Fotografía de Jean Mohr incluída en "Un séptimo hombre" de John Berger

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    El viaje sin retorno. Una historia de emigración en el siglo XX bajo la mirada de John Berger

    J. S. de Montfort - 26-02-2015

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    Visibilizar lo real

     

    Las imágenes publicitarias siempre nos hablan del pasado o del futuro, son cosas del momento, pero paradójicamente nunca nos hablan del presente. Son dinámicas; nosotros estáticos, por contraposición. Y son muy efectivas, pues se nutren de lo real. Pero, ojo, no pueden ofrecer el objeto real del placer; ya que cuanto más se centran en él, más nos lo alejan.

     

    Sirve la publicidad para divulgar imágenes que la sociedad cree de sí misma: visibilizan el deseo y, por ello, tienen un carácter netamente nostálgico. Muestran una realidad (post)autónoma, fascinada, crean un yo real desnaturalizado, ya que obligan a que nos sintamos marginalmente insatisfechos.

     

    La publicidad explota la tensión entre lo que somos y lo que queremos ser. Y desde este limbo interpreta el mundo, lo construye. Convierte el consumo en un sustituto de la  democracia, enmascarando lo que de verdad ocurre, creando una suerte de idearios propio. Y a quien no participa de su juego (principalmente porque no tiene dinero) lo convierte en un ser sin rostro. Un ser de puro real, precisamente porque no existe.

     

    ¿Cómo subvertir esta tiranía de la imagen publicitaria?

     

    Escuchemos lo que dejó dicho John Berger en su libro de 1972 Modos de ver. Escribía entonces el crítico de arte, pintor y escritor inglés:

     

    “Si el nuevo lenguaje de las imágenes se utilizase de manera distinta, éstas adquirirían, mediante su uso, una nueva clase de poder. Podríamos empezar a definir con más precisión nuestras experiencias en campos en los que las palabras son inadecuadas (la vista llega antes que el habla). Y no solo experiencias personales, sino también la experiencia histórica esencial de nuestra relación con el pasado: es decir, la experiencia de buscarle un significado a nuestras vidas, de intentar comprender una historia de la que podemos convertirnos en agentes activos [...] Una persona o una clase que es aislada de su propio pasado tiene menos libertad para  decidir o actuar que una persona o una clase que ha sido capaz de situarse a sí misma en la historia”.

     

    Se trata pues de que la imagen reproducida pase a formar parte del argumento de las palabras, que ofrezcan a las palabras que las citan la capacidad de confirmar su autoridad verbal. Porque sí, el mundo es lo que vemos, pero decía Merleau Ponty que necesitamos aprender a verlo.

     

     

    Hablemos de las migraciones

     

    En la obra del John Berger (novelas, guiones, poesía, crítica de arte) hay dos constantes: el trabajo artístico e intelectual entendido como un proceso de averiguación, y la urgencia del momento. En una entrevista para el programa de la BBC Face to face, en 1995, le decía Berger a Jeremy Isaacs que su tema primordial, aquel del que no podía escaparse, era la experiencia de la inmigración, en un amplio sentido. La gente que ha de desplazarse de su lugar de origen, bien por motivos forzosos o voluntariamente. El exilio y la inmigración son su tema fundamental, pero también su único tema, declaró Berger, quien dice escribir sobre la inmigración porque si uno no trata de poner en palabras eso que parece que no está (esa ausencia, ese estatismo), se corre el peligro de que este algo silenciado quede oculto.

     

    La voluntad de Berger es así spinoziana, busca borrar las fronteras entre lo físico y lo espiritual, dándole un desarrollo potencial a nuestro imaginario del migrante, permitiendo así que el propio decir se convierta en acción positiva, activa y transformadora. Esto es: evidenciando que el hombre no es solo fuerza de trabajo, sino también un ser sensible, con deseos y sueños. Y ello lo alienta un fervor narrativo (de naturaleza pictórica) que le sirve a Berger no solo para explicar lo que no se ve, sino que ayuda a que este misterio de lo real que muchas veces no vemos, no quede aislado, fuera de foco.

     

    En 1972 John Berger recibió el Booker Prize por su novela G., la historia de un italiano diletante y libertino, hijo de un rico mercader. La novela cuenta la enérgica carrera sexual del protagonista por toda Europa, y está ambientada en los primeros años del siglo XX. En resumidas cuentas, es una novela sobre la toma de conciencia de clase, y es una clara demostración de los principios marxistas que, desde siempre, ha profesado el escritor inglés. Su diseño narrativo muestra una estructura fragmentada que evidencia la fragilidad de unos personajes que han de confrontar una vida amenazada por los avances tecnológicos e industriales del comienzo de la era moderna.

     

    Lo interesante del caso es que Berger donó la mitad del premio (5.000 libras de la época) al grupo de los Panteras Negras, e invirtió la otra mitad en un proyecto a medias con el fotógrafo Jean Mohr. Su intención: tratar de dar sentido –a escala global– a la existencia humana, para así evitar que el hombre viva en el caos, no solo respecto de sí mismo, sino en su relación con los demás.

