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    La vida bajo tierra. Suiza en un búnker

    Doménico Chiappe - 01-08-2013

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    Como miembro de la Protección Civil suiza, Frank Bourqui se encarga de uno de los dos búnker antinucleares que están habitados en la ciudad de Ginebra. Tiene una salamandra tatuada en un brazo y un corazón en el otro, un arete de oro en la oreja izquierda y el cabello blanco rizado cortado de forma dispareja: largo atrás y corto adelante, a la usanza de los antiguos rockeros. De guardia la tarde de octubre que visité el refugio atómico de la Route de Chancy 6, en el distrito de Grand-Lancy, Bourqui, de 48 años, vestía una camisa de leñador arremangada, un blue jean del que colgaban las llaves y unos zapatos deportivos.

     

    Este agujero enorme situado en la céntrica calle de la ciudad, al lado de las oficinas de Procter&Gamble, pasa inadvertido. Parece la entrada a cualquier estacionamiento entre dos edificios. Al entrar en la oscuridad de un túnel abierto que carece de carteles o avisos, doblo a la izquierda y me encuentro con la gran puerta que precede a todos los refugios subterráneos de un país hiperprotegido no solo por la cadena montañosa de los Alpes sino también por un circuito de construcciones subterráneas capaz de albergar a casi nueve millones de personas y mantenerles allí durante seis meses, según Bourqui. Aún así, las autoridades lo consideran insuficiente.

     

    La puerta blindada tiene un grosor de algo más de 10 centímetros, está cubierta de una lámina de acero pintado. Se cerrará en caso de emergencia. El resto del tiempo, aquí y en otros búnker, permanece abierta. Solo unas puertas de latón con llave de fácil apertura protegen estos lugares ocultos en el resto de la ciudad. En otros refugios, como el de la Escuela Internacional de Ginebra, la puerta no está forrada y se puede ver su constitución, realizada por la empresa Geilinger AG: hormigón puro enmarcado en un sólido hierro fundido que incluye también tres juegos de acorazada cerradura.

     

    Traspasado el umbral, embarga el aroma a comida condimentada y sudor de hombre. El olor espesa el ambiente, aun con una temperatura regulada en 20 grados centígrados y una humedad estable en 55 por ciento. No hay ventanas, desde luego, y, por tanto, no penetra la luz natural. Los focos de neón trazan líneas rectas e imperturbables en el techo, colocados de tal forma que la sombra no existe. Los tonos luminosos que suelen entrar por cualquier ventana se trocan por una blanquecina e incandescente luz que no deja claroscuros. El tiempo, por tanto, solo se nota en los relojes de pulsera. No hay ninguno en las paredes.

     

    Construirlos es una política de Estado, desde diciembre de 1950, después de las dos guerras mundiales, cuando se decretó la construcción obligatoria de refugios para los civiles. La norma se refrendó en enero de 2012, con la revisión de la Ley Federal de Protección de la Población y la Protección Civil, que mantuvo el principio de Un lugar protegido para cada habitante. Sí, el suelo suizo es como un queso gruyère.

     

    Aquí dentro no llega la señal para los teléfonos celulares: la gruesa estructura de la fortaleza lo impide. El día que se cierre la puerta blindada principal la incomunicación y la oscuridad pueden llegar a ser totales. Hoy, en el refugio nuclear de la Route de Chancy habitan 87 personas, aunque el lugar tiene capacidad para nueve más. En casos de catástrofe se recomienda que cada individuo tenga espacio suficiente para obtener unos 3 metros cúbicos de aire por hora. Con un sistema de oxigenación muy estudiado, que atraviesa el lugar de punta a punta, y que purifica el aire antes de expulsarlo, la concentración de población en el área actual, de más de quinientos metros cuadrados, es suficiente.

