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    ¿Sueñan los científicos con abejas robóticas? Ante la inquietante desaparición de las abejas de la miel

    Esteban G. R. Luna - 15-05-2014

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    Las abejas de la miel (Apis mellifera) están desapareciendo de la faz de la Tierra.

     

    Este misterioso y, en apariencia, intrascendente fenómeno, pero que bien podría ser meritorio de un perturbador guión de Alfred Hitchcock, lleva años ocurriendo en buena parte del mundo sin que todavía se conozcan con certeza las causas que lo provocan.

     

    En un principio se aseguró que las ausencias se debían al uso abusivo en la agricultura de determinados productos químicos. Después se levantaron voces que atestiguaban que los repentinos despoblamientos en las colmenas eran consecuencia de la expansión de la superficie de cultivos monoespecíficos (lo que en Estados Unidos denominan “desiertos alimentarios”, con miles de hectáreas dedicadas al cultivo de una única especie), muchos de ellos transgénicos, y ahora, cada vez son más los que opinan que no se debe pasar por alto la acción de patógenos, parásitos o depredadores.

     

    El patólogo apícola Mariano Higes, de quien es difícil predecir la edad por su mentón prominente, su media sonrisa y un cuerpo de corredor de maratones, tiene una idea bastante aproximada de lo que está sucediendo. Y vaya si sabe. Su hablar pausado pero firme recorre con pelos y señales y referencias bibliográficas de investigadores de medio mundo lo que se sabe hasta ahora de este singular cataclismo. Por algo este veterinario es director del Centro Regional Apícola de Marchamalo (Guadalajara), uno de los enclaves de referencia mundial en el campo de la salud de las abejas. “En esta cuestión hay muchos intereses cruzados”. Sobre esa premisa pivota la historia de Higes de lo que desde hace unos años se ha venido a llamar síndrome de despoblamiento de abejas o CCD, en referencia a su aún más amenazadora denominación anglosajona: Collony Colapse Disorder (e.g., trastorno de colapso de colonias). Pero “el CCD es solo un síndrome periodístico”, bromea el experto ensanchando la media sonrisa, y defiende que, en realidad, se trata de un compendio de factores cuya importancia relativa varía en función de la zona del mundo en la que nos fijemos.

     

    Ya en los años 40 del pasado siglo, cuenta Higes, se empezaron a constatar los primeros casos aislados de muerte de comunidades de abejas. En esencia, estaban asociados al abuso de compuestos químicos para combatir los problemas acuciantes de sanidad humana, animal y vegetal de aquellos años, como la propagación de enfermedades a través de parásitos, la incidencia de plagas de insectos o la proliferación de las (injustamente) llamadas malas hierbas, competidoras de los cultivos. Sin duda, el DDT podría ser el compuesto más tristemente famoso de entre aquellos concebidos al albur de la Segunda Guerra Mundial y cuya utilización fue común en todo el globo hasta finales de los años 60. La bióloga marina Rachel Carson, la madre del ecologismo moderno que hizo frente a los poderosos por la protección de la naturaleza, aquella elegante americana de boca finísima y ojos sabios, con una mente tan lúcida como integradora, dio debida cuenta del alcance de sus perversos efectos sobre el medio ambiente (y la salud humana) en su imprescindible obra Silent Spring (1962), en la que señala inequívocamente a la industria química como responsable directa y a los funcionarios estatales como cómplices necesarios de aquel envenenamiento masivo. A día de hoy aún asombra ver algún vídeo de la época en el que se puede contemplar cómo se rociaban los campos, los ríos, las calles, los parques, a los niños comiendo o jugando en la piscina, con un producto que se ha demostrado tan altamente tóxico para la salud.

     

    Vídeo sobre la lucha de Rachel Carson contra el DDT (en inglés):

     

     

    Sin embargo, el problema con las abejas de la miel no saltó a la opinión pública hasta finales de los años 90 en Francia, cuando asociaciones de apicultores empezaron a presionar al gobierno francés para que legislase contra un insecticida registrado en Estados Unidos en 1988. Se trataba del Gaucho (o imidacloprid si nos ceñimos al nombre de su sustancia activa), que sobre todo se utilizaba (y se sigue utilizando) para proteger en el campo las semillas de maíz, girasol y colza durante la germinación. Los apicultores defendían que los periodos de aplicación de ese producto coincidían con la muerte de colonias y acusaban del desastre al fabricante, la multinacional Bayer, conocida ya en todo el mundo por sus famosas aspirinas.