     

    Para ello se fijaron en lo que estaba pasando en Europa en ese momento, en la migración temporal. De ahí surgirá el proyecto Un séptimo hombre, que en un principio quiso ser película, pero, por falta de recursos, acabó convirtiéndose en un libro cuyos capítulos se presentan como las secuencias de una película.

     

     

    La continuidad quebrada

     

    El poeta proletario húngaro Attila József (1905-1937) escribió un poema titulado El séptimo, donde hablaba de cómo los sufrimientos del hombre siempre se multiplican por siete: abrirse camino en la vida, luchar por la existencia, encontrar mujer, escribir e incluso morir. Uno de esos séptimos hombres, anónimo, proletario, ecuménico, es el que el escritor John Berger y el fotógrafo Jean Mohr evocan en Un séptimo hombre (Capitán Swing, 2015).

     

    Un libro escrito en los años setenta (entre 1973 y 1974, y publicado en 1975), que en origen tuvo un propósito político: “mostrar hasta qué punto la economía de las naciones ricas de Europa había pasado a depender en la década de 1960 de la mano de obra procedente de varias naciones más pobres” (página 10).

     

    Se trata de un libro de momentos, una suerte de álbum familiar del emigrante, cuyo argumento europeo (pues trata de la emigración europea de los años sesenta/setenta, dejando de lado la colonial y la femenina, esto es: se centra en la experiencia masculina), pero cuyo significado es universal. Y el tema central: la carencia de libertad.

     

    Un séptimo hombre habla de un viaje sin retorno, de una modificación y, al fin, de un drama psíquico. Nos da cuenta de esa experiencia diferente en la que se adentra el emigrante, experiencia inaplicable cuando retorna a su lugar de origen, pues es experiencia de otro sitio. Lo que implica que éste se convierte en un desplazado sin hogar, en un desplazado en el espacio y en el tiempo.

     

    El libro está dividido en tres partes: la partida, el trabajo, el regreso. Y toma múltiples voces. Se nos dan referencias de lugares, de condiciones, pero no nombres, como si cada emigrante fuese todos los emigrantes, y al revés. El énfasis queda en la experiencia, la de la llegada a esa metrópolis que representa “la apertura y la ausencia de límites”, la oportunidad de huir del pueblo, que al ser abandonado, se acepta definitivamente.

     

    Esta experiencia, nos dice Berger, se ha de entender metafóricamente y en el “marco del sistema económico mundial”, pues “la emigración supone transferir recursos económicos valiosos […] de los países pobres a los países ricos”. Así: su migración es un suceso “que ocurre en el sueño soñado por alguien que no es él”. He aquí la pesadilla, pues todo cuando hace el emigrante está determinado “por las necesidades de la mente del durmiente”. Cruzar la frontera, los exámenes médicos, las pruebas profesionales, estos son los primeros pasos de esa trama pesadillesca. Y, luego, si hay suerte y a uno lo aceptan: el re-nacimiento, el nacimiento a una vida nueva; temporal, eso sí. Y en la que la sensación de continuidad se rompe, el único objetivo del emigrante: consumir su fuerza laboral. Por eso están aquí, en los países ricos, porque la economía creció mucho más rápido en ellos que la población. Y en los países bañados por el Mediterráneo (de donde procede la mayoría de emigrantes), bien al contrario, tienen una economía estancada y la población no cesa de crecer. Pero no es solo eso, no es que en la Europa Occidental falte gente, lo que sucede es que hay “una escasez específica en un sistema de producción concreto”; o dicho de otra manera: “No hay suficientes trabajadores dispuestos a realizar los trabajos manuales mal pagados por los salarios que se ofrecen”.

     

     

    El trabajo

     

    Industria, construcción y obras públicas, ahí se desempeñaban los emigrantes de los años sesenta/setenta, en puestos que demandan mano de obra no cualificada. Y vivían en barracones o alojamientos exiguos propiedad de la empresa que los contrataba.

     

    El emigrante tiene el espacio justo necesario para hacer lo que le dicen que tiene que hacer. Siempre hay alguien que mira y observa al inmigrante, a quien no le queda otra que perderse en sus propios pensamientos, porque sabe que el trabajo que hace no vale la pena, que se ha convertido en una pieza más de un gran engranaje. Que su razón de ser y estar es el dinero.

     

    Ocupan los emigrantes los puestos con mayor riesgo de accidente, trabajan jornadas diarias muy largas, tienen dificultades con el idioma. Y, además, no son muy apreciados por los nativos (hay un racismo abierto y violento), que no les escatiman calificativos: gitanos, vagabundos, camelleros, exprimelimones, comedores de serpientes.