     

    “En una ocupación militar, la densidad de población sería mayor”, dice Michel Bueno, que es el otro responsable, junto a Bourqui, del orden del búnker. Sus bigotes bajan más allá de las comisuras y tiene una barba cuidada, viste una camisa desteñida que contrasta con el oro que lleva en el pecho y la muñeca. Mientras se interna en el refugio, Bueno, de 51 años, cuenta que cuando hizo el servicio militar estuvo en fortalezas bajo las montañas, tan vastas que contienen pistas de despegue y aterrizaje y en las que era necesario desplazarse en bicicleta y subir y bajar en ascensores. “No son sitios secretos, porque todos los que hacemos el servicio militar los conocemos”, dice. “Pero nosotros firmamos que nunca revelaremos dónde se encuentran”. Y en Suiza, el servicio militar lo hacen todos los varones, excepto los objetores de conciencia, que van a parar, durante más tiempo, a Protección Civil.

     

    Ahora el refugio está parcelado con tabiques interiores que delimitan algunas zonas del recinto. Al lado del acceso se encuentran los baños y las tres duchas con cortinas rosa, separadas por tableros. Un cable de internet se cuela pegado a una pared ocre, hasta la primera sala de estar, donde se apilan los zapatos, casi todos deportivos sin marca reconocible excepto un par de Adidas, frente a una gran mesa, con dos computadoras portátiles. Las máquinas no son parte del mobiliario. Pertenecen al usuario. En el ángulo que hace una esquina de tabiques y el techo, de casi tres metros de altura, un televisor a todo volumen. Hablan del Real Madrid en un canal de cable. El sonido de la televisión reverbera, llena el vacío, todos los vacíos, hasta las dos de la madrugada, cuando se apagan. A la izquierda, el primer dormitorio. Seis literas, en filas de tres. Todas las camas con sábanas blancas. Los que duermen abajo las usan también como cortinas y ganan un poco de intimidad. Los de arriba se tapan la cara, como figuras amortajadas, y al menos aíslan la luz.

     

    Les rodean armarios y taquillas (lockers) en las paredes de los cuartos. Encima, maletas de ruedas verdes, rojas, negras. Cuatro metros más allá, otro salón y otro dormitorio; y más adelante otro, como un juego de espejos interrumpido por un tabique parcial y un humidificador en el suelo. Cada uno con su televisor en el ángulo superior y central, a todo volumen. El último de ellos, ensordecedor, transmite un western. “La luz se enciende cuando alguien la necesita”, dice Bueno. “No hay horarios. El tiempo no se nota aquí dentro. Yo tengo que salir al menos diez minutos cada hora. Resulta insoportable”. El turno habitual de trabajo de los encargados es de lunes a viernes, de 8 de la mañana a seis de la tarde. Ahora que no hay emergencia, la comida llega de afuera, en bandejas plásticas, que se almacenan en ocho neveras y se pueden calentar en los microondas.

     

    La totalidad del refugio de la calle Chancy es mucho mayor y se abriría en caso de necesidad. “Entonces se almacenarían comida y bebida, que están resguardados en otra parte”, afirma Bourqui, quien en el ejército se encargó de la cocina y preparaba los platos de 300 soldados. La cocina del refugio es suficiente para esa cantidad de personas, calcula Bourqui. Tiene hornillas grandes, un fregadero, un horno Therma. Al lado, la zona de lavandería tiene dos lavadoras y dos secadoras, marcas Schulthess y Electrolux. Enfrente, cestas verdes de plástico donde se coloca la ropa doblada. En la puerta, sentado en una silla de plástico, un hombre con gorro escucha música en su iPhone. Otro hombre, que combina un chándal verde manzana con un suéter verde oscuro, está sentado sin recostarse del respaldar de la silla, con los brazos sobre los muslos, mira el western, como hipnotizado, ajeno a nuestra presencia.

     

    Bourqui y Bueno prefieren conversar en la oficina, donde, de pronto, el olor agrio queda sepultado por una fragancia de fresa artificial, que llena la estancia. El tiempo máximo que se permite que alguien viva en un búnker antiatómico es de seis meses. “Es el límite”, dice Bueno. “Podrían producirse trastornos psicológicos”.

