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    Tratado sobre racismo desde Camboya

    Joaquín Campos - 18-07-2013

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    A ver. Mirémonos al ombligo. ¿Quién no ha maldecido alguna vez la llegada de inmigrantes a España? Y no me refiero a una actitud racista principal, sino a esos tristes momentos en donde uno pasea por la plaza del pueblo y se encuentra a siete árabes trapicheando con cosas para pasar de pantalla; o aquella vez que abriste el periódico y te enteraste que diversas bandas de albano-kosovares robaban a manos llenas en chalés del extrarradio golpeando, sin hacer distinciones, a todos los miembros de las familias atracadas. A este tipo de dilema, que a veces nos hace sentirnos mal por asumirlo o por esquivarlo, también habrían de sumarse a esos delirantes británicos que hacen de nuestros hoteles para turismo-basura su cuartel general, saltando desde las terrazas a las piscinas que previamente fueron orinadas por esas dietas extrañas basadas en la ingesta diaria de catorce litros de cerveza. Porque el delirio veraniego nunca comienza en el bar, sino en aquel folleto de vacaciones que te trajo alguien un día cualquiera.

     

    En Camboya, país derrumbado en todos los sentidos, donde se gestó la mayor y más cercana matanza de la historia documentada de la Humanidad, que carga con una realidad tercermundista que le hace parecerse al África que nos televisan en Occidente a la hora del almuerzo, y que intenta salir adelante incluso con la brutal corrupción de sus políticos, también se lleva tiempo asumiendo que la inmigración –aquí lo llaman turismo- no es el maná con el que ellos habían soñado. Por eso los oenegeros, a cuatro mil euros la mensualidad, se creen con el derecho a ser tratados como inversores, o al menos como diplomáticos: el otro mal que acecha a un país desolado por tanto rico en chancletas.

     

    En el cruce de la Pasteur, la calle 51, con las calles 154 y 172, se ha generado un estruendo de falso progreso en donde uno se ve reflejado en esa turba de extranjeros que dejan el pabellón primermundista a la altura del betún. Ríos de descamisados, tatuados hasta las orejas, drogados y borrachos, erectos y peligrosos, pedófilos y puteros, que divagan como zombis a plena luz del día generando una postal patética que más bien pareciera el patio de una prisión cualquiera en medio día de bajada de guardia.

     

    Por lo tanto, el mismo derecho tiene la señora camboyana, derruida en su economía, que pedalea sin ira y sin descanso para vender cuatro kilos de mangos al día, en quejarse de esa inmigración que no es que ayude mucho al crecimiento del país, si acaso al de su hija, cuando asuma que aun hincando los codos catorce horas al día podrá sacar lo mismo que por sentarse en un taburete junto a un blanco demacrado que la invita a licores adulterados mientras le promete amor eterno.

     

    Norman, australiano de cincuenta y cinco años, vive adosado a la barra del Walkabout, un bar grosero donde la profesión más antigua del mundo se oferta las veinticuatro horas del día. Tras la tercera pinta –son las once de la mañana- se abre en canal para dialogar con el que escribe al que le cuenta anécdotas dignas de transcripción: “Lo bueno de Phnom Penh es que hay cachondeo durante todo el día. Alcohol, putas, marihuana… y cuando te cansas o consigues a una presa, hay un tuk-tuk que te lleva por dólar y medio a tu hotel donde no hace falta ni que te registres. ¿No crees que esto el paraíso?”. Norman no pierde su ritmo de sueño gastando energías en las caóticas noches de la Calle 51; él sabe que en cualquier momento los mostradores de la carne jemer ofertan a precios irrisorios siestas en compañía e incluso novias ficticias semanales. “De día las consigo por quince dólares, quedándome con ellas hasta la mañana siguiente. Y si ya la conozco, puedo incluso llegar a bajar el precio”. Mientras Norman grita su dicha, esparcida junto a una mesa de billar repleta de tipos como él, media docena de jovencísimas nativas rastrean entre el Walkabout con la idea de salir adelante. Una de ellas, la más joven, se me acerca con la dulzura facial por gesto a preguntarme de dónde soy. El camarero, algo tenso porque aún no he pedido consumición alguna, me exige que beba. Un tercio de Cambodia, la cerveza que se aprovecha del nombre del país, me cuesta dólar con setenta y cinco.

