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    Un tal Evo. Una biografía no autorizada del presidente boliviano

    Roberto Navia y Darwin Pinto - 25-07-2013

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    1. Nacimiento y resurrección

     

    Cuando Dionisio Morales Choque y María Ayma Mamani miraban de reojo que se acercaba hacia ellos la indiada caminando por las cornisas de las montañas secas del altiplano, con profundo pesar congelaban sus cariños, y él, sofocado de vergüenza, se metía entre las polleras de ella para evitar que en Isallavi se enteraran de la existencia de una pareja cuya novia, ocho años más vieja, pudiera ser acusada de “mata-guagua”.

     

    Después de que la relación ya fue un asunto oficial y demostraron que lo de ellos era un amor del bueno, los Morales-Ayma se casaron, vivieron infelices para siempre y de los tres hijos que sobrevivieron a la fiebre y a la diarrea, uno, Evo, les salió presidente.

     

    Juan Evo Morales Ayma nació en ese lugar inexistente de Bolivia. Isallavi es un pueblo triste y vetusto, atacado por el frío que baja a tropel de las colinas de hielo del solitario altiplano y que no figura en el mapa de la república. Fue la mañana del 26 de octubre de 1959 cuando se abrió paso como una bala que sale disparada del vientre de una escopeta en mal estado. María Ayma se revolcaba como una llama herida en una cama empolvada y dura, con las piernas mojadas con su sangre caliente que salía por debajo de un vientre acostumbrado a esta misma batalla cada vez que una guagua ahí adentro libraba su primera prueba de fuego.

     

    Luisa Morales (que en ese momento oficiaba como su ángel de la guarda), de muy vieja caminaba a cuatro patas, ante la inexistencia de una partera oficial preparaba pócimas para que el futuro presidente de Bolivia se salve, salga a la luz y emita su primer gemido en este mundo.

     

    Evo ahora es alto y macizo como un toro maduro. Tiene la nariz ganchuda de hombre altiplánico y unos ojos achinados, pequeños y negros como el carbón que le bailan en su cara redonda de color cacao y hacen juego con su pelaje también oscuro, lacio y rebelde que acaba bruscamente en unas patillas largas sin atisbos de estética que mantiene oculta la mitad de sus pequeñas orejas.

     

    Isallavi, que pertenece al ayllu Sullka, cantón de Orinoca, en la provincia Carangas del departamento de Oruro, ha ido cayendo en desgracia: permanece rumiando el abandono y soportando sin chillar las crueldades del viento helado que golpea a los escasos pobladores con sus eternos cuchillos afilados de arena. Es una comunidad rústica que experimenta una muerte lenta y se apaga cada vez que una de sus casas pobres se desploma de vacía y de vieja, o cuando alguno de sus habitantes decide marcharse a cualquier otro rincón de Bolivia o del mundo siguiendo los pasos de varios otros que se fueron mucho antes de que el hijo predilecto del pueblo, el semidiós de los eternos marginados, Evo, tuviera serias intenciones de colocar sus posaderas sobre el sillón del Palacio de Gobierno.

     

    La presencia del hombre mimado está petrificada en cada uno de los pocos recovecos de Isallavi, y son sus habitantes, aquellos que caminan agachaditos como esquivando a la muerte, los que rememoran los años dorados de cuando con él jugaban a las bolillas, con porotos, durante el desnutrido tiempo libre que les quedaba después de pastorear las llamas en las lomas peladas de aquel lugar custodiado por el gigante ojo celeste del mítico lago Poopó.

     

    María Tuco Bonifaz, a pesar de su inocencia de campesina analfabeta, se jacta de haber conocido al Evo cuando ella era una imilla y él un llokallita (chaval) de nariz húmeda. A ella la vi un mediodía quemante de octubre de 2005 en su parcela de Isallavi, junto a Bridney (su hija de cuatro años) y a Pablo Vera Ayma, el primo por parte de madre del ahora presidente. Ambos estaban sembrando papa en un terreno sin vida y lleno de piedras blancas.

     

    Hicimos una ronda bajo un cielo vacío, y atraídos por la coca que les ofrecí (me rechazan el bicarbonato porque dicen que enfría el apetito sexual y que cuando se mezcla con la hoja, la boca se convierte en una fosa de maceración), y masticando un castellano cojo, porque la lengua madre de ellos es el aymara, se peleaban el turno para contar los recuerdos que guardan, quizá como único tesoro, de Juan Evo Morales Ayma.

     

    Al Evo lo recuerdan ya grandecito. Cinco años ha de haber tenido cuando lo veían caminar como un grande por la llanura que no es otra cosa que un desierto transparente y sin oasis, y por las cejas de las colinas encabezando las manadas de ovejas y de llamas que le confiaba su padre, Dionisio Morales Choque, famoso por haber alzado mujer temprano, antes de haber terminado de pelechar sexualmente.

