Wojciech Jagielski. Foto: Elzbieta Lempp

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    Wojciech Jagieslki: la complejidad del mundo

    Lino González Veiguela - 25-08-2011

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    En la primavera del año 2000, la ofensiva del Ejército ruso para hacerse con el control total de Chechenia, tras su reconquista de Grozny –la capital de la república– a comienzos del invierno había obligado a los guerrilleros chechenos a refugiarse en las montañas. A un frustrado e impotente Aslán Masjádov,  el líder de los independentistas chechenos, le resultaba muy difícil coordinar entre sí a los grupos aislados de combatientes. Si la fortaleza de las guerrillas es su gran movilidad y su capacidad para esconderse de los grandes ejércitos, una de sus mayores debilidades es su dispersión en el territorio, que complica mucho la posibilidad de llevar a cabo acciones conjuntas por el bien de una estrategia común. Además de estas complicaciones logísticas, el ascendente que había logrado entre un gran número combatientes chechenos Shamil Basayev, un indisciplinado lider guerrillero –con oscuras conexiones con el FSB,  el antiguo KGB– complicaba aún más la labor de Masjadov. Basayev discrepaba de Masjadov principalmente en el modo de combatir a los rusos. Shamil era partidario de llevar a cabo acciones de guerra más salvajes, incluyendo el uso de tácticas terroristas, como había demostrado unos meses antes con su incursión casi suicida en Daguestán. Masjadov opinaba que ese tipo de acciones solo conseguían dar más argumentos a los rusos para justificar la invasión y la brutalidad de sus acciones ante la opinión pública nacional e internacional.

     

    El Ejército ruso, derrotado en la primera campaña chechena, se aplicaba ahora –tras el largo invierno– en luchar contra los rebeldes con toda su potencia de fuego. La simple sospecha de que los chechenos se refugiaban en un pueblo de las montañas hacía que los rusos lo bombardearan durante horas.

     

    “El trabajo de los periodistas resultaba muy difícil en esas condiciones”, me comentó  el reportero polaco Wojciech Jagielski hace un par de años en una charla que mantuvimos en Varsovia. “Los rusos preferían que no hubiese demasiados testigos y la prensa no era bienvenida. Pero no solo los rusos complicaban la labor de los periodistas. El negocio del secuestro se había extendido en Chechenia como una plaga. Y también los asesinatos indiscriminados”. De todos modos, Jagielski decidió viajar en la primavera del año 2000 a Chechenia porque, según me dijo, era su trabajo. Llevaba años informando para el diario polaco Gazeta Wyborcza sobre lo que ocurría en aquella república del Cáucaso y creía que era su deber tratar de contar lo que estaba sucediendo allí. Pretendía también entrevistar a  Masjádov, antiguo oficial condecorado del Ejército soviético.

     

    A finales de aquella primavera, casi dos meses después de haber entrado en Chechenia, en el vuelo que le llevaba hacia Moscú, donde haría escala de regreso a Polonia, Jagielski hacía balance de su viaje. Gran parte de esas semanas en Chechenia las había pasado encerrado en un pequeño apartamento de Chiri-jurt, una ciudad a unos veinte kilómetros al sur de Grozny, esperando a que Masjadov le concediese una entrevista que nunca llegaría a celebrarse.

     

