Plano actual del Retiro de Madrid. Diseño: Estudio Sicilia. 2013.

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    El Retiro de Madrid en sus planos: de jardín real a parque público

    Carmen del Moral Ruiz - 15-08-2013

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    Una amiga francesa, que conoce bastante bien Madrid, me saca el tema de El Retiro. Ha paseado con frecuencia por sus jardines. Llegó por primera vez a la ciudad hacia los años sesenta del siglo pasado y vuelve con regularidad. Observa los cambios que se han producido en ella y nunca –dice- ha tenido la oportunidad de conocer bien los orígenes históricos del parque. Planeamos una visita sobre  planos y documentos para seguir la evolución histórica.

     

    Le explico que el parque de El Retiro, siendo en origen un espacio real, sede de un palacio, el del Buen Retiro, conjunto de arquitectura barroca rodeado de jardines y perfil peculiar de la ciudad del Antiguo Régimen, es mucho menos conocido que otros recintos palaciegos europeos equivalentes, como el Louvre, Versalles o el palacio de St. James. Probablemente lo que ha limitado su interés histórico ha sido la desaparición  casi total del palacio al empezar el siglo XIX. Aunque las arquitecturas reales hasta los tiempos actuales producen una atracción singular no ha sido así con el Buen Retiro. Debió ser porque después de la Guerra de la Independencia, medio destruido y declinante, ofrecía a los madrileños y visitantes una imagen bastante real de lo que era en aquellos momentos la crisis del absolutismo monárquico.

     

    Sin embargo, su gestación y evolución a lo largo de los siglos XVII y XVIII es la historia de los vaivenes y oscilaciones de la monarquía de los Austrias menores y de los Borbones. Elevado por iniciativa del Conde Duque de Olivares, en momentos de dificultades económicas y políticas, quiso ser a pesar de todo reflejo del poder que en aquellos momentos aún tenía la monarquía hispánica. Carlos II sostuvo con dificultades  lo que había sido un despilfarro incongruente y con la llegada de la dinastía de los Borbones el conjunto compuesto por el palacio y sus jardines, ya en franco deterioro, serán el reflejo de la crisis del poder monárquico absoluto. La Guerra de la Independencia y la invasión francesa de la ciudad le asestaran un golpe definitivo. Isabel II hará lo imposible por mantener vivo el recinto, pero tras su exilio El Retiro inicia una nueva historia que ya va ligada no al poder político sino a la evolución histórica de Madrid. Sin palacio, convertido en jardín público, destinado a espacio de ocio ciudadano y fraccionado bajo el impulso del desarrollo urbano moderno, se convertirá en un parque para uso y disfrute de todos los madrileños y visitantes que pasan por la villa.  

     

    Trataré de seguir esa evolución –digo a mi amiga-. Creo que es la más desconocida e interesante. Me detendré en el umbral del siglo XX. Para esos momentos el Parque de El Retiro, ya casi diseñado con las características que hoy tiene, añade nuevas construcciones y usos, pero en lo esencial es ya el Parque de Madrid, como pasó a llamarse después de la Primera República. El parque más importante de toda la ciudad.

     

     

    Un palacio para el rey

     

    Tomo el expresivo epígrafe del estudio que realizaron Elliott y Brown sobre el origen del Palacio del Buen Retiro[1]. Es necesario un esfuerzo de imaginación y un cierto conocimiento de la ciudad de Madrid para explicar su nacimiento.

     

    Si te parece, vemos primero una panorámica de Madrid hacia 1635 y después el Plano de Texeira, de 1656. Entre uno y otro se puede ir siguiendo la gestación del Palacio y de los Jardines del Buen Retiro. Hacia 1635, en el primer plano que se conoce de Madrid [2] , donde  más tarde se emplazaría el Palacio solo hay un convento, el de San Gerónimo, que se había instalado en el paraje del Prado a principios de esa centuria y tenía una vinculación especial con la corona, ya que disponía de unos aposentos reales anejos  utilizados por los reyes como lugar de retiro espiritual. Nada parecía predecir que unas décadas más tarde en torno a ese núcleo pudiese crearse el conjunto principesco barroco más importante del Madrid del XVII.

     

    Ese  cambio se va a producir por voluntad expresa del Conde Duque de Olivares de crear un nuevo recinto real de descanso y ocio para el joven monarca Felipe IV. El viejo Alcázar madrileño, sede permanente del gobierno y de los reyes, era un palacio sombrío, cercano a la Casa de Campo, donde al rey le agradaba ir por su afición  a la caza, pero lejos de la zona que empezaba a preferir la aristocracia como lugar idóneo para la construcción de villas de ocio campestre.