     

    María Tuco Bonifaz se ríe pícaramente y tapa su boca verde para evitar que se le vean sus encías escasas de dientes. Oculta su mirada y se dirige a Pablo Vera Ayma con el que habla en aymara con la soltura natural de cuando alguien se comunica en su idioma materno. Le pregunto de qué se ríe y me contesta que se está acordando de la vida privada de los padres de Evo. Se niega a comentar ese pasaje que la sigue entreteniendo. Al final accede. Cuenta que cuando el amor entre María y Dionisio no era un asunto legal en Isallavi ambos sentían pudor de que los pobladores se enterasen de que el hombre, el llamado a ser jefe de familia y un tipo rudo capaz de enfrentar a los demonios inminentes que aparecen en la vida marital, era casi un niño en comparación a ella que había nacido por lo menos ocho años antes que él. “Para evitar las habladurías, cuando estaban en el campo haciéndose cositas y se daban cuenta de que se aproximaba algún campesino por la llanura, el Dionisio, como era flacucho, se metía adentro de la pollera de la María para esconderse”. Termina de contar aquello con una gracia que contagia al primo de Evo, quien antes le hizo un montón de muecas para evitar que María estirase su lengua y revelara aquel secreto de la pareja, secreto que después de más de medio siglo sigue siendo el chiste infalible que les hace olvidar, así sea por unos efímeros momentos, que siempre les fue difícil sacar fruto de la tierra árida, que la sequía es igual de cruel que el frío porque ambos matan sin piedad a sus animales y a sus cultivos, y que les duele que nunca, ninguna autoridad del Gobierno haya asomado por ahí para enterarse de que en ese lugar de Bolivia también existe vida humana.

     

    Si al Evo lo recuerdan recién cuando tenía cinco años es porque antes todavía permanecía bajo el regazo caliente de su madre, el único escudo que ella tenía para protegerlo de todas las alimañas que habían matado a tres de los cuatro hijos que le nacieron antes de Evo. Daniel, Luis y Eduvé fallecieron cuando aún eran guaguas de pecho. En el pueblo nunca han sabido qué es exactamente lo que hace que los niños se vayan antes de cumplir un año. Esther, la tercera hija de los Morales-Ayma y la hermana mayor de Evo, la que se escapó de las manos frías de la muerte, cree que sus hermanitos se murieron por la diarrea y por la maldita fiebre. “En el campo no había atención médica. Mi mamá nos curaba de la temperatura con coca y azúcar y a veces nos sanaba. Cuando uno estaba ardiendo de temperatura, ella ponía la coca con el azúcar en el sobaco, y ahí uno tenía que apretar, también amarraba con trapo negro las plantas de los pies. Era eso o morirse”.

     

    Esther ha sobrevivido y ahora tiene 57 años, una carnicería en la calle Jaén 165, en la zona sur de Oruro, y tres hijos con Ponciano Wilcarani, el profesor que la desposó y le juró amor eterno a sus 25 años. Al igual que su madre, ella tampoco pudo salvar a tres de sus vástagos que vio morir, dos de ellos de fiebre extrema y uno atacado por la parálisis. “Yo me embaracé seis veces”, especifica mientras camina hacia la planta alta de su casa de ladrillo visto, con su andar inclinado de mujer altiplánica y moviendo sus brazos de mamá grande con los que ayudó a proteger a Evo durante los primeros años de su vida, cuando el destino acostumbra preguntar, insistentemente, si el niño es para este mundo o para el otro.

     

    Y es aquella vieja mañana del 26 de octubre –cuando el destino barajó sus cartas para decidir si Evo era para el mundo de los vivos o de los muertos- que Esther no puede arrancar de su cabeza cubierta por una melena lacia, siempre de cola y que ya empieza a germinar cabellos blancos: “Mi madre se estaba muriendo con la guagua dentro. Una abuelita salvó su vida y la de mi hermano. Se llamaba Luisa Morales. Debió ser parienta. Le preguntó a mi mamá si no se había antojado nada. Entre durmiendo le contestó que a fines de septiembre había ido a Orinoca y ahí encontró a una mujer que estaba horneando pan. Ella se había acercado a pedirle que le venda el pan, y la mujer le había dicho que era para los maestros. Y no le dio. Mi mamá se fue hasta la plaza, desmoralizada, a comprar otro pan”, cuenta con una voz untada con rabia, dispuesta, si pudiera retroceder en el tiempo, a ir hasta donde la mujer tacaña que no fue capaz de venderle un pancito a su mamá que necesitaba saciar sus deseos de mujer preñada.

     

    Luisa Morales había puesto sus oídos cansados cerca de la boca de la embarazada para escuchar lo que le decía entre dientes. Cuando terminó de hablar, recuerda Esther, que la abuela, como no podía caminar, empezó a gatear como un bebé, a caminar a cuatro patas por el estrecho cuarto en busca de harina y alcohol. Luego agarró una fuente de barro y formó una masa con esos dos ingredientes, hizo un bollito, lo colocó en el fuego hasta que expulsó un olor a pan caliente, lo partió en la nariz de la moribunda y le gritó fuerte:

     

    —¡Este es el pancito que no comiste en Orinoca!

     

    Pero la criatura estaba atrincherada en la parte alta del vientre. La madre decía que lo estaba perdiendo y la vieja le gritaba:

     

    —Amarillo está viniendo.

    —Ya no tengo fuerzas, me duele el estómago...

    —Olé el pan te he dicho, mascalo si podés.