    “Si al valorar el resultado de mi estancia en Chechenia me limitaba a considerar el escaso caudal de noticias que había enviado a la redacción y la entrevista fracasada con Masjádov”, dice Jagielski, “no me quedaba otro remedio que concluir que mi viaje no había resultado muy provechoso. Tuve que permanecer encerrado en un pequeño apartamento durante varias semanas, hospedado por un jefe local que había prometido interceder ante Masjádov y que insistió en que por mi seguridad no podía abandonar la casa, excepto en contadas ocasiones, acompañado por él y de noche. Ni siquiera me dejaba acercarme a la ventanas, para evitar que alguien descubriese mi presencia allí. Durante ese largo encierro, sin embargo, tuve la oportunidad de ganarme la confianza de todos los miembros de la familia. Por mi condición de extranjero, vieron en mí a un interlocutor al que poder confiarle las cosas que seguramente no podían confiar a sus familiares. Así que poco a poco comencé a tener acceso a sus vidas. A sus frustraciones y también a sus esperanzas. Supe cómo eran sus vidas en Grozny antes de la guerra, y cómo estaban siendo durante la guerra, desplazados en su propio país. En el vuelo que me llevaba a Moscú comprendí que había tenido la suerte de asomarme a sus vidas como nunca antes me había asomado a las vidas de las personas sobre las que había informado en otras partes del mundo. Así que mi viaje no había sido un fracaso. Al contrario. Tenía, tal vez, una de las mejores historias que había conseguido nunca”, afirma el periodista polaco.

     

    Aquella experiencia se convertiría en el capítulo final de su libro sobre Chechenia titulado Torres de piedra y publicado este año en la editorial Debate. El libro ofrece una crónica de las dos campañas chechenas, alternando las escenas protagonizadas por soldados rusos y por los guerrilleros chechenos. Aunque los auténticos protagonistas del libro son los habitantes de Chechenia, víctimas de un conflicto absurdo, que resultó muy útil a los políticos rusos, primero a Yeltsin y luego a Putin, y en el que también jugaron un papel importante los intereses geopolíticos de Estados Unidos y de Arabia Saudí, a través de la que se canalizó parte del dinero que financió la lucha de algunos de los grupos de guerrilleros chechenos.

     

    De Jagielski se han publicado otros dos libros más en nuestro país, también en la editorial Debate: Una oración por la lluvia (2008), sobre Afganistán, y Un buen lugar para morir (2009), sobre los conflictos que estallaron en la región del Cáucaso tras el colapso de la Unión Soviética en 1991. Estas obras no han recibido mucha atención en los medios españoles, si exceptuamos alguna que otra reseña.  En Estados Unidos y en Italia, por ejemplo, países en los que solo se ha publicado un libro de Jagielski, Torres de piedra, el reportero polaco ha recibido mucha más atención. Por suerte, los encargados del departamento de no ficción de la Editorial Debate son mejores lectores que muchos de nuestros periodistas locales y han apostado por dar a conocer toda la obra de Jagielski.

     

    “Creo que es en ese libro sobre Chechenia donde comento que cuando era más joven, casi mi único interés como reportero residía en conseguir los datos precisos sobre el número de bajas de un enfrentamiento, qué pueblos habían resultado destruidos por una ofensiva, o qué táctica parecían estar empleando los bandos enfrentados. No tenía tiempo para aceptar las invitaciones que me hacían los lugareños para tomar el té o para acompañarlos en una comida o una cena. Tenía que enviar noticias. Luego comprendí que el tiempo que dedicas a hablar con la gente y a escucharla es el tiempo mejor empleado. El resto son solo datos, relevantes pero no fundamentales para entender los conflictos y a la gente que los tiene que afrontar”, me explicó Jagielski sobre su cambio de actitud a la hora de enfocar su profesión de reportero a lo largo de los años.

     

    El encuentro con Wojciech Jagielski tuvo lugar en el centro de Varsovia una tarde a finales de agosto de 2009, un día después de las elecciones presidenciales afganas. Afganistán, país sobre el que hablamos bastante a lo largo de nuestra charla, es uno de los países en los que se ha especializado este periodista nacido en 1960, discípulo y amigo de Ryszard Kapuscinski, que desde hace dos décadas trabaja como enviado especial del diaro Gazeta Wyborcza informando sobre África, Asia Central y Cáucaso.  

