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    Sobre la poética de Luis Rodríguez: la subjetividad como interferencia. El hundimiento

    J.S. de Montfort - 04-12-2014

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    Cuando uno busca, es posible que encuentre o que no,

    que gane o pierda. Si ni siquiera buscas,

    la victoria está asegurada.

    El interrogante grita, llama tu atención, olvídalo.

    Luis Rodríguez

     

     

    Luis Rodríguez es un autor cuasi secreto. Sus libros apenas si se reseñan o mencionan, y lectores no sabemos cuántos tiene (siempre es difícil acertar con este dato), pero imaginamos que no muchos. Tampoco sabemos mucho de su vida. Sabemos que nació en Cossío, un pequeño pueblo de Cantabria, en 1958, y que, desde hace décadas, está asentado en el pequeño pueblo costero de Benicàssim, en Castellón. Ah, y que trabaja en un banco. Lo hemos visto en un vídeo breve, de sonido pésimo y encuadre fijo, oblicuo, junto al también escritor y periodista Álvaro Colomer. Nada más en lo que respecta a su vida pública.

     

    Pero, ay, luego tenemos sus libros. Dos libros, más bien breves, el primero de 98 páginas y el segundo de 168, ambos publicados por la editorial ovetense KRK. Sus títulos: La soledad del cometa (2009) y novienvre (2013). Y uno que está por venir (suponemos). En el mentado vídeo decía Luis Rodríguez, y esto era el año pasado, que estaba acabando uno nuevo.

     

    Para lo que aquí nos importa, y por decirlo rápido y no llevarnos así a equívocos, Luis Rodríguez Rodríguez (pues este es su nombre completo –y real–) ha escrito dos obras maestras y es uno de los mejores escritores vivos contemporáneos en lengua española. Sus libros, contra lo que pudiera parecer, son muy fáciles de leer, porque son directos, sencillos y viscerales. Ello no resta para que sus estructuras sean sumamente complejas, y su interpretación esquiva. Quizá, pienso, es que la experiencia de su lectura es tan radical y profunda, que se vuelve casi incomunicable. Trataré, en cualquier caso, de dar algunas claves personales para su lectura, por si pudieran servir de estímulo y apoyo para el lector atento.

     

     

    Formas de suicidarse: hasta que la tinta nos separe

     

    Más que de huidas, La soledad del cometa, la ópera prima de Luis Rodríguez, y su primer libro publicado (a los cincuenta años), es una novela sobre las voladuras del yo. En ella, tenemos a dos narradores alternos (una primera persona y una segunda persona, innominados ambos) que brincan constantemente por diferentes ceremonias auto-destructivas del yo; por eso decimos que la subjetividad aquí es intermitente. Porque su eficacia depende del azar en el primer caso, y de una voluntad sobrevenida (pero irracional) en el segundo. Esta devastación íntima que perfora la consciencia es más fácil de entender si recurrimos a la metáfora del espejo habitado: un sujeto que se enfrenta constantemente a otro sujeto (su reflejo en el espejo). De esta manera, hemos de interpretar que La soledad del cometa presenta dos versiones de lo mismo. O, mejor dicho, dos posibilidades.

     

    Si el narrador en primera persona es un sujeto que va a la deriva (y busca así expiar su consciencia, desatendiéndola), el narrador en segunda persona se auto-inmola. Esto es, se suicida. Pero de una manera metonímica, pues sacrifica su vida por una idea. Lo hace casi “sin querer” (página 20). En ambos casos, se trata de sujetos que huyen del hogar y se lanzan a la vida a manos llenas, con todo el equipo: el uno, más joven, un adolescente que abandona la casa familiar, y a su madre; el otro, un treintañero casado que abandona a su mujer por una actriz porno que ha visto en una película. Se ha de precisar que aquí el suicidio no se entiende como un problema filosófico de primer orden (a la manera de Albert Camus, a quien, por cierto, se cita), sino que se trata de un sobrevenido hábito de conducta (o característica de la personalidad, si se quiere: una aspiración) y que en novienvre se constituirá ya casi en tópico narrativo, en una suerte de automatismo psíquico.