     

    Pueden ser expulsados del país en cualquier momento, las posibilidades de ascenso son extremadamente escasas y los obreros autóctonos los consideran inferiores, aceptando esta jerarquía como algo natural. Ello provoca que no se puedan fundir con la clase obrera local, y así sus reivindicaciones no consiguen el apoyo de los sindicatos. En cualquier caso, a los emigrantes les están prohibidas las actividades políticas, por lo que la internacionalización de la clase obrera era cosa quimérica. 

     

    Por no hablar del riesgo de enfermedades mentales. Y de su inexistencia en tanto que ser sexual, sin entidad legítima. La única realidad presente para el emigrante es “el trabajo y el cansancio que le sigue”, y el tiempo libre; pero este último le oprime y adormece, o acaso hace malabares con las imágenes estáticas del pasado y del futuro, porque su vida carece de intencionalidad, y de sentido (no se puede establecer una conexión con el futuro). Y es que solo tiene presente, un presente regulado por la jornada laboral, de cosas externas a él, que no le conciernen. Padece así, “una especie de encarcelamiento en una prisión sin fronteras”. Sacrifica su presente en aras del futuro, pero el valor de este sacrificio se le niega. 

     

    Solo cuando regrese a su hogar recuperará el sentido de la transcendencia.

     

     

    No tener un hogar es no tener un nombre

     

    Una vez al año, pero siempre dependiendo de las exigencias de la producción, al emigrante se le permite retornar a su lugar de origen durante un mes.

     

    El emigrante ha cambiado, muy rápidamente, pero su país sigue igual, no ha mejorado. Incluso puede que haya ido a peor.

     

    Pero es un alivio, pues por fin se le reconoce como alguien deseable, es un héroe, y puede tomarse el lujo de ser delicado. Pero el regreso definitivo “es algo mítico”, no existe el regreso final; ya que nada es como se imaginó.

     

    Tiene prestigio, el emigrante, en su pueblo. Sí. Ahora ven en él a un hombre que tuvo una experiencia distinta, de algo que a ellos les está todavía vedado. Pero esta experiencia nueva no es aplicable al pueblo, ya que es experiencia de otro lugar.

     

    No la puede compartir.

     

    Y se siente solo, una vez más.

     

     

    Coda

     

    Cuando John Berger y Jean Mohr publicaron este libro en 1975 tenían una intención muy clara: la de generar un debate y alentar la solidaridad internacional de la clase obrera. Para su sorpresa, el libro apenas tuvo eco y algunos críticos lo tacharon de insustancial. Dijeron que no era serio.

     

    En el Sur hubo una reacción distinta, comenzó a traducirse. El libro tocaba una fibra íntima, la de quien ha experimentado el desarraigo y la separación de las familias. Se leyó como un pequeño volumen de historias reales, algo parecido a un álbum fotográfico.

     

    En el prólogo que escribió John Berger en 2002 decía que este libro estaba muy vivo, que se ha vuelto más incisivo, apasionado y conmovedor que cuando fue escrito. Y ello es porque contiene muchas vidas que aguardan su reconocimiento.

     

    Pero también hay una nueva razón para esta restaurada energía y es que hoy, igual que ayer, los países bañados por el Mediterráneo nos estamos viendo en la obligación de emigrar. Y es una emigración mucho peor, pues es incierta. Si temporal o definitiva, nadie lo sabe.

    Se preguntaba Ray Loriga en el último número de la revista El Estado Mental: “¿Qué clase de revolución necesita una pequeña sociedad de servicios en el siglo XXI?”. Tal vez el libro de Berger sirva para re-alentar el debate pendiente, y si no pistas o soluciones, sí pueda, al menos, darnos ánimos para pensar este gran problema conjuntamente. Lo cual es, qué duda cabe, un importante acicate para volver a estas vidas duras, difíciles y solitarias de aquellos que sufrieron la emigración temporal del siglo pasado.

     

     

     

     

    John Berger, Un séptimo hombre, con fotografías de Jean Mohr, traducción de Eugenio Viejo, Capitán Swing, 2015, 234 páginas.

     

     

     

     

    John Berger en FronteraD:

     

    Los bosques

     

    Dónde hallar nuestro lugar (por qué sigo siendo marxista)

     

    Un séptimo hombre. Imágenes y palabras sobre la experiencia de los trabajadores emigrantes en Europa

     

     

     

     

    J. S. de Montfort (Valencia, España, 1977) es graduado en Estudios Ingleses por la Universidad de Barcelona, así como diplomado en Literatura Creativa por la Escuela TAI-Madrid. Forma parte del consejo editorial de la Revista Literaria Hermano Cerdo y es miembro de la AECI (Asociación Española de Críticos Literarios). En FronteraD ha publicado, entre otros, Sobre la poética de Luis Rodríguez: la subjetividad como interferencia. El hundimiento‘Yo soy Espartaco’: memorias de un rodaje difícil (y de una época convulsa) y La novela de la no-ideología. David Becerra y la literatura del capitalismo avanzado. Este es su blog.

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