     

    Las zonas del planeta en las que se ha especializado han hecho que su carrera haya sido, en cierto modo, atípica. Sus viajes a Afganistán comenzaron a comienzos de los años noventa, y continuaron durante toda una década en la que la atención mundial se centraba en las guerras de los Balcanes, la intervención en Somalia, el genocidio en Ruanda o la Guerra del Golfo. En esos años, Afganistán no interesaba a nadie. Tampoco las repúblicas de la Trancaucasia, enfrentadas a un proceso de cambio tras la caída del Muro de Berlín, que en muchos casos degeneraron en guerras civiles o en cambios de gobierno violentos que no gozaron precisamente de una atención privilegiada en los medios occidentales. En sus obras demuestra, sin embargo, que las buenas historias no están siempre, o no solo, donde se concentra la atención de los focos y de las cámaras. Esto sirve tanto para su libro sobre Afganistán como para el recogió todo su trabajo en las repúblicas del Cáucaso que, por estar situadas en la periferia del imperio soviético, sufrieron especialmente las consecuencias de su desmoronamiento.  

     

    “Hace una semana murió un soldado polaco en Afganistán. En Polonia esa muerte ha causado un enorme revuelo. Declaraciones políticas, debates sobre la presencia de nuestras tropas allí, etc. Se suponía que yo tenía que haber estado en el país para informar sobre las elecciones, pero al final por motivos personales no pude viajar. De todos modos, mis editores me llamaron y me pidieron una historia sobre Afganistán. Me dijeron que sabían que había mucho interés por parte del público en leer cosas sobre el país. Me sorprendió esta afirmación y les pregunté cómo podían saber que había tanto interés en leer historias sobre un país que, por lo general, no suele interesar demasiado, ni siquiera ahora que nuestras tropas están allí. Su respuesta fue que en los últimos días habían observado un aumento en los clicks de los lectores de la edición digital del diario sobre los enlaces de las noticias relacionas con Afganistán. Ese es el momento que vivimos, con unos medios interesados en el número de clicks y no en contar buenas historias ni en hacer buen periodismo”.

     

    Sin embargo, en opinión de Jagielski, el papel de los medios ha de ser precisamente el de generar interés en la gente por lo que está ocurriendo en el mundo, no sólo el de responder esporádica y concretamente a un interés superficial y pasajero. Y ese interés ha de despertarse con historias que no se limiten a repetir los lugares comunes, por mucho que estos nos puedan reconfortar. “Es sabido que preferimos, por comodidad y para sentirnos más seguros, escuchar una y otra vez la misma canción”. Como periodista, afirma, su responsabilidad reside en mostrar la complejidad  del mundo. “El mundo no es en blanco y negro”, repetirá en varias ocasiones a lo largo de nuestra conversación.

     

    En este sentido, Jagielski cree que a la hora de hablar de otros pueblos y otras culturas debemos ahorrarnos los juicios de valor fáciles. No en todos los lugares del planeta las condiciones de vida permiten códigos morales y éticos como los que tenemos en países más desarrollados. “Si viajas a Congo o a Afaganistán, comprendes inmediatamente que la gente ha de enfrentarse cada día a una lucha sin tregua para conseguir las cosas más básicas, como agua, alimentos o seguridad para sus familias. Si a eso sumamos las dificultades que impone vivir en medios adversos, es normal que los valores y los principios sean distintos a los que disfrutamos nosotros”.

     

    Para ilustrar su afirmación, mencionó una charla que tuvo con un viejo líder pastún afgano hace ya algunos años. Jagielski le preguntaba sobre la ley de la venganza que impera en aquellas comunidades. Dicha ley permite que, si tú asesinas a una persona, los parientes de tu víctima tengan el derecho a cobrarse venganza en ti o en uno de tus familiares. “El viejo me dijo que ese sistema de justicia funcionaba, que al menos hacía que uno se pensara dos veces si asesinaba a una persona, pues las consecuencias podrían recaer también sobre su familia. En aquellos días, en las televisiones de todo el mundo se hablaba de la absolución de O. J. Simpson. Recuerdo que el viejo me dijo que no entendía cómo nosotros consentimos que alguien culpable según todos los indicios pueda resultar absuelto solo por argucias procesales y el buen trabajo de los abogados. Y me preguntó si eso me parecía justo. No supe qué responderle. Sólo puedo decir que dado su sistema de desarrollo, en ciertas partes del planeta han de fundamentarse en códigos de conducta y en valores más adaptados al medio y a sus condiciones materiales si quieren sobrevivir”, me comentó Jagielski, añadiendo que es algo que en Afganistán no se ha tenido en cuenta a la hora de tratar de reconstruir el país. Jagielski recogió sus viajes durante más de diez años a Afganistán en el libro Una oración por la lluvia, en el que encontramos historias sobre la larga guerra civil que vivió el país tras la retirada de los soviéticos y sobre el posterior control del país por parte de los talibanes, que terminaría con la invasión estadounidense.