     

    La soledad del cometa es una narración (in)trascendente, en el sentido de que la decisión literaria de separar el relato en dos voces no proviene de un estudio de las esencias del hombre (una cierta dualidad cartesiana), sino que es pura contingencia y azar lo que rige la peripecia del relato. Las voces narrativas solamente se sostienen en la inestabilidad del pronombre normativo. De hecho, la prueba de tal irrelevancia es que los sujetos se van metamorfoseando y, al final de la narración, se confunden: uno se diluye en el otro. Lo que produce una conclusión aterradora y brutal: da lo mismo cómo conducirse en la vida, si con volición, si con desgana. Al final acabaremos donde la vida quiera ponernos. Sobre este asunto, dice Vicente Luis Mora que “la disolución del sujeto está más allá de ser un fenómeno positivo o negativo, constituyéndose de forma natural como nuestro propio modo de ser (o de no ser)”.

     

    El tema de la novela es, en verdad, una idea: la identidad entendida como una noción exigua, tan fugaz como inaprensible (de ahí la referencia de su título, en lo que respecta a lo efímero y a la soledad). Y es una novela circular, La soledad del cometa. Que empieza y acaba de la misma manera. Con un hombre meando (un hombre que es el mismo, pero a la vez ya no es el mismo, sino su reflejo distorsionado). Así, de manera tan pedestre, directa y concisa, comienza (y termina) La soledad del cometa. Al comienzo, es la voz de un narrador auto-consciente que se dirige al escritor, a un escritor silente que ejerce de escriba del texto. Pero también al mundo, al lector y a nadie en particular. Tal inexactitud evidencia formalmente uno de los mitemas del libro: el desprendimiento. Pues más que de ego, tengo para mí que debiéramos hablar de “sustancia-textual-actante”, y es esta esencia gelatinosa –representada únicamente por la voz– la que actúa diseminándose (o no) en la novela.

     

    Tal falta de discernimiento obtiene un correlato literario en la parquedad de los diálogos, en su sequedad turbia, en la sordidez de los ambientes, y en su autonomía. De hecho, se diría que los ingentes estallidos de violencia que se producen en la novela (pues los dos personajes andan todo el rato enfrentándose al mundo) significan una prueba de la fiabilidad del universo, de su gravedad. A ello contribuye el ritmo aceleradísimo, y su aroma como casi surrealista, onírico por momentos, un descontrol del mundo que, como hemos dicho, paradójicamente, busca su re-afirmación (a fuerza de comprobar sus límites). Para decirlo más claro: La soledad del cometa no indaga en el conocimiento de las cosas (ni lo pretende), sino que, en virtud de su estilo tardomoderno, busca transmitir la emoción pura (mental) que se desprende de las acciones externas que afectan al sujeto, pero sin que medie la intelección o las hipótesis. Nos muestra la vida como una suma de indicios que han de ser confirmados.

     

    Solo un apunte último sobre la  metáfora líquida: el orín. Metáfora de la subjetividad que desaparece y reaparece. De la interferencia, en realidad, que supone la subjetividad.

    El yo como orín, algo que desaparece del cuerpo (y retorna, inagotable).

     

     

    Si te lo tengo que explicar es que no hace falta que lo sepas

     

    Luis Rodríguez es, como bien dice Ricardo Menéndez Salmón el pórtico de novienvre, “un escritor salvaje”. Y también lo son sus personajes, aquellos para los que, continúa Menéndez Salmón, “la derrota de su peripecia, su fracaso inevitable, no reside tanto en la dificultad de levantar un “yo” pleno y significativo, cuanto en la imposibilidad de que exista un mundo estable y duradero sobre el que semejante “yo” actúe”.

     

    Por eso el punto de partida de novienvre es la misma errata del título: porque la vida es una errata, en un sentido agustiniano (si fallor, sum: “si me equivoco, existo”). Las erratas, empero, no son solo conceptuales, también en lo que respecta a los signos de puntuación hay incorrecciones (y no porque estén mal puestos, sino porque se desatiende la lógica de su normativa) y a alguna eventual conjunción (página 145, por ejemplo). Pero también son de orden narrativo, pues yerra en ocasiones el punto de vista (en la página 116, por ejemplo). Esto significa que no hay empatía, ni se busca, ni se anhela. No se tiene, digamos, vocación mítica. La vida se acepta naturalmente, hay una conformidad neutral con las circunstancias. Sencillez, ingenuidad y conformidad. Esa es la clave: una cosa genética, lo que deriva en un afán por la precisión lexicográfica, las búsquedas de palabras en el diccionario, para cerciorarse. Pero también son erratas los tacos, que aquí aparecen muy de tanto en tanto y brillan como estelas rutilantes, casi ajenas al idiolecto del protagonista (y, de hecho, parece que viniesen de su anterior novela, al modo de las esquirlas).

