San Pedro Sula, acaso la ciudad más violenta del mundo

Texto: Xabier Leidenfrost / Fotografías: Javier Arcenillas - 15-08-2013

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Son las cuatro de la madrugada de un día cualquiera en la ciudad de San Pedro Sula en Honduras y que según Wikipedia tiene 1.396.256 habitantes, aunque a las cuatro de la madrugada por sus calles cualquiera diría que no son tantos.

 

Esta es una ciudad particular, es colonial, antigua, con ese aroma de españolidad que tantas ciudades poseen en América. Es un lugar caluroso con un bonito centro urbano y un incesante mercadeo en las horas punta a la luz del día.

 

Sus gentes amables y socarronas. Aunque tienden a ser precavidos con la los extraños disponen de buena conversación.

 

Pero son las cuatro de la mañana y en uno de sus barrios, cerca de la zona de Villanueva, donde no se escucha el mas leve sonido, cinco cuerpos yacen en el asfalto roto junto a un automóvil gris, viejo y sucio, donde han sido tiroteados y han encontrado la muerte presumiblemente en una disputa por el reparto de un robo.

 

Es San Pedro Sula, la ciudad más violenta del mundo, según innumerables informes internacionales, pero donde uno en particular, obra del Observatorio de la Violencia del Instituto Universitario de Democracia, Paz y Seguridad, que hace público cada año, es especialmente relevante. En él se dice que Honduras es un país muy violento en todos sus departamentos y dentro de uno de ellos, el de Cortés, hay una ciudad, la de San Pedro Sula que es donde más homicidios se registran: 1.218 del año 2011 (en todo Honduras se cometieron 7.172 homicidios en 2012). Durante el año 2011 la tasa de Homicidios alcanzó el 181,5 por 100.000 habitantes. Y aún no estamos hablando de heridos, violencia de género, agresiones, peleas, balaceras, detenidos, violaciones, tráfico de drogas, prostitución…

 

Pero aquí a las cuatro de la mañana de un día cualquiera acompañar a la patrulla 102 es una aventura. La historia comienza como solo un periodista puede vivir en un país centroamericano, esperando más de 3 horas a que la ciento dos venga a recogerte para llevarte de paseo nocturno por algunos de los barrios mas peligrosos del lugar. En una furgoneta pick up y acompañado de seis agentes de uniforme oscuro y algún pasamontañas, parapetados con armas de guerra y protegidos por chalecos antibalas demasiada degradados. Esto me hace pensar que se usan constantemente. Llevan cerca de 6 horas de servicio a sus espaldas. Cada uno de mis acompañantes trabaja 15 horas al día, 7 días a la semana, en turnos que implican 6 horas de servicio y 3 de sueño. Me parece inhumano, pero así se las gasta aquí la policía a fuerza de costumbre. Han de estar alerta y siempre preparados porque aquí no existe el fuego amigo, esto es siempre un lugar de acción y muchos de estos agentes ni tienen preparación ni tienen ganas de trabajar. Demasiado trabajo, poco sueldo y escaso personal hacen que el cuerpo de policía no sea precisamente una unidad de élite.

 

Nada me hace sentirme seguro. Me encuentro en una ciudad hostil y más peligrosa que una zona de guerra. El porqué es muy sencillo. En una zona de conflicto la línea del frente o frontline suele estar muy definida y nos acercamos a ella para seguir los combates y nos alejamos para enviar la información, dar cuenta de ello. Pero aquí, en esta enorme ciudad, cuando cae la luz en cualquier calle, rincón, esquina o sombra pueden llover balas, acontecer un peligro, y eso me hace sentirme intranquilo. Tengo mucho miedo porque no sé qué voy a encontrarme. Estoy aquí, en este lugar, porque tengo la intención de ser testigo durante unos días (que ya son años) del porqué existe tanta violencia en una zona tan hermosa y rica de paisajes y gentes.

 

El paseo es tedioso y el ambiente muy frío, pero la noche “está bien caliente”, exclaman una y otra vez los agentes de policía. A los 30 minutos de tener las nalgas cuadradas de ir sentado en la trasera del vehículo llega el primer aviso en la radio: es el primero. Hombre asesinado en la colonia Sauce, una de las zonas de pandilleros.

