. Y esa caída, la de Lehman Brothers, fue como el dedo en la primera ficha del dominó. Años de créditos alegres a entidades y personas de dudosa solvencia pasaron –nunca mejor dicho– factura. Globalización: los bancos estadounidenses entran en cuidados intensivos y a los españoles se les para el corazón. Los bancos dejaron de dar dinero. El consumo se desplomó, setenta mil empresas cerraron y sus trabajadores se fueron a la calle.

     

    Y, por supuesto, la gente que no trabaja deja de pagar sus deudas. 

     

    De 2008 a 2009 fue una barbarie: de dos millones y medio de parados se pasó a cuatro millones doscientos mil. Hoy sigue siendo una epidemia. En 2012, seis personas por minuto, trescientos setenta y cinco por hora, nueve mil por día son despedidas. En 2007 había cerca de dos millones de parados. En 2012, apenas cinco años después, cinco.   

     

    *     *     *

     

    Francisco Hernando, Paco el Pocero, fue un niño dickensiano: pasó su infancia en una chabola y no tuvo techo hasta los veintinueve años cuando compró su primera casa. Algo, dirían los psiquiatras, que tuvo que influir en su pulsión por construir.

     

    Pocero, según la RAE, es el encargado de limpiar pozos o depósitos de inmundicias y eso era Paco hasta que se subió a la grúa de la construcción. El boom urbanístico aupó su ambición. En 2006 decía tener una fortuna de más de seiscientos millones de euros. Mientras unos lo acusaban de corrupción, otros admiraban a la encarnación ibérica del self made man.    

     

    De Hernando dicen que no sabe escribir, lee mal y llama toballa a la toalla, pero la urbanización que lleva su nombre escrito en dorado es la mayor obra privada de la historia de España, con más de trece mil casas proyectadas y mucho delirio del yo: el parque lleva el nombre de su mujer y la calle principal una enorme estatua de sus padres.

     

    Pero en 2008, cuando los bancos cerraron la llavecita de nuevos ricos, ni el propio Hernando pudo comprar los pisos de Hernando. Tenía tantas deudas que Pocerópolis, apenas inaugurada, pasó a ser de las cajas de ahorro que la financiaron. Mejor para él. Al ver que España se hundía, Hernando, experto en pozos profundos, huyó. Hoy, a sus sesenta y siete años, dicen que construye como un poseso en África.

     

    La urbanización Francisco Hernando, en Seseña (Toledo), es el museo de la crisis en todo su esperpento. Allí no vive nadie. Casi nadie.

     

    Por una avenida vacía, post apocalíptica, el viento arrastra un vasito vacío de yogur y su troc troc troc es un escándalo. De vez en cuando pasa una persona. Anna, polaca, vive desde hace poco en uno de los edificios de Hernando. Ante la falta de compradores, ahora hay alquileres convenientes. Anna dice que es una lotería: paga una mensualidad baja por un piso flamante en un complejo con piscina y canchas deportivas. Hermoso. Pero no hay vecinos. Los Apartamentos que hace cuatro años costaban trescientos setenta mil dólares EUROS, han bajado a noventa y dos mil. Pero ni así.

     

    —Hay otra familia en mi planta –dice Anna–. Y allá, ¿ves?, parece que hay gente.

     

    *     *     *

     

    La sala de reuniones de la Federación de Vecinos de Madrid, donde entran unas veinte personas, ya le quedó pequeña a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH). En una pared hay una placa: Plaza de las Libertades. En otra, una pizarra con carteles que invitan a actividades y manifestaciones contra el machismo, los bancos, los transgénicos. Uno de ellos, el de la Semana de la Lucha por el Derecho a la Vivienda, se repite en dos paredes.

     

    La convocatoria es a las siete, pero mucho antes las sillas ya están ocupadas. Los que se creían puntuales se suman a los que estaban detrás y el grito no se escucha es la coletilla total. Aumenta la temperatura, los niños lloran. Pero nadie se va.

     

    Pasan las horas y nadie se va. 

     

    Cada desahucio detenido, cada novedad legal, es oxígeno puro para los que están ahogados por la deuda. Aquí no hay abogados ni expertos, sólo desesperados contándole su caso a otros desesperados. Jóvenes, jubilados, familias inmigrantes, madres solteras, profesionales y gente que no terminó el colegio.

     

    Al que va a perder su casa se lo reconoce por una cara que trasciende la derrota, por unos ojos expectantes, por la voz casi ajena con la que hablan.

     

    Carmen –chaqueta de lana lila, falda por debajo de la rodilla– ha llegado temprano y está sentada. Lleva el pelo rizado: una amiga le diría que necesita retocar el tinte. Cuando quiere leer algún papel, trata de ponerse los lentes que lleva en el pecho, pero la mano le tiembla. Tras varios intentos se queda sin lentes y sin leer. Esta ama de casa madrileña y su esposo jubilado vivían sin sobresaltos. La pensión del marido, ni mucho ni poco, era suficiente. La casa –su casa– la compraron con pesetas cuando el niño era niño.

     

    El hijo, que trabajaba en una fábrica, decidió comprar un apartamento hace tres años. Papá y mamá fueron los garantes. Al firmar nadie pensó que llegaría la crisis, pero llegó: un recorte de personal dejó al joven en el paro, le quitaron la casa por no pagar y ahora el banco quiere la de los padres.

     

    —Hemos recibido a mi hijo y a mis nietos en casa –dice Carmen mientras intenta abrir la carpeta, ponerse los lentes, leer su carta de desahucio–. Y ahora van a por nosotros.  

    —La ley hipotecaria de España es una de las más crueles del mundo –explican en la Plataforma–. El artículo 1911 del Código Civil establece que el ciudadano responde a una deuda con todos sus bienes presentes y futuros. Aquí la entrega de la propiedad no salda la deuda hipotecaria.

     

    Funciona así: el banco embarga la vivienda por impago, pero la recibe a un valor menor del que tenía originalmente (lo que se llama retasación en términos financieros y putada en términos de la calle). Como la persona hipotecada prestó en su día trescientos mil y ahora la casa, para el banco, vale ciento cincuenta mil, esa diferencia hay que seguir pagándola. De modo que estás en la calle y, aún así, debes una fortuna. El banco tiene potestad de embargar todos los ingresos, sobre un mínimo, que una persona endeudada y sus garantes lleguen a tener. Eso incluye los bienes.

     

    Por eso a Carmen le van a quitar su casa de toda la vida.

