José Agustín Hernández, "Adela"

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    La reina de Caibarién. ¿Cómo llega un transexual a ser elegido para un cargo político en Cuba?

    Texto y fotos: Isaac Risco - 22-08-2013

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    Por la mañana necesitaría un rato antes de poder recibirnos, nos había dicho cuando nos despedimos la noche anterior. Ahora veíamos por qué: no había dormido, pero lucía radiante. Se había cambiado de ropa. Una malla de lycra blanca con manchas negras, zapatos de tacón alto. Y una camiseta de tirantes de color celeste, con pequeños arreglos de brillantes justo por debajo de sus senos artificiales, apretados en un sujetador negro. Llevaba también un vistoso reloj de pulsera, muy ancho, quizá una imitación china. Empezó a posar delante de su casita de madera mientras nos acercábamos en el auto por el callejón de tierra. En el suelo de cemento resquebrajado, delante de la choza, unos patos recién nacidos con las plumas amarillas salpicadas de lodo se movían con torpeza alrededor de un charco de agua. ¿Sería fácil caminar con los tacones por el arrabal? ¿Salir andando de la manzana en la oscuridad, por ejemplo, para ir a un show nocturno de cabaret? José Agustín sonrió a la cámara, inclinando la cabeza ligeramente hacia un costado. Luego levantó un brazo para apoyarse en las jambas de la puerta. Clic, clic, clic. Conocía ya el juego con los medios. Por eso se había negado también a que lo recogiésemos del trabajo por la mañana, a la hora acordada para ir a conocer su barrio y a sus vecinos. Porque quería pintarse primero las cejas y maquillarse. Y arreglar la casa.

     

    Muchos periodistas la habían visitado ya desde octubre, cuando se difundió la noticia. Un transexual, elegido concejal en las elecciones municipales de 2012. Adela, la delegada de Caibarién. El primer homosexual electo para un cargo público en Cuba. Cámaras de televisión, fotógrafos llegados desde La Habana. Las imágenes difundidas por varios medios internacionales mostraban su rostro sonriente con el pelo muy corto teñido de un amarillo chillón, que contrastaba fuertemente con su piel cobriza. En una de ellas posaba tendida en su cama, muy coqueta. Causó tanto revuelo que la Seguridad del Estado fue a buscarla esa misma tarde. La encontraron en la posta médica y la citaron para el día siguiente. En Caibarién, una localidad portuaria de unas 38.000 almas en la provincia de Villa Clara, había corrido la voz de que su casa, su ranchito de madera en un arrabal a las afueras de la ciudad, estaba lleno de periodistas extranjeros.

     

    —No pasó nada –resumió al recordar la cita. Tuvo que contarles únicamente lo que había pasado, por qué recibía esas visitas. Después la dejaron marchar–. Que me fuera para casa, que estaban convencidos que yo era de los de ellos.

     

    Desde entonces se había hecho muy conocido. En West Indians, como llaman socarronamente al suburbio en el que vive en las afueras de Caibarién, o entre los vecinos del ambulatorio donde trabaja desde hace años como enfermero. Un amigo le contó que vio incluso una imagen suya en Brasil, aseguró la tarde en la que nos vimos por primera vez. En el escaparate de alguna tienda. Quizá en Río o São Paulo. ¿Como una celebrity? Para sus vecinos, José Agustín es famoso en el mundo entero. Porque llegan a menudo visitantes foráneos a verlo. Y porque lo dice Radio Bemba. En Cuba no hay casi internet y los medios oficiales no cuentan historias como la suya, así que la principal fuente de información en casos así suelen ser los rumores, sí.

     

    La visita a Caibarién la habíamos conseguido acordar una semana antes. Adela ya estaba un poco cansada de la prensa, me advirtió por teléfono Pedro Manuel González Reinoso, Pedrito, un cronista, promotor literario y peluquero que había asumido el papel de portavoz extraoficial de la delegada en los últimos meses. Además, tenía que trabajar mucho porque seguía siendo muy pobre. Muy, muy pobre. “Ella es comunista”, explicó Pedrito. “Ha de pagar el precio de su elección”.