     

    “En eso hemos sentido llorar al Evo”, dice con una voz triunfante Esther, que tampoco olvida los ademanes de alegría que puso su papá Dionisio cuando llegó, tardíamente, con la partera del pueblo (la oficial), a la que había ido a buscar a Calavillca antes de que amaneciera porque su mujer se quejó toda la noche como si fuera una primeriza.

     

    Hugo también demostró ser para el mundo de los vivos. Es el que nació tres años después que Evo y el que de adulto se convirtió en su enemigo político de sangre más visible. La cuarta desgracia que enlutó a la familia fue la enfermedad de Reina, la última hija que parió doña María y que dejó de existir cuando en el seno del clan pensaban que ya poseía todos los anticuerpos que exige ese despiadado mundo, que se dibuja a 3.800 metros sobre el nivel del lejano mar, a todos los que sobreviven en él. “Reina murió después de cumplir ocho años”, testifica Esther, con una voz negra y pausada.

     

    Si fue en Isallavi donde Evo nació y se jugó la vida antes de nacer no fue ahí donde aprendió a hablar castellano, un idioma extraño para un niño que estaba acostumbrado a comunicarse en aymara. Ahí sólo aprendió a rezar el Padrenuestro en castellano porque era lo único que su mamá sabía de ese idioma extraño. Tampoco fue en su tierra natal donde le enseñaron a leer y a escribir. Fue en el norte argentino, en la comunidad de Galilea, donde acudió a su primer día de clase mientras sus padres se destrozaban el cuerpo en las plantaciones quemantes de caña de azúcar de ese país ajeno y desconocido, y su hermana Esther cocinaba para la familia que emigró por primera vez (no sería la última), desesperada por encontrar días mejores.

     

    María Tuco Bonifaz y Juan Pablo Vera Ayma se acuerdan del pasado de Evo cuando éste había retornado a Isallavi desde Argentina, después de aquella primera misión de sobrevivencia que había emprendido ese clan de campesinos pobres. Ante la falta de una escuela en su pueblo, fue inscrito en Calavillca, de nuevo a primero básico (1965), otro pueblo extraviado en el desierto helado al que el novato escolar llegaba una hora después de salir de su casa de barro. Rutina que cumplió casi todos los días hasta terminar quinto básico.

     

    Pero a Evo, sobre todo se lo recuerda como el pelotero zurdo que, aburrido de ganar todos los campeonatos inter-ayllus, se lanzó como director técnico de su equipo y que tras una seguidilla de victorias se consagró como el seleccionador más joven de Orinoca. María Tuco Bonifaz no se equivoca. El propio Evo confirma las afirmaciones de su amiga de infancia de cara apergaminada y un cuerpo que parece de superviviente de una larga huelga de hambre: “Cuando tenía 13 años (1972) fundé un equipo de fútbol en mi comunidad y participábamos en los campeonatos. Yo era el capitán, el delegado, el árbitro, el entrenador, el preparador físico y el goleador. Era como el dueño del equipo. Mi papá me ayudaba, él también era amante del deporte. Vendíamos la lana que trasquilábamos a las llamas para comprar las pelotas y los uniformes. A los 16 años los tres ayllus de la comunidad me eligieron como director técnico de la selección de todo el cantón”.

     

    Antes tuvo que demostrar a don Dionisio que había nacido no sólo para arrear llamas y peluquear ovejas, sino también para jugar al fútbol en todo tipo de cancha. Es por eso que cuando las llamas estaban pastando en los cerros, agarraba su pelota de trapo y con ella corría haciendo zigzag por entre las patas de los silenciosos animales y metía goles en el arco de paja-brava ante la mirada perruna de Trébol, su mascota de la suerte.

     

    Hugo, que físicamente está fabricado a imagen y semejanza de su hermano mayor (tiene la misma sonrisa achinada y su cabello le cae como las hojas de un libro abierto sobre su frente sin brillo), también pone en evidencia que su padre fue un mecenas a manos llenas del equipo de fútbol que fue bautizado con un nombre que hace alusión al espíritu de lucha y unión que les exige la vida para sobrevivir en el altiplano: Fraternidad. “Evo creció apoyado por mi padre, él siempre lo incentivaba moralmente”. Pero no lo dice haciendo muecas de envidia porque sabe que así como Evo creció bajo las alas de don Dionisio, él era el que concentraba los cuidados de su mamá, doña María.

     

    A pesar de tener asegurada la atención de su madre, este hijo menor no se quedaba con las piernas cruzadas, y en las canchas trataba de granjearse las atenciones de su padre. Mientras Evo avanzaba por la punta izquierda, dice que él corría como una liebre con la camiseta verde y blanco número 7, dominando el lado derecho del mediocampo. “Cada uno estaba obligado a esforzarse. Cuando ganábamos nos daban un trofeíto, que se compraba con el dinero de la inscripción. El premio no nos preocupaba, lo que queríamos era ganar”, recuerda con una voz cargada de una notoria nostalgia. Sus palabras se encienden más cuando desempolva aquel único momento cuando estuvieron, él y Evo, a punto de empezar a soñar con que el deporte podría sacarlos del anonimato y de la miseria.