     

    Junto al Walkabout hay un salón de belleza al que si le quitáramos los peines y cepillos podríamos hacer pasar por garaje de coches de sexta mano. Paredes desconchadas, suelos ennegrecidos y dos únicas sillas, deslavazadas, donde un par de muchachas se destruyen facialmente –algunas mujeres deberían saber, y más con veinte años, que el exceso de maquillaje es un error parecido al de las señoras de cincuenta que salen a la calle a pelo- preparándose para otro día igual que el anterior y el siguiente. Marlene habla conmigo, de veintiuno, recién llegada de la provincia sureña de Kampot. Su ilusión, lo dice ella misma: “Echarme un novio extranjero que me resuelva la vida. Y si me quiere, mejor que mejor”. Marlene divaga entre la línea roja que separa a la meretriz de la mujer fácil. Y en esos minutos de conversación debe elegir entre aceptarlo como cliente o como posible novio. La vida no es fácil en Camboya, donde por ser camarera te levantas unos cien dólares al mes. Y claro, hay momentos en la vida donde un cruce de caminos te obliga a elegir, sobre todo cuando el consumismo creciente te señala si no has sido capaz de comprarte un iPhone que poder mostrar en público.

     

    Uno de los déficits palpables cada vez que leo noticias sobre Camboya lo establezco en que todas las crónicas hablan de lo mismo: jemeres rojos, templos y política. Nadie, o prácticamente nadie, se atreve a narrar la putrefacción del occidental que acude a este país con la única idea de hacer el acto, mamarse y drogarse. Pero claro, si los que escriben son extranjeros, cómo van a contar este tipo de fechorías de los suyos, que a veces son ellos mismos. Corporativismo por la raza: el no va menos.

     

    Comienza a caer la tarde y el Black Cat abre sus puertas. Y nada más hacerlo Bobby, un americano ex militar que acaba de llegar de Japón donde fue destinado durante seis años en la base de Okinawa, se pimpla una botella de vino. Su corte de pelo cuadrado, su espalda forjada en trece mil flexiones y su mirada recia, profunda, a un limbo que sólo está en su imaginación, queda desecha cuando Susan, camboyana de diecinueve, se le sienta a su izquierda. Tras unos segundos de presentaciones y un par de brindis provocados, Bobby trinca por la cintura a su presa cuando lo más justo sería llamar presa al estadounidense y captadora a la muchacha. No tardan demasiado en irse, no sin antes intercambiar unas palabras conmigo y con Phillipe, un francés que bebe anís como si le fuera la vida en ello.

     

    Son las cinco y media de la tarde y el Black Cat es lo más parecido a un desecho de tientas: extranjeros cercanos a los setenta caminado en zigzag, nativas que les llegan por las cinturas sonriendo a marchas forzadas, y una música de discoteca a todo volumen que termina por indicarnos que el valor añadido que generan los extranjeros en Camboya es cuanto menos escaso, si no nulo.

     

    Por lo tanto, ¿es defendible insultar a la que se siente, en Occidente, amenazada por un extranjero sin oficio ni beneficio, cuando su propio hijo –o ex marido; o actual pareja- podría estar veraneando en Camboya sin camisa, casi sin hígado y con ímpetus adolescentes primarios? ¿Es peor un marroquí que trapichea con pelotas de hachís o un español que hincha con aire vacío las ilusiones de camboyanas a la desesperada? ¿Tiene derecho, entonces, la madre camboyana a sentirse más que preocupada por los que pasean bajo su ventana, una banda de extranjeros a los que les sellan el visado con la misma facilidad que se pasan las horas bebiendo y sobando?