     

    Nos recibiría, sin embargo, ese fin de semana. Si llegábamos el sábado por la tarde podríamos ir a visitarla a la posta médica, donde tenía el turno de noche. Quizá nos permitiera también verla trabajar, acompañarla durante la guardia. Pero ya que sacrificaría su tiempo para recibirnos no estaría mal que le llevásemos un regalo, nos sugirió Pedrito. Aunque a ella le diese vergüenza pedirlo. “Una jaba con un poco de arroz”, por ejemplo. En la carretera compramos en un parador mal abastecido algo para la bolsa. Una botella de aceite de girasol, jabones. Unas galletas. Y el arroz.

     

    Caibarién está pegada al mar en la parte central de Cuba, a orillas del Atlántico y en la parte sur de la Bahía de Buena Vista. Muy cerca queda el enclave turístico de Cayo Santa María con sus playas idílicas, el mar azulado y la arena blanquísima, pero en Caibarién no hay mucho. De la pujanza económica durante la colonia en la segunda mitad del siglo XIX, la Villa Blanca está ahora bastante venida a menos. Para llegar desde La Habana hay que ir hasta Santa Clara y después tomar una maltrecha carretera provincial que cruza varios poblados. Unas cinco horas. La autopista –la Ocho Vías, le dicen, aunque en realidad en la mayor parte de su extensión tiene sólo seis carriles, tres en cada dirección– no está mal; casi no hay automóviles y uno sólo debe prestar atención a los agujeros en el asfalto. Algunos son inmensos. Aunque a veces surgen también otros imprevistos: en una ocasión se me apareció una bicicleta de frente por la vía rápida de la izquierda en plena autopista, circulando en sentido contrario, mientras yo intentaba adelantar a un camión. Conductor inexperto y proclive al ataque de nervios, le toqué el claxon después de volver aterrado al carril del medio. El ciclista se volvió a mirarme, ofendido.

     

    Los caminos provinciales son más complicados. A menudo se para el tráfico por una carreta de caballos que no se priva de su derecho de adelantar a otra carreta de caballos en una vía de dos sentidos. El peligro de las carreteras cubanas se define por esa combinación de factores: suelen estar casi desiertas y siempre albergan alguna sorpresa. Un agujero que va de arcén a arcén, por ejemplo, o triciclos ocupando toda la calzada detrás de una curva ciega. O largos tramos sin asfaltar y sin señalización alguna.

     

    A comienzos de abril ya hacía bochorno, el habitual calor pegajoso del trópico. Pero llegamos pronto a Caibarién, a primera hora de la tarde. Almorzamos pescado en un restaurante estatal que no estaba tan mal. Tenían incluso servilletas. Después quedamos con Pedrito en un pequeño café cerca a la plaza central. El café literario, le llamaban.

     

    Camino a la casa particular en la que nos hospedaríamos paramos en la posta médica para conocer a José Agustín. Fue la primera vez que lo vimos. Bajito, de alrededor de un metro sesenta quizá, llevaba una chaqueta blanca de enfermero, con un fino borde azul en el cuello. Tenía las cejas cuidadosamente depiladas y delineadas de un color negro profundo, y un pequeño pendiente en la aletilla derecha de la nariz. Y sobre el pelo rubio revuelto unas gafas de aumento de montura metálica. Se sintió cómodo muy pronto hablando con nosotros. Conversamos unos minutos en la acera delante del centro médico. Nos contó que tenía el turno de noche y pronto quedó claro que no podríamos visitarlo ahí más tarde. Pero ofreció escaparse un rato para visitarnos en nuestro hospedaje.

     

    La casa particular quedaba a pocas cuadras. Pedrito, que nos había ayudado también con la gestión para encontrar uno de esos alojamientos en divisas frecuentados por extranjeros, nos llevó hasta ahí. Nos hizo de guía en su bicicleta, avanzando lentamente en zigzag ataviado con un elegante sombrero de bombín bajo el intenso sol caribeño. Dejamos las mochilas en las habitaciones y nos sentamos a esperar en un patio interior. Después de inscribirnos, la dueña de casa contó alguna anécdota sobre las suculentas multas en pesos convertibles –en dólares– que las autoridades podían imponerle a un arrendador particular si no reportaba a tiempo a sus clientes. Tenía que ir todas las mañanas a la oficina con el libro de huéspedes.

