Julio Ramón Ribeyro. Foto procedente de la portada de su libro "La tentación del fracaso" (Seix-Barral)

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    La tentación de Madrid en los diarios de Julio Ramón Ribeyro

    Ulises Gonzales - 28-08-2014

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    Como tantos otros escritores en búsqueda de la experiencia europea, Julio Ramón Ribeyro llegó a Madrid en 1952, a los 23 años. Ribeyro escribió mucho, mientras se ganaba la vida publicando en Lima algunos de sus textos y realizando trabajos eventuales en Europa: repartiendo periódicos, de conserje de un edificio. Esta vida es descrita con gran detalle en sus diarios íntimos, publicados con el título de La tentación del fracaso. Estos diarios abarcan un período de casi tres décadas, entre 1950 y 1978 y ciudades colocadas entre territorio americano y europeo: Lima, Ayacucho, Madrid, París, Amberes, Múnich, Hamburgo, Frankfurt y Berlín. Los diarios fueron revisados y publicados por el autor en tres tomos, en Lima. Póstumamente fueron agrupados en uno solo por la editorial Seix Barral y publicados como libro en 2003. El diario madrileño cubre un período de poco más de seis meses, la segunda estadía de Ribeyro en Madrid, entre enero y julio de 1955.

     

    Durante sus años europeos, el diario de Ribeyro se convirtió en el principal testigo de la relación interdependiente entre el artista y la ciudad. Como otras ciudades –en especial París–, Madrid también alimentó su proceso creativo. Su relato ‘Los españoles’, contenido en la colección La palabra del mudo, es una ventana que permite ver, entre las rendijas de la ficción, el tono de la relación de Ribeyro con Madrid. Se retrata aquí al artista pobre, resignado a una vida modesta, limitada, que parece contrastar con la vida burguesa, acomodada, que llevaba en Lima y también con una experiencia, más provechosa, en París. Dice Ribeyro:

     

    “He vivido en cuartos grandes y pequeños, lujosos y miserables, pero si he buscado siempre algo en una habitación, algo más importante que una buena cama o que un sillón confortable, ha sido una ventana a la calle. El más sórdido reducto me pareció llevadero si tenía una ventana por donde mirar a la calle. La ventana en muchísimos casos, reemplazó para mí al amigo lejano, a la novia perdida, al libro cambiado por un plato de lentejas. A través de la ventana llegué al corazón de los hombres y pude comprender los consejos de la ciudad”.

     

    “Una ventana” es lo único que necesita este escritor. Desde su observación de la calle, de la ciudad y de sus habitantes, Ribeyro reconstruye la ciudad que necesitan sus ficciones. Así es como Ribeyro construye su Madrid.

     

    Las ciudades fabricadas con letras, gracias a la paciencia u obsesión de algunos escritores, se transforman en espacios reales en la mente de los lectores. La ciudad se puede aprehender a través de los actos de la imaginación. Algunas de ellas, como el Dublín de Joyce o el Miraflores de Vargas Llosa, por citar solo algunos ejemplos, son el resultado de aquellos múltiples esfuerzos en conflicto que hacen visible la vida urbana. Desde los ojos del escritor, la ciudad se convierte en su representación del cosmos.

     

    En la obra de Ribeyro hay una constante vocación por el proceso de creación de ciudades literarias. En el caso de Lima es una obsesión. En el caso de otras urbes representadas en su obra, si bien Ribeyro sabe que no puede competir, por ejemplo, con la versión totalizadora del París de Balzac o el Madrid de Larra, sí hay una intención explícita de que sus ciudades de ficción representen, dentro de la memoria colectiva, a la del artista latinoamericano asentado en ella. Ribeyro, en algunas páginas de su obra, deja clara esta misión. En una de sus crónicas literarias, ‘Gracias, viejo socarrón’, que trata del proceso por el cual Ricardo Palma inventó a la Lima virreinal gracias a sus Tradiciones peruanas, Ribeyro dice:

     

    “Que hay escritores profundamente identificados con su ciudad natal o adoptiva es un hecho conocido. La obra de estos autores es inseparable de la ciudad en la que vivieron y sobre la cual escribieron: Balzac y París, Dickens y Londres, Joyce y Dublín, Musil y Viena, etc. Gracias a ellos, estas ciudades nos son familiares, podríamos decir que las conocemos (así nunca hayamos puesto los pies en ellas) que hemos tenido acceso a su espacio y a su espíritu”.

