Alberto Patishtán. Centro jesuita de Coyoacán, 3 de noviembre de 2013. Foto: Clara Navascués.

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    La sonrisa de Alberto Patishtán, indígena de Chiapas indultado

    Javier Molina - 09-01-2014

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    El día en que liberaron al indígena tzoztil Alberto Patishtán las proclamas revolucionarias resonaron por todo México. En Chiapas se le denominó “la voz del amate”, en el DF “el maestro” y en el extranjero se hablaba incluso del “último mártir zapatista”. Su efigie lucía junto a la del imponente guerrillero Ernesto Che Guevara. Pero ¿quién es en realidad Alberto Patishtán? ¿Qué se esconde detrás de las proclamas, los discursos, de la ideología y de la causa indigenista? Le visitamos en el centro jesuita de Coyoacán en el que descansó tras ser indultado por el Gobierno mexicano, semanas antes de regresar a su poblado natal en Chiapas.

     

    De joven fue maestro, activista y colaborador de los zapatistas. Ahora con 42 años y un tumor contraído y mal diagnosticado en la cárcel luce distinto, quizás más frágil, pero con una entereza de espíritu que se traduce en una sonrisa constante. Hace 13 años, el 12 de junio del 2000 estaba a punto de derrocar a su  primo Manuel Gómez Ruiz, presidente municipal de El Bosque (a 75 kilómetros de san Cristóbal de las Casas), al que consideraba un tirano explotador y nepotista. Pero ese día una emboscada acabó con la vida de siete policías en medio de la selva chiapaneca. El suceso fue la excusa perfecta para culparle, arrestarle y condenarle a 60 años en un juicio plagado de irregularidades. Desde entonces la vida de Patishtán transcurrió entre rejas. La justicia mexicana desestimó las pruebas de inocencia durante 13 años. Solo el empeño de sus abogados encabezados por Leonel Rivero, la campaña liderada por su hijo Héctor (de 18 años) y la intensa presión mediática nacional e internacional consiguieron levantar el caso hace un año y obligaron al presidente Enrique Peña Nieto a anunciar el indulto vía Twitter el pasado 29 de octubre. La noticia dio la vuelta al mundo y el chiapaneco fue presentado como “el indígena que venció al sistema judicial mexicano”.

     

    Cuando sus camaradas contactaron conmigo para preparar el encuentro temí asistir una vez más al discurso politizado, al “No pasarán”, a “El Pueblo unido jamás será vencido” y a toda la retórica que rodea y reduce la historia de Alberto. Me propuse conocer algunos detalles distintos de su personalidad.

     

    El centro jesuita en el que se alojaba (me piden que por seguridad no dé detalles de su ubicación) tiene un patio amplio y colorido. Por todos lados crecen árboles y grandes palmeras que le dan un aspecto tropical. Uno de esos lugares del barrio de Coyoacán que te transportan al México más colonial e idílico de la provincia.

     

    “El maestro le espera en el piso de arriba”, me dice su ayudante y cuidadora Gabriela Martínez. En la puerta, un anciano sordomudo en muletas nos bloquea el paso con gesto desconfiado. Tras cinco minutos conseguimos convencerle y nos deja pasar, no sin antes dejarnos claro que estábamos en su casa y “que no ensuciemos nada”.

     

    Pasamos a una azotea y nos sentamos a esperar mientras la tarde tiñe de naranja el cielo del DF. En medio minuto aparece Albert Patishtán, sonriente, pletórico y con andares de actor hollywoodiense. “¿Qué se les ofrece?”, pregunta abriendo las palmas para abrazarnos. Saluda a la fotógrafa rubia con gesto coqueto y propone empezar con la sesión de fotos. “Vamos pues. ¿Dónde me coloco para posar?”.

     

    Alberto –le llamo por su nombre, porque Patishtán, el revolucionario, está ausente- comienza un despliegue de poses y miradas seductoras con una naturalidad que ya la quisiera más de un modelo. Se ríe sin parar, luciendo una dentadura blanca y llena de fundas de plata. Se apoya en la barandilla con aires de George Cloney indígena. Ahora frunce el ceño y mira al horizonte. Ahora guiña un ojo. “¿Así está bueno?”. Ahora se apoya en la mano luciendo un reloj dorado y brillante como si de un anuncio de Rolex se tratase. A cada broma le sigue una sonora carcajada.

     

    Tal es el espectáculo que sus compañeros (el séquito de militantes que siempre le rodea y le cuida) empiezan a bromear: “Alberto, esto es para un calendario, vamos por el mes de mayo, ahora que llegamos a verano tiene que desnudarse”. “Maestro, estas fotos son para Playboy, enséñeles de lo que es capaz”. Y Alberto les sigue el juego, amagando con hacer más locuras y soltando risotadas a diestro y siniestro, como diciendo: “Se lo han creído”. Jugando, divirtiéndose y sobre todo demostrando que es mucho más que un titular de periódico. Es el ejemplo más nítido de que la alegría es posible pese a todo. Pese a haber sido encarcelado injustamente, pese a vivir 13 alejado de su familia, pese a haber contraído cáncer en el reclusorio. Felicidad y risas ante todo. “Algunos me preguntan por qué me río tanto”, me dice. “Porque cada día que pasa sin reírme es un día perdido para mí”, se responde.