     

    Adela llegó puntual. Desenvuelta y espontánea, tenía casi un aura especial al moverse por la terraza. Se sentía muy segura. Hablaba mucho, casi sin pausa, orgullosa y amanerada. Su voz afectada no era suave, pero carecía de cualquier rudeza masculina. Su castellano no era pulcro: decía nestesia en lugar de anestesia, entre otros neologismos muy personales copiados posiblemente de términos que habría aprendido de pasada, ya  bastante adulta. “Vivo en una vivienda insolubre”, decía. También trocaba en varias palabras la l intermedia por una r, como se hace en algunas zonas de Andalucía, en el sur de España: “Gané en segunda vuerta”, detallaba los pormenores de su elección en los comicios municipales de octubre. A la dueña de casa y unos vecinos que estaban de visita les pregunté también por ella. Le tenían confianza y cariño. Se ocupaba de los enfermos, ayudaba a todo el mundo. Adela, como asegurarían también los vecinos de West Indians, era como un ángel de la guarda en su barrio. La “reina de su distrito”, analizaría más adelante Pedro González. Quizá justamente por su simpleza y su “lengua dura”, procaz en el trato directo y suelta a la hora de largar insultos. Posiblemente violada a los siete u ocho años por un hombre mayor, víctima regular de palizas por parte de su padre, acostumbrada a ser durante años objeto de chanzas y ultrajes de los varones del pueblo y a disfrazarse de travesti en espectáculos marginales de cabaret para los trabajadores de la caña de azúcar… ¿Cómo se convertía una persona así en representante político electo en un país de tradición tan machista como Cuba?

     

    “Desde que tengo uso de razón soy homosexual”, dice José Agustín Hernández a sus 48 años. “Mi padre nunca me quiso como hijo por ser como yo soy”, recuerda. El resentimiento y el dolor no han disminuido después de todos los años transcurridos: “Tenía que haberse muerto mucho antes de yo haber nacido”, sentencia. José Agustín nació en el pueblo aledaño al ingenio azucarero Heriberto Duquesne, en el municipio de Remedios, en Villa Clara. Al central donde se procesa hasta hoy caña de azúcar le debe su apodo, así como el pueblo recibió después de la revolución de 1959 su nuevo nombre del obrero Heriberto Duquesne, asesinado durante las revueltas contra el régimen de Fulgencio Batista. El central, como les llaman en la isla, fundado en 1868 por un militar español, fue durante décadas propiedad de una familia de latifundistas antes de pasar a manos del Estado. Como ocurrió siempre en los años dorados de la industria azucarera cubana, la vida de los poblados florecía en torno a los centrales. Y se extinguía también con ellos. Sus orígenes están en “una familia muy, pero muy humilde”, cuenta José Agustín. El rechazo de su padre lo forzó a buscarse la vida por sí mismo desde pequeño. “Tuve que trabajar muy duro con mi tía para poderme sustentar”. Del central se marchó muy pequeño a los pueblos vecinos, primero a Sagua La Grande, luego a San Juan de los Remedios. A los 16 años, después de estudiar la primaria y la secundaria, decidió buscarse un oficio.

     

    —Lo que yo quería escoger era militar –asegura–. Camilito.

     

    Camilitos les llaman a los cadetes de las escuelas militares en tributo al barbudo y célebre revolucionario Camilo Cienfuegos, el último elegido para acompañar a Fidel Castro en la expedición del yate Granma en 1956.

     

    José Agustín llegó incluso a presentarse a las pruebas de selección.

     

    —Yo digo que me llevaron a la escuela de los camilitos para reírse de mí –recuerda–. Porque no me dejaron entrar –agrega. Y se ríe.

     

    Lo dejaron sentado en un butacón, sin recibirlo. A lo largo de la mañana pasaron todos los demás candidatos, menos él. Por la tarde, finalmente, le dijeron que lo adecuado para él era estudiar enfermería. Y lo mandaron a otro lugar. Lo recuerda divertido, sin atisbo alguno de rencor.

