Quinto cumpleaños de fronterad. Esto es agua

Alejandro Narden

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Esto es agua. Foster Wallace

 

This is water (David Foster Wallace)

 

 

—Hay cosas que lo importante es, simplemente, que sucedan.

 

Menuda frase. Suena resignada, a capitulación. Imagínenla pronunciada mientras una mano se posa en tu hombro, con la condescendencia que puede ocultar el gesto, el falso consuelo, o, peor, la conciencia de estar siendo sentencioso, de haber impartido una lección. Inaugurábamos el primer acto de unas jornadas culturales, yo estaba de pie en el umbral, mirando hacia el compás de acceso a la sala hipóstila y, furtivamente, al reloj en la pantalla de mi teléfono. No venía gente. Le habíamos puesto empeño, lo que hacíamos merecía la pena, y apenas contaríamos con asistentes.

 

—No tendrá más valor porque ahora tengamos más testigos –insistió–. Hoy no. Lo importante de esta propuesta es que, sin seguir un patrón común, saltándose ciertas convenciones o anhelando algo distinto, va a ocurrir. Tú no te preocupes: yo le hago unas fotos bonitas; y dejemos que luego sean otros, con el tiempo y en base a esta documentación, quienes digan qué fue esto.

 

Resulta una obviedad, pero tenía razón. Las consecuencias de una acción en el campo de la cultura no cristalizan inmediatamente, ni son mesurables sus efectos. No, al menos, según su transcurso habitual. Lo cual supone que la memoria –que no será sino una ficción connotada– del acto en sí, adquiere una materialidad, un nervio; el recuerdo suplanta al hecho. El relato que se construye y difunde entre quienes participaron, observaron u opinaron, la sensación y las palabras que se posan en una reflexión a solas, ya fuera de la sala, ante esa imagen en un papel, un catálogo o una web –que, recordemos, no es una pipa– fagocitan la experiencia real y, a la vez, la dotan de la dimensión verdadera que tendrá. Dicho de otro modo: la mayor parte de la gente nunca llegará a tener conocimiento directo de la manifestación artística o cultural, pero sabrán que ocurrió y, con suerte, estarán al tanto de las secuelas, alteraciones e impresiones que alguien diga que produjo.

 

Recientemente, viví uno de esos sugestivos experimentos. El pasado jueves 3 de noviembre esta revista para inmensas minorías que es fronterad, esta atalaya que acoge miradas tan ilusas, tan ingenuas, tan sagaces e impúdicas, tan prudentes, doctas, tan insensatas como para aspirar a volver a pensar el mundo hasta estar más cerca de entenderlo, celebró su lustro de vida. No soplamos velas quienes asistimos, olvídense, no hubo fiesta ni galardones (el premio para el mejor reportaje es para… y luego rubor y aplausos); nadie conducía la ceremonia desde detrás de un atril. No había pósters ni afiches con el logotipo de la revista sirviendo de fondo a cualquier voz en cualquier discurso, ni se proyectaron en una secuencia fotografías emotivas de lo recorrido en cinco años. Ni siquiera hubo alcohol gratis –y he de reseñar que esto sí se demandó en varios momentos–. Fronterad apostó por abocetar el engranaje de cómo sería una máquina para entender el mundo de hoy, un decodificador de la complejidad en que nos vemos inmersos. ¿Qué significa esto? Rompiendo todo canon de formato, sin guión ni cortapisas, sentó en un búnker enterrado en el segundo sótano del edificio del Caixafórum a un grupo de titanes de sus disciplinas a debatir, tras haber pasado la mañana juntos ejerciendo de paseantes peripatéticos, pensando en alto y compartiendo, en el Jardín Botánico.

 

La incomodidad se hizo patente desde el instante en que habías de escoger asiento, la suya y la nuestra, la de todos. Fue un logro buscado. Parte del público estaba en el escenario, los ponentes estaban disgregados por el graderío. Imagino que la primera reacción ante la interpretación del 4’33’’ de John Cage debió parecerse a ese momento: traseros inquietos, cuellos girándose para mirar en derredor, complicidad o susto entre las miradas que se cruzan, carraspeos. Desorientación. ¿Qué hacer?