     

    En ese sentido, es novienvre una novela autobiográfica, pues se basa en una noción personal: en recuerdos sin imágenes, en sueños e imaginaciones. La sensación del recuerdo –como el mismo Luis Rodríguez afirma– es propia del autor, íntima, privativa; la imagen nueva (la vita nuova, la renovación del espíritu primigenio), sin embargo, es una construcción literaria. Además, viene a reforzar esta idea el hecho de que autor y protagonista comparten nombre: Luis Rodríguez.

     

    Novienvre está dividida en seis partes y la apariencia que adopta es la de una novela de formación bastarda, una Künstlerroman imposible, puesto que no hay formación, es decir, no hay experiencia sino que la vida se convierte en un informe, un anecdotario; vaya, que no se aprende. Así es la vida del protagonista, de nombre Luis Rodríguez, descrita por él mismo: “Asco y nada. Más nada, todo asco” (página 94). En cualquier caso, además, la novela recorre completo el ciclo de la vida de Luis Rodríguez (e incluso se permite ir más allá, pues gracias a una licencia literaria el narrador enuncia una voz post-mortem). Una vida entera, la que se cuenta en novienvre, para la que no hay sentido alguno.

     

    Lo único que anima la narración a avanzar es la gravedad del mundo: su (de)caimiento. Y también aquí, igual que La soledad del cometa, se produce una oposición binaria: en las dos primeras partes del libro (páginas 35-82) es el protagonista (en primera persona) quien nos cuenta su vida (una vida en el pueblo de Valcaba, donde vive con sus dos hermanos y sus padres; luego, a los catorce años se va a Calatayud a estudiar banca, trabaja en un banco, no le gusta, lo deja). Las siguientes cuatro partes (páginas 85-168) están dedicadas a escuchar la vida de los otros. Y, en ellas, además, se produce la formación literaria del protagonista. A esta oposición binaria estructural se una la dualidad esencial: vida/muerte (el yo de cuerpo presente y ese otro sentimiento incorpóreo de “estoy sin mí” (página 161)).

     

    Vale la pena resaltar tres estrategias que se utilizan en la novela como modo de caracterizar la identidad. En la tercera parte, Luis Rodríguez vuelve a Santander, después de dejar el trabajo en el banco (les ha venido robando, pero ellos no se han enterado). Son páginas en las que solo aparecen títulos de libros –y en vertical, obligándonos a girar noventa grados el libro, indicándonos las lecturas del protagonista–. Los autores a los que lee Luis Rodríguez para formarse son estos: Quino, Dostoievski, Gambini, Day-Lewis, Conan Doyle, Shakespeare, Unamuno, Nabokov, Stevenson, Ribeyro, Lampedusa, Camus, Conrad, Onetti, Pessoa. En la cuarta parte, Rodríguez recurre a la inserción de mini-textos sacados de la clase de un taller de literatura para caracterizar a una multitud de talleristas compañeros (una decena de páginas que  constituyen una representación oblicua de la identidad, ese vernos en los otros). Y, finalmente, en la última parte, el escritor se sirve de recortes de prensa que tiene pegados en un cuaderno (una libreta en espiral tamaño folio) y que sirven para mostrarnos sus intereses (cosas que nunca antes han sido dichas). Diez recortes comentados que funcionan como indicadores de las inclinaciones del gusto del protagonista.

     

    A este respecto, se ha de mencionar que uno de los subtemas del libro es el intento –parco– de elaborar una suerte de teoría del placer de raíz casi dostoievskiana, basada en dos puntales: en provocar el dolor para recibir placer, y en forzarse a no consumar el deseo (“el enfrentamiento entre la pulsión sexual y el pensamiento elaborado” (página 139)). Pero no hay un interés socrático, aunque a veces dé la impresión de que es una visión absurda del mundo, la que propone el libro. Se ha de matizar (y es una formulación que se expresa en la novela) que tal indagación propositiva tiene una naturaleza lúdica, pues la intensidad pura sentida en la infancia se sustituye en la vida adulta por la sensibilidad de las palabras, a las que Luis Rodríguez trata de agarrarse todo el rato. En ese sentido, se trata de un texto picassiano. Nos dice el protagonista: “Por la mañana, en el trabajo, vivo tan alejado del niño que fui que parece un antepasado mío. De noche, en la cama, el niño regresa y crecemos juntos” (página 109).

