Silvio en el Carnegie Hall
Gonzalo Sánchez-Terán
La emoción pisó nubes con Cita con ángeles: titula uno de los últimos discos de Silvio, de 2003, y mucha gente no la conocía. La letra cuenta la desesperación de los ángeles al no poder proteger a la humanidad de tanta violencia. Sus estrofas recorren crímenes horrendos: Giordano Bruno, Martí, Lorca, Hiroshima, Martin Luther King. La canción termina el 11 de septiembre en dos ciudades distintas, Santiago de Chile y Nueva York: ‘Septiembre aúlla todavía su doble saldo escalofriante, todo sucede el mismo día gracias a un odio semejante, y el mismo ángel que allá en Chile vio bombardear al presidente, ve las dos torres con sus miles cayendo inolvidablemente’. Había algo significativo en escuchar a ‘el enemigo’ alzar su plegaria profana por quienes murieron a unos cientos de metros de donde nos hallábamos. Algunos de los que me rodeaban vivían en Nueva York en 2001: estaban llorando al acabar la canción. Una señora chilena que tenía detrás también lloraba: no sé si Santiago era su casa en 1973.
Silvio, hacia el final, nos zarandeó el ánima con dos versiones hipnóticas de Óleo de una mujer con sombrero y Quién fuera. Javi Marticorena me enseñó a tocar Quién fuera en Bujumbura y una niña rubia me mostró los acordes de Óleo de una mujer con sombrero en París, hace quince años. Somos las canciones que algún día cantamos y escuchamos, y las personas con quienes las compartimos: por eso es esencial elegir bien los sonidos de la caravana, porque el silencio acecha. Más luego los músicos se retiraron y el compositor quedó a solas con su guitarra. Primero cantó Te doy una canción y después Unicornio, y los rostros, las calles, el vino, las conversaciones y los besos concurrieron desescombrando la memoria; pero lo que es más importante, el amor y el sueño, a través de la voz de Silvio, nos volvieron a convocar desde el mañana. El poema no levanta tumbas, alumbra paritorios. Emergimos del concierto prefiriendo y profiriendo amanecer.
Era noche cerrada cuando salimos del Carnegie Hall como teselas encendidas por la belleza. No quedaban policías en la puerta, la ciudad arbolada de rascacielos pedaleaba en sus engranajes y millones de habitantes se apresuraban hacia su deshora. Para sorpresa de los agoreros de Miami, ni el concierto había legitimado la abyecta soledad del régimen castrista ni Silvio Rodríguez había envenenado con su mensaje la costa este de la nación: mientras caminaba hacia Times Square creí percibir que la Revolución Comunista en Nueva York no era inminente. Nada había cambiado. Bueno, algunas cosas sí: Estados Unidos aquella noche era un país un milímetro más digno, más capaz de actuar de acuerdo con sus principios; Fidel Castro estaba una jornada más cerca de la muerte, lo cual siempre es una buena noticia; y unos cuantos cientos de seres humanos, la mente aún engastada de hermosas canciones, éramos más ricos de sentimiento y poesía, esto es, más humanos.
Yo había quedado para tomar algo con Anne, Arancha, Mark y Angie. Al día siguiente iba a hablar con Brendan del curso de Educación en Emergencias que quiere desarrollar, por la tarde pensaba ir al Museo de Historia Natural para ver una exposición sobre la Ruta de la Seda y en la noche Constanza y Steve me habían invitado a su casa a cenar. Justo antes del concierto había llamado por teléfono a mis padres. Como siempre fui preguntándoles por mis hermanos y mis sobrinos: estaban bien. Están bien. Y mientras me perdía entre la multitud hacia la octava avenida recordaba una de las canciones que Silvio acababa de cantar, una canción que no se me va de la cabeza desde que la escuché por vez primera hace veinticinco años, Pequeña serenata diurna. La noche descendía fresca, las luces de neón brillaban por todas partes, todo el mundo, como yo, parecía encaminarse a celebrar algo. Mas por algún motivo no dejaba de tararear los últimos versos de la canción: ‘Soy feliz, soy un hombre feliz, y quiero que me perdonen por este día los muertos de mi felicidad. Soy feliz, soy un hombre feliz, y quiero que me perdonen por este día los muertos de mi felicidad’.














Comentarios
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JAHT - Dom, 08/01/2010 - 20:26
Esta bellísima crónica me ha trasladado al mágico concierto de Silvio en la Isla de la Cartuja, en Sevilla, hace tres años.
También hace más de un cuarto de siglo que las primeras canciones que conocí de Silvio comenzaron a acompañar mi vida. Las noches en que cantaba sus canciones con buenos amigos, en las playas de Huelva o en Andahuaylillas; los amores imposibles; la lírica del compromiso... todos esos momentos se arremolinaron en la garganta en el concierto sevillano y brotaron de mis ojos rodando por la cara mientras la era estaba pariendo un corazón.
Ojalá, que la mezquindad de tanto líder del mundo libre y tanto revolucionario del pleistoceno dejen paso pronto a una Cuba libre, feliz y llena de belleza. Como la poesía y la música de Silvio. Ojalá que este concierto haya sido un signo de eso.
Gracias otra vez por esta belleza de crónica
felix.perez - Mié, 07/28/2010 - 01:22
Si alguna vez quieres ver un país que es una verdadera pena te invito al mío. Incluso los médicos cubanos que colaboran en el hospital de mi ciudad te podrán explicar cuál es la diferencia entre libertad y libertad (Burkina Faso es un país libre, no como Cuba, tiene elecciones 'democráticas', periódicamente, aunque siempre las ganen los mismos). Ellos y yo, en nuestra demagogia, no entendemos la muerte, el hambre y la miseria en aras de la 'libertad'. Nunca podremos. Hay cosas mucho más sagradas para la vida (que suele ser, más bien, la muerte) de los hombres que esa 'libertad'
Dr.J - Mar, 07/27/2010 - 13:09
Qué hermoso análisis y que post tan cierto, espero...Gracias
calonso - Lun, 07/26/2010 - 22:09
Qué hermoso post y qué análisis tan cierto, espero.... Gracias.