     

    Según datos de la Plataforma, desde 2007 y hasta hoy se han ejecutado más de ciento setenta mil desahucios y otros trescientos cincuenta mil están en curso. 

     

    —Hay que luchar –dice con su voz de niña Aída Quinatoa, una ecuatoriana hipotecada que se ha convertido en la líder de la batalla por parar los desahucios–. Esto ha sido una estafa masiva y lo único que tenemos es la lucha, hay que negociar para no quedarnos con la deuda: si el banco quiere, puede.

     

    Juanjo, un camarógrafo treintañero, no ha vuelto a encontrar trabajo después de que la CNN lo despidiera. Si este fuera un documental de la crisis y él estuviese filmándolo, haría un close up de sus uñas hundidas en la carne. Se verían sus manos mordidas y se escucharía su voz de fondo:   

     

    —Antes de esto yo era una persona normal, ¿sabes?, un tío con su piso, con su coche, con su curro.   

     

    El trabajo no aparece. Juanjo vivía del subsidio por desempleo, pero ya se agotó. Su casa es un local comercial que era de sus padres. Era. Porque con él avalaron el restaurante de su hermana y su hermana quebró. 

     

    —El otro día volví y me habían cambiado la cerradura. Ahora cuando tocan no abro. Paso el día sin luz, en silencio, como un ratón: sólo salgo de noche. Si me echan, no tengo a dónde ir. No hablo con mi hermana porque nos arruinó, mis padres están donde una tía –dice Juanjo mientras nos alejamos de la reunión de hipotecados–. De verdad, no tengo a dónde ir.

     

    *     *     *

     

    Madrid se despereza y al pie de la casa de Uddin y Hafiz, en el barrio de Lavapiés, ya hay unas cincuenta personas. Uddin ha comprado bizcochos de coco y hay chocolate caliente.

     

    Parece una fiesta popular, pero es un desahucio.  

     

    Esta pareja, inmigrantes bengalíes con cuatro niños, compró hace tres años un modestísimo piso tan sobrevalorado que es inverosímil. A pesar de su español chapurreado, sus condiciones laborales de baratija y unos garantes en la misma cuerda floja, el banco les prestó 249.000 euros.

     

    En este país las cosas iban bien y los alquileres eran tan altos como las mensualidades de las hipotecas. Dijeron, como tantas familias, por qué no.    

     

    Pero cuando ella perdió su empleo en el servicio doméstico y a él le bajaron el sueldo en el restaurante en el que trabaja como camarero, las cuotas, de mil quinientos euros mensuales, se hicieron imposibles. Al dejar de pagarlo, el banco retasó la vivienda en doscientos mil. Tienen que pagar la diferencia. Más intereses. Más gastos de gestión: en breve estarán sin casa y con una deuda de 234.000 euros.

     

    La multitud, al grito de ¡este desahucio lo vamos a parar!, logra que se aplace el desalojo. Hay aplausos y abrazos: otro triunfo del colectivo popular Stop Desahucios. Pero es sólo una tregua. Al cabo de pocos meses volverán los jueces y la policía a sacar de la casa a Uddin, Hafiz y los niños.

     

    El segundo intento de desahucio es casi siempre definitivo. 

     

    *     *     *

     

    Ana Rosa Quintana es la Oprah ibérica.

     

    Tiene programa, productora, revista (AR), perfumes, libros y la fundación La última frontera para los más desfavorecidos. Ana Rosa convierte en noticia todo lo que toca y ha decidido tocar un comedor social infantil recién inaugurado.

     

    En el pequeño salón de la ONG Mensajeros de la Paz hay más cámaras que niños. De pronto, una bandada de fotógrafos empieza a aletear sin descanso. Ha llegado otra presentadora maravilla: Anne Igartiburu, la de Corazón, pasea su chaqueta de cuero naranja entre las mesas con manteles plásticos.

     

    —¡Qué guapos sois todos!

     

    La apertura del primer comedor infantil de la crisis, más el dato de Unicef de que hay dos millones de menores en riesgo de pobreza en España, hizo reflotar la postguerra en la prensa. Ana Rosa, presurosa, dedicó programas a recaudar dinero para esos pobres críos

     

    Que vuelve el hambre, señores, que vuelve el lobo. Porque en España, hace menos de cien años, hubo un hambre perversa. Así describió el periodista Claudio Grondona, colaborador del diario Sur de Málaga, esos tiempos:

     

    Madres y hermanas, esposas e hijas en una paciente, sufrida, dolorosa y desalentadora tarea de hogar y de familia. Llegaron a confeccionar tortillas sin huevo, guisos sin carne, fritos sin aceite, dulces sin azúcar, café con trigo tostado.

     

    Tras la Guerra Civil, en 1939, los campos españoles, como su gente, estaban arrasados. Para repartir lo poquito que había, se implantó un sistema de racionamiento por cartillas caótico, absurdo y que permitió una corruptela tan ubicua como infame. Cuenta Miguel Ángel del Arco Blanco en Morir de hambre: autarquía, escasez y enfermedad en la España del primer franquismo que muchos ciudadanos se vieron obligados a cambiar joyas de oro por un trozo de pan negro, otros acudían a los cuarteles a pedir sobras, otros desenterraban animales muertos para comérselos y muchas mujeres tuvieron que prostituirse.

     

    —España era horrible, tan pobre y tan hundida que la gente parecía azul y hambrienta –describió un viajero portugués, según se puede leer en el Informe sobre las condiciones económicas de España en 1941–.

     

    Pero hoy no es así. 

     

    El Informe del consumo alimentario en España en 2011 revela que el año pasado se gastaron más de 68.000 millones de euros en comida, es decir, un 0,6 por ciento más que en 2010. Hablando en kilos, la del 2011 fue la caída más suave desde que empezó la crisis: de los 664 kilos de comida que nos metimos entre pecho y espalda en 2010, se pasó a 660 en 2011.

     

    Mercadona, una cadena de supermercados españoles conocida por sus precios bajos, batió récords de beneficios en 2011: un aumento del 19 por ciento en relación a 2010. Y más: según un informe de enero de 2012 de Unilever Food Solutions, más de ciento setenta mil kilos de comida de restaurantes y bares van a la basura cada día. A dos kilos por persona, podrían alimentar a ochenta y seis mil comensales.      

     

    En el comedor social de Ana Rosa nadie parece azul ni hambriento. Voluntarias traen bandejas con la cena de los niños, la mayoría hijos de inmigrantes que están ahí no por desnutrición, sino porque, mientras sus padres trabajan, les ayudan a hacer las tareas.