     

    Sin embargo Ribeyro va más allá de hacernos un catálogo de ciudades conceptualizadas por escritores. Él procede, además, a demostrarnos que hay urbes necesitadas de escritores: ciudades que son irrelevantes porque la ficción de un autor de genio aún no las ha creado. Por eso se pregunta Ribeyro: “¿Quién es el Balzac de Berlín, el Dostoievsky de Bruselas, el Eça de Queiroz de Brasilia?”. Las ciudades pueden haberse convertido en centros de interés político, de interés económico, histórico o urbanístico, pero la literatura es la que les otorga una plusvalía, al brindarles la multidimensión que solo puede ofrecerles el hecho de ser fecundadas por un narrador. Las construcciones ficticias pueden ser delirantes y alejarse bastante de la realidad, pero Ribeyro señala que es “gracias a esos autores o libros que dichos espacios dejan de ser espacios geográficos para convertirse en espacios espirituales, santuarios que sirven de peregrinación”.

     

    Esa apropiación y posterior transformación del espacio geográfico en espiritual empieza con la observación desde la ventana. Luego, el proceso se complementa con las caminatas: Ribeyro recorre la ciudad, frecuenta los cafés, descubre los callejones y se somete al dictado de las calles y plazas de Madrid. La observación, meticulosa, permite al escritor apropiarse de sus espacios urbanos. El deseo de leer la ciudad es satisfecho por la caminata. “Caminar por la ciudad es leerla”, decía el teórico francés Michel de Certeau. De acuerdo con Certeau, el caminante posee una visión creativa de la realidad urbana. Ribeyro reescribe Madrid (y se apropia de ella) al caminar por sus calles. Es un Madrid matizado, leído y reescrito no solo desde su condición de peruano, sino también desde su experiencia previa: su trato con la Lima y el París (muchos de sus mejores cuentos tienen una fuerte presencia parisina) de los años cincuenta. En los diarios madrileños de Ribeyro, la ciudad que se compone ante los lectores es una combinación de la mirada del voyeur con la caminata de quien descubre las calles y las compara con otras que ya conoce:

     

    “Es curioso, pero en Madrid pierdo la capacidad de concentración y tiendo a extrovertirme. Me resulta difícil permanecer solitario, reflexionar, en consecuencia, mantener con regularidad este diario. Prueba de ello es que durante los ocho meses de mi primera residencia en esta ciudad (noviembre de 1952 a julio de 1953) no escribí ni una sola línea en este cuaderno y más bien frecuenté los cafés y a los amigos. En París todo resulta distinto. Es una gran escuela de soledad”.

     

    Es mediante este doble juego de observación e interacción madrileña, de alejamiento y acercamiento, que Ribeyro construye Madrid. Así es como esta ciudad que podría ser otra entidad anónima y universal, que podría cumplir tan solo con la misión de alojar por unos meses al escritor, se transforma, poco a poco, en un nombre propio: en la ciudad. La ciudad así construida, afirma Certeau, provee un modo de concebir y de construir el espacio sobre la base de un número finito de propiedades estables, aislables e interconectadas.

     

    La tentación del fracaso es un libro sobre la vida de un escritor viviendo en varias ciudades. Sin embargo, dos de estas urbes funcionan como referencias principales, como polos de comparación contra los cuales Ribeyro mide Madrid. Una de ellas es Lima. A través de su narrativa, Ribeyro ha conseguido elevar a Lima al nivel de aquella lista que elabora de ciudades fabricadas por escritores. En la Lima ribeyriana tienen mucho que ver los componentes sociales. Esto es importante, porque permite ver los ejes de interpretación de la ciudad que Ribeyro también aplicará en sus diarios madrileños. Sobre la representación de la sociedad limeña por Ribeyro, José Miguel Oviedo dice en su prólogo a Narradores peruanos:

     

    “Las tristes barriadas limeñas, el sórdido horizonte del lumpen proletariat, la mezquina condición del empleado, la monotonía y la frustración existencial de nuestra clase media, son los materiales básicos con los que Ribeyro traza una imagen agudamente crítica de las pugnas violentas que se desarrollan bajo la superficie indiferente y frívola de Lima. Son cuentos realistas pero contienen una fuerte cuota simbólica: lo que en el fondo quieren mostrarnos es la sempiterna lucha entre la realidad y la ilusión”.