 

Isidoro Valcárcel Medina, artista plástico y uno de los padres del conceptual español (seguro que él replicaría algo a esta presentación) abrió fuego con un texto sobre la Grecia clásica: Sócrates, Platón, Parménides y Zenón contradiciéndose, discutiendo. La complejidad es la aporía que expresa Zenón en la paradoja de Aquiles y la tortuga. Así, de esa semilla, nació el debate. O tendría que haber sucedido de esta forma, al menos –y aún habrá quien considere que de veras se produjo–; pero lo cierto es que en ningún punto se alcanzó un diálogo que se tradujera en un intercambio honesto, valiente. ¿A qué me refiero?

 

No demostraron escucharse, no suficientemente, no se dejaron influir ni se hilaron unos testimonios con los posteriores. Más bien, cada cual persiguió parapetarse en sus propias zonas de confort aunque de ello resultaran algunas asperezas. Brotaron proclamas atomizadas: Denise Despeyroux, dramaturga, leyó un falso dietario; Olvido García Valdés respondió con versos y con un sentido común que dictamina que el imaginario que nos mueve no ha mutado: somos esencialmente los mismos. Los seres humanos, digo. Desde el público varios elementos intervenían, agarraban el micrófono venciendo la timidez y daban opiniones. La complejidad no es tal, nos escudamos en ella para ocultar cegueras propias; la vida se resuelve en decisiones simples: ir o no ir, hacerlo o no hacerlo. Resultaba, de cierto, interesantísimo atender a las perspectivas individuales de cada orador y, sin embargo, las polémicas surgieron alejándose de un foco que pudiera juzgar yo de interés, y por falta de entendimiento. ¿Una disputa generacional? ¿En serio? ¿A estas alturas?

 

La vida contemporánea pasa muy deprisa (your old road is rapidly aging, que diría Bob Dylan); la vida contemporánea no se detiene uno a interpretarla o descifrarla, la vive; o lo que es lo mismo, carpe diem, muerde los días, eres joven, idea que por supuesto existe como principio desde hace dos o tres semanas y anula la vigencia de Zenón. Se produjo un atasco mayúsculo, definitivo, cuando arribamos indefectiblemente –no hay escapatoria con el actual panorama– al gran tema: Internet y las redes sociales. La obra de Canogar indaga desde hace muchísimos años en cómo la tecnología afecta a las conductas humanas, en la caducidad de los objetos y no sólo de los objetos; es uno de los máximos exponentes del arte visual español (les invito a que vean tanto sus video-proyecciones, fotografías e instalaciones, como el peldaño que ocupa en el ranking mundial del mercado del arte según la página Artfacts) y, lógicamente, se vio inclinado a defender lo trascendental de las transformaciones que internet ha diseñado y puesto en marcha. Afín, cercano a esta postura dada su predilección –y dedicación– por las narrativas digitales, podría estar el cronista Doménico Chiappe.

 

Bien. Por aquí, más o menos, tal vez antes, debió dejar de prestar atención Isidoro Valcárcel Medina; desde aquí hasta su alocución final hizo oídos sordos. Otros sí entraron al trapo, repusieron que había gente que vivía feliz y plenamente sin facebook, que internet es una herramienta. Sí, ¿y qué? ¿Otra confrontación como la que emprendieron no hace tanto en la literatura española los de la Generación Nocilla? ¿Acaso estamos percibiendo una antítesis?