     

    —Lo de dar la cena es una ayuda más a esas familias a las que, por la crisis, se les hace cada vez más difícil llegar a fin de mes –dice el padre Ángel, de Mensajeros de la Paz–.   

     

    El menú es macarrones con tomate de primero y albóndigas con papas de segundo. Pan para todos. Torta de chocolate de postre.

     

    —Córtala más pequeña porque tan grande no la comen –pide alguien a la cocina–.

     

    Los educadísimos hijos de Sulficar, un inmigrante de Sri Lanka moreno, alto, esperan mientras el padre cuenta que es jardinero y que gana bien, pero que como él y su mujer trabajan, los niños pasan la tarde en el centro social.

     

    —Ahora con la cena es mejor: los llevo a casa listos para el baño y dormir.

     

    En otra sala, separada de los niños por un cristal, los VIP (Igartiburus, Anarrosas) comen las tapas de diseño que ha traído un catering.

     

    Una voluntaria tira lo que no comieron los niños en un cubo. Al poco rato la bolsa está a reventar. La cambia. 

     

    Gloria, una dominicana de 27 años, madre soltera con dos hijos, pide llevarse algo para el día siguiente. Trabaja medio tiempo en un supermercado y el dinero le llega justito. Se zampa, antes de que se lo lleven, lo que han dejado sus hijos.

     

    Termina de masticar una albóndiga y cuenta que el padre de los niños se volvió a Santo Domingo cuando se quedó en el paro. No quiere saber de ellos. Ni de España.

     

    —Él dijo que aquí ya se había acabado todo.        

     

    *     *     *

     

    Quien regala caviar honra al receptor, leo en la entrada del Salón Gourmet de Ifema, el recinto ferial de Madrid.

     

    El stand de caviar iraní Caspian Pearl es el más grande y más suntuoso de una feria grande y suntuosa. La encargada frunce los labios antes de responder si la crisis ha afectado el consumo de caviar en España.

     

    —Ha bajado un poquito, pero vamos, no es una bajada que se considere importante.

     

    Hablar de precios es del vulgo.

     

    En otro stand dicen que cien gramos de buen caviar iraní pueden costar hasta tres mil dólares.

     

    Según un estudio de la Asociación Española del Lujo, Luxury Spain, en 2011 las ventas de productos exclusivos en el país subieron un 25 por ciento en relación a 2010. Los pasillos de la feria están llenos de gente que ha pagado 40 dólares para estar aquí. Alfredo Martín es uno de ellos. Trabaja en una importadora de productos gourmet y explica que el primer termómetro de la economía es la alimentación. Con la crisis, ha notado que el carro de la compra es más reducido, pero no la calidad de los productos.

     

    —Ahora mismo se está vendiendo muy bien esta agua que viene de un glaciar finlandés, tiene unas características de calidad inmejorables.

     

    Ahí al lado, Serena, de Gold Gelato, ofrece cucharitas de helado de mejillones en escabeche, berberechos, pimientos asados o chistorra. Se acerca un señor y pide probar el de turrón. No hay.

     

    —Son helados de autor, señor.  

     

    Entre jamones de bellota expuestos como obras de arte, aceite de oliva en botellitas de perfume, chocolate con oro de 23 quilates y agua marca Porsche, pasea malencarada Marisa Varona. Dueña de un catering de lujo, los proveedores no la han atendido de forma profesional.  

     

    —Hay que recuperar el glamour de otros años. En la feria y en el país: hace falta glamour.

     

    Si a Bruno Jeanroy, representante del champagne Lallier en España, se le pregunta por la crisis, sonríe. Habla como Pepe le Pew.

     

    —Querida, no hay que castigarse más.

     

    Levanta su copa de Lallier y bebe hasta el fondo.

     

    *     *     *

     

    En el paseo del General Martínez Campos, en el Madrid de portero uniformado y mármol, está el comedor de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Son las dos de la tarde de un día de perros. El guardia, un gigante bueno de nacionalidad rumana, cuenta que ha visto cómo cada vez llega más gente –gente de todo origen, de toda condición social–. Detrás de él, en un baño con la puerta abierta, cinco hombres se lavan los dientes y la cara.

     

    Del comedor sale una mujer. Se agacha y huele una flor, una pequeña flor roja. Se llama Milena y está cubierta por un largo abrigo de piel marrón, tiene los ojos pintados, medias y botas de caña alta. Es de esas mujeres de buen tipo que pasan de los sesenta, pero aparentan diez años menos. Con su pañuelo estampado y sus gafas grandes, podría pensarse que acaba de salir de una de las cafeterías de la zona y no del comedor de unas religiosas.

     

    —Yo también estoy en este barco –suelta con el tono con el que se dicen las cosas que empiezan por aunque no lo creas–.

     

    Milena cuenta que tuvo dinero, que la suya fue una familia adinerada, pero que, por la crisis, le toca pedir ayuda.

     

    Cuando la economía iba como la seda, esta madrileña pidió créditos y más créditos para poner negocios y para mantener el estilo de vida al que la herencia del padre –que gasté sin pensar– la tenía acostumbrada. Pero los negocios, esos que no explica del todo –tú escribe que eran entre inmobiliarios y financieros–, se hundieron con la crisis. Hace tres años se declaró en bancarrota.  

     

    —Ahora no tengo la casa que tenía antes, ni la asistenta, pero, y disculpa que lo diga así, me importa un carajo porque verdaderamente eso se va a quedar aquí, yo no quiero ser la rica del cementerio, quiero a los pobres, sobre todo ahora, que los he visto muy de cerca.

     

    Milena usa palabras como taxativamente, ruina económica, austeridad o fehaciente. Llama por su nombre a los ministros de Economía de Zapatero y de Rajoy, al director del Banco Central Europeo, a los empresarios. Ahora también llama por su nombre a sus compañeros de mesa en el comedor. Le pregunto si ha visto aumentar el número de españoles necesitados: 

     

    —Mucho más, gente con carreras, gente que no te imaginarías que por la situación han tenido que… Es así, pero no hay que sentir vergüenza, sino dar gracias a Dios que hay personas que nos ayudan tantísimo, ¿no?