     

    Ya la tendencia de la realeza y de la aristocracia en toda Europa era buscar mansiones cercanas a los palacios estables, que permitiesen un tránsito y desplazamiento fácil y estuviesen en lugares amables. Es el momento en que las viejas monarquías absolutas, en un juego de fuerzas y de prestigio político, rejuvenecen sus residencias reales o claramente las cambian, como es el caso de Francia, por nuevos palacios. Más grandes, con jardines añadidos de nueva ordenación y estética, que crean nuevos gustos y añaden símbolos inéditos de valor y prestigio. Seguramente en esta competición no le fue difícil entrar al Conde Duque de Olivares. Estaba obligado a hacerlo. Era el ministro y hombre de confianza del rey Felipe IV, cabeza del primer imperio colonial moderno y gobernante todavía de una serie de países y regiones de Europa.

     

    Con el traslado de la corte a Madrid la población creció. Las décadas iniciales del siglo XVII fueron de expansión y edificación urbana, como en Londres o París, pero la ciudad se amplió sin ningún tipo de control. El hábitat aristocrático se concentró a lo largo de la calle Mayor y las calles angostas y mal cuidadas de la ciudad fueron siendo poco transitadas por sus  privilegiados habitantes. Se fue poniendo de moda el extremo oriental de la ciudad para la construcción de amplias fincas nobiliarias, provistas de casa y jardines, que fueron creando un cinturón entre la ciudad y el campo.

     

    El valido concibe el palacio del Buen Retiro como un lugar al que el monarca pueda desplazarse fácilmente, sin grandes obstáculos ni dificultades. Propone ampliar los aposentos que tenía la corona desde Felipe II en el convento de los Jerónimos y convertirlos en una mansión al gusto italiano. Se elige al mismo arquitecto que había diseñado la cárcel de corte, actual Ministerio de Asuntos Exteriores. El palacio resultante se aleja bastante del estilo italiano y se convierte en un macizo conjunto de edificios. El central, cuadrado, con torres de pizarra en las esquinas y un gran patio. Construido en ladrillo y madera, con cercos de granito en puertas y ventanas es una imagen bastante fiel del gusto palaciego de la monarquía de los Austrias. La sobriedad exterior contrastaba con el lujo interior de tapices, pinturas y mobiliario.

     

    Plano de la Villa de Madrid hacia 1635. Es el primer plano conocido de la ciudad. Su título ha inducido a numerosas confusiones, pero se sabe con bastante certeza que el plano debió trazarse para celebrar la capitalidad de Madrid. Fue dibujado por Gómez de Mora, coloreado por Antonio Mancelli y grabado en Amberes por F. de Wit. Representa el aspecto de la ciudad en los primeros años del reinado de Felipe IV. No aparece en él todavía el Palacio del Buen Retiro, pero sí el Monasterio de los Jerónimos.

     

    Detalle del plano de De Wit, donde aparece con toda nitidez, a la derecha, el Monasterio de los Jerónimos. Ese sería el punto de partida del Palacio del Buen Retiro.

     

    Vista general del Palacio del Buen Retiro extraída del Plano de Texeira. El perfil y arquitectura del palacio resaltan por la solidez de su construcción.

     

     

     

    Los Jardines del Buen Retiro

     

    El palacio se construyó rápidamente y los jardines fueron el complemento final. Iban a permitir a los reyes sus escapadas a lo largo del año, disfrutando de amplios espacios, con diversos usos y entretenimientos. Desde la caza, la navegación, la pesca en sus estanques y los paseos a pie, en carroza o a caballo por su entorno.

     

    El Conde Duque, al igual que otros nobles, tenía una huerta no lejos de donde se construyó el palacio, para escapar de los ajetreos diarios de la política. Como otros aristócratas había elegido esa parte de la ciudad por estar lejos del Alcázar Real y reunir una serie de condiciones: agua, suavidad topográfica, abundancia de cultivos y frutales. Por esos años habían instalado sucesivamente fincas de recreo, cerca de allí, en el paseo del Prado, el marqués del Carpio, el duque de Uceda, el conde de Monterrey y el duque de Lerma. Se iniciaba  así una tendencia aristocrática a privilegiar el sur de la ciudad  que se continuaría en la próxima centuria y duraría hasta crearse los primeros ensayos de ordenación urbana de Madrid en el último tercio del ochocientos.

     

    El Conde Duque regaló su propia finca a Felipe IV. Era extensa, pero no suficiente para los proyectos deseados de construcción de los jardines reales. En poco tiempo Olivares añadió a estas tierras la compra de todas las propiedades situadas al norte, hasta el camino de Alcalá, así como un conjunto de propiedades privadas, conventos y terrenos municipales. Se creó un inmenso espacio, con bosque incluido, que se extendía desde el paseo del Prado hasta el convento de Atocha, por un lado, y hasta el camino de Alcalá por el otro. El conjunto se fue transformando en un recinto adornado con jardines, estanques, embarcaderos, huertas, canales, rías, picaderos, juego de pelota…

     

    Observa su extensión en el plano de Pedro Texeira [3]. Sus dimensiones equivalían casi  a la mitad de Madrid. Se construyeron tres pequeños carruajes para facilitar el desplazamiento de la familia real por el parque [4].

     

    Plano topográfico de Madrid de Pedro Texeira. Es el plano más importante de la ciudad en el siglo XVII. Fue grabado en Amberes y representa la ciudad en perspectiva. Están representados en él el caserío, las manzanas y el palacio y los Jardines del Buen Retiro.