     

    “Los pesticidas malditos”, empezaron a llamarlos en sus declaraciones. “Los pesticidas matan las colmenas”, gritaban en sus manifestaciones. A consecuencia de esas presiones sociales, que se extendieron rápidamente a otros países europeos, Francia prohibió el uso como plaguicida del imidacloprid en 1999, aunque sin basarse en evidencias científicas concretas, que no aparecen hasta dos años después. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA, por sus siglas en inglés) había encargado un estudio científico exhaustivo a raíz del caso francés que no se publica hasta 2001, y con unas conclusiones que no acababan de ser tajantes. Es cierto que se detectaban cantidades variables de la molécula insecticida en las muestras procesadas, pero se dejaba abierta la puerta a otras posibles razones. “Lo cierto es que la dinámica en la opinión pública ha sido y es muy permeable a la supuesta maldad de los pesticidas, pero muy poco a otras causas”, se lamenta Higes. Unas causas que ahora adquieren un peso mucho más destacado tras varios años de intensas investigaciones.

     

    En 2004, el grupo de Higes decide abrir una nueva vía de investigación cuando empieza a detectar síntomas en las colmenas españolas que no se podían explicar si se atendía a la versión oficial. Constataron que la muerte prematura de las abejas adultas se presentaba incluso en zonas que no habían estado expuestas al uso de los neonicotinoides, la familia de compuestos químicos a la que pertenece el imidacloprid. Algo no cuadraba.

     

    Contemplando al microscopio las muestras que les llegaban al laboratorio detectaron una presencia anormalmente alta de esporas de un hongo (Nosema apis) que, al igual que otras muchas enfermedades de las abejas, se creía que no las afectaba de manera determinante. Otros técnicos como ellos también observaron esta anómala proporción, pero se abandonaron a la versión del imidacloprid cuando constataron que los síntomas que presentaban las colmenas no se correspondían con los de ese patógeno.

     

    Sin embargo, Higes y sus colaboradores, reticentes a aceptar lo que ya todo el mundo científico daba por seguro, pusieron a punto unas pruebas de biología molecular encaminadas a comprobar que lo que veían en el microscopio era efectivamente lo que parecía ser. Y en ese momento, ya en 2005, llegó la sorpresa. Resultó que las esporas que analizaron no eran en su mayoría del hongo parásito Nosema apis, sino de otro llamado Nosema ceranae, una especie que se cree originaria de Asia y que se aisló en China por primera vez en 1996. Este pequeño detalle (los pequeños detalles a menudo esconden terribles verdades) supone una diferencia sustancial en la dirección que han tomado las investigaciones que se han abierto desde entonces. En primer lugar, porque la infuencia de este hongo asiático sí es capaz de explicar los cuadros clínicos que presentan las abejas: Diarreas, envejecimiento prematuro y abandono de la colonia. Y en segundo lugar porque desvía la atención de los insecticidas hacia otras posibles causas. “La proporción de abejas infectadas por esta especie se ha duplicado en los últimos años, hasta el punto de que hemos encontrado sus esporas en el 95% de las muestras que hemos analizado”, alerta Higes, que ha estado luchando contra molinos de viento desde entonces para que se tenga en cuenta su interpretación: “Estamos ante una especie de hongo muy plástica, que se adapta muy bien a las zonas templadas del entorno mediterráneo, que son además en las que se lleva a cabo un tratamiento profesional de las colmenas”, sostiene el patólogo, aunque cree que se podría reducir notablemente su impacto con la adopción de sencillas medidas sanitarias.

