Joshua Paul

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    Sobre "Notes of a New York Son (1995-2007)" de Eric Darton

    Marithelma Costa - 06-01-2011

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    Qué esperamos de un libro en cuya portada se conjugan la palabra “notas” con la frase “de un hijo de Nueva York”? ¿Cuál es nuestro horizonte de expectativa ante un título que se presenta como el volumen inicial de una serie y, tras leer sus primeras páginas, constatamos que se trata de la consignación de observaciones agudas y efímeras del día a día en la mítica  ciudad que en su momento representó la modernidad?

           Las respuestas dependen de los gustos de cada uno; pero sean cuales sean las preferencias del lector, cuando uno se adentra en Notes of a New York Son (1995-2007), la sorpresa resulta sumamente grata, pues en este fascinante volumen, su autor, Eric Darton, un judío que nace y se cría en Manhattan, da cuenta de su peripatético deambular por las calles de la ciudad; y en este deambular va construyéndola y reconstruyéndola en sus múltiples metamorfosis.

           Eric Darton, quien entre otros títulos cuenta con la novela histórico-fantástica  Free city traducida como Una ciudad libre y publicada por Debate en 1998, no sólo escribe en Notes of a New York Son de la ciudad de piedra y acero, no es un testigo más de sus transformaciones, sino que habla de la gente y, a través de sus palabras, la ciudad-tópico de la negación de lo humano va cobrando vida, historia, humanidad. El primer volumen incluye seis años –de 1995 al fatídico 2001– y abre con una visita en el solsticio de verano a una de las instituciones más conocidas de la comunidad hispana de Nueva York: la fonda  La Tacita de Oro, donde compra un plato de ropa vieja para llevar. El inicio no podía ser más significativo del acercamiento inclusivo a Nueva York. 

           En las páginas iniciales, aparece una fascinante reflexión metatextual sobr el sentido de su proyecto. El 22 de mayo por la mañana escribe:

     

    La forma en que la ciudad se despliega frente a ti como si respondiera a tus movimientos [...] ¿Acaso te podrías sintonizar a su frecuencia? ¿Aprender a observar y transcribir de forma rápida y precisa la danza que se desenvuelve a tu alrededor y percibes constantemente?

    Pero, ¿por qué convertirlo en un proyecto? ¿Y por qué ahora? [...] Si tuvieras que reconciliarte contigo mismo, la respuesta a ese porqué es la nueva arruga del miedo que ha surgido en ti. Has tenido miedo de la ciudad muchas veces; pero nunca has temido por ella, por el lugar en que se está convirtiendo. O miedo por lo que vivir aquí te está haciendo. El miedo ha llevado tu rabia a otro nivel, ha transformado su valencia en algo aterrador. Así pues, la pregunta es: ¿puedes transformar el miedo y la rabia en el impulso de transcribir el aquí, el ahora, el estar cabalmente presente en la ciudad?

     

           A partir de este momento se establece el tema del viaje por las calles que domina el volumen. Sobresalen sus encuentros no sólo con integrantes de las comunidades tradicionalmente marginadas –los hispanos, los negros–, sino también con miembros de dos grupos cada vez mas polarizados: judíos y musulmanes. El primero resulta una prolongación lógica de su entorno. Darton vive en uno de los últimos pisos de una torre construida por los sindicatos en los años 60 donde hay una alta concentración de población judía.

           En la nota del 19 de abril de 1997 se nos narra una conmovedora escena que hace que el libro se expanda a otros espacios donde vivieron muchos neoyorquinos. La anécdota se inicia de una forma aparentemente casual. Cuenta cómo un vecino, el Sr. Litwin, mayor y siempre impecablemente vestido, suele saludar a su hija en el ascensor. Darton lo conoce desde que se mudó allí con su madre a los trece años. Pero han pasado muchas décadas. Y cuando el Sr. Litwin ya octogenario no puede con sus recuerdos y a veces desvaría, en la víspera  del aniversario del día en que Hitler se apropió de la ciudad polaca de Lodz, tras saludar cariñosamente a la niña, inicia un monólogo que carece de sentido. Mientras el ascensor va descendiendo, el autor logra atar los hilos inconexos de su discurso, y recupera y consigna para nosotros un recuerdo doloroso y reprimido: su vecino estuvo en Auschwitz y a pesar de todo, sobrevivió.

           La escena resulta sobrecogedora e impactante no sólo por los dos protagonistas adultos, Darton y Litwin, sino por la hija del autor de tres años que suele recibir el geld o aguinaldo judío del vecino. Se despiden de este trágico y fortuito encuentro, y el autor se topa en la calle con los fruteros musulmanes que tienen un puesto en la esquina. Uno de ellos es el egipcio Bassry, quien le ofrece una ciruela a la niña y ayuda al autor a salir de la pesadilla que está volviendo a vivir con el Sr. Litwin, quien aún se ve, mientras cruza la avenida rumbo a la sinagoga. Y este segundo encuentro de la mañana del 19 de abril nos ayuda a los lectores a respirar.