     

    Los jardines se modelaron a medida que se iban incorporando terrenos. La carencia de un plan general de diseño les dio desde el principio una irregularidad, una falta de unidad, que contrastaba con los jardines franceses de la época, los más estimados en Europa en esos momentos. A la larga ese desorden, resaltado con frecuencia por los contemporáneos, se convirtió en una peculiaridad que imprimió carácter y personalidad a su trazado.

     

    En un principio participaron en su diseño dos jardineros del Alcázar de Sevilla, varios de Aranjuez y un jardinero genovés, contratado especialmente con esa finalidad. Se trajeron numerosas  plantas y árboles, en una mezcla  que denota   la preferencia por las especies de gran tradición en los jardines orientales, españoles e italianos, como   limoneros, laurel, naranjos, almendros, avellanos, cerezos, guindos, robles, moreras, y  árboles frutales. Igualmente se dio una gran importancia a las flores, especialmente rosas, claveles, tulipanes venidos de Flandes, que adornaban los jardines privados de los reyes y del príncipe. Según el estilo de la jardinería del siglo XVII se trazaron cuadrados de boj recortados geométricamente y adornados de flores. La meseta castellana se convirtió en un oasis de verdor gracias a numerosas fuentes de gran tamaño, que no aparecen representadas ni en planos, ni en vistas pero que hicieron  posible esa transformación.

     

    La vida vegetal se completó con la aportación de aves, exóticas y comunes, y fauna diversa. Animales para contemplar y exhibir en juegos y competiciones reales: leones, tigre, un oso, lobos y conejos liebres, jabalíes, para practicar la caza.

     

    De todos los jardines diseminados por el parque real el más famoso fue el Jardín Ochavado. Se componía de ocho calles realizadas sobre una estructura de madera  y recubiertas de moreras, enredaderas, rosales, que proporcionaban amable sombra en el verano. Las calles se cruzaban en el centro formando una plaza con arcos de madera labrada entretejida de rosales, moreras y membrillos. Una de esas calles terminaba en el estanque Ochavado, que tenía una isleta con un templete chinesco provisto de unas campanillas que sonaban cuando soplaba el viento.

     

    En el Plano de Texeira puedes contemplar su airoso trazado. Era todo un capricho. Sus árboles y flores recogían la tradición de los jardines orientales, viva en España todavía por la influencia  de los árabes.

     

    Se conserva en la actualidad, con el nombre de Campanillas, la sencilla barandilla de hierro que rodeaba el jardín. Junto a él se alzaba el árbol más antiguo de El Retiro, el Taxodium mucrunatum, conocido como ciprés calvo, o ahuehuete. Lo puedes ver en cualquier momento que te apetezca entrando al Retiro por la Puerta de Felipe IV, a mano izquierda.

     

    Te resalto también que las plantas y frutales combinaban la finalidad estética con la práctica y suministraban abundante fruta al Palacio y al Alcázar Real. Esa fusión de jardín y huerta sería una constante de las mansiones aristocráticas campestres en Italia y en Francia hasta el siglo XIX.

     

    Detalle del Plano de Texeira que recoge el trazado fantasioso y ondulante del Jardín Ochavado del Buen Retiro.

     

     

    Estanque y ermitas

     

    El agua jugó un gran papel en la creación de los jardines. No hubo problemas con ella porque se disponía de manantiales de agua gorda, útil para riego y acequias, y se aprovecharon también las del arroyo Abroñigal, que surtía las cuatro norias que alimentaban el Estanque Grande. También se utilizaron algunas fuentes o viajes de agua subterráneas de la ciudad, especialmente la célebre Fuente del Berro.

     

    Para elevar el agua se instalaron máquinas hidráulicas en fuentes y norias, de las que llegó a haber veintiséis. Del Estanque Grande partía un canal navegable –que puede verse en el Texeira- y se completaba con otro más pequeño. Los monarcas se desplazaban por ellos en góndolas y desde Sevilla llegó un regalo imitando una galera  de tamaño pequeño decorada con pinturas de Zurbarán. La familia real pescaba desde las embarcaciones, organizaba regatas y batallas navales al estilo romano (naumaquias)  así como representaciones teatrales. Es por todo ello por lo que el llamado Estanque Grande –que aún se conserva, pero reducido- fue entonces, como lo es en la actualidad, una pieza clave de los jardines.

     

    En el detalle del Texeira adjunto se puede ver que disponía de cuatro embarcaderos y una barandilla que lo rodeaba. En la cabecera estaban los llamados pescaderos, sitios desde los que la realeza y sus acompañantes podían pescar. En el centro había una isleta. La pesca se completaba con paseos, música y representaciones teatrales, utilizando la islita como una pieza escenográfica, como lo hizo Calderón de la Barca en Los encantos de Circe, obra estrenada la noche de San Juan de 1635.