     

    Se puede asumir que el acercamiento a Lima es más profundo, porque es observada y leída dos veces por el autor: la primera, antes de viajar a Europa; la segunda, cuando Ribeyro regresa de las capitales europeas para asentarse entre sus calles a esperar la muerte: se le diagnosticó un cáncer de pulmón que le traería una muerte fulminante. Su “agonía” en Lima se prolongaría durante diez años. Los diarios limeños que Ribeyro escribe cuando regresa dan cuenta de una ciudad que se enriquece gracias al ejercicio de juego de reflejos que hace el autor, a sus observaciones filtradas por la experiencia en metrópolis europeas.

     

    La segunda ciudad, el polo de referencia más importante de su vida europea, es París. Los diarios de Ribeyro en Madrid se escriben entre la salida y el regreso a la capital francesa. Es preciso anotar que, dada la época, ninguna otra ciudad podría haber competido de igual a igual con ella. Hay una pasión especial en Ribeyro, cuyo período formativo como escritor se encuentra muy anclado en sus lecturas de Balzac. Dice Mario Vargas Llosa en Entrevistas escogidas: “Sus aficiones eran siempre el siglo XIX –Flaubert, Stendhal, la literatura francesa– y tengo la impresión de que leía poco en inglés; nunca le vi entusiasmado tanto por autores anglosajones como por los franceses”.

     

    Sin embargo, sería injusto atribuir el pacto entre París y las letras del siglo XX solo a la condición latinoamericana de Ribeyro. A la capital francesa llegaban escritores del sur y del norte, atraídos por el mito construido a través de miles de páginas de libros. Estando en Madrid, esa ciudad sofocada por el franquismo, la mera memoria de la capital francesa opaca a la capital española en muchos de los pasajes del diario, como en este del 12 de junio de 1955, donde hay una manifiesta desesperación por no poder escapar:

     

    “¡Volver a París, volver a París, qué obsesión! Escobar y Li parten dentro de una semana. ¿Qué me haré solo en Madrid? ¿Con quién conversaré? ¿Quién se apiadará de mi miseria? No veo la forma de realizar este viaje. Necesito por lo menos cien dólares juntos”.

     

    O en esta otra del 7 de julio:

     

    “Sin noticias de mi casa, sin poder moverme de Madrid. Mi situación es angustiosa. Hoy, por desesperación, vendí un pantalón”.

     

    Es posible especular que en ese breve período en Madrid buena parte de la vida de Ribeyro estuvo matizada por una presencia permanente –una nostalgia obsesiva– de París. También resulta válido suponer que la lectura de Ribeyro de la capital española se hizo comparándola con su lectura de la francesa. Si las ciudades son libros, como dice Certeau, es probable que al leer el libro de Madrid Ribeyro siempre haya estado comparándolo con las páginas de París. La posición de su habitación, la vista desde su ventana, los ruidos que dice escuchar de los trenes llegando a Atocha, sus encuentros en cafés y en bares madrileños, tienen que haber sido comparados con imágenes parisinas.

     

    Otro elemento que se debe considerar en el análisis de sus diarios es la clase social a la cual pertenecía Ribeyro en Perú. Una de las mejores descripciones de cómo aquella condición influiría en su lectura de Madrid proviene de Vargas Llosa, uno de los peruanos a quien Ribeyro frecuentó más durante su vida europea y con quien mantuvo la más cercana y respetuosa relación profesional: Ribeyro fue el único escritor peruano que leyó La ciudad y los perros antes de ser publicada. En una entrevista del año 2002, Vargas Llosa describe al Ribeyro que él conoció por primera vez en París:

     

    “Era casi la caricatura del fin de estirpe, ya que pertenece a una familia aristocrática, una de las familias más antiguas de Lima, venida a menos y arruinada económicamente, integrada en la clase media. Pero, además, en él se daba una especie de indefensión ante la vida, la persona que no ha sido preparada en lo absoluto para dar una batalla en este mundo de fieras que se matan en la vida moderna”.