     

    Ni el gobierno español ni las autoridades europeas le han hecho mucho caso todavía. En parte porque, según el lugar, existen muchos otros factores que influyen en la salud de estos insectos de diferentes maneras. El ácaro parásito Varroa, que se alimenta de la hemolinfa de las abejas (literalmente les chupa la sangre), es una amenaza generalizada en todo el mundo, aunque se controla en mayor o menor medida con ácido oxálico aplicado a las colmenas. Otro elemento muy a tener en cuenta es la profesionalización de la actividad apícola en el sur de Europa. En España, por ejemplo, entre 1995 y 1996 se pasó de un millón de colmenas a tres millones merced al incentivo de las ayudas provenientes de Europa, sin someterse muchas de ellas al control sanitario adecuado. La búsqueda del beneficio económico ha desembocado en que las colonias se encuentren en un estado de estrés productivo que favorece la proliferación del patógeno Nosema ceranae. Hay demasiadas. En el norte de Europa, sin embargo, esta intensificación no se ha producido en la misma medida. Alemania, por ejemplo cuenta con 600.000 colmenas. Se trata más de un hobby que de una actividad económica y eso se nota en el cuidado de las colmenas. “En el norte de Europa, el clima y unas colmenas con una menor exigencia productiva hacen que se favorezca el bienestar de la abeja y el patógeno se desarrolle menos”, explica Higes. Por eso, el experto cree que allí es probable que los insecticidas tengan algo más de culpa y defiende de nuevo que el problema es una confusa mezcla de causas.

     

    Vídeo de Mariano Higes contando estos mismos problemas para Red Natura 2000:

     

     

     

    A pesar de lo poco concluyente de las evidencias científicas, la Comisión Europea (CE) ha decidido recientemente extender la prohibición de uso a otros dos insecticidas neonicotinoides, que se suman junto al imidacloprid al grupo de los químicos malditos para la UE. No se ha oído nada, sin embargo, de emprender acciones contra otras causas. La EFSA ha vuelto a retomar el asunto y ha lanzado una consulta transnacional sobre otros factores que puedan afectar a la salud de las abejas. Pero Higes, asiduo visitante de instancias europeas en calidad de experto, no ve que los gobiernos estén haciendo mucho más: “Reconocer otras causas a nivel internacional para las que no hay planes de contención obligaría a los Estados a destinar unos presupuestos para investigar y tratar los problemas. Y no están ahora las cosas como para eso”.

     

    A estas alturas de la hitchcockiana película, algunos se estarán preguntando qué tienen estas extinciones de particular respecto a otras tristemente acaecidas en la bárbara historia reciente de la humanidad. Y la respuesta da miedo de puro simple. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (más conocida por FAO), de las cien especies vegetales cultivadas que proporcionan el 90% de los alimentos que se consumen en todo el mundo nada menos que 71 son polinizadas por las abejas. En Europa, sin ir más lejos, la mayoría de los cultivos le deben su existencia al trabajo de estos insectos. Por la red circula incluso una cita atribuida al mismísimo Albert Einstein en la que asegura que a la humanidad solo le quedarían cuatro años de vida si las abejas desapareciesen, aunque también cabe cuestionarse cual era el conocimiento que podía tener el físico más famoso de la historia sobre los procesos ecológicos derivados de este desastre ambiental.

     

    Es cierto que manzanas, peras, almendras o melocotones son solo unos pocos de los productos que desaparecerían de la dieta humana en menos de lo que canta un gallo. Y más allá del obvio valor esencial de la polinización en el mantenimiento de la biodiversidad, la FAO estima en cientos de billones (sí, con b) de euros el impacto económico anual de este simple intercambio de polen de unas plantas a otras. En alguna zona de China se ha llegado al punto de tener que polinizar las flores con un plumero para salvar la producción de fruta, con el gasto de tiempo y mano de obra que eso supone. Es irónico. Pocas veces sería tan apropiado decir que se trata de un trabajo de chinos, considerando la de cientos de flores que puede llegar a tener un único árbol. No se puede negar que, desde un punto de vista estrictamente comercial, se antoja un nicho de mercado tan goloso como la propia miel, y al fin y al cabo, todas las crisis se convierten a la postre en una pesadilla apocalíptica para unos, pero en una oportunidad única para otros.