     

    Junto al Estanque Grande la otra peculiaridad muy española del Buen Retiro fue la creación de una serie de ermitas a lo largo de su trazado. Eran espacios semireligiosos-semilúdicos. Todas disponían de una capilla y eran parecidas en su estilo: fachadas de ladrillo rojo, dinteles de granito en puertas y ventanas, tejados de pizarra coronados por chapiteles. En su interior las salas tenían las paredes encaladas y altos zócalos de azulejos. Fueron escenario de reuniones, meriendas campestres y representaciones  teatrales al aire libre. Estaban rodeadas de tapias y tenían jardines y huertas en su interior. De todas ellas la de San Juan, situada en la confluencia de las actuales calles de Juan de Mena y Alfonso XI, rodeada de jardines que llegaban hasta la plaza de Cibeles, fue la ermita elegida por Olivares para sede de su biblioteca, una de las más importantes de su tiempo.

     

    Verás, más adelante, que todas estas construcciones tan peculiares cambiaron de finalidad en los siglos posteriores y desaparecieron al producirse la transición del Buen Retiro de parque real a parque público.

     

     

     

    Dos detalles del Plano de Texeira muestran el Estanque Grande de los Jardines del Buen Retiro, con el Canal, que podía ser navegable. Era una red de canales artificiales  donde se llevaron a cabo muchas fiestas y competiciones reales en las que el agua jugó un papel importante. En la parte inferior algunas de las numerosas ermitas que se diseminaban por todo el recinto palacial. Son la Ermita de San Bruno, a la izquierda, y la de San Antonio de los portugueses, en el centro. 

     

    Tras la caída en desgracia de Olivares y la posterior muerte de Felipe IV el palacio y los jardines no cambiaron sustancialmente. Se deterioró el real aposento, pero los jardines siguieron siendo frecuentados por los reyes y se mantuvieron hasta el cambio de dinastía al empezar el siglo XVIII.

     

    Cuando Felipe V se instaló en Madrid utilizó el recinto como lugar de descanso, siguiendo la tradición de los Austrias. Le gustaron el palacio y los jardines y quiso transformarlos en residencia permanente imitando lo que su abuelo, Luis XIV, había hecho con Versalles. Decidió transformar el austero palacio en una posesión real inspirada en el gusto francés. Encargó los planos de remodelación a Robert de Cotte, primer arquitecto de Luis XIV, que envió a Madrid a un discípulo suyo, René Carlier.

     

    Las obras de remodelación suponían elevados gastos y muchas dificultades técnicas. Al enviudar el rey y volver a casarse con Isabel de Farnesio el azar deparó otra suerte al proyecto. La nueva reina animó al monarca a construir un palacio de recreo más lejos de la corte, en La Granja de San Ildefonso, y se abandonó el proyecto del Buen Retiro. Tan solo se llevo a cabo la sustitución del Jardín Ochavado por el conocido como El Parterre.

     

    Tengo que decirte que lo diseñó Carlier, el perdedor del proyecto nonato. Todos los contemporáneos resaltaban que el Ochavado se adaptaba mejor a las inclemencias del clima de Madrid.  

     

    Plano Topográfico de la Villa de Madrid de Espinosa de los Monteros (1769), donde aparece a la izquierda el Parterre diseñado por Carlier.

     

    Sin embargo, el Parterre subsistió a los cambios posteriores y es uno de los pocos espacios al gusto francés que, algo  modificado, ha sobrevivido hasta la actualidad

     

     

    El impulso ilustrado de Carlos III

     

    El incendio del Alcázar en 1734 obligó a los monarcas a alojarse en El Retiro. La permanencia de la familia real lo convirtió en un lugar más confortable y supuso la realización de obras de mantenimiento inevitables y demoradas, como la reconstrucción de la cerca que delimitaba la propiedad real. Fernando VI y Bárbara de Braganza disfrutaron de los jardines reales y el gusto de la reina por la ópera italiana convirtió al Buen Retiro en uno de los espacios teatrales más reputados de Europa. Organizó fiestas, conciertos, bailes y las góndolas retornaron al Estanque Grande.

     

    Durante su reinado un deseo de conocimiento y recopilación de datos, muy descuidado por los monarcas anteriores, llevó a realizar una Descripción  de la Provincia de Madrid a Thomas López. Aunque contiene errores, recoge varias imágenes del Palacio de El  Retiro y sus jardines.[5]

     

    Los dos grabados inferiores ilustraban la descripción que el autor hizo de los jardines y recogían perfiles clásicos de los mismos. En realidad el texto que las acompañaba era breve y muy poco detallado. López trabajaba sobre obras y hechos ya conocidos, rastreando y recopilando información. No era su método el del conocimiento directo de la realidad, lo que explica que entre las vistas de los jardines reproduzca una de la Ermita de los Portugueses, para el año de la publicación de su obra ya transformada en la Fábrica de Porcelana del Retiro.

     

     

     

    Gran Estanque y Pequeño Estanque de los Jardines del Buen Retiro, Thomas Lopez (1763).

     

    La llegada de Carlos III desde Nápoles  supuso un nuevo impulso de matiz ilustrado para el recinto. No le gustó especialmente el Real Sitio y cuando unos años más tarde se mudó al Palacio Real volvió muy poco por allí.