     

    —El Evo se probó en el club profesional San José de Oruro el año 1977 cuando tenía 18 años y yo en el colegio fui campeón de atletismo, corrí 400 metros planos en 58 segundos, todo un récord.

     

    Su entusiasmo se ahoga a medida que sigue hablando.

     

    —Salí elegido para ir a Tarija a participar en los Juegos Estudiantiles, pero sólo en pasaje para viajar en bus (que era su gran deseo) se tenía que gastar mucha plata. No pude ir...

     

    Sobre Evo y sus aspiraciones por ser del equipo de los santos no sabe exactamente qué es lo que pudo haber pasado, aunque cree que sucedió lo que permanece escrito en las tablas de piedra de la historia humana: “Los pobres siempre han fracasado por falta de apoyo”. Claro, esta máxima no tiene sentido después del 18 de diciembre de 2006, cuando Evo, el miserable económicamente, tuvo el apoyo del 54% de los votantes y ganó cómodamente las elecciones nacionales de Bolivia.

     

    Sobre su paso relámpago por el club San José los actuales dirigentes creen que pudo ser posible que el Evo se haya probado en el equipo, a pesar de que no tienen documentos para demostrarlo. Aunque aclaran que casi nunca (y antes, peor) registran en un libro a los jugadores que piden una oportunidad para mostrar su talento.

     

    Si Hugo siente un sabor agridulce cuando se acuerda de su corta vida deportiva, Evo suspira profundo, como si se tratara de un primer amor, al recordar que su mayor sueño de niño era subirse en esos buses gigantes, que veía transitar por la carretera por donde pastoreaba su rebaño de llamas, llenitos de gente que arrojaba por las ventanillas cáscaras de naranja, las que luego él levantaba repletas de tierra para llevárselas a la boca porque el hambre podía más que el asco. Desde entonces, recuerda que una de sus aspiraciones era subirse en esos bichos gigantes de acero. Ahora le parece mentira que pueda viajar en avión, y a veces cree que la nave pasa por encima de las rutas por donde caminaba y de donde recogía y comía esas cáscaras de naranja que arrojaban los pasajeros por las ventanillas de los buses.

     

    De aquellas caminatas por esos bosques de piedra y arena no se olvida, pero principalmente de aquella que realizó junto a su padre en 1971, cuando tenía 12 años. Ambos salieron rumbo al pueblo de Independencia, en Cochabamba, para intercambiar llamas por alimento porque en Isallavi y otros pueblos se había acabado la papa y el chuño. Llegaron después de avanzar durante un mes a paso lento. Pero lo que Evo recuerda con asombro no es a su papá, ni a sus animalitos, ni a la furia del viento, ni al frío que tuvieron que vencer para llegar a su destino. Lo que no se olvida es que era un 21 de agosto cuando caminaba arreando sus llamas lanudas y de pronto, mediante la radio que colgaba de su cuello, se enteró del golpe de estado de Hugo Bánzer Suárez, el mismo general que mucho tiempo después (1997), cuando retornó al poder –esta vez por el camino de unas elecciones democráticas- se comprometió ante los Estados Unidos para luchar contra Evo y la hoja de coca, a través del programa Plan Dignidad que garantizaba la eliminación total de los cultivos excedentarios en el Chapare.

     

     

    Trompeta, botas y autoexilio

     

    1971 fue un año salado para Evo, no por culpa de la dictadura de Bánzer y de su séquito de embotados que, como ocurre en casi todas las dictaduras del mundo, gobernaban el país a patadas. Fue la naturaleza que con sus soldados mejor entrenados para matar, el frío y el viento, volvía a dejar sin producción agrícola y con la olla vacía a los humildes mortales que vivían sobre aquel lomo polvoriento del altiplano. Evo estudiaba sexto en Orinoca, cuando atrapado por las incertidumbres de la adolescencia hizo méritos para que su padre, aquel que tenía esperanzas de que no sólo llegara a ser un buen patea-pelotas, sino también un ejemplar estudiante, le dijera con una voz de trueno: “Tú ya no sirves para el estudio, tú eres para la llama”. Lo enfureció que hubiera pasado de curso por compensación, arrastrando los pies con desgano, como si no supiera utilizar la cabeza con el mismo fervor con que movía sus pies a la hora de patear el balón de cuero, de trapo, o de lo que fuera. El propio Evo recuerda que de castigo, al año siguiente (1972) no entró al colegio y que padre e hijo se lanzaron a los pueblos más lejanos con una tropa de llamas en busca de comida porque en casa sólo les quedaba una bolsa de maíz blanco y carne seca para calmar el hambre que, cuando cae la noche, duele más y no deja dormir.

     

    En 1973 fue cuando Evo descubrió la vergüenza. A comienzos de aquel año, después de haber vuelto de los lugares lejanos con abundante maíz y sin llamas, don Dionisio le dijo: “Vas a volver a la escuela”, y él le contestó: “No, porque mis compañeros deben estar en octavo y yo cómo voy a entrar a séptimo”. Don Dionisio lo quiso obligar a que entrara. Evo se resistió llorando. Pero el subdesarrollo tenía soluciones efectivas para casos como éste, aunque muy onerosas tratándose de la miserable economía de la zona: “Mi papá cada día venía con una oveja desde Callavillca hasta Orinoca seguramente a convencer al profesor y al director, y una tarde volvió diciendo, vas a entrar a octavo, ya estás inscrito. Entré y ese año fui abanderado del colegio”. Sin querer, quizá aquel fue un acto de corrupción inocente que nunca llegó a cuestionar. Su padre había sobornado a los profesores para que el hijo mayor, el de carácter fuerte, el que detestaba sentirse menos que sus compañeros, se nivelara en el colegio.