     

    Silence of the bees (2007), donde aparecen los chinos plumero en mano (en inglés):

     

     

    Pero no se debe perder toda esperanza, ya que, como si de una trasnochada secuela de la película Terminator se tratase, el futuro parece que insiste en volver al rescate de esta modernizada humanidad. Esta vez, de la mano de un grupo de investigadores de la Escuela de Ingeniería y Ciencias Aplicadas de la Universidad de Harvard, que ya está trabajando en el diseño de unos robots en miniatura (¡del tamaño de una moneda de cinco céntimos!) que puedan imitar y, llegado el caso, suplir en su acción polinizadora a las abejas de la miel. Al hidalgo Higes no parece entusiasmarle la idea: “Los insectos juegan un papel mucho más complejo dentro de los ecosistemas del que podrían llegar a desarrollar unos robots”.

     

    El caso es que apremiados por diferentes organismos científicos, entre ellos la propia EFSA, los principales gobiernos del mundo anuncian que van a ponerse manos a la obra o que están ultimando ya proyectos de investigación que profundicen en las causas de las desapariciones, en un intento de atajar este grave problema medioambiental. Pero en Harvard, sin embargo, han ido mucho más allá: se han puesto a diseñar y construir unos sustitutos que puedan desempeñar el mismo rol que sus homólogos naturales.

     

    En realidad, a lo que aspiran es a que puedan desarrollar esa labor, pero muchas otras más, entre las que destacarían las de búsqueda y rescate tras una catástrofe natural, la exploración de zonas peligrosas, el seguimiento del tráfico, la toma de datos climáticos de alta resolución o la vigilancia militar. Y es que, como dice el refrán, no hay que poner todos los huevos en la misma cesta.

     

    No cabe duda que la apuesta ha sido fuerte: en concreto, de dos millones de dólares anuales durante cinco años, que salen de las arcas de la Fundación Nacional para la Ciencia (la NSF), la agencia gubernamental estadounidense encargada de impulsar la investigación y la educación fundamental en todos los campos no médicos de la ciencia y la ingeniería. El recientemente creado Instituto Wyss para la “ingeniería inspirada en la biología”, con grandes multinacionales, como la empresa química BASF, entre sus socios capitalistas, será el que proporcione los laboratorios y dé soporte financiero para la ejecución material de los trabajos. Mera calderilla si se piensa en el rendimiento que se les podría sacar a largo plazo a las abejas robóticas y a la tecnología desarrollada para construirlas.

     

    Vídeo de Harvard del funcionamiento de una abeja robótica (en inglés):

     

     

     

    Pero entonces, ¿cuándo podremos ver a estos minúsculos robots diseminados por nuestros campos y ciudades, volar de flor en flor en la cada vez más silenciosa primavera? “No puedo predecir cuando se hará realidad”, dice desde el otro lado de la línea telefónica Ramón López de Mántaras, director del Instituto de Investigación en Inteligencia Artificial del CSIC en Barcelona y uno de los pioneros de este campo en España. Duda “que [los investigadores de Harvard] puedan resolver todos los problemas que plantean y que, por tanto, alcancen [en esos cinco años] todos sus objetivos”. El científico tiene experiencia en el sistema de financiación estadounidense y aclara que la NSF (con la que ha colaborado en el pasado) no hubiese financiado el proyecto si no lo hubiese considerado “investigación pluridisciplinar básica”. Con la voz tomada, pero haciendo gala de un discurso vertiginoso, caótico a veces, López de Mántaras enseguida explica lo que esto supone: Es un marco de trabajo de gran colaboración entre diferentes especialistas, cuya prioridad es la de que se sienten las bases científicas y tecnológicas para futuros desarrollos. Pero sin prisa, con un horizonte a largo plazo para conseguir sus objetivos.