     

    Sin embargo, su ambicioso proyecto de hacer del Paseo del Prado una fachada de  representación de la monarquía ilustrada con la construcción del Gabinete de Historia Natural (actual Museo del Prado) y el Jardín Botánico le llevo a remodelar la fachada de ladrillo del Palacio que disonaba del proyecto. Así, se realizó el primer cerramiento decorativo de el Retiro, entre el Salón de Prado y la Puerta de Alcalá, con la construcción de unos pilares de piedra rematados con floreros y verja de hierro. Este cerramiento se trasladó más tarde al Casino de la Reina, situado en la ronda de Toledo.

     

    Si te apetece puedes verlo y visitar los Jardines del Casino, actualmente rediseñados. Te aconsejo muy vivamente que aproveches la ocasión para pasear por los nuevos jardines madrileños situados al borde del Manzanares, el Madrid Río.

     

    Carlos III, llevado de su interés por impulsar la técnica y las actividades artesanales, además de crear una escuela de prácticas agrícolas en el Retiro instaló en el mismo, en la ermita de San Antonio de los Portugueses, una Fábrica de Porcelana, deseo acariciado desde su llegada de Italia para continuar en España la fabricación de la porcelana de Capodimonte. Se derribó la ermita y se levantó un edificio de cuatro plantas para dedicarlo a ese fin.

     

    En el plano topográfico de Espinosa de los Monteros, gran pieza cartográfica sobre Madrid de 1769, aparece con toda nitidez la citada Real Fábrica, también llamada de la China. Llegó a fabricar piezas de gran calidad, jarrones, vajillas, relojes, que abastecieron los palacios reales. Los elevados precios de sus piezas y su efímera historia (fue destruida tras la ocupación francesa unos años más tarde), impidieron hacer de ese ensayo de proteccionismo estatal una industria competitiva.

     

     

    Emplazamiento de la Real Fábrica de Porcelana del Retiro, popularmente conocida también como La China. Para construirla se derribó la ermita de San Antonio de los Portugueses. Su localización viene a coincidir con la fuente del Ángel Caído de El Retiro actual.

     

     

    Otro proyecto muy del espíritu ilustrado fue el Observatorio Astronómico, idea sugerida al monarca por el célebre marino Jorge Juan. También se levantó derribando una ermita. Parece que al racionalismo ilustrado las ermitas reales no le inspiraban mucho respeto. La idea era coronar así el Paseo del Prado, dedicado a la ciencia y donde ya se estaban construyendo el Gabinete de Ciencias Naturales y el Jardín Botanico. El bello edificio de Juan de Villanueva ofreció al visitante que se aproximaba a la ciudad desde el sur un perfil muy estético, recogido con profusión posteriormente por los pintores románticos.

     

    También a una iniciativa de Carlos III se debe la primera normativa para autorizar a los madrileños la entrada en los Jardines de El Retiro. Permitió pasear hasta el Estanque Grande, acatando unas normas en el vestir tanto para hombres como para mujeres.

     

    Si te das cuenta, por esa norma, se filtró el primer impulso democratizador del recinto real. Que su inspirador fuese el rey español más representativo del despotismo ilustrado resulta revelador, ¿no?

     

    Plano de Espinosa de los Monteros, perfil del  antiguo paseo de San Gerónimo, con El Retiro en la parte central, que empezó a demolerse en 1768 para trazar el nuevo Paseo del Prado. 

     

     

    La invasión francesa y el retorno de Fernando VII

     

    Es interesante anotar que cuando en 1808 el ejército francés invadió España, dada la escasez de representaciones cartográficas del país, por orden de Napoleón se creó un Bureau Topographique de L’Armée d’Espagne para atender a las necesidades de la expansión militar. Un cuerpo de ingenieros geógrafos, al servicio del emperador, realizaron levantamientos topográficos que fueron creando suspicacias populares por donde pasaban. En el caso de la capital, dominio clave en la estrategia de ocupación, se disponía ya de planos de notable calidad y no hubo que crearlos de cero[6]. Ello llevó al general Murat a decidir acuartelar sus tropas en El Buen Retiro. La situación del mismo, en uno de los puntos más elevados de la villa, aislado por otra parte del casco urbano, le convertiría en un reducto militar idóneo durante el asedio de la ciudad.

     

    Un regimiento de infantería de dos mil hombres ocupó en pocos días el recinto real. Acampados en los jardines los soldados hacían leña para sus comidas y ocasionaron diversos incendios. Por otro lado, Murat aprovisionaba su mesa con el pescado fresco del estanque. El ataque a la ciudad el 3 de mayo se efectuó desde El Retiro. Tras éste el parque quedó convertido en una ciudadela. La evacuación de sus habitantes ordinarios fue produciéndose progresivamente y las maniobras militares y los encuentros continuos con los soldados obligaron a los jardineros a abandonar sus casas hasta que no quedó ninguno. Cuándo la guerra terminó y Fernando VII regresó a la capital la situación del conjunto real era pavorosa.