     

    Sobre el momento que vive el periodismo, Jagielski expresó las mismas preocupaciones que muchos de sus colegas: no corren buenos tiempos para la profesión. “Vivimos una época en la que parece primar un información destinada a entretener. Creo que la comercialización de los medios de comunicación, el uso de la información como un negocio sujeto a las reglas de mercado como si fuera una mercancía más, es más peligrosa para la calidad de la información que la censura que teníamos en mi país bajo el régimen comunista. En aquellos tiempos la censura nos imponía una restricción de la libertad que nos hacía pensar cada palabra, valorar cada frase antes de publicarla. Hoy en día, sin embargo, es muy difícil escaparse de la dictadura de los medios  que te piden datos y más datos y como máximo unas declaraciones entrecomilladas. Uno sabe eso y trata de acomodarse a esas exigencias. Cada día hay menos espacio para cualquier intento de realizar un periodismo que trascienda ese estilo telegráfico. Los únicos que están tratando de realizar un periodismo en el que predominan las historias interesantes son los periodistas freelance, que pueden dedicar más tiempo a elaborar las noticias”, comenta, y cita el ejemplo de la reportera noruega Åsne  Seierstad, conocida por su obra El librero de Kabul.

     

    Jagielski me comentó que su carrera se encontraba en un momento crítico. “Llevo ya tiempo planteándome qué camino seguir. No estoy convencido de que mi futuro pase por seguir desempeñando el periodismo tal y como lo he estado practicando hasta ahora”.

     

    Tenía un proyecto que le permitiría viajar durante meses a países poco atractivos para los medios convencionales. Se lo financiaría una fundación, que a cambio de algunos artículos le daría libertad –tiempo y dinero– para escribir sus propios reportajes. Su futuro, en todo caso, me comentó, se concretase o no la posibilidad de llevar a cabo ese proyecto, pasaría por seguir siendo un reportero, aunque tal vez desvinculado de las obligaciones y limitaciones que te impone el trabajo para un diario. “Me han ofrecido ser editor de la sección de internacional de varios medios, y he rechazado el ofrecimiento, incluso han llegado a ofrecerme cargos diplomáticos,  pero en ninguno de esos trabajos me sentiría cómodo. Me sentiría frustrado cada día si dejase mi vida como reportero”.

     

    ¿Y no tiene que pagar un alto precio, al menos en su esfera personal, por llevar la vida que lleva?, le pregunté. “Nunca he tenido la sensación de tener que pagar un precio por lo que hago”, afirmó sin dudarlo en un primer momento. Jagielski admitió, sin embargo, que es cierto que su trabajo le ha impedido pasar todo el tiempo que habría deseado con su familia. Tenía la sensación de haberse perdido algo de la vida de su hijo mayor. “Espero que las cosas con mi hijo pequeño puedan ser distintas”, me dijo. Destacó que su vida familiar había mantenido un cierta estabilidad gracias a su mujer. “Cuando regreso de mis viajes, la gente me pregunta cuánto tiempo me lleva readaptarme a mi vida cotidiana, si tengo problemas para conciliar el sueño y ese tipo de cosas. Yo les contesto que solo necesito una hora conversando con mi mujer para volver a poner los pies en la tierra, por decirlo de algún modo. He tenido suerte. Otros colegas reporteros no han tenido la misma fortuna. Nuestro modo de vida es difícil de compaginar con una familia. Ella era periodista antes que yo y comprende mi trabajo. De hecho fue ella la que me señalo qué camino seguir a la hora de escribir mis libros. Reconoció ciertas características de mi estilo de escritura y me animó a profundizar en ellas”, me dijo.