     

    Aquel año no sólo descubrió que podía ser un alumno aplicado, sino también un trompetista de pico fino y armonioso. Fueron tres hombres y uno que otro maestro ambulante los que le enseñaron el arte de hacer música soplando. Al primero que Evo vio con la jeta de la trompeta en la boca fue a su padre y éste le enseñó una forma cariñosa de agarrar aquel instrumento metálico que, años después, cuando se encontraba sólo y lejos de casa, en Oruro, sería su salvavidas y su brújula en pleno naufragio. Santiago Tuco, que tiene una casa pobre en una curva del camino sobre la espalda de una minúscula montaña sin árboles, entre Isallavi y Calavillca, fue su segundo mentor musical. Con él aprendió, según su nieta María Tuco Bonifaz, a armar una canción alegre, de esas que se ponían de moda en las fiestas patronales que alborotaban a la campesinada incluso antes de que llegaran los prolongados días de los festejos que tenían el poder de paralizar la incipiente actividad económica de los pueblos, y cuya estructura no se basa en el libre mercado, sino en el trueque: “Tú me das estito y yo te doy este otrito para que ninguno de los dos nos muramos de hambre”.

     

    Anoticiados de que la pobreza no les había quitado las ganas de embriagarse bailando al ritmo de los truenos musicales, por aquella época, según Hugo Morales, llegaban como moscas a Orinoca cualquier cantidad de hombres que juraban por todos sus muertos ser expertos en enseñar a tocar cualquiera de los instrumentos de los que está compuesta una orquesta del occidente del país. “Los cursos de música estaban de moda”, dice el hermano menor de Evo, que, sentado en un sofá rojo tirando a sangre, en su casa ubicada en una calle angosta cerca de la terminal de buses de Oruro, recuerda que cuando a los maestros se los veía bajar de las carrocerías de los camiones Mercedes Benz que llegaban dos veces por semana desde la capital, transportando gente y animales domésticos y de corral, los niños del pueblo aparecían como plagas y los rodeaban para hacerse anotar en la lista de los que soñaban en convertirse de la noche a la mañana en verdaderos músicos profesionales para dejar de ser pobres. Pero a ninguno de esos maestros ambulantes les debe tanto Evo como a Ponciano Wilcarani, el esposo de Esther y un artista de pura sangre, famoso entre los vivientes de aquel pueblo sin vida por pertenecer a una familia de músicos de talla alta. Hugo asegura que fue el cuñado quien le enseñó al joven aprendiz todos los secretos para “hacerla hablar en mil idiomas a la trompeta”.

     

    Evo fue uno de los que aprendió a tocar ese instrumento de la noche a la mañana. Estando todavía en Orinoca tocó para la banda 21 de Septiembre, la que años después se trasladó a Oruro donde fue rebautizada como Real Imperial porque la competencia era despiadada y había que convencer a los clientes empezando por el nombre y terminando por la fachada de los integrantes. “La primera y única vez que me puse un saco fue cuando tocaba la trompeta en la Real Imperial”, respondió Evo cuando volvió de su gira por los cuatro continentes después del 18 de diciembre del 2005, cuando ganó la presidencia de Bolivia. Aquella vez, Evo daba explicaciones del porqué no se había puesto un traje de etiqueta para visitar a los presidentes y a un rey (el de España), el mismo que tuvo la ilustre idea de regalarle una corbata después de verlo llegar con una chompa de rayas horizontales de varios colores. “No me pongo traje porque la mayoría de los bolivianos no viste así. Nunca me lo puse, en realidad sólo una vez, cuando tocaba en una banda de música”, remataba con un tono seguro y con el que cerró la discusión sobre su afamada chompa a rayas que, según su hermana Esther, fue el regalo de una amiga en el día de su cumpleaños.

     

    A sus 17 años, Evo abandonó el suelo materno y dejó atrás a su equipo de fútbol; y su padre se quedó sin su mano derecha; y su madre sin aquel hijo que a sus cinco años se lanzó al fuego como protesta para que no se olvide que ya era hora de llenarle la panza. Marchó a Oruro, a la capital del departamento, a esa ciudad minera a la que para ingresar se necesita, primero, atravesar un desierto donde es común ver a hombres, mujeres y niños que caminan encogidos, de memoria, sin mirar al frente. Lo dejó todo para ir en busca de un colegio donde puediera salir bachiller. Allí se inscribió en un establecimiento educativo para pobres, el Marcos Beltrán Ávila, adonde se llegaba sólo a pie por un sendero accidentado porque las calles todavía no se habían inventado en esa zona de la ciudad.