     

    Este comedor se ha hecho famoso en estos días porque un importante publicista español, Alejandro Toledo, acaba de donar un spot –Los nuevos pobres– para Cáritas. El anuncio nació de su sorpresa al encontrarse con un ex colega del mundo del marketing que ahora, al no encontrar trabajo, debe almorzar allí. En el spot, un treintañero español con una niña rubia, de unos siete años, vagan por las calles con una maleta a cuestas, duermen en un cajero y comen en Martínez Campos.

     

    Toledo dijo en una entrevista que lo que más le sorprendió en el comedor fue que los comensales no se correspondían con la gente que esperaban.

     

    —Eran gente como yo, vestidos perfectamente, que acudían porque no tenían dinero.

     

    *     *     *

     

    Mercamadrid es una ciudad de comida.

     

    La llaman La capital de los mercados porque, dicen, es la plataforma de distribución alimentaria más grande de Europa. Todos, de una forma u otra, comemos de ahí.

     

    Jimena es boliviana y Genaro dominicano. Se han hecho amigos porque coinciden cada semana en Mercamadrid. Jimena, que cuidaba a una señora, se quedó sin trabajo el año pasado. En casa, donde sólo queda el sueldo del marido –un ex trabajador de la construcción que hoy hace pequeñas reformas– para ella, su madre, su hermana y dos niños, hubo que hacer ajustes: se acabó la costumbre de pagar por verduras y frutas.

     

    Jimena lleva el carrito repleto. Todo lo ha recogido de la basura de Mercamadrid porque allí, si una caja tiene un par de productos estropeados, se tira toda. En el suelo se ensucian tomates hermosos, naranjas, mangos en su punto, plátanos: cosas por las que se paga en el mundo real. 

     

    —Yo me ahorro 120 euros a la semana –dice Jimena–. No me da vergüenza porque esto se iba a tirar y mis hijos tienen que comer.

     

    Genaro hoy sólo ha recogido lo que le gusta a su gente: yuca, plátano verde, cilantro, limas. En el camino ha encontrado unas peras gorditas. Se las ofrece a Jimena. Las rechaza: ya no le cabe nada.

     

    Carlos, trabajador de Mercamadrid, cuenta que antes los guardias echaban un químico rosado sobre los desechos para que no los recogieran. Ahora hay manga ancha.

     

    —De todos modos no he visto que con la crisis venga más gente. Aquí hay una nave a la que vienen los comedores, los curas, la Cruz Roja a llevarse comida y las reparten en barrios. Esto queda lejos de todo –dice Carlos, mezcla de James Dean y Javier Bardem, mientras fuma sentado en unos palés–. Aunque no lo creas ahora se tira más porque, por la crisis, no hay tanta venta y el distribuidor prefiere tirarlo. Fliparías con la cantidad de comida que se desperdicia al día aquí.

     

    En toda la geografía de Mercamadrid unas retroexcavadoras cogen los desperdicios del suelo y los depositan en grandes vagones. Ahí dentro una ensalada gigantesca, como una pesadilla de Archimboldo, se pudrirá.

     

    Y mañana. Y pasado.

     

    Una madre y su hija, peruanas, pasan cerca de las peras huérfanas de Genaro. Les digo que están en perfecto estado. Sacuden el índice: buscan lechuga y no tienen tiempo para conversar.   

     

    Antes de subirse al autobús con la caja de mercadería, Jimena, la mujer boliviana, dice:

     

    —Aquí en España el que pasa hambre es porque quiere.  

     

    *     *     *

     

    Camino por la Gran Vía. Zara ya exhibe la primavera en famélicos maniquíes con pestañas postizas y ropa turquesa, blanca y naranja. Decenas de personas salen llevando la característica bolsa azul marino de la tienda gallega.

     

    Inditex, dueña de Zara, incrementó en 2011 un 12 por ciento su facturación mundial y un 1 por ciento la local. Sólo en España vendió más de 3.700 millones de euros. La crisis no va con ellos. Desde Inditex explican que esto se logra gracias a la suma de estrategias que tienen que ver con el control de costes de producción para mantener los precios, la venta por internet y la gran acogida de las colecciones.   

     

    Muy cerca de Zara he quedado con Eduardo Arcos, fundador de Hipertextual, un blog de blogs de temas tecnológicos que recibe al mes doce millones de visitas. El blog de Eduardo es el más leído en América Latina. La cita es en Le Pain Quotidien, una cafetería belga de la Gran Vía donde el café viene en un tazón sin asa.

     

    A Eduardo, barbita candado, gafas de pasta, camiseta negra, piercings, le gustan los tazones sin asa y le gusta Bélgica, donde vivió. Este ecuatoriano, nacionalizado español, sonríe como sonríen los prósperos y, de vez en cuando, como un tic, se quita un mechón de pelo de la cara. Cuenta que su empresa está inscrita en España porque aquí está su principal inversor, Martín Varsavsky, un argentino de 45 años que en los últimos veinte ha fundado siete empresas, una de ellas Jazztel, de telefonía e internet, valorada en un billón de dólares. A Varsavsky le interesó Hipertextual cuando aún era pequeña. Invirtió en ella. Tuvo olfato: los clientes, de mayo de 2011 acá, se han cuadriplicado y, con ellos, la facturación. En su mayoría, los que compran publicidad en Hipertextual son de Latinoamérica. Pero, y esto no se lo esperaba Eduardo, muchos son de España y han llegado en los peores meses de la economía. Resumiendo: le va de puta madre.  

     

    —Este va a ser el mejor año de Hipertexual ever.

     

    El informe La sociedad de la información en España 2011 de Fundación Telefónica asegura que los hogares con acceso a internet desde el celular subieron un 218 por ciento en relación al 2010: el 91 por ciento de los españoles tiene un teléfono desde el que se conecta a la red.

     

    La madrugada del 23 de marzo, primer día de venta del iPad 3, cientos de personas hicieron fila para ser los primeros en tenerlo –a pesar de que cuestan entre seiscientos y novecientos dólares–. Según un empleado de Apple en Madrid, desde entonces se venden setecientos iPad 3 diarios.

     

    —¿Y la crisis? 

     

    Eduardo pone cara de chupar limón. Juega un segundo con el piercing de la lengua.

     

    —Los españoles aún tienen cierto nivel de comodidad. Tú dices, tampoco se están muriendo de hambre. Vas a un bar un viernes por la tarde y está a reventar. En Andalucía se nota más: hay más desempleo, es más evidente. Pero, oye, nada como un país latinoamericano, que la gente está pidiendo en la calle, desesperada, que ves miseria. Eso aquí no existe. 