     

    Esta tarde, a la población del refugio nuclear se suman dos más al término del día. Ambos jóvenes, de piel muy oscura, cabello corto y crespo agrupado en motas dispuestas de forma regular sobre el cráneo. Señas físicas muy parecidas a las del resto de habitantes, todos procedentes del África subsahariana, con edad promedio entre 20 y 25 años. Los recién llegados visten abrigos, pantalones deportivos. Uno tiene un pequeño bigote y lleva un bolso al hombro; el otro arrastra una maleta. Los únicos que actualmente viven en estos búnkeres suizos son africanos sin papeles y sin posibilidades de obtenerlos (hay otro refugio más habilitado para los que provienen del Magreb). Gente que llega de sus apocalipsis individuales en busca de refugio. El subsuelo es una metáfora del limbo legal en que se encuentran. Y no soportan más que unas pocas semanas allí dentro.

     

     

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    En el corazón antiguo de Ginebra, cerca de las estatuas de los reformadores, Calvino, Farel, Beza y Knox, se encuentra una plaza donde hay una puerta cerrada, que parece dibujada en una pared de piedra. El quicio de cemento blanco tiene, en vez de una inscripción, el relieve de una bomba en vertical, con la ojiva hacia abajo: la bomba cae. Este refugio es uno más de los que, sin llamar la atención, existen repartidos en 900 municipios para 8,9 millones de personas.

     

    La política de tener un refugio debajo de cada edificio construido después de mediados del siglo XX encuentra su justificación en los bombardeos de gas tóxico sobre las ciudades ocurridos en la Primera Guerra Mundial, cuando se creó la Défense aérienne passive (Defensa aérea pasiva), y en el temor que suscitaron las explosiones de las bombas atómicas norteamericanas en Hiroshima y Nagasaki. A partir de entonces, toda construcción que se realiza incluye un refugio, que es supervisado por una oficina especial de la Confederación suiza. Quien no construya debe pagar un canon estipulado entre 400 y 800 francos por plaza, que el municipio invierte en los refugios comunales. Existen especificaciones de construcción que son públicas y estudios de arquitectura especializados en diseñar búnkeres modernos, como el de Jean-Phillippe Stähelin, que enseña en televisión planos donde se prevén incluso espacios habilitados para minusválidos. Sin embargo, el acabado de obra limpia, con tubos que recorren las paredes, alta densidad de hacinamiento en los dormitorios, la luz artificial y las compuertas interiores recuerdan tanto a un submarino como los refugios más antiguos.

     

    Esta ley federal estuvo en revisión hace poco tiempo y, en contra de lo que suele pasar en la política suiza, donde el referendo popular es el requisito acostumbrdo para aprobar la mayoría de resoluciones, solo transitó por instancias políticas. En un dossier llamado Protection de la population, de marzo de 2012, el científico Heinz Herzig, colaborador de la Oficina Federal de Protección de la Población, asegura que la reciente ratificación por parte del Parlamento de mantener la obligación de construir y mantener refugios fue influida, en parte, por el desastre nuclear de Fukushima. Los refugios pueden ser construidos para albergar a la población, ya sean públicos o privados, o para resguardar bienes culturales, y en el discurso oficial de Protección Civil se explica que han sido “diseñados para mitigar los estragos de la guerra y también reducir el daño a las personas en caso de desastres, ya sean naturales o técnicos. O para compensar la destrucción de la infraestructura de la superficie”.

     

    En una sociedad donde la gente no utiliza cortinas en las ventanas ni coloca rejas en los portales de las casas y apenas se encadena la bicicleta cuando se deja en la calle para que pase la noche, tanta precaución, única en el mundo, para la supervivencia en caso de una debacle nuclear sería de difícil entendimiento si se ignora la historia helvética. Una épica de guerra y asedios, según explica el escritor suizo de origen cubano José Antonio García Simón: Desde tiempos tempranos, las tribus de la región sufrieron la invasión de los germanos, sarracenos, húngaros, romanos. Pero la inaccesibilidad otorgada por los empinados Alpes y la prosperidad de sus economías ayudaron a resistir al férreo control de los imperios que dominaban el resto de Europa. A finales del siglo XIII se firmó el primer pacto perpetuo de defensa mutua entre los tres cantones fundadores de la Confederación y durante los años siguientes libraron batallas contra enemigos como los Habsburgo, Saboya o Borgoña. La victoria les permitió expandirse y sumar nuevas provincias.