     

    Salir bachiller no era el único sueño que lo animaba a seguir viviendo. Evo quería ser periodista porque pensaba que los periodistas estaban siempre informados de todos los entuertos que ocurren en el mundo. Esther y Hugo coinciden en que su hermano nunca les dijo que quería ser presidente, que tampoco tomaban en serio sus inclinaciones por el periodismo y que creían que iba a terminar ganándose la vida como pelotero, o en el mejor de los casos, como trompetista.

     

    En Oruro, Evo fue un poco de todo. Durante el día, además de asistir al colegio, trabajó como panadero y ladrillero (este trabajo le causó problemas de salud debido a que estuvo expuesto al horno demasiado tiempo), y en las noches sacaba fuerzas para soplar la trompeta en su banda: la Real Imperial. Empezó a viajar a los centros mineros del sur de Potosí y a otros rincones de Bolivia, lugares que, según vio, tenían mucho en común con su Isallavi, con su Orinoca: eran igual de miserables. Al día siguiente de la fiesta amenizada por su banda se encontraba con campamentos mineros, con puebluchos de mala muerte, dueños de una pobreza que aullaba de dolor, pero era un aullido sin fuerza, casi al oído, casi de resignación. Además veía cómo unos hombrecitos eran tragados por las bocaminas por donde entraban para sumergirse en los intestinos de los cerros que en sus vientres guardaban minerales de los que ellos nunca se beneficiaban.

     

    En Oruro fue cobijado por su hermana Esther, que vivía en esa ciudad desde los 15 años, sus padres la habían mandado a buscar trabajo porque necesitaban que alguien les enviara dinero para ayudar a “parar la olla” y, de paso, le había dicho don Dionisio que aprovechara para estudiar corte y confección, un oficio noble que le garantizaría, en caso de que no encuentrase marido, una vida no tan sacrificada como la que venían soportando él y su esposa María. Esther no olvida los actos discriminatorios que la sociedad orureña practicaba contra los llegados del campo. A ella la emplearon en una casa cercana a la plaza principal para que se ocupara de cocinar, lavar y planchar y mantener aseado el lugar donde vivía un matrimonio de comerciantes que tenía la maña de echarle llave a la vitrina donde se guardaban los panes para que cuando la Esther llegara en las mañanitas, “muerta de hambre”, no pudiera comérselos.

     

    Donde todos eran medidos con la misma vara era en el Marcos Beltrán Ávila, ahí estudiaban hijos de padres que habían sido arrastrados a la ciudad porque en las zonas rurales, donde nacieron ellos y sus hijos, ya habían perdido las motivaciones para vivir debido a la escasez de alimentos. Pese al nivel de pobreza de los alumnos, recalca orgullosa Alicia Luna Tórrez, la directora, en las aulas de ese establecimiento se formaron alumnos que luego se convirtieron en “grandes hombres de la patria”, como es el caso de Evo Morales Ayma (sin embargo, algunos meses después, la directora se arrepentirá de adular al presidente).

     

    Es octubre de 2005. La directora hurga en los cajones de un mueble amarillo, parece hecho de madera de roble, y saca una hoja de papel bond marchita doblada en dos. “Es la invitación que hicieron los muchachos de la promoción de 1977 para entregar a sus familiares y amigos para que asistan a la graduación. Aquí está el nombre del Evo”, explica emocionada, como si hubiera encontrado un mapa que lleva hasta el lugar donde se encuentra un tesoro escondido.

     

    Es que de verdad ahí estaba el nombre del presidente: Morales Ayma Juan Evo. Así, como acostumbran llamar la lista los profesores. Primero el apellido paterno y después las menudencias. Era el número 20 de la nómina del cuarto curso, escoltado por Montaño Maldonado Gualberto y Peñaloza Vásquez Oscar. En total eran 37 alumnos. La graduación fue fijada para la tarde del sábado 8 de octubre, que es el mes aniversario del colegio fundado en 1964. En aquel solemne acto, el coro del colegio, según consta en el respectivo programa, había interpretado dos números musicales en ritmo de taquirari: Misterios del corazón y ¡Oh! mi Oruro.

     

    La directora, aún sedada por el documento, también revela que el colegio guarda celosamente las notas de las materias de tercero y de cuarto medio que cursó el Evo, pero que no puede darlas a conocer porque el secretario que tiene las llaves del otro mueble donde están guardadas esas reliquias no ha venido porque acaba de fallecer uno de sus parientes cercanos. “Llamame otro día y te las daré”, asegura con un tono que no deja lugar a dudas de que se trata de una mujer de palabra.

     

