El monje budista que oficia la ceremonia reza mientras los buitres hacen desaparecer los cuerpos inertes.

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    Tian Zang, el entierro celeste y los ángeles tibetanos de cuello largo

    Texto y fotografías: Salvador Arellano Torres - 19-12-2013

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    Son las 12 y en el suelo de cemento de una pequeña sala los cuerpos inertes de un anciano y dos niños esperan envueltos en sus mortajas. Aquí los monjes rezan por sus almas y leen el Bardo Thodol, el libro tibetano de los muertos. La sobriedad de la caseta, situada en el centro del pueblo y sin las coloridas esculturas de otros templos budistas que rematan estas montañas, recuerda a los vivos que ha llegado ese momento en que poco importan los adornos. Al otro lado de la calle, sobre unas tablas de madera, decenas de fotografías de los que ya no están forman un inquietante mural. La imagen de un bebé comparte tablero, entre otras, con la de un anciano a caballo y la de una joven posando frente a un decorado de papel en el que aparece el palacio de Potala, la antigua residencia de los lamas en Lasha. Solo los familiares esperan aquí, frente a este muro de recuerdos, con sus furgonetas
a que terminen las oraciones de los monjes. Ellos mismos trasladarán a los suyos a pocos kilómetros hasta el Tian Zang Li Yi Qu, el área reservada para el ritual funerario.

     

    Cuenta la leyenda que una piedra sagrada voló desde India hasta las montañas de Luo Ruo, en el Tíbet. Se posó a 3.700 metros para servir de altar en la quebrada polvorienta de las únicas laderas de estas tierras en las que no se atreven a pastar los yaks. Donde los muertos descansan y los buitres se alimentan. En el Tian Zang (o Sky Burial, en inglés) los tibetanos ofrecen sus muertos a los buitres, pájaros sagrados que se encargan de llevar las almas al cielo para que continúen con su ciclo de reencarnaciones. Hoy, en Luo Ruo, en la provincia china de Sichuan, tres cadáveres esperan amortajados.

     

    El viento sopla con fuerza y ha comenzado
a nevar, como si los cientos de aves de rapiña que se encaraman en lo alto de una colina reclamaran atención. A pesar de su gran antigüedad, y de que estuvo prohibido durante décadas por el gobierno chino,
el Tian Zang no es una costumbre en extinción y
su vigencia se demuestra aquí, en Luo Ruo. Es esta pequeña localidad tibetana los buitres engullen a diario al menos a cinco difuntos procedentes de toda la región. La mayoría de la población local sigue este rito funerario aunque, como en todo, hay clases y las personas más importantes encuentran descanso en montañas más altas, en lugares secretos.

     

    Luo Ruo es un pueblo religioso. En él habitan más de 7.000 monjes y monjas que acuden desde todos los rincones del Tíbet para formarse en sus famosas escuelas budistas. Sus empinadas callejas serpentean por la montaña, entre la basura y el barro. Suponen un pequeño paréntesis a la tranquilidad de los cerros que marcan, silenciosamente, la frontera entre el cielo y la tierra.

     

    Existen muchas teorías sobre las motivaciones místicas de esta tradición milenaria, en la que los cuerpos humanos sin vida se ofrecen a los buitres. Según las creencias del budismo tibetano esta es la manera de que las almas alcancen el cielo para seguir el ciclo de las reencarnaciones. Algunas de carácter más práctico afirman que en estos territorios fríos el suelo es demasiado duro para los enterramientos y tampoco hay leña como para desperdiciar en las piras funerarias. Pero lo cierto es que el origen de este rito se pierde en la memoria.

     

    Antes de la llegada de los familiares dos hombres y una mujer se encargan de limpiar y preparar una montaña poblada de huesos, prendas y mechones de pelo. Acompañados por la hija de uno de ellos encuerdan pesados fardos de banderas que los azotes del tiempo han convertido en una maraña de jirones. Estas banderas multicolores, cuyo origen parece remontarse al credo Bön, cubren de plegarias gran parte de la ladera. Conforme avanza la mañana la gente va acudiendo al lugar. Una familia se acerca curiosa a la piedra sobre la cual se realiza el ritual, pulida por el uso. El padre fisgonea con su pie entre los pequeños trozos de huesos entremezclados con la tierra. También se acercan a otra piedra recién instalada con la forma del cuello para facilitar la decapitación. Entre risas coloca a su hija, que se resiste asustada. Pero en este extenso camposanto otros asistentes muestran una actitud menos festiva. Algunos fieles rezan con sus rosarios rodeando una pequeña estupa y dos mujeres se arrodillan y, cara al sol, cabecean varias veces sobre esa piedra en la que antes apoyaron a cientos de sus vecinos sin vida, y probablemente alguno de sus familiares.