     

    En 1814, después de la retirada del general Wellington por la Puerta de San Vicente,  grupos de vecinos de la ciudad, en un ataque de ira popular, entraron en El Retiro destruyendo lo que quedaba después del expolio al que le habían sometido las tropas francesas de ocupación.

     

    Plano de la villa de Madrid y sus alrededores levantado por los ingenieros geógrafos militares con motivo de la guerra.

     

    En el Sitio del Buen Retiro destacan las fortificaciones realizadas en torno a la Real Fábrica de Porcelana, bombardeada y destruida al final de la contienda. Asimismo aparece la situación  de los cuarteles generales y la del emperador en Chamartín.

     

    Plano de El Retiro con las fortificaciones que hicieron los franceses de 1808 a 1813. Se señalan medidas de protección tomadas en torno a los muros y a algún edificio del Buen Retiro. Aparecen resaltados el museo, el observatorio, el Jardín Botánico, el Hospital General, la Puerta de Alcalá, junto a almacenes y obradores destinados a necesidades militares.

     

     

    El Retiro, reflejo de la crisis del Antiguo Régimen

     

    Al terminar la guerra el aspecto que presentaban el palacio y los jardines era un conjunto de muros carbonizados, edificios semiderruidos, escombros, ruinas… Lo que durante dos siglos había sido un emblema de la monarquía absoluta como lugar de recreo casi había desaparecido por completo.

     

    Fernando VII destinó grandes sumas, en una situación de crisis y bancarrota financiera del Estado, a la reconstrucción del palacio y recuperación de los jardines, pero ya nada volvió a ser igual. 

     

    Fotografía tomada de la maqueta de la ciudad de Madrid realizada por León Gil de Palacio en 1830.La maqueta reproduce con mucho detalle cuál debía ser la vista panorámica del conjunto del Buen Retiro entre 1828-30. Museo de Historia de Madrid.

     

    Del conjunto solo podían salvarse, sin gastos excesivos, el Casón y el ala norte, el llamado Salón de Reinos, desprovisto de sus torres angulares. El resto fue derribado. El monarca ordenó arrendar diversa zonas del Real Sitio, los jardines de la Magdalena y el de San Juan. La zona cedida comprendía desde el Paseo del Prado, la calle de Alcalá hasta las proximidades del estanque, y desde allí casi en línea recta hasta los restos de la derribada Fábrica de Porcelana.

     

    El rey reservó para su uso personal y de su familia una zona exclusiva dentro del recinto, el Reservado, donde se trazaron nuevos bosques y paseos. En él se construyeron los llamados Caprichos, edificaciones de pequeño tamaño, con fines lúdicos, que llevaban nombres muy en sintonía con lo que era en ese momento la moda de los jardines románticos: la Casita del contrabandista, el Salón oriental, la Casita del pescador, el Mirador o Montaña artificial, la Casa del pobre y el rico. También se construyó la Casa de fieras y el Embarcadero, derribado más tarde para levantar el actual monumento a Alfonso XII.

     

    Parece indudable que Fernando VII trataba de salvar lo insalvable. En el plano político  obstruía a toda costa la aprobación de la Constitución, pero con un espíritu que poco tenía que ver con la mentalidad de las rancias monarquías absolutas arrendó una parte del territorio de El Retiro. Sus medidas abrieron el proceso de transformación del jardín.

     

    Su hija y sucesora, Isabel II, continuó el proceso ya desde un Estado liberal frágil y precario, que inició en Madrid las primeras reformas modernas de la ciudad con un carácter claramente privatizador. Con un impulso a los primeros intentos de expansión urbana de las décadas centrales del XIX, la reina cedió una parte de El Retiro al Estado. Éste inició la urbanización de una serie de zonas hasta entonces pertenecientes al recinto real. Se promovió la apertura de nuevas calles y la construcción de edificios en una zona aledaña al Retiro. Se perfiló el barrio de los Jerónimos, entre el Museo del Prado y la calle de Alfonso XII, zona residencial privilegiada de la aristocracia y burguesía decimonónicas.

     

    Ante-proyecto de parcelación de parte de los terrenos del Parque de El Retiro aprobado por el Ayuntamiento de Madrid en 1863 o 1865. En torno al parque se parcela y distribuye el futuro barrio residencial de los Jerónimos.

     

    La desmembración de los terrenos para parcelar y urbanizar representó una vigésima parte de la extensión del Buen Retiro. Se creó una clara conciencia, por parte de una cierta opinión pública, de que si se llevaba a la práctica la reforma proyectada el jardín real perdía parte de su empaque. Una magnífica verja de hierro de un kilómetro de extensión separó El Retiro del nuevo barrio. Las críticas de los contemporáneos no lograron cambiar la decisión de la reina.

     

    Hasta la Revolución de 1868 los jardines estuvieron acotados con verjas y tapias y se mantuvieron dentro de ellos zonas reservadas exclusivamente a la familia real. Tras la salida de España de Isabel II el Gobierno provisional cedió al Ayuntamiento de la capital los jardines como parque de recreo público, pero ya privados del espacio urbanizable.

