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    Ser materialista

    Maite Larrauri - 08-07-2011

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    En 1859 se publicó El origen de las especies, de Charles Darwin. Veinticuatro siglos después de que Heráclito se atreviera a exponer su doctrina del Panta rei, del cambio y movimiento permanente, el libro de Darwin proponía este mismo principio, pero de manera científica. A Heráclito se le conoció como el Oscuro porque sus sentencias resultaban crípticas: en efecto, ¿cómo entender “entramos y no entramos en el mismo río, somos y no somos”? Las lenguas que hablamos en esta parte del planeta tienen sustantivos y verbos, que corresponden a los sujetos y a las acciones. El Tíber es el río de Roma, ahora y en tiempos de los antiguos romanos. Y yo soy una mujer, y “mujer” sirve para identificar igualmente a Nefertiti y a mí misma. Las acciones o cambios del Tíber o los que han afectado a las mujeres en todos estos siglos se sustentan, según lo que nuestra lengua nos hace pensar, en un sujeto básicamente invariable.

            E pur si muove! Las sustancias o las especies tienen una genealogía, las hormigas de hoy son diferentes a las de hace millones de años, al igual que los homínidos, de los que en la actualidad tan solo existe una especie, la especie Homo sapiens sapiens a la que pertenecemos. Quizá hemos llegado a admitir la evolución, pero la dificultad de pensar la propuesta de Darwin, de integrarla en nuestra visión del mundo, hace que, a pesar de la incongruencia, sigamos manteniendo una concepción del ser humano que es y no es natural al mismo tiempo. Apoyamos los avances de la biología y la genética, pero no desterramos nuestras creencias en todos los demás ámbitos. De la persistencia de esta especie de double-bind habla el magnífico libro de Jean-Marie Schaeffer La fin de l’exception humaine (París, ed. Gallimard 2007).

           Su punto de mira está puesto en Descartes y no en Aristóteles. Tiene sentido ya que Schaeffer no plantea una discusión científica sino filosófica (basada, sin duda en conocimientos neurológicos, genéticos y biológicos). Aristóteles dio a la biología esencialista todos sus argumentos: los seres vivos son un compuesto de materia y forma; la forma es la esencia en la que potencialmente están presentes todos los futuros desarrollos y cambios del ser vivo; la forma o esencia es finalista, teleológica, y esa finalidad la podemos conocer antes de su realización, ya que las esencias (eidós en griego, species en latín) son eternas e inamovibles. Darwin tuvo como enemigo en su día a todos los aristotélicos. Pero la comunidad científica ya ha superado el aristotelismo, o casi. En cambio, en nuestras cabezas sigue presente la idea de que los seres humanos son una excepción dentro de la naturaleza. Y esta idea tiene sus raíces en Descartes.

            Descartes es el artífice de lo que Schaeffer llama “la Tesis de la excepción humana”, aun cuando encontró inspiración en creencias de tipo religioso, a saber, en la concepción hebrea del pueblo elegido o en los dogmas cristianos acerca de la creación de la humanidad a imagen y semejanza de Dios. Descartes, matemático y físico, se empeñó en demostrar racionalmente la Tesis según la cual los humanos son duales, sus cuerpos pertenecen a la naturaleza, pero sus mentes están hechas de otra sustancia —no extensa, no medible, no corpórea— que los hace escapar justamente del determinismo.

            Una parte del libro de Schaeffer se centra en deshacer los argumentos de Descartes, haciendo ver que su famoso “Pienso, luego soy” pretende demostrar más de lo que puede, y ello por diversas razones. En primer lugar porque, queriendo llegar a esta primera verdad después de someter a duda todo lo demás, sin embargo se apoya en una concepción de la verdad usada en las demostraciones matemáticas que, en cambio, no pone en duda. En segundo lugar, no demuestra que la naturaleza propia del ser humano sea el pensamiento y que esto sea algo diferente sustancialmente de la naturaleza extensa, ya que cuando alguien dice o enuncia algo, la misma enunciación es una prueba performativa de la existencia del que enuncia: no es “pienso luego soy”, no es que pensar implique ser y por tanto ser una cosa que piensa, sino que “yo pienso” y “yo soy” coinciden; la prueba es que su negación —“no pienso luego no soy”— constituye una contradicción pragmática.

            Sin embargo, a pesar de que ha demostrado bien poco con su “pienso luego soy”, Descartes pretende que los humanos están hechos de una sustancia radicalmente diferente, lo que le permitirá decir de los animales y del cuerpo humano que son máquinas, que sus comportamientos están lejos de la libertad espiritual humana, en definitiva que los humanos no forman parte de la naturaleza como el resto de los seres vivos. Todos los dualismos sobre los que nos movemos tienen sus raíces en Descartes: la separación entre el cuerpo y la mente, entre la naturaleza y la cultura, entre la materia y el espíritu, entre el determinismo y la libertad.

            Querer escapar del dualismo no es tan fácil. Schaeffer nos alerta acerca de que los intentos de ser materialista han conducido a un monismo reduccionista, esclavo del dualismo. No se puede superar el dualismo pensando que somos un tipo de materia como la que circunscribe Descartes. La unidad de la vida, de todos los seres vivos incluidos los humanos, no puede hacerse reduciendo los aspectos mentales  a neurología, sino que hay que entender que la cultura, el lenguaje humano, son hechos naturales evolutivos porque la biología son su causa primera, pero no su explicación única.