     

    Eduardo no habla de cifras –no puedo dártelas ahora mismo porque está por pasar algo de lo que ya te enterarás–, pero en una entrevista de enero de 2011 soltó una gorda: Hipertextual ingresa más de un millón de dólares al año por publicidad.

     

    ¿Cómo es que un chico de clase media, ecuatoriano para más inri, ha llegado a tener una de las empresas de internet más importantes de la España de la crisis? Según él porque vive persiguiendo esta frase de Ray Bradbury, su cita favorita: Primero lánzate al precipicio, construirás las alas en el camino hacia abajo. Eduardo cree que la razón del enorme desempleo está en que los españoles hacen lo contrario: quieren que alguien les construya las alas, entonces ven si saltan.

     

    —España vivió una época de comodidad absoluta. La generación entre los 20 y 35 años fue muy sobreprotegida. Entonces, salvo que tú les des condiciones sumamente óptimas dicen: ¿por qué tengo que trabajar? Tengo el paro, estoy en casa de mis padres. Yo todavía no he visto en España una persona que me diga mañana no tengo nada que comer. Y no creo que la vea.

     

    *     *     *

     

    —Aquí pasan cosas con la vida de uno.

     

    Koka a veces se queda en silencio. Con las manos en la cara, los labios entreabiertos y los ojos vacíos parece un Guayasamín. Prefiere hablar del presente y repetir mucho las anécdotas que hacen reír. Koka, que se llama Jaime Andi y dice que tiene setenta años sólo para que le respondas que parece de cuarenta, prefiere reír a recordar. Le dicen así por la ciudad de Coca, en el oriente ecuatoriano, donde nació. Allí, hace diez años, dejó madre, padre, hija de ocho años y un país atontado por la moneda prestidigitadora: el dólar transformó a los sueldos en calderilla, a la clase media en pobres y a los pobres en pordioseros. O en emigrantes.

     

    —Las noticias que llegaban eran de que aquí se ganaba bien.

     

    A Koka al principio le fue mal. Mal de llorar toda la noche después de un día despiadado recogiendo naranjas. Luego le fue bien. Bien de ganar 2.800 euros mensuales en una empresa de construcción. Pero él tenía una estrategia traicionera:

     

    —Pensé que no iba a pasar esa crisis que está ahora y yo, en 2009, teniendo trabajo, me boto al paro. Sabes que así es la vida, yo nunca pensaba que iba a pasar esto. Yo así hacía: cuando no quería ese trabajo porque me aburría, me botaba y encontraba otro, pero en el último no pasó así.

     

    El último coincidió con la crisis que dejó en la calle a un millón y medio de trabajadores de la construcción. Desde entonces no ha vuelto a trabajar. Al quedarse desempleado, dejó de pagar el piso de cuatro habitaciones que se había comprado, él solo, cuando se creía rico, cuando tenía ropa cara y cuatro y cinco chicas. Ahora Koka vive en la calle como otras treinta mil personas –el 45 por ciento de ellos son inmigrantes, según cifras de Cáritas–. Duerme en el portal de El Corte Inglés de la calle Preciados. Y allí mismo, en El Corte Inglés, va al baño por la mañana.  

     

    —Como los ricos.

     

    Los días de Koka empiezan igual: a las nueve un policía lo despierta. El resto es aventura. Ir a comedores a ver si hay sitio, buscar las mejores ollas de todas las que las cristianas reparten por Madrid y, ay madre mía, esperar ese sábado de gloria en el que el restaurante de la Plaza Benavente regala paella. Le gusta la paella porque le recuerda al arroz marinero y le recuerda a él mismo cuando tenía llaves, nómina y plata en los bolsillos.

     

    A Koka no le gustan los albergues.

     

    —Una vez me fui. Ahí había rumanos, polacos, moros. Son problemáticos: te sacas los zapatos, al otro día no hay. Peor que en la calle.

     

    Koka va limpio y afeitado. Fue a la Casa de Baños donde cobran 15 céntimos por ducha. En un bolso negro tiene cinco pares de medias con etiqueta. Usa un par y, como no tiene dónde lavar, los tira.

     

    —Como los ricos.    

     

    Le pregunto por qué no regresa a Ecuador, como esos treinta mil inmigrantes agobiados por el desempleo que, según el Instituto Nacional de Estadística, se han ido desde que empezó la crisis. Allá tiene una hija y un nieto bebé que no ha visto ni en fotos.

     

    —Por motivos personales.

    *     *     *

     

    El 4 de mayo de 2011 el dueño de Novapress, una empresa editorial, llamó, uno a uno, a sus empleados. Hacía calor y hasta la pequeña oficina –decorada con las mejores portadas de su periódico– subían las voces y las risas de las terrazas abarrotadas. Una banda sonora extrañísima para las palabras que salen de la boca de un hombre en quiebra. Al regresar a su puesto, los trabajadores ya eran desempleados y la incertidumbre, como un taladro, les impedía pensar.

     

    El ruido de la crisis rebotando en la cabeza: otro parado en un país de parados. Pero, un año después, sólo una de las dieciséis personas despedidas ese día ha tenido que volver a casa de sus padres. El resto está trabajando. Varios encontraron otro empleo. Uno tiene dos de medio tiempo, otro ha montado su propio negocio editorial, otra va de reemplazo en reemplazo como quien va de liana en liana, otro está en una ONG. Hay varios freelance que, con los sobresaltos de la condición, se confiesan mejor que antes. Lo sé bien: yo soy una de ellos.

     

    *     *     *

     

    Si alguien llegara hoy a Madrid desde, digamos, una isla remota, no entendería nada. El isleño vería en los quioscos de prensa estos titulares:

     

    La Vanguardia: El FMI advierte que esta crisis será más “dolorosa y duradera” que otras

     

    El Mundo: El ‘New York Times’ cree que España será el próximo país en caer

     

    El País: Rajoy prepara “medidas contundentes” para espantar el fantasma del rescate

     

    El País: Todos desconfían de España

     

    Diario de Jerez: España entra en un callejón sin salida

     

    El Periódico de Aragón: Un fantasma recorre España

     

    Todo el tiempo, todos los días, en todo formato, estas son las noticias, las únicas noticias. Pero ese visitante, acojonado por la prensa, pensando que lo asaltará en breve una masa de desesperados –azules y hambrientos– para rogarle por un mendrugo de pan, caminaría un par de pasos y vería esto: terrazas llenas, restaurantes llenos, tiendas llenas, supermercados llenos, filas para comprar artefactos tecnológicos, gente saliendo de los teatros y de los cines. El isleño sólo podría pensar en una palabra: esquizofrenia. 