     

     

    El Parque de Madrid

     

    Ese fue el nombre que recibió El Retiro al cambiar de dueño, aunque nunca llegó a cuajar en el habla popular madrileña. Se iniciaba una nueva etapa de su historia que empezó simbólicamente por derribar las tapias de la parte reservada y unirla al resto del parque, donde desde varios años antes se podía entrar pagando una entrada.

     

    En el porvenir del jardín real empezó a influir por un lado la especulación urbanística  de la ciudad moderna y por otro su proximidad a la estación de Atocha, nuevo centro de atracción urbano. Asimismo, el impacto que los terrenos comprados por el marqués de Salamanca para crear el barrio que llevaría su nombre, no muy alejados del nuevo parque público, iban a generar con su desarrollo y construcción nuevas realidades.

     

    Los años que van de la I República a la Restauración de la monarquía con Alfonso XII son un periodo breve pero no exento de propuestas y proyectos sobre el nuevo espacio público. Fernández de los Ríos[7], historiador de la ciudad y concejal en el ayuntamiento republicano, ve la oportunidad de planificar y detener la ya iniciada urbanización del mismo. Tiene  presente su situación privilegiada y la influencia que los terrenos del  marqués de Salamanca podían tener en su evolución. Valora la importancia de conservar la mayor parte de los jardines como bien público para que la ciudad disponga de un pulmón verde necesario en la vida urbana moderna.

     

    Con la Restauración monárquica El Retiro se convierte en un espacio de ocio ciudadano e inicia una nueva andadura. Fue muy controvertida la construcción en 1874 de un paseo de carruajes y caballos, en el que el Duque de Fernán Núñez puso todo su empeño y algo de su dinero.

     

    El llamado Paseo de Coches o de Fernán Núñez se convirtió pronto en el paseo de moda de la ciudad, arrebatando protagonismo al antiguo Paseo del Prado. La aristocracia y burguesía alfonsinas prefirieron ese nuevo lugar, más espacioso, con menos problemas de tráfico. El espectáculo público diario al que podían asistir los madrileños, bien como actores o como público, solía ser casi el mismo que en otras décadas se realizaba en el Prado. Pío Baroja nos ha dejado una descripción objetiva e irónica del mismo:

     

    “Los caballos, grandes y hermosos, piafaban con aire de orgullo; lacayos bien vestidos, con pantalones blancos, levitas y sombreros de copa, con su escarapela o con un lazo de cordones en el hombro, se mostraban rígidos e impasibles. Brillaban al sol correajes, aceros y cristales.

     

    Mujeres lánguidas y finas, enguantadas, con una manta de gamuza o una piel moteada de león a los pies, y un perrillo, como un objeto de lujo, friolero y tembloroso, pasaban meciéndose en los coches con muelles.

     

    Jinetes y amazonas cruzaban por una avenida lateral, levantándose ellos de cuando en cuando en los estribos, dando un aire de estampa inglesa al paseo.

     

    Por el andén, de asfalto, la clase media trepadora marchaba mirando a los privilegiados con ansia, como buscando el momento de saltar del andén al coche”.[8]

     

    Recordaras que el paseo urbano era un rito, una forma de sociabilidad, una ceremonia muy repetida en toda la Europa del momento, donde las capas privilegiadas concitaban la emulación y admiración de los otros grupos sociales. Notaras, como acertadamente subraya el novelista, que esa admiración estaba ya teñida de otros muchos sentimientos. El Paseo de Coches del Retiro madrileño se equiparaba así con los de tantas ciudades europeas donde a diario se repetían los mismos gestos y ritos sociales.

     

    Por otro lado, el parque empezó a tomar en esos años un carácter de espacio de ocio programado, mediante la organización de eventos y exposiciones públicas para las que se construyeron el Palacio de Velázquez (1883) y el Palacio de Cristal (1887).

     

    En ese último se realizó la Gran Exposición de Filipinas en 1887, que siguió la pauta de las realizadas en Londres y Paris, tanto en el objetivo como en el modelo constructivo elegido. Se emplearon el cristal y el hierro, las dos materias más características de  la arquitectura funcional de fines del siglo XIX. En plena expansión territorial de las potencias europeas desarrolladas por África y Asia, España intentó con la celebración de esta exposición mantener un influjo colonial que iba a desaparecer una década más tarde. 

     

    En  la oferta de ocio que El Retiro fue proponiendo a los ciudadanos quedaría por resaltar un aspecto más desconocido, pero derivado de la privatización de los jardines. Se trata de la construcción en terrenos que fueron del recinto real y pasaron a ser arrendados por el Ayuntamiento de una serie de espacios de ocio veraniegos que se conservarían hasta los primeros años del siglo XX.

     

    Estos espacios se ubicaron entre el actual Palacio de Comunicaciones (nueva sede del Ayuntamiento), las calles adyacentes y el antiguo Ministerio de Marina. Habían pertenecido en el pasado a la ermita de San Juan, eran ya un solar segregado del Buen Retiro y se llamaron hasta su desaparición Jardines del Buen Retiro. Las revistas ilustradas de la época reproducían –como puedes ver en la ilustración adjunta- su ambiente. Las crónicas de los periódicos hablaban de sus distracciones y pasatiempos.