     

    —¿Porque cómo iba yo a ser camilito? ¡Si no podía! –dice, con una carcajada.

     

    También pasó por la cárcel. Dos años, poco después de salir de la escuela de enfermería. Su propio padre lo denunció, para ver si en prisión podían corregirlo. Le dieron cuatro años por “índice de peligrosidad”, una medida preventiva para personas que pueden causar “daños” a la sociedad. Vagabundos, “elementos antisociales”, explica. Él cumplió sólo la mitad por buen comportamiento. “Ahí te lo dejo a ver si se vuelve hombre”, le dijo su madre al funcionario de prisiones cuando lo internaron. “Bueno, pues méteme cadena perpetua”, le espetó él al carcelero. La homosexualidad no se la quitaron. “Peor, salí más todavía”, dice, sonriendo. Al fin y al cabo, era un penal de varones. Y “la cárcel no controla a nadie”, agrega, sugerente. En prisión le pusieron también el apodo. “Siempre a los homosexuales tratan de ponerles un nombre de mujer. Me querían poner la Massiel, por unas pequitas que yo tenía”, recuerda. “¿De dónde tú eres?”, le preguntó entonces alguien. “De Adela”, le respondió, del antiguo central Adela en Remedios. Pues Adela.

     

    Aunque no fue una buena época, de la cárcel no recuerda malas experiencias en particular. A las hostilidades estaba acostumbrada desde pequeña, en realidad, y siempre supo lidiar con ellas. Responder con descaro, no dejarse amilanar. En el penal sólo tuvo un inconveniente mayor, que pudo solucionar por sí misma. Fue con un negrito, dice. “Quería que yo, obligada, le lavara su ropa interior”. Ella no es racista, subraya antes de seguir, pero también había oído ciertas cosas que en ese caso le podían ayudar a solucionar su problema.

     

    —Yo siempre he oído que a los negros tú les das por la nariz, ven sangre y se desmayan –explica, muy convencida.

     

    Decidió darle un escarmiento.

     

    —Le di un tubazo por la nariz –dice.

     

    Ella se echó a correr y a él se lo llevaron al hospital. Difícil dilucidar aquí con exactitud si un blanco o un chino hubiesen encajado mejor un potente trancazo con una barra de metal en la cara. Para Adela, en todo caso, se acabó el problema. “Más nunca”, resume. Lo importante era reaccionar rápido, de lo contrario corría el riesgo de que la pisotearan a menudo. Lo explica también con un proverbio del refranero popular: “Hoy te echan una gotica y si te meneas, mañana te cae el aguacero”. Con ella no funcionó.

     

    A la cárcel vuelve ahora a menudo, aunque sólo en los días de visita. Su actual novio está preso desde hace algunos meses. Por robo de ganado. “Lo quisieron enredar con un problema de hurto y sacrificio”, dice Adela. El novio y tres compinches más robaron vacas para vender o comerse ellos mismos la carne, un delito habitual en las zonas rurales en Cuba, donde el sacrificio de reses por iniciativa propia está penado por la ley. Su pareja, de 21 años, es reincidente. “Por desgracias de la vida me lo han metido preso tres veces. Ésta es la última, que le echaron cinco años”. Adela espera, sin embargo, que salga libre por buen comportamiento tras cumplir un tercio de la condena. Es un chico muy sencillo, cuenta Pedrito González, del campo, prácticamente sin educación alguna. Adela es la única persona que lo visita, pues no le queda familia. Sólo una hermana que vive en Miami. Son pareja desde cuatro años y medio. Cada vez que puede Adela va a visitarlo, cuando un turno de guardia en la posta médica se lo permite y consigue un dinero extra para llegar a la cárcel. Lava ropa o limpia casas hasta reunir lo necesario. Si ya le han dado pabellón, le pregunta un vecino en la casa particular, y entonces, extrañamente, se ruboriza un poco por primera vez; le da todavía vergüenza pedirla, explica. La visita íntima en la cárcel para las parejas de los reclusos. Mientras hablamos en la terraza, un gallo cacarea desde el patio de la casa vecina.

