Reformar la política

Maite Larrauri

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La situación actual podría ser una oportunidad para realizar algunos cambios necesarios en las reglas de la política, a la luz de ciertos acontecimientos antipolíticos que están teniendo lugar.

 

En Italia, la crisis económica ha planteado una novedad en el seno de las democracias europeas: el presidente de la República Italiana, Napolitano, ha nombrado a un gobierno técnico para que arregle la economía, ante la falta de credibilidad de los partidos políticos, incapaces de mostrar una imagen de seriedad en el mundo. Es como una realización de la ciudad ideal de Platón: el presidente del gobierno designado y los ministros que le acompañan son extraños al mundo de la política, no militan en ningún partido, son expertos en sus materias (educación, economía, derecho, etcécetera), y ocuparán estos puestos hasta las elecciones del año próximo. No son filósofos, de acuerdo, pero son técnicos, su palabra tiene una cierta autoridad que se la da precisamente estar fuera de la política, y además su paso por esta será temporal.

 

Lo que a los ciudadanos italianos les habría podido parecer un golpe de estado autoritario lo han vivido sin embargo en cierto modo como una liberación. Berlusconi dejaba su puesto, pero no sólo, sino que el resto de los políticos mediáticos dejaban de tener protagonismo y eran sustituidos por personas más tranquilas, más normales se podría decir, sin atisbos de corrupción y que eran escuchados porque estaba claro que no estaban en el gobierno por elección propia, sino como por una especie de servicio al país.

 

¿Habrá que darle, pues, la razón a Platón y desear ser gobernados por expertos y no por políticos? Esta conclusión es el peligro que se cierne sobre Italia, un país que en estos momentos odia a los políticos. 

 

Platón, con su propuesta de hacer gobernantes a los filósofos, suprime toda la diversidad humana: la política deja de ser un lugar de mediación entre las diferentes opiniones, el espacio público de encuentro y confrontación entre diversas propuestas desaparece, porque los gobernantes-filósofos son portadores de la verdad única. Mis alumnos de bachillerato ven que esta idea esconde en realidad una dictadura. Yo les aclaro que se trata más bien de una meritocracia, pero su carácter autoritario está fuera de toda duda: así, por ejemplo, las personas que forman el gobierno Monti son ciudadanos que, además de ser expertos, poseen un punto de vista, porque nadie puede renunciar a tenerlo, como diría Hannah Arendt. O sea, que no poseen la verdad. Pero la existencia del gobierno platónico de Monti ha supuesto que, aun cuando Italia sigue siendo una democracia (existe libertad de prensa, por ejemplo), la política haya desaparecido.

 

En España el movimiento 15 M ha significado también una rebelión contra los políticos, que está en el origen de la pérdida de las elecciones autonómicas y generales por parte de la izquierda, así como del aumento de la abstención. 

 

Yo introduciría una ley que impidiera que alguien pueda ser político de profesión. Los partidos políticos, el Parlamento, los gobiernos locales están llenos de hombres y mujeres que no han hecho en su vida otra cosa que no sea política, tanto de izquierdas como de derechas. Algunos nunca jamás han sido ciudadanos normales, de los que tienen que buscar trabajo o coger autobuses como todo el mundo: han ido pasando de un cargo a otro, y se jubilarán como políticos. Yo creo que si una ley impidiera que la vida política de un individuo se prolongara más allá de 8 o 10 años, muchos de los problemas actuales de corrupción y prepotencia desaparecerían.

 

Es una propuesta anti-platónica: no quiero como gobernantes expertos, ni tampoco políticos de profesión, sino ciudadanos que deseen, durante un período de sus vidas, dedicarse al bien público, para después de dejar sus cargos seguir adelante como ciudadanos normales.

 

La vida política mejoraría sin los políticos profesionales, y si bien eso sólo no implicaría una superación de los problemas económicos de inmediato, al menos suprimiría los peligros autoritarios. Y eso ya es mucho. Los españoles lo sabemos.

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