     

    Montado en su moto y con unas gafas de sol redondas aparece un monje budista. No es un estudiante como el resto de monjes que esperan sentados sino el encargado de oficiar la ceremonia. Pronto prepara
los instrumentos con los que acompañará sus rezos: un tambor y una especie de corneta que deposita en una pequeña caja fabricada caseramente con unas tablas. Por otro lado llega el tomdem que llevará a cabo la preparación de los cuerpos y que cobra entre 50 y 100 renminbis (entre 6 y 12 euros) por cada uno de ellos. Aunque también es monje, se ha cambiado sus ropas azafrán por otras de color negro en una cueva artificial que simula, en pequeña escala, unas paredes de roca. Lleva un mandil de cuero y un guante que en algún momento fue blanco en su mano izquierda. Cuando ya está preparado llegan los familiares de los difuntos. Vienen en dos grupos y visten de negro. Los más jóvenes descargan tres bultos de pequeño tamaño.

     

    Son los cadáveres de un anciano, un niño de unos 6 años y el otro de uno de pocos meses. El más pesado va atado con unas cuerdas que le doblan las rodillas pegándoselas al pecho, en posición fetal. Los buitres se han percatado ya de la presencia del alimento y van descendiendo poco a poco la ladera. El sonido metálico al afilar el cuchillo con la chaira marca el verdadero inicio de la ceremonia. Solo los pájaros se atreven a romper el silencio. No hay lloros ni lamentos desesperados y los familiares muestran una impactante serenidad. El primer cuerpo en ser desollado es el del anciano. Con dos incisiones a la altura del talón de Aquiles el monje arranca la piel con maestría. Luego desprende el cuero cabelludo y corta con su ancho cuchillo los brazos. Aparta el cuerpo a un lado de la piedra y entrega un trozo de carne a un familiar, que lo guarda en una bolsa de plástico. Los buitres todavía no acuden a comer. Parece que respetaran el trabajo del monje y supieran que aún no ha llegado su momento. A continuación desenvuelve con delicadeza el cadáver de un bebé de pocos meses. Le quita la piel y abre su pecho con un hacha dejando los órganos al aire, para facilitar la tarea de los picos oscuros. Muchos de los asistentes, cerca de 60 personas, se tapan la boca. El olor golpea como una bofetada trasportado por el viento. Aquí no hay nada de macabro ni de recreaciones chamánicas y sangrientas, sino una ofrenda íntima a los dakinis (bailarines del cielo, en tibetano): los ángeles con plumas. Una forma de dar vida a otro seres cuando la muerte deja un cuerpo vacío.

     

    El tercer cadáver, envuelto en una gruesa manta de color rojo, se deposita en un ataúd de madera cubierto de excrementos de aves. Mientras los buitres se pelean por la comida los dos monjes encargados del ritual rezan. Uno, que ha permanecido alejado desde el principio, golpea un tambor mientras repite los mantras en tono elevado. El otro, el descuartizador, se sienta entre los buitres y sigue el ritmo del tambor golpeando sus cuchillos. Tapado por el bullicio de los pájaros sus oraciones parecen susurros. Monte arriba, cuatro jóvenes monjas budistas entonan al unísono unas bellas canciones tibetanas. En 15 minutos los buitres han devorado la carne y el tomdem, que se ha limpiado los restos sanguinolentos de la manga con el cuchillo, recoge los huesos y los deposita sobre la piedra. Los golpes de un robusto mazo convierten en añicos los esqueletos.

     

    Con el estómago repleto los buitres no son capaces de volar y dan saltos hasta lo alto de la colina. Los familiares ya se han marchado y el monje tibetano del tambor desaparece con su moto en el horizonte.
 El otro se cambia la ropa y enjuaga sus manos bajo el hilo de agua de una fuente fabricada con una botella
de plástico. Se retira la toga y descubre sus musculosos brazos. Después de conversar con varios fieles monta en su Toyota Corolla blanco y desciende la montaña por la pista que conduce al pueblo. Los pocos asistentes que aún permanecen por aquí se fotografían con sus móviles en la boca de una enorme calavera de piedra que preside un complejo de esculturas relacionadas con la muerte. Su construcción es reciente y el brillo de la piedra contrasta con la tierra oscura apelmazada por la sangre coagulada.

     

    La piedra sagrada que surcó hace siglos los cielos de Asia vuelve a quedar solitaria. Los buitres remontan poco a poco el vuelo y con ellos las almas de los muertos continúan su ciclo de reencarnaciones. Quizá algún día, con la ayuda de estos ángeles de cuello largo, tengan la dicha de regresar a estas frías y hermosas montañas del Tíbet.

     

     

     

     

    Salvador Arellano es periodista y fotógrafo. En FronteraD ha publicado Mi abuela de corcho y las fotografías de Una historia de contrabandistas y del perfil de Pilar Goizueta: “Aquí lo primero son los animales” 

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