     

    Ha tenido muchas parejas –“unas me duran más, otras me duran menos”, dice–, pero ella es en realidad más de relaciones fijas, asegura. No de andar prostituyéndose en la calle. Su primera experiencia sexual, eso sí, la tuvo muy temprano: a los siete años. O quizá eran ocho, no recuerda muy bien. Pero no fue una violación, subraya. Fue algo voluntario. Ella quería. Después lo definiría también como un “momento de locura”. El muchacho tenía unos 20 años.

     

    —Una aventura que corrí –resume–. Eso me costó una mano de golpes de mi papá.

     

    La historia, sin embargo, pudo haber acabado peor. El padre quería que le dijese quién había sido para meterlo preso. O para cobrarse la afrenta con sus propias manos. “Él lo andaba buscando para cortarle la cabeza, porque era un isleño bruto”, dice Adela. Una vez le dejó a ella moretones sanguinolentos por todo el cuerpo durante meses. Su padre murió hace algunos años, poco después de su madre.

     

    Muchas vidas, muchos oficios, muchas formas de subsistir. Pedrito González, el primero en escribir de Adela cuando estaba a punto de ser electa en las elecciones municipales de octubre, cuenta que la conoció a comienzos de los 80, entonces como conductor de un tractor en la construcción en Santa Clara. Bregando con obreros y albañiles hoscos y homofóbicos. Era el único trabajo que había podido conseguir como ex presidiario. Desde los 90, además, aprendió a ganarse la vida como travesti. Hoy, sigue presentándose de vez en cuando en shows de cabaret para los trabajadores del azúcar en los suburbios de Caibarién. Disfrazada de la cantante cubana Haila Mompié, su representación favorita, embutida en doce pares de medias de nylon a modo de caderas y nalgas postizas. O acompañando a un melodramático imitador de Juan Gabriel en el escenario. No lo hace siempre, porque a menudo no tiene tiempo, ahora que debe compaginar ese hobby con su trabajo en la posta médica y además con su labor de concejal. Es también una cuestión de dinero: para llegar a Villa Azúcar tiene que alquilar un bicitaxi, después de salir travestida de su ranchito en West Indians. “A veces gasto más de lo que gano”, señala. Pero así se ha ido presentando en los últimos años en varios sitios. En El Butacón de Juanito, por ejemplo, un espacio gay a orillas del mar en el malecón de Caibarién. Incluso en el mítico Mejunje de Santa Clara, uno de los primeros espacios abiertamente homosexuales de Cuba, inaugurado en 1985. La isla ha cambiado desde los tiempos en los que a personas como Adela les decían “invertidos” en la calle y las autoridades los enviaban a reeducarse a campamentos de trabajos forzados. Ser pájaro deja de ser tabú. Los homosexuales empiezan a exhibirse, sin tapujos. “Los que antes me criticaban ahora tienen que pagar para verme actuar”, dice ella, orgullosa.

     

    En West Indians es difícil encontrar a un vecino que no esté de acuerdo con su nuevo delegado municipal. En la manzana donde vive, atiborrada de casuchas precarias, unos postes de luz alumbran desde hace poco por las noches los callejones de tierra y los endebles cobertizos de madera. José Agustín Hernández, elegido delegado en segunda vuelta tras ser designado para la candidatura por sus vecinos, consiguió en unos meses que les instalen el alumbrado público después de 18 años. “Conmigo no hay burocracia, porque yo a las cosas las llamo por su nombre”, asegura él. “Esto aquí era una oscuridad grandísima, que no se veía”, explica Alexis, uno de los vecinos. “Yo nunca pensé, me imaginé que me aceptaran tanto”, sostiene José Agustín. Pese a que siempre hay alguien que se opone. “Siempre entre col y col hay una lechuga”, sentencia, con otro refrán popular. Su aceptación, sin embargo, es tan abrumadora que cualquier detractor lo tiene difícil. “Ése ha tenido que venir a donde estoy yo, porque soy el máximo representante, y ha tenido que bajar su cabeza”, subraya.