    Un mes después de haberme internado por todos los rincones del país averiguando la vida de cuando el Evo fue niño, joven y adulto, desde Santa Cruz marqué el teléfono de la directora Alicia Luna Tórrez para que cumpliera la palabra empeñada. La sentí seca, desconfiada, como si nunca hubiera hablado conmigo y me preguntó más de una vez quién era yo. Se excusó y pidió que la llamara dentro de dos días. ¿Qué pudo haber sucedido para que la directora no quiera revelar las notas del presidente? Sucede que tenía razones para desconfiar hasta de su sombra. Durante los primeros días de septiembre casi se volvió loca porque unos desconocidos, enterados de que en el Marcos Beltrán Ávila había estudiado el Evo, le tendieron una trampa para robarle varios miles de dólares. Una mañana recibió un telefonazo, supuestamente desde Estados Unidos. La voz de un hombre que se identificó como Juan Ramón Quintana, ministro de la Presidencia de Bolivia, le dijo que las Naciones Unidas habían donado 100 vehículos a Bolivia, y que dos de ellos, por gratitud, correspondían al establecimiento que había formado intelectualmente al símbolo de los indígenas de América Latina, a Evo Morales. Sin embargo, como ese regalo no contemplaba gastos de envío, su interlocutor le pidió que le depositara 7.000 dólares en una cuenta bancaria de Estados Unidos que, según el supuesto ministro de la Presidencia, pertenecía a la Embajada de Bolivia en Washington. Emocionada, la directora comunicó la noticia a su cuerpo de profesores y ellos le autorizaron para que ejecutara la operación financiera. Tan contentos estaban que le dijeron que aunque sea mandara los 1.685 dólares que tenían disponibles en la caja chica y que después conseguirían el resto. Pero después de haber realizado el primer envío, no volvió a tener noticias de su benefactor y los buses prometidos –obviamente- nunca llegaron. La directora acudió a los estrados judiciales y denunció que la Policía de Oruro había participado de la estafa, puesto que fue desde el teléfono de la oficina policial cercana al colegio desde donde llamó el dizque ministro Quintana. Un teniente, todo diligente, había ido a buscar a la directora diciéndole: “Profesora Luna, una alta autoridad del Evo ha llamado a la oficina porque dice que no sabía el número telefónico del colegio. Venga rapidito, quiere hablar con usted. Dice que le tiene un regalito”.

     

    Cuando volví a llamarla a los dos días de su negativa para entregar las notas del presidente, la encontré dispuesta a cumplir con su palabra. Tras el saludo procedió a cantar las calificaciones del alumno Morales Ayma Juan Evo: “Las notas fueron sobre la base de 70”, aclara antes de revelar que en tercero medio pasó raspando las materias de Física (37) y Química (39), y que sus mejores notas eran las de Geografía (53), Cívica (52), Historia (51) e Inglés (51). En cuarto medio todas sus calificaciones habían pasado de 40. La más baja fue la que sacó en Física (41) y la más alta esta vez la consiguió en Filosofía (52).

     

    En los pasillos del colegio de dos plantas ronda una historia que la prima de Evo, Adela Ayma, hizo popular: cuando éste y sus compañeros cursaban cuarto medio viajaron a la ciudad de La Paz para conocer el Palacio de Gobierno. Pero los encargados de comunicación no les permitieron hablar con el entonces presidente, el dictador Hugo Bánzer Suárez. Evo, enfurecido, había manifestado aquella vez que algún día llegaría a ser mandatario de Estado y comunicó a sus compañeros de curso que ellos serían sus ministros y que cuando eso suceda siempre estaría dispuesto a recibir en su despacho a todos los alumnos de los colegios de Bolivia.

     

    Evo no cumpliría aquella promesa y sería (ironías de la vida) al colegio donde él salió bachiller al que le negaría una audiencia.

     

    En febrero de 2006, los directivos del Marcos Beltrán Ávila le enviaron al presidente una carta solicitando un encuentro de cinco minutos, puesto que lo que querían era comunicarle personalmente que, orgullosos de que su excelencia hubiera estudiado en las aulas de dicho establecimiento educativo, el cuerpo de docentes, administrativos y alumnado en general, decidió otorgarle una plaqueta de reconocimiento, la misma que le sería entregada en un acto especial a realizarse en las instalaciones del colegio, o si no podía él disponer de un tiempo para tal asunto, una comitiva iría a su despacho para hacerle llegar la distinción. “Evo nos mandó una carta fría, diciendo que no podía recibirnos”, narra decepcionada la directora, Alicia Luna Tórrez. Se le rompen las palabras cuando recuerda aquello. Pero el mayor desaire vendría semanas después. “Yo misma fui al Palacio Quemado, acompañada de otros profesores, para entregarle en persona la plaqueta de reconocimiento. Es que pensaba que la carta que le enviamos quizá nunca llegó a sus manos. Quisimos darle una segunda oportunidad. Pero esta vez nos fue peor. Nos hizo decir que no podía atendernos”, recuerda quebrada por el desaire.

     

    Hay otra cosa más que terminó de romper el corazón de Alicia Luna Tórrez. “Me he enterado que hasta dice que no ha salido bachiller”, balbucea, incrédula por “semejante mentira”. Si aquí están sus notas. Hasta foto de él con sus compañeros tenemos. La tomaron cuando fueron de viaje de promoción a Copacabana, en La Paz. Ahí está Evo en la foto, flaco y melenudo como un espantapájaros y vestido a lo Elvis Presley, con su camisa de cuello parado apretada al cuerpo y su pantalón bota-ancha.

     

    El hijo mayor de Esther, Adhemar (25), enterado de que su tío anda diciendo que no terminó la secundaria, lo defiende: “Es que Evo es una persona correcta. Él sabe que pasó de curso con la ayuda de sus compañeros. Debido al trabajo que ocupaba gran parte de su tiempo, no podía cumplir con los trabajos prácticos, y sus amigos más cercanos, conscientes de esa situación, se lo hacían, pues. Por eso él prefiere decir que no ha salido bachiller”.