     

    En los diarios de Ribeyro en Madrid hay una evidente intención por demostrar su pobreza: “¡Qué miseria de vida! He pasado una noche sin dormir, caminando por las calles de Madrid, porque no tenía alojamiento”. La relación de Ribeyro con la urbe está marcada por sus carencias económicas circunstanciales, y también por su formación burguesa. En el contraste entre la vida acomodada de la familia Ribeyro en Lima y este escritor que no tiene para pagarse un cuarto donde dormir, se establece una tensión, un ruido que culmina en la construcción del mito del artista pobre, que escribe en la precariedad, y que se repetirá a lo largo de la obra ribeyriana.

     

    La necesidad económica y la comparación de esta vida de pobre con otro tipo de destino que pueda ocupar el sitio que se le tenía reservado dentro de la clase media limeña es un episodio importante en su diario madrileño. Por ejemplo, en esta anotación del 1 de julio, el autor no solo piensa en una carrera diferente fuera de Europa, sino que se interroga a sí mismo sobre la veracidad de lo que él mismo suele afirmar:

     

    “¿Será verdaderamente uno de mis proyectos –como le digo a mi madre en una carta– el llegar a ser catedrático de la Universidad de San Marcos? Confieso que la idea me seduce, pero siento en mí una radical incapacidad para este tipo de labores. Durante el curso de mis estudios he tenido pésimos profesores y la posibilidad de llegar a ser uno de ellos me aterroriza. Además, en mi caso existe una especie de compromiso tácito con la tradición familiar. ¿Cómo me resignaría a ser un profesor mediocre en una universidad donde dos de mis antepasados fueron rectores?”.

     

    La identidad urbana-marginal de Ribeyro en el Madrid de sus diarios se combina con una posición crítica. El autor analiza y saca conclusiones de los personajes que encuentra a su paso en su experiencia madrileña. Si bien vive con carencias, Ribeyro se sabe propietario de otro tipo de riqueza (¿mal ganada?): una educación privilegiada, obsequio de la clase social de su país. Desde aquella posición, el escritor posee autoridad para criticar. En este pasaje acaba de escuchar a un viejo español que dice a voz en cuello que Franco ha salvado a España:

     

    “Nada me indigna más que la incomprensión, que el fanatismo. Don Pablo es en el fondo una persona generosa hasta el desprendimiento, cordial con los extranjeros, hombre de gran corazón. Pero todo esto, ¿para qué le sirve? De buena gana suscribiría lo que decía Stendhal: ‘Yo no puedo vivir en compañía de personas sin inteligencia, por virtuosas que sean’”.

     

    La condición de clase es muy útil para entender las reglas de las identidades urbanas. Henri Lefebvre ha escrito por extenso acerca de las limitaciones que la planificación urbana pone a la movilidad social. Sus trabajos han analizado cómo los arquitectos de las ciudades son utilizados para construir espacios donde resulta más difícil sublevarse frente al poder del Estado. Partiendo del diseño de París, Lefebvre nos enseña cómo los monumentos y los espacios abiertos cumplen una función al facilitar la vigilancia de las masas y dificultar las reuniones de ciudadanos en espacios estrechos y oscuros. El Madrid donde vive Ribeyro está controlado con firmeza por la dictadura franquista. Madrid es un espacio conquistado por la derecha, el símbolo de la derrota de los republicanos. Ribeyro tiene que sentir esa opresión al comparar esa ciudad sometida por Franco con la libertad de la bohemia parisina. La personalidad burguesa de Ribeyro tuvo que sentirse más cómoda en el París de mediados del siglo XX, una metrópoli donde los espacios –y el diseño de sus barrios– están pensados para la tertulia, las charlas de café. Ribeyro tiene que haber querido los rincones oscuros donde transcurre la bohemia y se puede conversar, o fumar un cigarrillo: la libertad parisina que alimentaba a algunos de los más grandes artistas de aquel siglo. Recién llegado, por segunda vez, a la Madrid conservadora y pueblerina de 1955, Ribeyro siente y se resiente ante el efecto de una ciudad sumida en la pasividad, alejada de la modernidad. A eso le agrega la tristeza de sentirse solo. Así se percibe en esta primera entrada, de carácter casi telegráfico, en su diario madrileño:

     

    “Nuevamente en Madrid (...) Impresión provinciana e irrisoria de la ciudad. Añoranza de París. Desadaptación. Ausencia de antiguos camaradas del Colegio Guadalupe. Necesidad de construir nuevamente mi vida, mi tela de araña. Preocupaciones de dinero. Fetidez de la prensa española. Deseos de escribir”.