     

    El cambio de mentalidad tiene que ver mucho con Mariela Castro. Desde que entró en escena hace algunos años, la hija de Raúl Castro se ha hecho un nombre como defensora de las minorías sexuales, reivindicando los derechos de prostitutas o desfilando en La Habana a la cabeza de las nuevas marchas del orgullo gay. La homofobia, claro, no es un legado exclusivo de Cuba en América Latina. Cuando yo era adolescente, unas de las diversiones para muchos jóvenes pitucos tras una noche de juerga consistía en buscar a maricones que se prostituían en las principales avenidas de Lima para masacrarlos a golpes; Jaime Bayly narra episodios de ese tipo en su primera novela, No se lo digas a nadie, leída en clave autobiográfica. En Cuba, los homosexuales la pasaron mal en las primeras décadas de la Revolución. Estigmatizados como “contrarrevolucionarios”, muchos fueron a parar a campos de trabajos forzados. En 2010, el propio Fidel Castro asumió la responsabilidad por la persecución. “Si alguien es responsable, soy yo”, dijo entonces en una entrevista el Máximo Líder. Cosas como esa han marcado el discurso oficial. Activistas denuncian ahora casos de discriminación sexual en los medios oficiales, alérgicos éstos últimos por lo general a cualquier atisbo de crítica al sistema. El bloguero conocido como Paquito el de Cuba, también periodista del órgano de prensa de la Central de Trabajadores de la isla, es uno de los más irreverentes. Provocador, agudo e irónico, se define a sí mismo como “comunista y gay”. Cuando lo conocí me aseguró que él nunca rehuía al debate, incluso con sus detractores ideológicos más radicales y así llovieran insultos. Nada, esto último, que esté por inventarse aún en el caso de Cuba. En su blog se le puede leer a veces intentando mediar pacientemente entre las diatribas estériles de uno y otro bando.

     

    José Agustín también se define a sí mismo como comunista. No diría que se trata de férrea convicción ideológica. Quizá menos de admiración por los postulados teóricos de Marx, Engels o Lenin, que de costumbre a lo único que conoce, el peculiar modelo de socialismo caribeño bajo el que nació.

     

    —Soy tan homosexual como tan revolucionario –dice.

     

     Y está claro que es muy homosexual.

     

    “Yo siempre estoy bajo los principios de esta revolución”, asegura. Todos los países cometen errores y si hay momentos para subsanarlos y rectificarlos, pues bienvenido sea”. Desde hace 28 años es también presidente del Comité de Defensa de la Revolución de su cuadra, el CDR, una de esas organizaciones de barrio fundadas en 1960 que supervisan el orden, el buen comportamiento y la lealtad ideológica entre los vecinos. “Eso es un proceso que se hace democrático”, cuenta José Agustín sobre su elección. “El pueblo es el que elige al que ellos quieren y creen que puede ejercer el cargo de delegado, ¿ves?”. Para más adelante, no descarta incluso hacer más carrera en política. “Voy a seguir ascendiendo si el pueblo lo quiere”, dice.

     

    El interés por la política no es desbordante en su distrito. West Indians, llamado así de forma coloquial por la antigua presencia de la West Indian Company de las Islas Vírgenes de Estados Unidos, que tuvo alguna vez propiedades en esa zona. La jerga popular le da también en ocasiones el apelativo socarrón de Las Aguas Indias. Como prevé el sistema electoral cubano, también ahí los vecinos designaron en reuniones de barrio a los candidatos para los comicios municipales. No había muchos interesados. El desencanto, la burocracia, la labor estéril con administraciones de carencias crónicas y habituales problemas de corrupción suele desanimar a la población de incursionar en política local. Más aún en un barrio como West Indians. José Agustín fue nominado cuando ya no había muchas opciones más. Antes propusieron a una militante del Partido, que no aceptó. Entonces, un campesino que vive delante de su casa soltó su nombre: “Aquí no hay más propuestas”, dijo, para zanjar el debate. José Agustín se negó en un principio. Pero los vecinos lo convencieron; si había alguien adecuado, era él. “Siempre ha dado el paso al frente, siempre nos ha ayudado”, dice Magaly. “Si hay un enfermo, corre”, la secunda Alberto, el campesino que lo propuso. Como nominado de su cuadra pasó después a segunda vuelta junto con otros dos candidatos. Ganó con una clara ventaja y se convirtió en delegado de los once CDR que conforman  su circunscripción.