     

    Para entonces, la reputación de los confederados era temible. Carlos de Borgoña les llamó “salvajes” en una proclama a la hora de su muerte, pero él no regresó de su enfrentamiento con los suizos. Luego, también derrotado Maximiliano I, la Confederación logró la independencia absoluta y los mercenarios suizos comenzaron a librar guerras por encargo, ya fuera de los franceses o del papado católico, a quien todavía hoy sirven: el Vaticano está protegido por guardias suizos. Solo una gran derrota, en la batalla de Marignano en 1515, frenó su expansión. Los libros de historia destacan este punto como el inicio de la neutralidad de la Confederación, famosa durante la Segunda Guerra Mundial (cuatro siglos después de la Reforma de Calvino). Es precisamente este episodio reciente el que anima a los ciudadanos helvéticos a mantener las líneas defensivas. Frente a las voces de nuevas generaciones que cuestionan el servicio militar obligatorio, quienes presenciaron cómo Europa se desangró o que experimentaron las consecuencias del conflicto, mantienen que fue gracias a ese gran ejército invisible y a la red subterránea militar que Hitler prefirió invadir Rusia antes que enfrentarse a los suizos. Si hubo tratados bajo la mesa, no se mencionan.

     

    Una vez al año la sirena de alarma resuena durante un minuto en toda la ciudad. La fecha se anuncia en los medios de comunicación. Se hacen pruebas técnicas y se presume de la alta eficacia de la red. En Ginebra no se realizan simulacros, y solo se pide habituar el oído a alguno de los 114 altavoces que llevan el ulular hasta el último rincón de la ciudad. Si las sirenas se activaran sin previo aviso, se recomienda que se escuche la radio, se cierren puertas y ventanas, se dé aviso a las personas mayores, no se llame por teléfono para evitar sobrecarga y, si se está en la calle, dirigirse al hogar, la oficina o un centro de actividad cercano. Si se habla del tema con cualquier ginebrino, la respuesta siempre es la misma. Confían en que Protección Civil active el protocolo: unos responsables de zona se harán cargo de la situación y de dar instrucciones. Cada adulto conoce cuál refugio le corresponde. Si se vive en el centro de la ciudad, donde las estructuras son antiguas, tienen uno municipal, como el de la Route de Chancy 6, y si se vive en el extrarradio, como en, por ejemplo, el barrio de Chêne-Bourg, cuentan con uno debajo de cada edificio.

     

    En un complejo de viviendas y locales de la calle Petit Senn, a quince minutos en tranvía del lago Le Mans, el refugio queda varios metros bajo la superficie, en el tercer sótano, después de otros dos que sirven para aparcar los coches de los vecinos. El uso que se le da a los refugios privados como este suele ser igual en uno u otro: es el costoso trastero con puertas blindadas y gruesas paredes de cemento sin friso. En casas particulares son usados incluso como bodegas. “Pero, en general, hay aspectos que dependen del cantón o del barrio. Cada uno tiene sus responsabilidades”, dice Bernard Manguin, responsable de comunicación del Hospice général. Por ejemplo, son los propietarios del inmueble los que tienen que construirlos, mantenerlos y equiparlos, mientras que el cantón debe cubrir el déficit de plazas y equipar los refugios públicos, incluso los hospitalarios.

     

    Algunas normas específicas se publican en internet, como las que se encuentran en la web del cantón de Vaud referidas a los refugios en hospitales y geriátricos:

     

    —La altura entre el piso y el techo no puede ser inferior a 2,30 metros ni superior a 3 metros.

    —El grosor de las paredes exteriores depende de cuán profundo esté el refugio. Si no está recubierto de tierra, el espesor mínimo del cemento debe ser de 650 milímetros. Si está enterrado medio metro bajo tierra, la losa debe tener 300 milímetros de espesor.

    —Se regula la cantidad y el tamaño de los baños secos (basados en la deshidratación). En estos casos se contempla un aseo por cada 25 personas, con un espacio de 7 metros cuadrados.

    —La instalación eléctrica debe alumbrar 50 lux.

    —La potencia de los ventiladores que regulan el flujo de aire depende del número de plazas.

    —La cocina debe tener una mesa de acero cromado, con fregadero y escurridor integrados, con un grifo y la cantidad de calderas móviles de dos placas que sean necesarias según la cantidad de plazas.