     

    Igual aquí que en La soledad del cometa, lo que gobierna los estados de ánimo del yo es una aceptación del mundo como es, no se trata de cambiarlo, ni de comprenderlo. El protagonista lo expresa así, afirma: “hay cosas que mi cerebro no asimila” (página 80). Una diferencia que sí es notable entre las dos novelas es que en esta segunda la narración es más prolija, detallista y concreta. Los lugares, las gentes, ya no son perfiles, son personas con un nombre, espacios con un gentilicio. Se nos dice así en un momento: “la palabra es la palabra, no se puede engañar” (página 76). Es, sin duda, mucho más brutal que La soledad del cometa, pero, al mismo tiempo, más asequible, más narrativa.

     

    Un rasgo añadido es la aparición del sentido del humor. Hay momentos verdaderamente desternillantes, como flashes (por ejemplo, la llamada al programa de Jiménez del Oso con la historia de los abuelos que mueren en la noche).

     

    Como no podía ser de otra forma, novienvre está llena de simbologías y cuestionamientos de la identidad. Una que es muy bonita y me gustaría destacar es la de la niña Olympia,  una niña a la que su padre, cuando va a inscribirla al registro, sin traer preparado un nombre y vencido al reclamo de una máquina de escribir, le da el nombre de este instrumento de escritura (página 55). Tristemente, se ha de decir que la niña Olympia morirá por causa de un funesto accidente de tráfico.

     

    Y un último símbolo que no quiero dejar de mencionar es, otra vez, el del orín, que aquí adquiere unos tintes proféticos, de sanación y pureza. Dos ejemplos. Uno, en una cacería (en la que el animal a cazar es un negro) Luis Rodríguez le mea al negro en la cara –está escondido en unos arbustos– le apunta con la escopeta y renuncia a matarlo. Otro: trabajando en un banco, y siendo director de la sucursal, Luis Rodríguez mea en las esquinas de la sucursal, frente al pasmo de sus subordinados (santifica la catedral del capitalismo).

     

     

    El Universo se cae

     

    Luis Rodríguez es un Bolaño sin romanticismo, un Apollinaire de secano, rural, un Beckett sin esperanza, un Celso Castro sin ternura, un Rafael Argullol con mala leche. Pero, sin embargo, su estilo literario es radicalmente propio, tan peculiar que es imposible confundirlo. Por una razón, porque a diferencia de los escritores nombrados es tan original en el estilo y el fraseo como en la arquitectura novelesca. Dicho de otra manera: sus extravagancias solo parecen naturales porque las contiene su estilo y su negativa a dar(nos) una visión del mundo. Luis Rodríguez es, en definitiva, el mundo, un mundo autónomo, su mundo. Y, en él, no cabe nada más que él mismo.

     

    Esta es la razón, quizá por la que se pueda llegar a sentir que los libros de Luis Rodríguez son inaprensibles, y no por su dificultad, sino porque comienzan y terminan en ellos mismos, no hay nada afuera, ni nada de afuera –nada más que eventuales reflejos– se cuela en ellos. Así, la de Luis Rodríguez es una narrativa de sobresaltos. Y de sexo, pero es un sexo que ni excita ni conmueve, un sexo de herrumbre y torpeza, siempre des-coordinado.

     

    Las novelas de Luis Rodríguez no son experiencias estéticas, sino investigaciones con el tiempo y la muerte. Son artefactos plenamente nocturnos que se autodestruyen. Y esa es la razón para que sean imposibles de recordar. Pero no solo por la rauda discontinuidad de lo narrado (material que se va superponiendo, sin crear capas, sino anulándose), sino porque, como dijimos en otros sitio, la narrativa de Luis Rodríguez “ejemplifica el proceso metanoico: es decir, fructifica en un viaje que implica un cambio de mente”, que sus novelas “hablan de qué es ser Luis Rodríguez, de las posibilidades que contiene un nombre. Un nombre común, un alias: everyman”. Dicho de otra manera, entrar en el universo del escritor es entrar en un estado mental que modifica nuestra experiencia de la vida, pero en un sentido que no es posible precisar más que con una metáfora: el hundimiento.

     

     

     

     

    J. S. de Montfort (Valencia, España, 1977) es graduado en Estudios Ingleses por la Universidad de Barcelona, así como diplomado en Literatura Creativa por la Escuela TAI-Madrid. Forma parte del consejo editorial de la Revista Literaria Hermano Cerdo y es miembro de la AECI (Asociación Española de Críticos Literarios). En fronterad ha publicado, entre otros, ‘Yo soy Espartaco’: memorias de un rodaje difícil (y de una época convulsa)La Tremenda Crew UnitedLa novela de la no-ideología. David Becerra y la literatura del capitalismo avanzado y La utopía de internet. Rendueles y la sociofobia como nuevo nihilismo. Este es su blog

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