     

    Josep-Francesc Valls, catedrático de la Esade, universidad de negocios con sede en Barcelona, y prestigioso analista del consumo en España, me explica esa esquizofrenia por teléfono.

     

    —Aunque el nivel de consumo se ha reducido en forma considerable, cuando uno va por la calle uno sigue viendo que la gente compra productos caros, productos medianos y productos muy baratos. ¿Cómo se explica? Por una parte, el número de personas que no han perdido trabajo es muchísimo más elevado que el de personas que lo han perdido y, segundo, las familias se están convirtiendo en un poder de resistencia que hace que muchos miembros que se han quedado en paro puedan seguir alimentándose de forma normal. Cabe destacar el papel de muchos jubilados que gracias a su pensión son capaces de mantener a la familia. Así que esto no es, para que nos entendamos, el corralito de Argentina ni ninguna otra crisis de Latinoamérica.

     

    Para Valls, que acaba de publicar un informe sobre comercio y crisis en Barcelona, la diferencia de los hábitos de compra antes de la crisis y los de ahora es que se miran más los precios, se compara. Se ve gente en las tiendas, sí, explica Valls, pero tal vez no todos están para comprar, sino para tomar nota y entonces se van a otra tienda y ahí donde lo encuentran más barato, compran. Los comerciantes se dan cuenta de eso y entonces voilá: ofertas, promociones, descuentos. Los precios bajan.   

     

    —Si los españoles antes de la crisis se tomaban cuatro cervezas, hoy qué pasa:

     

    A) Ahora se toman tres.

    B) Ahora se toman dos.

    C) Ahora se toman una.

    D) Ahora no se toman ninguna.

     

    —Ahora se toman cuatro, pero buscan comprar donde están más baratas –dice Valls–.

     

    Antes de despedirse, Valls insiste en que la situación de España no es dramática, en que hay muchas familias con grandes dificultades, pero la economía sigue tirando en términos normales.

     

    En plena crisis, la asistencia a los estadios crece en medio millón de entradas, tituló, hace poco, El País. Casi diez millones de personas acudieron en la temporada 2010-2011 a los estadios de primera división, la cifra más alta de la última década (igual a la asistencia de 2005-2006).   

     

    La productividad española crece un 11,1% desde inicio de la crisis, publicaba Europa Press. El Observatorio Económico de España dio el 10 de abril pasado el dato de que la productividad española registró un crecimiento del 11,1% desde 2008, el mayor incremento entre los países de la zona euro, gracias a sus elevadas tasas de exportación y a la mejora de la competitividad.

     

    ¿Y qué pasó con el visitante isleño? El pobre, después de ver tantos titulares catastróficos sobre un país en ruinas, creería, con lógica, que en España le van a robar hasta los órganos. Pero no. Los robos no han crecido. El último informe Evolución de la criminalidad, elaborador por la Secretaría de Estado de Seguridad, publicado en 2010, reveló que si en 2002 hubo dos millones de delitos y faltas en el país (un 51,5 por ciento), esa cifra a 2010 bajó a un millón setecientos mil (un 43,9 por ciento). Eso, traducido, quiere decir que tras la crisis la criminalidad bajó un 15 por ciento y España es hoy un país más seguro que hace diez años.

     

    ¿Entonces?

     

    —Es fácil afirmar que hay una vivencia subjetiva de crisis, probablemente independiente de la situación socioeconómica de la persona –dice Ricardo López, psiquiatra de un hospital público de Castilla La Mancha–. Para explicar esto podemos quedarnos en una visión simplista y considerar que los medios de comunicación y los políticos transmiten una imagen apocalíptica y esto genera temor o considerar que hay un fenómeno de retroalimentación.

     

    La retroalimentación consiste, según López, en que existe un grupo importante de personas sin trabajo (un 25 por ciento de la población), otro de gente con deudas que no pueden asumir (quizás un 35 por ciento) y un 12 por ciento de personas con empleo que sienten que su puesto está amenazado por mala situación económica de la empresa o, en el caso del empleo público, por los recortes del Gobierno.

     

    —Podemos considerar que un 47 por ciento de la población activa se encuentra en una situación como mínimo de incertidumbre. 

    —¿Pueden diez millones de personas, en una población de cuarenta y cinco millones, crear un estado de pánico generalizado?  

    —En la medida que la masa crítica es lo suficientemente alta como para que todos tengamos en nuestro entorno próximo alguien afectado por  la situación socioeconómica, nos va a influir y, a su vez, nosotros vamos a influir en otros. Todos influimos en todos e incrementamos la vivencia del miedo. 

     

    *     *     *

     

    Crisis de esto-es-lo-que-hay es como la define Verónica Vicente, periodista de veintinueve años, que sospecha que su futuro, como el de trescientos mil españoles que han salido del país desde que empezó la crisis, está allá fuera. Esta alicantina recibió su título el mismo año en que España recibía el suyo como país en crisis. Encadenó trabajos de becaria, mal pagados o directamente gratuitos, con un trabajo en un periódico al borde de la quiebra y otro que, sin cierre a la vista, exige mucho por muy poco sueldo (otro resultado de la crisis: mucho profesional y pocas empresas). 

     

    —Nunca he trabajado tanto por tan poco y claro, hambre no paso, no, pero ni me compro ropa, ni voy al cine, ni viajo, vamos, que no derrocho. En este sentido ahí es cuando digo que no es apocalíptico, pero no podría plantearme tampoco construir nada por mi cuenta si mi familia no estuviera ahí como respaldo. Mi situación familiar es privilegiada, pero por otra parte la vida que llevo no es mía, sino fruto del sueldo de mis padres. Y yo: ni casa, ni hijos. Es decir, no podría ni plantearme tener un bebé, pese a estar en edad de hacerlo. Lo de irme a parir a Canadá lo digo entre risas, pero, entre broma y broma, la verdad asoma.

     

    A Verónica, nieta de obreros, le vendieron el mismo sueño que a todos los jóvenes de su generación: termina una carrera, sé alguien, llegarás alto.

     

    —Nos dijeron que si estudiábamos tendríamos contrato, buen sueldo, catorce pagas y un mes de vacaciones al año. Pero ya no viviremos como nuestros padres. Esa es nuestra crisis: la frustración.