    —Debe haber suficiente espacio para almacenar el agua, ya sea que se disponga en pequeños recipientes o en grandes tanques de plástico. Se debe contar con 210 litros por plaza.

     

    Cada dos años se inspecciona el espacio. El encargado de mantenimiento de la Escuela Internacional de Ginebra, que queda en un amplio terreno de la Route de Chêne 62, se encoge de hombros: es una obligación, dice. Y se queja de los olores que despiden los aseos secos del subsuelo cuando los revisa. Los refugios de este colegio privado son como enormes laberintos grises a los que se desciende por una escalera sin más adorno que un pasamanos metálico pintado de naranja vivo, color que se utiliza para colorear también los marcos de las puertas blindadas. Cables de electricidad y tuberías de ventilación se deslizan por las esquinas. En cada puerta, un cartel plastificado de tamaño carta con el “modo de empleo del sistema de autoliberación”, en el que se explica cómo cerrar y abrir, y qué hacer si algo falla: para solucionarlo se emplea una gran llave amarilla, que parece una pieza de lego para gigantes, que cuelga al alcance de la mano.

     

    En las paredes se distribuyen rejillas de ventilación redondas y válvulas, interruptores de luz y más carteles con “consignas de seguridad” que indican qué hacer en caso de incendio o de evacuación. No hay forma de orientarse en ese laberinto. Es un rizoma, un racimo cuyas uvas se conectan por pasajes protegidos por puertas blindadas. Cada estancia puede tener cuatro salidas. En ninguna parte cuelga un mapa de este panal subterráneo. En los primeros cuartos del búnker de la escuela se guardan libros viejos y ropa usada que la asociación de padres vende en un bazar con fines benéficos. Pero sea cual sea el uso dado a estos refugios en tiempos de paz, nada los altera de forma permanente. Si alguna vez la alarma suena más allá del minuto, todo parece indicar que sabrán qué hacer.

     

     

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    En el refugio subterráneo de la Route de Chancy 6, vive A. A., iniciales que resguardan el nombre de un aspirante a asilo en tierra helvética. Salió de Chad, en el centro del continente africano, en 2009, cuando tenía 24 años. Lo encuentro en La Roseraie, un centro de acogida de día, un “espacio para la formación de emigrantes” de la calle Maladière, donde se reúne gente de toda nacionalidad para conversar, tomar té y café, ver películas, pasar el tiempo. Está sentado en una mesa con Karim, también musulmana. Juntos miran unos vídeos musicales. Faz oscura, pelo muy corto, finísimo bigote, pequeñas cicatrices en la frente, A. A. usa un celular Nokia E51, el más barato de la marca. Sonríe, mira a los ojos. Resume su historia, la misma que asegura haber contado ya a un tribunal en Vallorbe, que le interrogó para encontrar fisuras en su versión antes de decidir sobre la concesión del estatuto de refugiado. A. A. dice que desde los 16 años se dedicaba a estudiar en una escuela coránica. Viajó en automóvil hasta la vecina Libia, para proseguir sus estudios. Eran tiempos de Gadafi. “La vida era fácil”, dice. Una vez allí decidió que su destino sería Italia. Atravesó más de mil kilómetros para acercarse a la costa. Demoró dos años. En 2011, el año de las revueltas y la caída del dictador, abandonó tierras libias. Embarcó en uno de los botes que atraviesan el Mediterráneo rumbo a Italia, y que atracan en costas donde no hay alcabalas, para que los indocumentados puedan dispersarse por Europa.

     

    En cada pausa que hace al contar su historia, A. A. vuelve a sonreír. Habla árabe, aprendió italiano, comienza a entender francés. Prosigue: Llegó a Milán. Y un año más tarde se encaminó hasta Lugano, en la frontera entre Italia y Suiza. En Chiasso tomó un tren que le internó en territorio de la Confederación. Era el verano de 2012. “Quería estudiar francés”, dice. Bajó del tren en Ginebra. Afirma que siempre viajó solo y que en la nueva ciudad no conocía a nadie. Se dirigió a Cáritas. A los 10 días le enviaron a Vallorbe, donde le interrogaron. Días después regresó a Ginebra. Desde el 26 de septiembre vive en el refugio antinuclear. Tiene una acreditación, imprescindible para entrar cada día a la instalación, emitida el 30 de agosto. Vencía el 1 de marzo de este año. “La estadía máxima permitida es de seis meses”, dice Bernard Manguin. “Nadie dura tanto”. A. A. es uno de los únicos civiles que habitan un refugio antinuclear.