           Hacia finales de verano vuelve a aparecer Bassry y su colega turca Kesban y se describe minuciosamente la costumbre que ambos tienen de regalarle frutas a su hija. También explica que él, Bassry, tiene hijos en Alejandría y trabaja de frutero en las calles de Nueva York para poder pagarles la educación. Los dos hijos de Kesban no viven en Turquía, sino con ella en Queens.

           En su ir y venir por la ciudad, Darton tiene un punto fijo: el café Le Gamin, donde suele escribir todas las mañanas. Algunas entradas al diario las produce allí. El 31 de diciembre despide el año transcribiendo una aguda e irónica conversación:

     

    P:  Disculpe usted, ¿acaso esta es la ciudad de Gotham, de donde salen los locos?

    R:  No señor, este es el Gotham, a donde vienen a parar.

     

     

           A veces Darton incorpora citas de otros autores sobre la ciudad y sus gentes. Ejemplo de ello son las  agudas descripciones que José Martí publicó en su crónica “Coney Island” sobre la costumbre de los neoyorquinos de enterrarse en la arena de la playa. A menudo se impone un tono elegíaco por los barrios y casas donde una vez vivieron los amigos y de la noche a la mañana se han transformado en edificios de lujo. Entonces emerge la rabia:

     

    Noticias de las 6 de la tarde: una grúa de construcción cae en pleno Times Square del edificio Condé Nast [...] Y mira que ese condenado edificio es feo [...] Sales a la calle, por qué no hacerlo,  y ves que tu ciudad te la están robando. Das una vuelta y aquello que considerabas bello o de valor está siendo demolido por alguien que sabe mucho más que tú para qué sirve este lugar. Total, tú solo naciste y te criaste aquí, no lo elegiste. Las semillas no suelen escoger el lugar donde van a caer.

     

           El año 1998 termina con una visita al Museo Cooper Hewitt, donde hay una exposición sobre los parques de atracciones del conglomerado Disney. Se describe un vídeo promocional del Disneyland californiano original: “Mira, ahí viene el tren, viene directo hacia la cámara”. El narrador cacarea: “Si te fijas bien, te darás cuenta de que Mickey Mouse está en los controles”. Aha, reflexiona el autor, ahora sí que lo entiendo todo.

    A veces la ciudad se describe minuciosa y sensorialmente, y hasta se rescatan fases de la historia que aún quedan grabadas en su piel:

     

    La tarde pasa mientras bajo por la Sexta Avenida. Entre las calles 27 y 28 está el Distrito de las flores. En una simple manzana una miríada de aromas se sobreponen uno sobre otro: garbanzos fritos, algo que recuerda a los zorrillos, el perfume de las rosas que lleva un mensajero. Y de momento en rápida sucesión: cordero Halal y nueces garrapiñadas.

    Cruzas animado la anónima calle 23, pasas por dos vendedores ambulantes y giras hacia la calle 21 [...] Sin darte cuenta miras hacia el suelo. Has pasado por este bloque docenas de veces, pero nunca te habías percatado del detalle: aún sobrevive un grafitti de otra era. “Estado Unidos: Fuera del Vietnam”. No lo grabaron en el cemento fresco de la acera, sino que lo excavaron paciente y anónimamente con un cincel cuando ya estaba duro.

     

           Las vueltas al pasado no solo se dan en Notes of a New York Son a través de la mirada prestigiosa de José Martí, sino también con citas demoledoras de la prensa de la época. En una visita que hace con la hija a la Estatua de la Libertad descubre, junto a la antorcha original, una placa con el titular del 15 de octubre de 1887 del Frank Leslie’s Illustrated Newspaper: “La luz de la libertad: un señuelo que lleva a la muerte. Miles de aves mueren cegadas por la llama de la Estatua. En una sola noche perecen 1,375”.

           En el 2001 las descripciones se hacen más detalladas. El 7 de febrero un amigo le pide que mire un portal en la red donde se representan imágenes en 360 grados de las calles de la ciudad. Entra en lo que era DizzyCity.com, llega a la Calle 23 y Octava Avenida, cerca de donde vive; el mismo espacio que ha estado describiendo con palabras se halla allí en imágenes: el Gap, el banco, la tienda de donas, el puesto de frutas,  Bassry y Kerban...  todo familiar y remoto a la vez. La “dizzy-city” al borde de un ataque de nervios.

           Tras el paréntesis de una estadía en Francia, a finales del verano vuelve a Nueva York. El mes de septiembre se halla sumamente documentado hasta que se impone un vacío alrededor del 11 de septiembre, vacío que recrea el hueco que quedó en el solar donde se alzaban las torres. No es casual esta reacción, ya que Darton también es autor de Divided We Stand: A Biography of NYC’s World Trade Center, un libro sobre las torres gemelas que sale en 1999 y a partir de septiembre del 2001 lo convierte en una celebridad.

           Podría seguir hablando de las detalladas observaciones que escribe Eric Darton sobre Nueva York, de su recreación de los universos paralelos que suelen encontrarse a diario en sus calles, de la colisión de un siglo XX glorioso con un futuro que aún no se perfila... Pero para un botón estás páginas bastan de muestra. Notes of a New York Son (1995-2007)  aún no se ha traducido totalmente al español. La mejor forma de conseguirlo es contactar la página web del autor. Su forma de distribución también es a contracorriente y singular.

     


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