     

    A la gente como Verónica los medios les han dado un mote: nimileuristas. Gente preparada, incluso preparadísima, que no gana ni mil euros. Pero el bajo sueldo no es lo peor, sino las perspectivas. En un país cada vez más envejecido y con tanta gente joven que no cotiza a la Seguridad Social, el famoso estado de bienestar español (salud gratuita, educación gratuita, pensiones para los mayores) peligra.

     

    —Los latinoamericanos decís que esta crisis no es para tanto. Que nosotros los europeos no sabemos lo que es una crisis. Sin embargo, yo a las cifras me remito. En este país cada vez hay menos niños y más ancianos y la teta del Estado ya no da para todos. Paralelamente, los jóvenes no curran y sin curro no hay impuestos que sigan alimentando las arcas del Estado.     

     

    *     *     *

     

    Luis Leoz tiene esa edad crítica, veinte años, en la que el paro es una ruleta rusa.

     

    Eurostat, el organismo estadístico de la Unión Europea, difundió que el dato de febrero de 2012 de desempleo juvenil, 50,5 por ciento, es el peor desde que en España hay registros. Uno de cada dos jóvenes está desempleado. Luis es el uno malo: no encuentra trabajo ni en el Burger King, a pesar de que ha falseado el currículo quitando cosas en lugar de ponerlas. Antes de que a la suya la empezaran a llamar La generación perdida, Luis quería estudiar Bellas Artes. Tercero de tres, sus hermanos son:

     

    Gonzalo, el médico.

    —Ese vive muy bien, muy, muy bien. 

     

    Ignacio, el licenciado en historia.

    —Ese no trabaja de lo suyo, sino en la lavandería de un hospital y ha vuelto a casa porque no le llega el sueldo.

     

    Y Luis, el que quería ser artista y aprenderá un oficio civil.

    —Soldador o calderero, algo que dé de comer.

     

    La generación anterior a la de Luis, acunada por la bonanza, estudió carreras larguísimas, hizo maestrías y doctorados, fue a la universidad en masa. Según un informe de la Fundación Conocimiento y Desarrollo (CYD), el paro afecta a uno de cada diez licenciados universitarios. 

     

    —Esto de que te llamen la generación perdida es desolador. No es nuestra culpa. Y, a ver, eso es verdad en ciertos estratos sociales: ya no hay ni súper nobles, clase alta, media y baja como antes. Ahora, después de la crisis, hay clase alta y clase baja. Punto. Pero tú dices, me cago en la puta, no voy a dejar que me deprima esta gentuza que nos está dirigiendo. Yo sigo adelante, hay que espabilar. Creo que todos saldremos adelante.

     

    *     *     *

     

    —Tienes un visado de turista, no sé qué te esperas, nadie te va a dar trabajo. 

     

    Xemein Goñi, una arquitecta vasca de treinta años, escuchó esas palabras de una colega francesa en un parque de San Francisco, Estados Unidos. Tragó espeso. Era diciembre de 2011. Acababa de llegar.

     

    —Y yo qué coño hago aquí, pero también y yo qué coño hago allá.

     

    Hablo con Xemein por teléfono. Está contenta –debería decir eufórica– porque el estudio en el que estaba haciendo prácticas gratuitas, de nueve de la mañana a seis de la tarde, ha decidido hacer el trámite de su visado de trabajo.

     

    —La Green Card de los cojones.

     

    Xemein es una de los 3.576 arquitectos parados por la crisis. Diez años de estudio, especialización, idiomas, contactos: nada le sirvió para encontrar trabajo en el ex reino del ladrillo. El pinchazo de la burbuja inmobiliaria mandó a volar a los arquitectos españoles: están en Noruega, China, Brasil y Estados Unidos. Ninguno quiere volver.  

     

    —Sé que en los próximos diez años no voy a poder trabajar en España. Es duro porque tengo dos sobrinas y me lo estoy perdiendo todo. 

     

    Xemein tuvo que recordar varias veces, cuando escuchaba críticas a la inmigración en los años en los que la España del ladrillo todavía era El Dorado, que hace apenas treinta años los emigrantes eran ellos, los españoles.

     

    —Y todo vuelve.

     

    *     *     *

     

    En el periódico viene un anuncio con la imagen de una ancianita junto a una figura precolombina. Dice:

     

    Mis años de experiencia y mis secretos más potentes traídos de la selva del Amazonas, te pueden ayudar a solucionar tus problemas de amor, salud, dinero, trabajo, mal de ojo. Si otros ya te fallaron, acude a mí y comprobarás mi eficacia. 

     

    Chalana acepta recibirme.

     

    Llego puntual y una voz joven me dice por el telefonillo que en media hora, que tiene gente. A la media hora me abren la puerta dos niñas que no son Chalana. Sale al mismo tiempo que yo entro una señora apretando su cartera: no es Chalana. Me recibe una mujer de pelo rubio y raíces negras, con ropa apretada y un acento más madrileño que la Cibeles.

     

    —¿Chalana?

     

    No. La rubia es la hija, Yesennia. 

     

    —Yo de mi madre heredé mi poder. Yo lo llevo de ella.

     

    Me hace pasar a una habitación separada en dos ambientes por una enorme sábana rosada. La luz está del lado oculto. Me siento observada. La hija de la poderosa maestra curandera se sienta detrás de un escritorio y me ofrece la silla que está delante. En la mesa, una Virgen del Valle, un vasito con bolígrafos y una vela blanca y una libretita. En la pared, una brujita sobre una media luna de cerámica y fotos de Chalana en Machu Pichu, Chalana junto a una llama (el camélido), Chalana junto a su hija, Chalana con las niñas que me abrieron y Chalana sola, en un patio.

     

    En todas las fotos tiene exactamente la misma cara que en el anuncio del periódico.

     

    Yesennia me dice que tiene poco tiempo, que la esperan, que debe hacer unos trabajos. Sólo me responderá una pregunta. Va. A quemarropa:

     

    —¿Cuándo se va a acabar la crisis?

     

    Mira al techo. Cierra los ojos. Baja la cabeza. Hace cuencos con las manos y se los acerca a la cara: un segundo, dos, tres. Inspira largamente. Expira. Sacude las manos. Cuando al fin habla dice esto: 

     

    —España va a mejorar porque va a mejorar. No será mañana, pasado, porque eso no se lo ve venir que será el año que viene. Como está la situación, tú lo ves que no. Esto no se va a solucionar todavía, esto tenemos para dos años, si no tiramos a tres te digo, ¿eh? Para unos añitos más va a haber que bancarlo.  