     

    La vecina Magaly, de 48 años, tiene ahora otro problema. En el callejón van a pavimentar un camino gracias a la última gestión del delegado y ella no quiere que la cambien de manzana como consecuencia de las reestructuraciones. Quiere ampliar su pequeña vivienda, que su familia es ahora más numerosa con su última nieta, pero no quiere una permuta, que le den otra casa más grande un poco más adelante. Porque cambiaría oficialmente de cuadra. “Yo para otro CDR que no estés tú, no quiero ir”, le explica a José Agustín.

     

    “Nos ha resuelto una serie de cantidad de problemas que nadie en esta vida nos va a resolver”, abunda haciendo aspavientos en la quinta Yanita, de 29 años. “Porque todos los demás blablabla y blablabla”. En Cuba el verbo resolver es especialmente popular. Resolver vale para todo. Se resuelve la compra de sal o trapos de cocina, por ejemplo, desaparecidos durante meses de las tiendas. Se resuelve un pollo a precio muy barato para el almuerzo del día. O se resuelve combustible en algún misterioso garaje, cuando los pesos no alcanzan para llenar el tanque en la gasolinera.

     

    Sus vecinos la recuerdan a ella resolviendo sobre todo los problemas de los demás. Adela, ocupándose de un borracho abandonado en la calle al que arrastra a su posta médica. Adela, consiguiendo medicamentos para un enfermo en la cuadra. Adela, simplemente mostrándose solidaria con los demás. Hace unos años, cuenta una vecina en West Indians, pasó un ciclón tropical por Caibarién. Muchos se refugiaron en casas de parientes o centros de acogida. Unos pocos, sin embargo, se quedaron a cuidar las pertenencias de los vecinos del barrio, acopiadas en un solo lugar para evitar los saqueos. Otros se negaban a abandonar sus viviendas, pese a las recomendaciones de las autoridades. Mientras las ráfagas de viento sacudían las casuchas y los galpones de madera, una mujer a su lado rogaba por sus bienes:

     

    —Aguanta, casita, aguanta.

     

    Los delegados de entonces no fueron a verlos o a ofrecerles apoyo, se queja la vecina. Sólo Adela. “El transexual se quedaba”, dice Magaly, expresiva.

     

    ¿La idealizan? Es posible. Adela, al fin y al cabo, es ahora una persona influyente. Con una imagen en un escaparate en Brasil.

     

    Pedrito Rodríguez piensa más bien que es porque los vecinos se pueden identificar con ella mejor que con nadie. “Creo que Adela es la reina de este distrito –dice– porque éste es un distrito muy pobre”. Todos los delegados anteriores manejaban más recursos, vivían mejor, dentro de su pobreza, en otras zonas del barrio. Adela, en cambio, refleja lo más ínfimo de la escala social. Es “la representación de la miseria viva”, apunta. Y es auténtica. La gente en la cuadra no sólo la venera, sino que también le teme por su mordacidad. “A veces se descompone y manda para la pinga a la gente”, cuenta Pedrito. “Pero porque se lo merece”, agrega. Eso, desde luego, no significa que ella sea perfecta. ”Pero tiene una lengua dura. Y a la lengua dura le tiene miedo la gente. Porque casi siempre suelen ser representaciones de honestidad. De la honestidad, que suele ser cruel”, analiza Pedrito.