     

    “Se trata de una inversión de muy alto riesgo, pero si finalmente hacen la mitad de lo que dicen, ya va a ser un triunfo”, asegura López de Mántaras, para quien la clave del éxito “es resolver el reto de la comunicación, la coordinación y la colaboración entre los distintos elementos”. Si se piensa bien, no sería muy eficiente que un hervidero de insectos robóticos se abalanzase al unísono sobre una misma planta. El profesor, ya en el terreno en el que él es especialista (además de la poesía y la música jazz), señala que, en lo que se refiere a la inteligencia artificial, los investigadores de Harvard se enfrentan al desarrollo de lo que llama una “inteligencia de enjambre” (swarm intelligence, en su denominación anglosajona), con el inconveniente añadido de que los elementos del colectivo son robots. Es decir, muchas maquinitas que piensan como si fuesen una sola. Aunque para un neófito esto pueda parecer algo alucinante, lo cierto es no se trata de un proyecto pionero en este campo. Ya hay grupos científicos trabajando desde hace algún tiempo en otros modelos de organismos, como peces y hormigas. Aquí, según López de Mántaras, se añade “la dificultad de que vuelan”. No deja de ser sorprendente que ya se esté trabajando en colonias de autómatas que, por ejemplo, faciliten la exploración de planetas, jugando con la idea de que un mayor número de individuos que cubra una mayor superficie de manera coordinada aumentaría las posibilidades de éxito de cualquier misión.

     

    Pero sin salir de la órbita terrestre, el dilema se centra en si las abejas robóticas llegarán a tiempo para el rescate. El tiempo se acaba. A tenor de evidencias científicas recientemente publicadas, parece que alguno de los problemas que presentan las abejas de la miel, como es la acción de patógenos, se están empezando a generalizar al resto de abejas no domesticadas (fundamentalmente a los abejorros del género Bombus). La razón es que para intentar domesticar a estas especies se han utilizado a las propias abejas de la miel infectadas, que se introducen en esas colonias para que sirvan de guías en el proceso biológico del establecimiento de la colmena y la producción de miel. Esta tutela abre al mismo tiempo la puerta a que los patógenos infecten esas colonias y conviertan a las abejas en auténticos caballos de Troya de la enfermedad.

     

    A este tipo de proyectos aún les queda bastante camino por recorrer hasta alcanzar muchas de sus metas. Han de resolver desafíos tales como la visión, el reconocimiento de objetos o una fuente de energía que otorgue autonomía a los robots, y para alguno de ellos se requiere “una tecnología que aún ni existe”, concluye López de Mántaras.

     

    Lo cierto es que el equilibrio entre el medio natural y la actividad agrícola y ganadera, al igual que con otras ocupaciones humanas, está atravesando por un momento crítico. Por varias razones. El suelo y los recursos hídricos son limitados y están sometidos a una contaminación creciente, la presión demográfica aumenta, el precio de los alimentos está sujeto a feroces reglas de mercado y se pierden cada vez más especies autóctonas en favor de otras más productivas pero menos adaptadas. Y eso por no hablar de los fenómenos globales derivados del cambio climático o de la invasión de especies exóticas. Algunas de las medidas paliativas concretas y de alcance limitado que se han venido introduciendo últimamente en muchas zonas del mundo, con la ingeniería genética como principal vehículo, perecían una quimera hace no muchos años. Hay otras, como la robótica, que aun hoy parecen simplemente ciencia ficción.

     

    Lo que no sabemos es si las abejas de la miel se quedarán hasta el final de la película.

     

     

     

     

    Esteban G. R. Luna (Madrid, 1979) es científico de vocación periodística. Educado en la Institución Libre de Enseñanza, se formó como ingeniero de montes, más tarde se doctoró en ciencias agrarias y, ya exhausto, realizó el máster de periodismo de El País. Por todo ello, teme haberse convertido en una especie en vías de extinción. Además de en el CSIC, el INIA y la Universidad de La Rioja, ha trabajado en la delegación gallega de El País y en la sección de opinión de Cinco Días, periódico con el que aún colabora esporádicamente. En FronteraD mantiene el blog Por ciencia infusa. En Twitter: @egr_luna

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    Completo, muy interesante y, en mi opinión acertado, análisis de un problema de la gravedad del tratado. Ojalá tenga el eco que merece y ayude a la concienciación de quien corresponda para que se tomen cuantas medidas sean necesarias (por encima de las ya tomadas) para encontrar una solución, antes de que sea tarde...y las abejas de la miel se queden hasta el final de la película. P.D.:me gusta lo de "...(injustamente) llamadas malas hierbas..."

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