     

    Yesennia dice que nació en Santiago del Estero, Argentina, pero que a los tres días la trajeron a España. Luego dirá que es española, que no ha salido de España. Luego dirá que en el viaje de fin de curso conoció Salta y Tucumán. 

     

    Tal vez Yesennia ha vivido varias vidas.

     

    Cuando le pregunto por su crisis particular dice lo que dice España entera:

     

    —La crisis nos ha afectado a todos.

    —Pero, hablando en plata, ¿tienes menos clientes?

    —Ah, no, no, eso no. La gente ahora viene más. Vienen más por la crisis porque vienen a pedir ayuda para poder conseguir un trabajo y, aunque no lo creas tú, la crisis ha hecho que muchas relaciones, que muchos matrimonios tengan problemas, han llegado a la separación, han llegado a muchas cosas. Por lo económico, ¿me entiendes? Porque hay personas que se tratan de meter y tratan de destruir, un matrimonio, una pareja, como lo quieras llamar. Vienen más por rupturas que por trabajo.

     

    Así que la crisis propicia la infidelidad y la infidelidad las visitas a videntes y brujos. Bien, pero he venido a otra cosa: a vivir el poder amazónico en Legazpi.

     

    Chalana, ¿dónde estás? Chalana, si estás aquí, manifiéstate

     

    —No la verás. Mi madre actúa a través de mí.  

     

    Chalana es el misticismo. Yesennia la que habla de plata.

     

    La consulta a las cartas sale a unos treinta y tres dólares y el trabajo con materiales, lo que ella llama abrir el camino, puede llegar a los 150 euros o más.

     

    —Ya depende de lo cerrado que tenga el camino esa persona.

     

    Los clientes, cuenta Yesennia, últimamente pagan con el subsidio de desempleo. Cuando se les acaba, sólo queda pedir cartomancia de caridad.   

     

    —La gente viene sin dinero, ¿vale? Intentamos ayudarles porque yo no sé si el día de mañana voy a estar en esa misma posición. Dios quiera que no, pero nunca se sabe. Mucha gente me dice ayúdame, me va mal, llevo años aquí y no puedo más. Vienen con lágrimas en los ojos, entonces se le da fuerza y se dan cuenta que la vida es bonita y que es bonito vivirla.

     

    —Eres más bien como una psicóloga.

    —Yo abro caminos.  

     

    Se levanta, me abre camino a la puerta. Las niñas ven dibujos animados en un plasma gigantesco. Alguien, una figura bajita y encorvada, fríe pescado en la cocina.  

     

    *     *     *

     

    Ramón Tamames, gafas de pasta a lo Yves Saint Laurent, chaleco turquesa, traje de tweed y pelo cobrizo de un vigor sospechoso, es, además de dandi, Premio Nacional de Economía, catedrático de la Sorbona, académico del London School of Economics, miembro del Club de Roma.

     

    —¿Está grabando? Yo sólo hablo una vez, como el oráculo de Delfos.

     

    El octagenario gurú ve el futuro desde su oficina. Al otro lado de la calle se escucha el chillerío de los niños en recreo.   

     

    —Es el único ruido que no me molesta.

     

    Otros ruidos sí le molestan, como el que se ha montado en la opinión internacional con la crisis española.

     

    —Que vengan a verlo. El país no está postrado ni colapsado, el país está viviendo. Tú sales y las carreteras están bastante activas y los teatros están bastante llenos, los restaurantes también. El paro es muy duro, sí, la situación es problemática, pero tampoco es desesperada.

     

    En lo que va de crisis, Tamames ha sacado tres libros. Uno clave ¿Cuándo y cómo acabará la crisis? resume eso que se llama La Gran Recesión que, en economía pop, es la colosal resaca con la que amaneció el mundo después de demasiado Wall Street adulterado. Para saber más de la crisis global: tome un antiácido y vea Inside Job. Para hablar de la crisis española está Ramón Tamames. Rodeado de fotos con Bush –a ver si sabes quién es este señor–, con Álvaro Uribe, con el rey Juan Carlos, acaba de decir que la situación no es desesperada.

     

    —Pero a los cinco millones de parados sí les debe parecer desesperada. 

    —Sí, pero nadie habla, mi querida, de los dieciséis millones y medio de personas que están trabajando, porque ustedes los medios tienen una obsesión con la crisis porque tiene morbo. Sólo hablan de los cinco millones de parados. Además, fíjese, aquí hay mucha gente trabajando que no está en las estadísticas: como un millón de personas sin papeles, otro millón de parados cobrando subsidio que también hacen trabajos en economía sumergida. Y luego esos más de setecientos mil entre jubilados, pensionistas y personas del trabajo doméstico que no cotizan, pero por supuesto que trabajan.

     

    Tamames está seguro de que en España hay casi tres millones de personas que, aunque engorden la cifra del paro, no están sin ingresos. Ve el vaso medio lleno.

     

    —Soy optimista porque yo he vivido momentos peores que este. Yo creo que en dos, tres años estaremos en una situación de una economía más dinámica, más flexible, más internacionalizada y más competitiva.

     

    *     *     *

     

    Es domingo y es primavera.

     

    La calle Argumosa no puede más de gente. Los camareros salen de los bares con bandejas llenas de cervezas, aceitunas y papas fritas. Ante los vasos helados, suele volver la palabreja: crisis. En la edad media se decía que una ardilla podía cruzar España de norte a sur sin tocar el suelo, saltando de árbol en árbol. Ahora dicen lo mismo, pero la ardilla tendría que saltar de conversación sobre la crisis en conversación sobre la crisis.

     

    La ardilla atraviesa el país, pero también el buen tiempo. Y el invierno ha sido antipático y ahora el sol calienta que da gusto. En las mesas se ríe y se blasfema como sólo se ríe y se blasfema en España.

     

    Este domingo de primavera, en esta esquina, lo único que tiene de amargo es la cerveza.

     

     

    Esta crónica, en una versión algo más reducida, fue publicada originalmente en las revistas Gatopardo de México y Quimera de España

     

     

     

    María Fernanda Ampuero (Ecuador, 1976) es escritora y periodista. Desde 2005 vive en Madrid. Sus crónicas se han publicado en revistas como la italiana Internazionale, la mexicana Gatopardo, la brasileña Samuel, la española Quimera o la colombiana SoHo. En 2011 se publicó una recopilación de sus columnas (Lo que aprendí en la peluquería) y está próximo a salir Permiso de Residencia. Crónicas de la migración ecuatoriana a España

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