Tomar conciencia de lo muy estúpidos que hemos sido y de lo aún más que podemos llegar a ser

J. Á. González Sainz

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Qué hacer, reza la pregunta de FronteraD. Pues algo, se me ocurre responder a bote pronto, tan fundamental como estrictamente necesario pero a la vez extremadamente difícil, casi imposible, diría, habida cuenta de cómo está el patio, es decir, de lo patas arriba que han dejado el patio patrio, tanto material como mentalmente, en los últimos años las clases dirigentes de nuestro país y, ay, también —también—, las clases dirigidas. Y ese algo es tomar conciencia, algo tan aparentemente sencillo y tan verdaderamente arduo como tomar conciencia, primero, de en qué lío estamos metidos y, también, de lo muy estúpidos que hemos sido para meternos en él y de lo aún más que podemos llegar a ser.

 

1. El lío en el que estamos, y del que podemos salir muy mal parados, no es desde luego sólo culpa nuestra, ni mucho menos. Es, por decirlo rápido, el derivado de la sustitución de la vieja fe y la especulación respecto a Dios por la fe y la especulación en el Dinero financiero. Como siempre, nos hemos metido de coz y hoz en ello con furiosa fe de conversos. Pero bueno, ése es el juego, la imaginación financiera en el poder, el arte ingenieril del birlibirloque como fundamento de nuestras sociedades. Algo muy tranquilizador, desde luego, y más si decidiéramos por azar no engañarnos —cosa harto difícil, porque es costumbre inveterada y cómoda donde las haya—, pues tendríamos que convenir en que todos más o menos andamos en ello, por supuesto que con grados, muchos grados. Desde los auténticos responsables del cotarro (abajo les adjunto una lista de algunos de ellos porque hay que poner nombres, no vaya la gente, con lo desorientados que estamos, a señalar para otra parte) hasta cualquier hijo de vecino que ponga mil euros a que le rinda en un fondo de inversión.

 

Habrá que salir de ese juego, claro, pero con la mano izquierda y sin aspavientos (ir haciendo otras cosas ya, investigando y pensando en otros derroteros…), porque con la mano derecha no hay que dejar desguarnecido ni un solo momento ningún flanco a esos tahúres de mal agüero que nos pueden arruinar de la noche a la mañana. De modo que si necesitamos hacer faroles con una Estado fuerte, una política estable, una gestión correcta o un saneamiento de las estructuras corruptas, habrá que hacerlo por la cuenta que nos trae.

 

2. Lo estúpidos que hemos sido es porque mucha gente se ha querido pasar de lista, ha buscado atajos a la línea recta, ha llamado a las cosas por todos los nombres menos por el suyo, ha dicho una cosa y hecho otra, ha puesto el interés propio —personal, de partido, de nacioncita de pitiminí, de grupo…, en fin, el viejo particularismo que denunció Ortega— por encima del interés común, se ha robado de lo público, se ha gastado mal, se ha derrochado en construir pasado, naciones, inutilidades, dispositivos políticos y clientelares, máquinas de corrupción y despilfarro, una educación para la inmoralidad y la incultura y el aquí me las den todas. En construir burbujas: burbujas de la construcción, burbujas nacionales, burbujas de la educación, burbujas financieras… A ver quién gastaba más, a ver quién decía y hacía más imbecilidades, a ver quién nos retrotraía más al pasado, a la desunión, a la ignorancia y la inmoralidad generalizada, a ver quién nos prometía más chollos, más chanchullos, más chorradas… A ver quién, sin que se le cayera de la boca un solo día la palabra democracia, no la vaciaba todo lo que podía de contenido real y la iba arruinando cada vez más: Felipe González, por poner algún ejemplo, sometiendo la Justicia a los partidos políticos con la Ley del Poder Judicial, y de ahí hasta las bochornosas decisiones de los últimos tiempos del Tribunal Constitucional; Aznar, es otro ejemplo, devaluando la educación, tal vez, por mucho que se diga, lo de peor calado entre lo que hizo; Zapatero llevando a un paroxismo difícil de creer la necedad del poder; Izquierda Unida arruinando todo prestigio y razón a la oposición de izquierdas con su servilismo al poder y al nacionalismo en las comunidades catalana y vasca; los nacionalismos realmente existentes, con sus sofisticados dispositivos de corrupción e imposición, arruinando ya por completo todo contenido real a la democracia y la legalidad en los territorios donde gobiernan, sustituyendo la política por la biopolítica que se mete en todos los rincones de la vida de la gente de a pie. ¿Cuántos miles de millones, sin contar otras cosas aún más graves, que se habrían podido destinar a otros esfuerzos con los que adelantar más, no habrán costado las construcciones de la “identidad catalana”, la “etnia vasca” y luego toda la recua de las demás?

 

3. De lo aún más estúpidos que podemos llegar a ser seremos testigos si una milagrosa toma y sacudida de conciencia no lo remedia: si no mandamos para empezar a casa (y con un decreto que les reduzca drásticamente sus finiquitos por finiquitarnos) a la mayor parte de quienes han dirigido este baile macabro: a la mayor parte de los dirigentes políticos, e intelectuales y bancarios de esos partidos, de esos casi medio millón de políticos (polpíticos, me ha salido al escribir en un error que acierta) que bien podían quedar reducidos a la mitad para que no siguieran embolsándose unos dineros que tenían que ir destinados a la creación de empresas que produzcan algo útil, de empresas que no sean por supuesto naciones ni castas burocráticas, o a la investigación o la sanidad. Si no somos capaces de alentar un renovado tejido económico, unos nuevos partidos —y una nueva ley electoral como pide UpyD—, unos nuevos periódicos no sometidos a la política, una nueva sensibilidad hacia lo común, hacia el bien común, la justicia común, la educación común, la riqueza común, las utilidades comunes, la lengua común… todo aquello que reporta más beneficios económicos y convivenciales que descalabros y despilfarros.

 

Todavía sin embargo podemos ser más estúpidos si nos dejamos arrebatar por las demagogias y populismos de los tiempos de crisis, por el pánico de los tiempos de crisis, por las polarizaciones extremas de los tiempos de crisis, por el nerviosismo de los tiempos de crisis, por las monsergas y los divide y vencerás de los tiempos de crisis y los nuevos caudillos, por el dar caña de los tiempos de crisis como si eso fuera una política, por las retóricas y los guerracivilismos de los tiempos de crisis. El clima moral heredado puede provocar lo peor.

 

Habrá que ponerse serios, remangarse, pensar bien, elegir bien lo que se hace, desde cada una de las cien cosas que hacemos a diario, llamar a rebato de sensatez desde cada casa. Frente al fácil “indignaos”, tal vez sería mejor oponer un “espabilemos”, un “adelantemos” y no vayamos para atrás aunque sea por vía progresista. Algo tendremos que hacer cada uno.

 

 

 

J. Á. González Sainz es escritor. Su última novela es Ojos que no ven (Anagrama, 2010). Fue fundador y director de la desaparecida revista Archipiélago. En FronteraD escribe el blog Mal-dic(c)iones 

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