 

Llegamos rápidamente y somos testigos del desgarro emocional de quién era la mujer del fallecido. Los gritos no alcanzan para articular coherentemente palabra alguna. Desesperación y tristeza se mastican en el ambiente. No es el primer muerto del lugar. Exactamente hace dos días en este mismo callejón murió un niño a golpes de las maras, me cuentan algunos testigos, y es que la frustración de las gentes del lugar no es para menos. Entre las lágrimas y la tensión me piden no muy amablemente que deje de hacer fotografías, un poco confundido detrás de la cámara, sin mostrar oposición alguna, aunque ofuscado por la demanda. Uno de los camarógrafos del Canal 6 que allí se encuentran me explica que estamos en una zona compleja de maras y que al verme con la cámara se han sentido amenazados. Ellos han llegado tarde y soy testigo de cómo, por precaución, ni hacen el esfuerzo de levantar su cámara. “Ya hablaremos con la policía allí delante, un poco más alejados del lugar, por seguridad”. Pero claro, estos profesionales son de aquí, viven en estas calles y son bastante conocidos en el lugar. Un paso en falso puede terminar con su vida en cualquier momento simplemente por querer informar. Son héroes, aunque ellos no lo ven así.

 

Acaba de sonar la alarma de mi reloj, son las once y la noche no ha hecho más que comenzar

 

Nos alejamos después de unos minutos viendo cómo trabaja la policía científica y el juez de guardia. Una nueva llamada, esta vez desde la colonia San Francisco.

Hay tanta gente rodeando el cordón policial que tenemos serias dificultades para acceder. Desde lo lejos vemos varios cuerpos tendidos sobre un charco de la lluvia de la mañana, que hace que el color del suelo se transforme en burdeos.

 

Son tres mareros muertos en un ajuste de cuentas. Han sido tiroteados delante de sus familiares y a uno de sus hijos han tenido que llevarlo urgentemente al hospital. Nadie sabe con precisión si sobrevivirá a las heridas de bala. Llevo dos horas patrullando la ciudad con mi cámara y he visto cuatro muertos y he de contar otros dos más de una colonia a la que ya no iremos. Las notas rojas, definición que damos los periodistas a la información de los homicidios del día, van a ser hoy numerosas.

 

Intento concentrarme, pero me resulta difícil. Estoy viendo más muertos en dos horas que en Irak en días. A esto he venido, a documentar la violencia, a explicar el dolor, pero me estoy impregnando de él. Sigo asustado, pero ahora he cambiado la incomodidad del pick up policial por el coche de los reporteros del Canal 6. Con ellos tengo más agilidad para llegar a los puntos clave y su punto de vista sobre toda esta violencia me interesa mucho más.

 

Acudimos a una de las postas (cárceles) del barrio de Sunseri para hablar con uno de los responsables de la policía sobre los incidentes de esta noche, el comisario López. Estoy totalmente perdido dentro de la ciudad, pero acompañado por un periodista y un camarógrafo me siento seguro con compañeros que ven el día a día de San Pedro Sula. Dentro de la posta las oscuras celdas a la intemperie me muestran rostros de personas totalmente olvidadas por la sociedad donde viven, pequeños delincuentes, un violador, un transexual y varios borrachos retenidos por escandalo público. Estarán encerrados hasta que una autoridad superior les condene por sus delitos, aunque sigue sorprendiéndome verles a todos hacinados en la misma celda, sea cual sea su delito. Sin embargo, no he visto a ningún asesino encarcelado.

 

Terminada la entrevista me siento intranquilo. Quiero dejar de lado durante un rato las alarmas de nuevas víctimas para centrarme en el niño herido de bala en la colonia San Francisco. Tardamos algo más de media hora en llegar al Hospital Mario Catalino Rubio. En la sala de urgencias pregunto al médico responsable sobre el niño, cuál es su estado y si puedo verlo. Sorprendido por mi interés, el doctor Peñaromán me explica que el pequeño ya entró muerto por la puerta de urgencias.

 

No puedo reaccionar. No me esperaba esta noticia. Solo miro a mi alrededor y busco algo que me haga huir de la sala, un lugar viejo y frío, con un hueco de las baldosas lleno de sangre, y camillas en las que se reparten pandilleros, criminales, policía e incluso algún accidentado hablando con un enfermo.

 

Vuelvo a ver mi reloj. Son las cuatro de la madrugada de uno de tantos días en los que estoy haciéndome con una ciudad que se asienta como la más violenta del mundo. Soy testigo de ello.

 

 

 

Xabier Leidenfrost y Javier Arcenillas son periodistas. En FronteraD, Arcenillas ha publicado Shipbreakers. Las termitas del marLos apátridas de Birmania

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Creo que el texto ganaría bastante si se hablara más sobre San Pedro Sula, sobre sus gentes, y menos sobre Xabier Leidenfrost. Saludos.

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