     

    A las nueve de la noche abre el Heart Of Darkness, una discoteca de dos plantas donde sólo hay nativas y extranjeros. Japoneses recién cenados y europeos sin haber probado bocado oscilan entre la maraña de damas, que seguramente también sin haber probado bocado, abren diligencias con todo aquel que les cruza la mirada. Tom, un escocés de al menos setenta, y que dobla en kilos a su edad, deambula de manera penosa por la pista de baile. Va vestido con un pantalón corto sudado y desgastado, y roza su sangría corporal, sucia y detestable, con toda nativa que se le acerca. Su camiseta talla XXL del Celtic de Glasgow –los católicos, no lo olviden- remarca el paso del tiempo con un dorsal que sí se aprecia –el siete- y un nombre que no. Mientras a cada paso de baile golpea a todos sin cesar, recuerda que su botella de cerveza perdió su contenido segundos antes. Podríamos decir, sin temor a ser insultados, que el Alzheimer no era aún su enfermedad y que el alcoholismo sí, por lo que tras colocarse junto a mí comencé una conversación serena y sincera, apropiada y molesta: olía a orina acumulada; a cuadra de yeguas en celo sin asear.

     

    —¿Vienes mucho por aquí?

    —Llevo viviendo tres años en Phnom Penh.

    —¿Te gusta?

    —Es mi sueño.

    —¿Qué bebes?

    —Cerveza Angkor; no es como la escocesa pero me sienta bien. Además, así ayudo a los camboyanos.

    —¿Tú crees que el Heart of Darkness, este bar, ayuda a los camboyanos?

    —Al menos a las camboyanas.

    —¿A qué te refieres?

    —Joder, a que cada vez que follo invierto dinero en este país. Y yo soy muy agradecido: a la mañana siguiente siempre las invito a desayunar y les pago el tuk-tuk.

     

    Tras pillar su nueva botella de cerveza –las hay de 33cc y de 66cc- corrió a la pista de baile donde decidió agarrarse a una princesa que asumo no tenía estómago: a los tres minutos se besaban como dos enamorados. Luego desaparecieron entre el mercadeo general, donde el 100% de los clientes eran extranjeros y mayores de cuarenta y cinco años. Por contra, el producto comprable no excedía de veinte. Sus madres, que las tendrán, deben andar igual de preocupadas que esas castellanas que desprecian, seguramente con acierto, a esos árabes que expenden hachís en los arrabales, si no en plena plaza del pueblo en domingo de mercadillo.

     

    Luego merodeé por los alrededores, topándome con un caso ciertamente molesto: el de un chaval de unos doce años que esnifaba pegamento en un soportal. La desgracia no es caer en la droga cuando eres paupérrimo e ignorante; lo realmente problemático, por poner un calificativo suave, es saber a ciencia cierta que ese muchacho sólo podrá conseguir su dinero de una sola manera: prostituyéndose.

     

    Phnom Penh es uno de los casos más claros donde se demuestra que el hombre puede llegar a ser bisexual. Marlon, un británico, me lo contó en el Drunken Sponge –literalmente La esponja borracha-, un bar que no pasará a la historia salvo a la negra.

     

    —A estas alturas de la vida –decía tener sesenta años, tres divorcios y cuatro hijos con los que no mantenía relación- el sexo es como un cuarto oscuro: no me interesa saber quién sino cómo.

    —O sea, ¿practicas sexo con hombres y mujeres?

    —Por supuesto. Lo que importa es eyacular.