            Estamos acostumbrados a ver la inteligencia humana como un hecho extraordinario. Podríamos, sin embargo, considerar asimismo que son extraordinarias las alas de algunos animales o la reproducción mediante esporas de ciertos microorganismos. No hay duda de que los hechos culturales y sociales son aspectos de la identidad de nuestra especie, pero no trascienden su biología sino que la constituyen. La identidad humana es cultural y social. El materialismo de Schaeffer nos lleva a integrar causalmente los aspectos identitarios de los humanos en la unidad de la vida y en su evolución y, al mismo tiempo, a entender que desde el momento en que la cultura y la sociedad han aparecido, existe una interacción entre estos rasgos y la biología.

           Schaeffer pone un ejemplo. Los hechos mentales están encarnados neurológicamente, dejarán de existir cuando mi cerebro ya no esté irrigado. Pero algunos de esos contenidos mentales (Schaeffer habla de la canción Lady Jane, de los Rolling Stones) habrán colonizado otros cerebros (los de sus hijos que se la han oído tararear hasta la náusea) y seguirán siendo causalmente actuantes más allá de mi muerte. Así pues, se puede concluir que los hechos mentales son irreductibles a las neuronas ya que pueden emigrar a otros cerebros. Su explicación tiene que incorporar elementos psicológicos y sociológicos porque la especie humana es cultural y social. La materia de la que estamos hechos los humanos está determinada biológicamente, porque la cultura y la sociedad están determinadas biológicamente, la biología es su causa genealógica, su condición de posibilidad. Pero eso quiere decir que para explicar los hechos humanos necesitamos algo más que física y química.

           Ciertos rasgos culturales han sido fijados genéticamente como resultado de la selección natural. Nietzsche intuyó que ciertos elementos culturales de los que los humanos se sienten muy orgullosos no eran sino la expresión de una necesidad de  supervivencia. Y así, podríamos decir, las mentes que en un momento determinado simplificaron y borraron las diferencias entre los individuos (plantas, animales o seres humanos), atribuyéndoles un mismo sustantivo para designarlos, fueron seleccionadas como las más aptas. Sobrevive más fácilmente el que frente una serpiente que no ha visto con anterioridad se vuelve precavido, en la medida en que sabe que “eso es una serpiente” y que “las serpientes pican”, independientemente de que sea verdad de esa serpiente particular. El uso de sustantivos universales, válidos para muchos particulares diferentes, se ha mostrado durante siglos como una ventaja selectiva. Eso no le impide a Nietzsche mostrarse crítico con ese modo de entender la experiencia y la vida. Como él mismo decía, el conocimiento mediante universales nos permite una vida más segura, pero a la larga nos aleja de la verdad (que no puede ser sino concreta e individualizada).

            Apoyándose en un razonamiento cercano al de Nietzsche, Schaeffer nos explica el porqué del double-bind en el que vivimos respecto a los descubrimientos que la biología y la genética nos ponen ante los ojos. Hemos necesitado las ilusiones de la conciencia para sobrevivir. Y una de ellas ha sido justamente la “Tesis de la excepción humana”. Los conocimientos científicos no pueden cancelar las visiones del mundo más o menos engañosas porque de ellas los humanos extraen una sobreestimación necesaria para dominar la acción. Una visión del mundo nos inmuniza frente a una realidad que conduce a la frustración. Por ello las religiones y sus discursos acerca de la muerte existen. Cuando los saberes empíricos crecen, la máquina de fabricar creencias no deja de trabajar, muy al contrario, tiene que llevar a cabo una labor más amplia de inmunización.

          Eso sí: Schaeffer afirma que aun cuando los humanos intentamos sentirnos cómodos en la realidad gracias a una visión del mundo que nos reconcilie, pueden existir formas más o menos “felices” de llevar a cabo una coexistencia con lo que los saberes científicos nos aportan. No nos ilustra mucho acerca de qué hace que algunas creencias sean más felices que otras, pero quiero emplear lo que dice este libro como una caja de herramientas para sacar alguna conclusión personal.

           Una conclusión materialista y feminista a la vez. Efectivamente, con más antigüedad que la “Tesis de la excepción humana” ha existido la que llamaremos la Tesis de la superioridad de los varones sobre las mujeres. Esa creencia en la superioridad de los varones ha podido ser una necesidad para llevar a cabo tantas empresas de conquista, de conocimiento y de creación. Así lo creía Virginia Wolf que decía que los varones tomaban, con el desayuno, la fuerza que les proporcionaba verse ante otro ser humano —su mujer, su madre, su hermana— por definición inferior a sí mismo. Sin ese plus añadido al café de las mañanas, los varones no habrían demostrado el empuje que han tenido.

          Hoy sabemos que la selección natural no significa sino que de entre las variaciones que aparecieron en un momento determinado de la constitución de ciertos rasgos culturales y sociales, se conservaron y se transmitieron aquellas más preadaptadas al ambiente. La sociedad patriarcal y la cultura androcéntrica han demostrado ser un éxito para la supervivencia durante los siglos pasados. Hasta ahora, pero ya no. Es más, se puede incluso afirmar que los peligros a los que se enfrenta la humanidad como población de seres vivos sean una consecuencia de la organización patriarcal de las sociedades humanas. Es muy posible que en un futuro la humanidad tenga que aprovechar otras posibilidades, si quiere no perecer. En este sentido se puede decir que no parece muy feliz la “Tesis de la superioridad masculina”, ya que no hace sino dar argumentos arrogantes a un rasgo cultural destinado a desaparecer.

     

     

    Maite Larrauri es escritora y profesora. En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, Virginia Woolf no era una persona  y Cuerpos mortales

     


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