     

    Madrid no será París, pero la capital madrileña también es utilizada por el escritor peruano para la construcción del mito del escritor sumido en la pobreza, que se apoya en tres temas, muy recurrentes en sus diarios madrileños: 1) su gusto por la vida desordenada y la bohemia, 2) la irresponsabilidad en el manejo y distribución del poco dinero que le llega desde Lima, y 3) su incapacidad para sentirse a gusto en una ciudad donde no encuentra el amor. En el caso de Madrid, la situación es más crítica porque Ribeyro incluso fracasa en su intento de escribir una novela, como menciona en estas entradas entre el 25 y el 26 de junio:

     

    “Hace ya varios días que me resulta imposible leer un libro, escribir una página, sostener una conversación. Me brutalizo a pasos agigantados. Mi viaje a París tiene casi la urgencia de una medida sanitaria (...) Me asfixio entre ropa colgada, aparatos de radio sonando a toda voz, fámulas que se desvisten con la ventana entreabierta (...) Mi novela perece por inanición. He tomado la decisión de interrumpirla”.

     

    La tensión económica va de la mano de la condición del creador. Para movilizarse por la ciudad moderna es necesario contar con medios propios de transporte o con dinero para utilizar el público. El escritor impago, el bohemio irresponsable, en el caso de Ribeyro, está condenado a no salir de casa más de lo indispensable, a caminar en círculos por las calles más cercanas a su pensión. Alejarse del centro de Madrid puede ser una tortura:

     

    “Hoy día de desesperado porque no tenía cigarrillos, porque no tenía para viajar en tranvía, porque no podía tomarme un café en la calle, fui al Monte de Piedad y empeñé la máquina de escribir que había alquilado la semana pasada para pasar a limpio mis cuentos (...) De modo que de aquí al lunes debo recuperar el aparato del Monte de Piedad; es decir, conseguir 400 pesetas en este Madrid inhóspito, donde no veo quién pueda ayudarme”.

     

    Son muchas las experiencias negativas en la vida madrileña de Ribeyro. Entre las positivas, la más relevante es la que tiene lugar fuera de sus diarios, en una novela breve llamada Solo para fumadores. Allí, un veterano de la Guerra Civil le fía los cigarrillos que Ribeyro necesita durante sus primeros meses sobreviviendo en Europa con una beca pobrísima. Dice Ribeyro que Madrid fue el único lugar del mundo donde fumó fiado. Sin embargo, de aquella primera visita, como Ribeyro explica en sus diarios, no hubo ninguna entrada personal porque su vida madrileña era muy dispersa.

     

    Si bien Ribeyro presenta a Madrid en una situación de desventaja frente a París: un Madrid provinciano, hostil, ignorante, replegado hacia el pasado; estos episodios de nostalgia y hambre son el aporte madrileño a la construcción mítica del personaje Ribeyro. Es decir: la infelicidad del escritor como su destino. Desde una incómoda pieza en el centro, Ribeyro tomó lo que Madrid le daba y recreó en las entradas de sus diarios, en algunas crónicas y cuentos, una ciudad de ficción.

     

    Ribeyro, desde su marginalidad, se apropió de Madrid. El escritor nostálgico, enamorado, ansioso por escribir una novela que no tomaba forma, sin un centavo, disgustado por la mediocridad de algunos de sus interlocutores, fumaba cigarrillos fiados, vendía sus pantalones, escribía cartas en las que les mentía a sus parientes y a sí mismo, y pasaba noches en caminatas sin rumbo, porque no podía pagar un alojamiento.

     

    En La tentación del fracaso, Ribeyro documenta su sufrimiento. Una estadía infeliz en Madrid provee algunos de los mejores ejemplos del personaje del escritor bohemio e irresponsable que el mismo Ribeyro ha construido, con cuidado y paciencia, en muchos de sus textos autobiográficos.

     

    Gracias a este Madrid que no lo trató muy bien, Ribeyro creó algunas de las páginas más significativas de su obra.

     

     

     

     

    Ulises Gonzales (Lima, 1972) terminó sus estudios de maestría en literatura inglesa en Lehman College, City University of Nueva York, donde dicta una cátedra. En 2010 publicó su novela País de hartos con la editorial Estruendomudo. En FronteraD ha publicado Visitando la playa y mantiene el blog Newyópolis. Escribe también el blog literario The New York Street

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