     

    Al rato decidimos pasar a una sala para charlar. El ruidoso tránsito de la avenida aledaña imposibilita oírnos en voz baja en la azotea. “En mi pueblo solo oímos campanas y pajaritos. Aquí, un puro desmadre”, comenta girando las manos alrededor de sus orejas. Alberto poco o nada tiene que ver con el estereotipo de militante, serio y enfático. Bajito, moreno, bigotudo, vestido sobriamente, pero con cierta elegancia, luce un retozo constante, emana paz, habla con un castellano elemental y pausado, signo de que su lengua originaria es el tzotzil y de que su mundo también es otro, un mundo lejano y selvático, muy distinto al mundo citadino y acelerado en el que vivimos. 

     

    Para empezar le pido que intente recordar un buen momento junto a su primo y gran enemigo Manuel Gómez Ruiz, el culpable de su calvario. “Al principio nos llevábamos bien. Él era 15 años más mayor y yo era aún un niño. Pero muy pronto me di cuenta de su carácter colérico. Vivía al lado mío y yo oía todas sus peleas. Parece que maltrataba a sus hijos y a su mujer. Desde joven empezó a robar y a aprovecharse de la gente. Y por eso cuando se hizo con el poder continuó maltratando y humillando a la gente. Y yo sentí que tenía que hacer algo. Por eso organicé al pueblo, recogimos firmas, enviamos quejas al Gobierno… Estábamos a punto de provocar su destitución”.

     

    Y entonces ocurrió la emboscada. “Me llegó la noticia mientras estaba en una reunión en Huitiupán, a varios kilómetros de donde ocurrió el ataque. Primero me pregunté quién había podido ser. Quizás asaltantes, narcotraficantes o incluso guerrilleros. En esa época estaba el tema muy duro. Pero después me di cuenta de que iban a culparme a mí. Y siete días después me agarraron en la carretera, mientras iba a mi trabajo y me asusté mucho. Se pasaron noches enteras interrogándome. Fue una tortura psicológica”.  

     

    Sus recuerdos de la cárcel son más alegres. Allí hizo amigos, ayudó a los presos, adquirió fama y se convirtió en el personaje célebre que hoy es. También allí recibió el apoyo y la solidaridad del Subcomandante Marcos, que siempre fue un referente para él. ¿Qué significa para usted?, le pregunto esperando una respuesta enardecida. “Es igual que usted”, me responde sonriente, con un deje provocador. “Igual que usted y que cualquier otro que sea consciente de lo que hace”.

     

    En sus 13 años de vida como presidiario ha conocido a muchas personas, “buenas, regulares y malas”. Pero, rápidamente, matiza: “No es que fueran malos, es que tenían problemas, pequeños problemas que les ahogaban, pero también tienen su lado positivo”.

     

    En la cárcel fue considerado un maestro, un médico, un abogado y casi un profeta. Enseñó a leer a muchos y ayudó a defenderse ante los tribunales a muchos más. Pero ¿tuvo alguna experiencia negativa con los reclusos violentos? 

     

    Varias veces quisieron agredirme. Y yo les esperaba parado.

    ¿Cómo les esperaba? ¿Así?, le pregunto y adopto la pose de un boxeador.

    No, no, no –se ríe. Yo solo me quedaba quieto. Una vez me acorralaron en círculo. Les habían dado la orden de pegarme. Yo esperaba la golpiza. Pero pasaban los minutos y nada. El jefe no daba la orden. Y al final no la dio. Me dejaron ir. Tres días después le fui a buscar y le pregunté que por qué no me habían golpeado. Me dijo: “No te golpeé Patishtán porque sentí que si lo hiciera mi mano se iba a pudrir”.

    ¿Le tomaban por un santo?

    No, no, no por favor. De santo nada.

     

    Y las carcajadas vuelven a inundar el lugar.

     

    Cuando le pregunto que le apetece hacer ahora que está en libertad no tarda más de un segundo en responder: “Estar con mis hijos y descansar”. No parece sentirse cómodo hablando de política, de Peña Nieto o de la lucha contra el sistema judicial mexicano. Prefiere rememorar sus días en libertad en El Bosque. “Extraño mi pueblo. Allí el cielo es azul, ¿sabes? Aquí lo han cambiado de color. Parece alguien lo ha pintado de gris”.

     

    Nos despedimos con la promesa de reencontrarnos en El Bosque, donde por fin Alberto descansa en plena libertad. Algún día nos enseñará el mundo indígena al que pertenece. Ese mundo selvático, lánguido y alegre pese a todo. Como él mismo. “¡Están más que invitados!”.

     

     

     

     

    Javier Molina es periodista, licenciado en Historia, doctorado en Literatura hispanoamericana y narrador. Ha publicado libros académicos sobre los hispanoamericanos en la Guera Civil española y ha escrito en El País, Letras Libres, Vice y otros medios hispanoamericanos. En Twitter: @javimolinav 

     

     

     

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