     

    Marlon no reconoció que le gustaban los niños. Tampoco saltó a agredirme, creyéndose insultado ante mi pregunta. Pero aquel muchacho que esnifaba pegamento sabía perfectamente que no podría aguantar una jornada laboral en semejante estado, salvo esas medias horas que emplean en satisfacer a tipos como Marlon. Y aquí el sida toma fuerza, por ese afán autodestructivo del extranjero en plan Leaving Las Vegas, que se toma sus vacaciones en Phnom Penh como una jornada completa tirándose tiros a la ruleta rusa. Un día leí que hay personas que atraídas por el riesgo quedan por internet para practicar sexo con infectados por sida. Luego, parece ser, en esa tensa espera de los resultados clínicos, sienten un placer inigualable, el mismo o parecido que deben sentir los que saben que los y las necesitadas aceptan sexo sin condón por un par de dólares más, exactamente lo que cuesta un chute de pegamento o un peinado en la peluquería de la esquina. La vida por la borda.

     

    El trajín concluye en el Pontoon, discoteca donde acuden pinchadiscos de cierto renombre y expatriados bien vestidos, donde la meretriz sabe que ahí sí que dispone de un importante caladero. La cosa aparenta normalidad hasta que descubres que el 99% de las camboyanas buscan cliente. Hay que reconocer una fina astucia entre la muchachas, que evitan lo turbio para participar en la fiesta de ellos, bailando y sonriendo, bebiendo y comentando, intentando que el honor quede por encima de sus necesidades. Pero a cada media hora que discurre, treinta minutos más cerca del cierre del local, la dignidad va dejando paso a una ansiedad que es, precisamente, lo que necesita el que llegó trajeado y que a esas alturas ya compite en idioteces con sus compañeros de grupo, con la corbata atada a la cintura, la chaqueta quién sabe dónde, y las comisuras de la boca blanquecinas. Y así, como en el mercado de abastos, donde la merluza de pincho comienza a cuarenta euros y acaba, golpeada y con los ojos sin brillo, a menos de la mitad, las meretrices comienzan a tirar los precios antes de volverse a casa a solas y con los bolsillos vacíos. Aunque hay que reconocer que ocurre un hecho tan curioso como equitativo, ya que el expatriado, que lleva hora y pico perdiendo los papeles y ganando en vicio, no regatea, sino que acepta cualquier cosa y a cualquier precio con tal de levantarse realizado. Las extranjeras que residen en Camboya, las verdaderas aniquiladas por esta cisterna de racismo sexual, no saben qué hacer para calmar a los de su raza, que antes que ligar a la antigua prefieren tirar por la calle de en medio.

     

    Frente al Pontoon, y ya de camino a casa, cuando son las cuatro de la mañana y el ajetreo es similar al que padece La Meca en día de exaltación religiosa, un camboyano de creatividad milagrosa vende pizzas sabrosas y hechas a mano por mediación de un horno que vive a lomos de su tuk-tuk. Y entonces, y sólo entonces, uno asume que no está todo perdido. Que los hay también con ganas de hacer el acto que aparcan sus ansiedades para sacarse unas buenas perras sin necesidad de humillar a la cocina italiana. Aunque sigo pensando que si la señora que vende mangos en bicicleta pasara por aquí, a estas horas de delirium tremens, volvería a casa con una sola idea: marcharse lo más lejos posible de la mano de su hija, lejos de todo expatriado, con carrera o sin ella.

     

    Y lo más rentable de todo esto: la policía evita asomarse a este desagüe porque sabe a la perfección que la divisa que en Camboya entra a través del vicio es mucho más importante que la que genera su gobierno corrupto aceptando dinero sucio de países manchados de sangre hasta las cejas. Que no es casualidad que China sea el principal socio de un país que si sigue por este camino acabará siendo un drama en toda regla; una postal de esas que se cae por detrás del frigorífico para no volver a ver la luz ni siquiera el día de la mudanza.

     

     

     

    Joaquín Campos (Málaga, 1974) lleva residiendo en Asia desde 2007: primero China y ahora Camboya. Escribe, cocina y viaja. Su primer libro, que en estos momentos se traduce al inglés, espera ver la luz a lo largo de 2013. En FronteraD ha publicado Srey Pech, actualización camboyana del arca de NoéLa ayi de mis sueños, lo sueños de mi ayi china

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