     

    Cuando le vi, A. A. llevaba dos meses ininterrumpidos viviendo en el refugio nuclear. “Difícil, la vida allí es difícil”, resume. La sonrisa se ha borrado de su rostro y ha dado paso a una mueca de asco; gesticula: “Hay mucha gente, vivimos muy juntos. No es saludable. El baño huele mal, el suelo está sucio. Sí, he hecho amistades, pero sé que lo serán mientras permanezcamos dentro”. Su rutina empieza antes de las ocho de la mañana, cuando Michel Bueno o Frank Bourqui, el que llegue en el primer turno, distribuyen el correo. “Siempre preguntan qué es lo que se les entrega”, dice Bueno. “Viven ansiosos. Recelan de firmar la hoja de recepción”. El Estado suizo se comunica con ellos por correo. Puede ser que reciban una comunicación médica, ya que gozan de servicio sanitario completo, o una orden de expulsión. En el cantón de Ginebra se calcula que hay 4.500 personas en situación de espera, en ese limbo legal, pero solo unos pocos viven en los dos búnkeres convertidos en albergues. Manguin asegura que el 30 por ciento de esa población “desaparece”, se diluye antes de que se emita una sentencia. “Algunos cuentan sus historias, otros no”, dice Bueno. “Conocí a uno. Medía metro sesenta y era el que acarreaba el agua hasta su aldea todos los días. Cruzó el desierto, llegó a España donde le detuvieron en un centro de internamiento y saltó a Suiza, pero no pudo quedarse. Hay algunos que demoran años en llegar, y otros, los duros, los jefes, que llegan en avión”.

     

    En el refugio solo hay horarios para dos cosas, aparte de apagar la televisión en la madrugada: entregar la ropa sucia, entre 9.30 h. y 10 h., y recoger la comida. El desayuno, de 8.30 h. a 10 h.; el almuerzo, de 12 h. a 2 h., y la cena entre 19 h. y 21 h. Algunos hombres, “que viven de noche”, según Bueno, se levantan, a veces sin desperezarse, recogen las bandejas frías, y vuelven a acostarse. A. A. prefiere salir a la superficie con el sol y regresar al anochecer. “Necesito aire”, justifica: “No es fácil. Lucho para no enloquecer”. Las otras normas son sencillas: nada de alcohol, nada de drogas (ni consumo ni venta), nada de tabaco. La tarde de mi visita, Bourqui, sentado tras un escritorio, recibe a los dos jóvenes que acaban de llegar. Les entrega una ficha a cada uno, revisa sus documentos y les explica la única regla que no está impresa en los papeles pegados a los tabiques: “Si tú me respetas, yo te respeto, y no tendremos problemas”. Son los nuevos inquilinos del subsuelo y nadie sabe cuánto tiempo aguantarán allí. Como A. A., no tienen otra opción. En caso de una hecatombe nuclear, o de una catástrofe natural que arrase con la superficie, los suizos tampoco la tendrían. Pero ellos, a diferencia del resto de los terrestres, al menos podrán meterse bajo tierra.

     

     

     

    Doménico Chiappe es escritor y periodista, e imparte talleres de Periodismo Literario en la escuela Fuentetaja. En septiembre, Lengua de Trapo editará su novela Tiempo de encierro. En FronteraD coordina la sección de ciberliteratura y ha publicado, entre otros, El Evangelio, según san Trópico y WikiLeaks y el mal periodismo. Su web y en Twitter:  @domEnicochiappe. Este reportaje se realizó gracias a la colaboración de Hortensia Cid, Rodrigo, Natalie Díaz, Yves Bodmer y José Antonio García Simón, y se editó, con ligeras variaciones, en la revista Etiqueta Negra bajo el título La defensa suiza contra el apocalipsis es el búnker

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