     

    Nos mostró su rancho después de las primeras fotos. Era una casita de madera de unos cuatro metros de largo por otros cuatro de ancho, quizá menos. Las tablas de las paredes estaban colocadas en horizontal y pintadas de blanco, salvo en lo que debía ser la ventana, clausurada con madera machihembrada en vertical, sin pintar. Sobre el dintel de la puerta, el clásico cartelito de fondo azul con el emblema de un campesino armado con una hoz y la bandera cubana a modo de escudo: Presidente del CDR. Dentro, la casa estaba atiborrada de los utensilios más diversos. Toscos anaqueles montados en las paredes bajo las vigas del techo, tazas de loza de colores relucientes, plantas y flores por todos sitios, un televisor antiguo en una esquina, una mesa con un mantel blanco impecable y una fuente con frutas sintéticas de adorno encima. Al costado, un depósito azul de agua grande y mugriento, y un balde negro con un asa sobre un banco de metal. No tiene agua potable, nos explicó. Ni retrete. El interior estaba dividido en dos ambientes. Atrás la cocina y la habitación, la cama esquinada al lado derecho. Delante, separada por un tabique en el medio de la casa y una cortina sujeta con presillas a izquierda y derecha, tiene una modesta sala de estar. Unos sillones, fotos suyas vestido de travesti y un póster de Haila Mompié en la pared. En la parte delantera tiene también dos imágenes de Oshún y Yemayá, dos de las deidades orishas de origen yoruba africano más populares de la santería cubana, representadas por la Virgen de la Caridad del Cobre, la patrona de Cuba, y la Virgen de Regla en el santoral cristiano.

     

    Su antigua casa se derrumbó 18 años atrás. Aunque le habían asignado un nuevo módulo, el proyecto se archivó algún tiempo después. En 2013 todos los recursos estaban dedicados a la reconstrucción de Santiago de Cuba después del paso del huracán Sandy en octubre de 2012, justo en los días en los que José Agustín salió electo delegado municipal.

     

    Económicamente no está bien. “Yo vivo de mi salario, del hospital”, nos contó. En el sector estatal, los sueldos en la isla oscilan entre los 10 y 20 dólares. Como delegado a la Asamblea Municipal del Poder Popular no percibe ingresos.

     

    Al final se le veía cansado. El sol caribeño pegaba con fuerza alrededor del mediodía de domingo en Caibarién. José Agustín no había dormido nada desde el día anterior, pero caminaba aún sonriente entre sus vecinos, hablando del barrio, de su trabajo. De pie a un costado de su ranchito nos mostró las casas de su distrito, distribuidas entre parcelas de tierra irregulares y la hierba crecida flanqueando los caminos de trocha. Al final de la calle principal, en los confines de West Indians, había varios montículos de basura y un caballo o un burro atado a una tranquera improvisada. Al lado de la vía, más adelante, unos vecinos quemaban residuos en una fogata. En algún momento, mientras nos mostraba los estrechos callejones y tugurios de su barrio, José Agustín se paró en la parte posterior de la quinta a asesorar a Magaly en la puerta de su casa. Los vecinos le llaman alternativamente la delegada o el delegado, ella o él. A él no le importa, se refiere a sí mismo ora en masculino, ora en femenino. Cualquier nombre está bien, nos dijo, mientras no le llamásemos Agustín a secas. Era el nombre del padre.

     

    En algún momento Adela espera también poder someterse a una operación de cambio de sexo en La Habana. La isla ofrece desde 2008 esa posibilidad de forma gratuita, una iniciativa impulsada sobre todo por Mariela Castro. Entonces será sólo ella.

     

    En realidad ya no tiene ganas de dar muchas entrevistas, nos dijo al terminar una extensa charla el sábado. Está un poco cansada. Los visitantes van a verla un rato, luego se marchan y ganan dinero con su trabajo. “Y al final el que se queda y pierde su tiempo soy yo”, se lamentó. El domingo nos despidió igual con una sonrisa, ya pasado el mediodía. Los patitos volvían a correr torpemente cerca de sus piernas. Tenía que despachar todavía a una amiga que se había quedado unos días con ella en su ranchito y que volvía a La Habana, nos contó. Luego se iría a dormir.

     

     

     

    Isaac Risco es periodista y escritor. Actualmente es corresponsal de la agencia alemana DPA en Cuba. En FronteraD ha publicado, entre otros, Forget Vargas LlosaEl ex recluso de Guantánamo y Cita con Bibi a las seis

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