 

Que una persona pueda prescindir de utilizar facebook no minimiza el fenómeno de unas redes sociales capaces de modificar comportamientos o procederes de las relaciones humanas y generar nuevas realidades, cuestión que hemos de investigar y aprehender; pero tampoco supone, en absoluto, que el arte y el pensamiento hayan dejado de transitar por los mismos cinco o seis temas de siempre. Se divagó y peleó, fluctuando entre lo genérico y lo concreto, sobre costumbres y educación. Nos deshumanizamos. Comemos con el teléfono en la mano, lo utilizamos mientras hablamos cara a cara con amigos. Y mientras Chema Caballero, cooperante, un antiguo misionero que se dejó la piel por los niños soldado en Sierra Leona, repite una y otra vez que perpetramos un acto inútil, que somos un puñado de privilegiados en su celda sin contacto con la realidad. ¿Tiene razón?

 

Este era un encuentro cultural en el que, como pocas veces, intelectuales reputados de diversos ámbitos encararon la oportunidad de aprender juntos a mirar con versatilidad, a ponerse en el lugar del otro como maniobra de enriquecimiento mutuo, de propender con este excurso los argumentos que guíen sus trayectorias, dejándose impregnar por los otros. Lo que ocurrió lo podemos tomar como un diagnóstico del estado de la cuestión en este país. Los presentes en el búnker protagonizamos un teatro de Beckett, y a ello se asemeja nuestro paisaje diario. Mucho ruido. ¿Qué se llevaron de cada uno?

 

Probablemente, Chema se marchara a casa convencido todavía de que había sido una pérdida de tiempo. De que parloteábamos sin repercusión para este mundo, que tampoco estábamos más cerca ahora de comprender o hacer inteligible. Una lástima. Probablemente nos faltó a todos actitud, compromiso. No supimos interpretar la cadencia del instante, reaccionar –con simpleza ante la complejidad– haciéndonos conscientes de que debemos elegir siempre y voluntariamente, sin automatismos, nuestra forma de pensar. David Foster Wallace (escuchen o lean por favor su discurso de graduación a unos jóvenes en 2005, tres años antes de suicidarse) lo dijo así:

 

“Hay dos peces jóvenes nadando y sucede que se encuentran con un pez más viejo que viene en sentido contrario y que les saluda con la cabeza y dice ‘Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?’. Y los dos peces jóvenes nadan un poco más y entonces uno de ellos se vuelve hacia el otro y dice ‘¿Qué diablos es el agua?’”.

 

Esto es agua. No supimos reconocer lo que compartíamos, dónde y por qué nadábamos. Esto es agua.

 

Pero –ojalá no me equivoque– no pasa nada. Como dije al principio, hay cosas cuyo mérito primordial es que tengan entidad, que existan, que hayan sucedido. Este debate no fue comparable a la vacuidad de ciertas tendencias plásticas: las exposiciones en lugares incómodos, las denominaremos por ejemplo; esa hipótesis que dicta que es una innovación colocar los cuadros en el hueco de una escalera y llamarlo intervención, sin más premisa que lo sustente que el cambio formal. Lo que fronterad impulsó no puede ser considerado jamás, bajo ninguna circunstancia, un naufragio, sino un ejemplo. Experiencias como ésta son la autenticidad que debemos reclamar a la cultura, una aspiración. Y, además, confío en que las carencias que el evento pudo traslucir, las subsane el relato: la película de Mercedes Álvarez que lo documentará, y lo que, con el tiempo, todos los participantes puedan contar que fue para ellos ese día.

 

Muchas gracias a fronterad por haberme permitido asistir.

 

 

 

 

Alejandro Narden, Plasencia (1987) es licenciado en Filología Árabe por la Universidad de Salamanca. Cursó estudios de Filología Hebrea en la misma hasta mudarse a Barcelona, donde obtuvo el grado de Máster en Creación Literaria por la Universidad Pompeu i Fabra. Ha ejercido como librero, lector y corrector editorial, profesor y gestor cultural. Fue seleccionado para formar parte de la 11ª promoción de residentes de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. Ha residido en ciudades como Londres, Rabat, Roma, Barcelona, el Cairo, Santiago de Compostela, Salamanca, Córdoba, Susa o Madrid

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