     

    El Ayuntamiento los arrendó en 1887 a Felipe Ducazcal, empresario teatral y promotor moderno de diversas formas de ocio musical en Madrid por esos años. La música era una forma de ocio colectivo que atraía a capas urbanas numerosas hacia recintos cerrados como teatros y cafés o a espacios abiertos como parques y jardines públicos. Ducazcal supo hacer de los Jardines del Buen Retiro el lugar de encuentro de gentes socialmente heterogéneas estableciendo en los terrenos segregados café, venta de periódicos, funciones de teatro y conciertos veraniegos.

     

    Comprenderás que en una ciudad calurosa como Madrid los jardines fuesen una oferta tentadora. Combinaban la música con el paseo, el baile y la distracción a precios muy asequibles. Por impulso de su promotor se construyo allí el teatro Felipe en 1884. Era un teatro desmontable, pero con cierto confort, que se dedicó durante el verano a la programación de zarzuela. En el mismo se estrenó en 1886 La Gran Vía. En Europa triunfaba en todas partes la opereta y en España fueron esos años finiseculares los del triunfo y expansión de la zarzuela grande y chica.

     

    Grabado de Nuevo Mundo, agosto, 1901. Recoge la salida del público de los Jardines del Buen Retiro en una noche de verano madrileña.

    Lo más interesante, si te das cuenta, es que las formas de ocio urbano moderno penetraron en El Retiro y crearon una continuidad con lo que en el pasado fue el origen del palacio y los jardines como ámbito de recreo real. Tras un largo proceso el disfrute llegaba a capas sociales cada vez más numerosas, más heterogéneas, iniciándose un verdadero proceso democratizador del Buen Retiro que se continuaría hasta tiempos actuales. El aire de los jardines estaba impregnado de momentos de gozo, las vibraciones eran buenas, y todo ello se alargó poco a poco a los habitantes o visitantes de la ciudad.

     

    Corpus Barga, en el exilio, evocando y escribiendo sobre su tiempo recordaba como a mediados del siglo XX “el único parque de Madrid entonces, el Retiro, era aristocrático en el paseo de coches, burgués en el estanque y popular en las tapias”[9].

     

    El proceso culminaría en nuestros días.

     

    Proyección plana que representa los jardines del Parque de Madrid (Retiro), con curvas de nivel, en 1890.

     

     

     

    Notas


     

    [1] J. Brown y J. H. Elliot, Un palacio para el rey. El Buen Retiro y la corte de Felipe IV, 1981, Madrid.

     

    [2] La villa de Madrid hacia 1635, Plano Geométrico, de datación confusa por la denominación del mismo. Debió ser dibujado a principios del siglo XVII, luego coloreado por Antonio Mancelli y grabado por F. de Wit.

     

    [3] Plano Topográfico de Pedro Texeira, 1656.

     

    [4] M. C. Simón Palmer, Jardines del Buen Retiro. 2001, Madrid, Ediciones La Librería, 20.

     

    [5] Thomas López, Descripción de la Provincia de Madrid, 1763, Madrid, 1988, ed. facsímil.

     

    [6] VV.AA., Madrid 1808. Guerra y territorio. Mapas y planos 1808-1814, 2008, Madrid.

     

    [7] A. Fernández de los Ríos, Guía de Madrid. Manual del madrileño y del forastero,1876, Madrid, 1982, ed. facsímil, El Futuro Madrid. Paseos mentales por la capital de España, Madrid,1868. Reedición 1975 por A. Bonet Correa.

     

    [8] Pio Baroja, Las noches del Buen Retiro, Madrid, 1948, O. C., vol.,VI.

     

    [9] Corpus Barga, Las delicia , Madrid, 1967.

     

     

     

    Carmen del Moral Ruiz es historiadora, especialista en historia socio-cultural del Madrid contemporáneo. Es autora de los libros El Madrid de Baroja (2001), El género chico(2004) y un estudio publicado recientemente, Los pasajes comerciales de Madrid (2011). En FronteraD ha publicado Los pasajes de Madrid en el siglo XIX

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    Un milagro que este relato tan prolijo, histórico, etc. resulte tan ameno y tan claro, además me encanta la fórmula elegida de convertirlo en un diálogo, lo que yo no sabía era que el jardín ochavado estaba en el Parterre, lugar de mis juegos infantiles, siempre he creído que estaba donde está hoy día un estanque precioso, con lóbulos -forma como de flor- situado a un nivel más alto que el Parterre.

    Qué gusto da encontrarse un artículo sobre la evolución del paisaje urbano y de nuestros jardines que sirve también como un repaso histórico. Muy bien contado y con un excelente rigor histórico. Bravo. Este artículo nos hará pasear por el Retiro con ojos más atentos.

    ISSN: 2173-4186 © 2018 fronterad. Todos los derechos reservados.

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