     

    Pero para Luna Tórrez no hay excusas. En consejo de profesores tomó la decisión de guardar bajo siete llaves la plaqueta de reconocimiento fabricada para el presidente, y juró nunca más poner a Evo como ejemplo de vida ante los alumnos. Ella recuerda que los días lunes, después de entonar el himno nacional, y en las horas cívicas, los maestros repetían como loros que “es posible alcanzar todas las metas si uno se lo propone, ¿acaso Evo, el niño pobre, el campesino de Orinoca, el que estudió en el poderoso Marcos Beltrán Ávila no era un claro ejemplo? No había excusas señores. Si el Evo pudo, a pesar de todas las barreras que se le interpusieron en su camino, ustedes, queridos alumnos y alumnas, también tienen toda la capacidad para ser grandes, como nuestro Evo”.

     

    Ese discurso ya es cosa del pasado. Desde el desaire en Palacio, está prohibido que en el Marcos Beltrán Ávila se mencione su nombre. “En este colegio, ese hombre no es bienvenido, a menos que se disculpe”. Es la última palabra de la directora. En la fachada del colegio está escrito: “Evo ateo 666”. El establecimiento no se ha otorgado la autoría.

     

    Volvamos a 1977, cuando Evo estaba en cuarto medio, y él y sus compañeros no pudieron ingresar al Palacio de Gobierno para saludar al presidente. Si aquella vez no pudo ver personalmente a Hugo Bánzer, se toparía con él casi un año después en condición de soldado del Estado Mayor de La Paz, donde cumplía su servicio militar obligatorio. 1978 fue el año en el que Evo fue testigo cercano de la primera caída del dictador. El 21 de julio, Hugo Bánzer fue derrocado por Juan Pereda Asbún, quien a los tres meses y tres días de gobernar Bolivia también murió en su ley: David Padilla Arancibia, que era su comandante de Ejército, le arrebató la presidencia utilizando la herramienta que en aquella época Estados Unidos había puesto de moda para que el comunismo de Fidel Castro no floreciera en América Latina: el golpe de Estado.

     

    Evo dejó La Paz tras terminar su año de cuartel. No volvió a Oruro y cuando llegó a Isallavi confirmó algo previsible: mientras el Palacio de Gobierno había estrenado dos dictadores en un solo año, su pueblo natal seguía sumido en el abandono, indiferente a todos los cambios que ocurrían a tan sólo 450 kilómetros de ahí. Sus pocos pobladores, entre ellos sus padres, estaban, como siempre, ocupados en las batallas cotidianas para seguir existiendo. Evo volvía a trabajar hombro a hombro con su familia después de haber decidido archivar sus sueños juveniles de ser futbolista o periodista. En 1980, una tragedia azotó a varias comunidades campesinas del occidente. Una prolongada sequía destruyó el 70 por ciento de la producción agrícola y mató al 50 por ciento de los animales. Eso no sería lo peor. “Después llegó una helada terrible que quemó toda la producción y también todas nuestras esperanzas de conseguir algo de comida y dinero. Mi papá estaba muy decepcionado, triste como nunca; mi mamá, preocupada, se puso a llorar”, relata Evo sobre aquel episodio que obligó a su familia a tomar una decisión que, sin saberlo, a él le cambiaría radicalmente la existencia.

     

    Con la lucidez que guardaba a pesar de aquellos momentos grises, don Dionisio, con la ayuda de Evo, decidió jugar su última carta de supervivencia en una tierra lejana, de la que había escuchado decir que era un lugar privilegiado porque tenía un cielo que siempre paraba encapotado y que, al vaciar sus aguas de una manera programada, hacía que la tierra puediera parir alimentos como para saciar el hambre de todo el mundo. Con esa ilusión prendida en el alma, don Dionisio y el Evo partieron hacia el Chapare una buena mañana de 1980, montados en la carrocería del legendario camión Mercedes Benz que pasaba por Isallavi dos veces por semana moliendo los arrugados caminos que se pierden por las cornisas que observan en silencio el altiplano boliviano.

     

     

    Este texto corresponde al capítulo inicial de Un tal Evo. La biografía no autorizada del presidente de Bolivia, Evo Morales. Publicado originalmente en 2007 por la editorial El País, el mismo año se agotó y tuvo una segunda edición, y les valió a los autores el premio Ortega y Gasset. Esta es la nueva edición en eBook.

     

     

    Darwin Pinto (1973), Premio Nacional de Periodismo, finalista del Premio José Martí y autor de libros de cuento El colmo de la Infamia, Sabayoneses y de la novela La máquina de Aqueronte. En Twitter: @DarwinPintoC

     

    Roberto Navia Gabriel (Bolivia, 1975) es periodista. En FronteraD ha publicado Esclavos made in Bolivia, El extraño caso Rózsa, el húngaro que iba para jefe de policía en Bolivia (con Tuffi Are) y Carne de minero boliviano (incluido en el libro Crónicas de perro andante, escrito con Claudio Ferrufino-Cocqueugniot, publicado la editorial La Hoguera). En Twitter: @RobertoNaviaG

     

     

     

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