     

    Jagieslki insistió en desmarcarse de la calificación de corresponsal de guerra: es un periodista especializado en informar sobre ciertas regiones del planeta. Si estalla una guerra en esas regiones, por descontado, viajará allí, es su trabajo, pero no es un periodista especializado en guerras. “Recuerdo que cuando comenzaron las guerras en los Balcanes rechacé viajar allí, no conocía suficientemente la región y en consecuencia no me sentía capacitado para poder realizar un buen trabajo. Lo mismo puedo decir de Irak. Nunca he estado allí, ni siquiera en Bagdad. Tampoco entiendo por qué debería haber estado. Me ocupo de África, Asia Central y el Cáucaso”.

     

    Antes de despedirnos, le pregunté sobre el libro que se había publicado hace unos meses en Polonia –titulado Nocni wedrowcy, algo así como Nómadas nocturnos, inédito aún en castellano– dedicado al conflicto en el norte Uganda, con un movimiento guerrillero liderado por Joseph Kony, un caudillo que se atribuye la facultad de conversar con los espíritus y de leer los pensamientos de la gente. “Estoy contento con el resultado. Es un libro extraño, protagonizado en parte por los espíritus en los que creen los habitantes de aquella región. A lo largo del libro sigo las vidas de unos cuantos personajes y escribo tanto acerca de lo que han vivido como acerca  de lo que piensan y de lo que creen. Tras diversos viajes a la zona comprendí, por ejemplo, que las creencias en los espíritus explicaban en parte cómo Kony había podido llegar a tener tanto control sobre los miembros de su milicia, en su mayoría niños. El sincretismo que se practica en el norte de Uganda posibilita que aunque uno sea musulmán o cristiano continúe creyendo en los espíritus ancestrales, e incluso en algunos modernos, como uno al que llaman Bruce Lee, en honor del actor. Por esta razón, decidí escribir una obra que sin ser una novela, tampoco se podría definir como un libro periodístico tradicional. Conceptos como el de realismo mágico serían más adecuados para definirlo”, me dijo, citando a García Márquez.

     

    Para Jagielski una buena historia es aquella que logra trasladar al lector la esencia de la realidad. “Mi trabajo es contar historias, historias que sean ciertas e interesantes. Una historia no puede ser aburrida. Si me preguntas que cuándo considero que una historia es verdadera, si cuando recoge los detalles exactos o cuando logra expresar la esencia de lo que ha sucedido, te respondería que en mi opinión una historia es verdadera cuando consigue transmitir la esencia”. Añade, siguiendo a Kapuscinski, que no cree en una definición cerrada de periodismo que permita discriminar entre lo que debe ser o no debe ser periodismo sobre la base de las herramientas y los géneros que se usen para contar una historia.

     

    Artur Domoslawski entrevistó a Jagielski –son compañeros de redacción– para su biografía sobre Kapuscinski, Kapuscinski non-fiction (Galaxia Gutenberg, 2010). En el libro Domoslawski comparaba las diferencias entre el comportamiento de Kapuscinski y el de Jagielski respecto a las licencias literarias que ambos se habían tomado en sus obras. En el caso de Jagielski, mencionaba que el reportero polaco había llamado a su libro sobre Uganda “un relato” de la realidad que había conocido en la región norte del país, Gulu, área de influencia de Kony. Un “relato” no un “reportaje”. Como ha explicado Jagielski en varias entrevistas, “en un reportaje puedo cambiar los nombres de los protagonistas para protegerlos, pero no puedo crear personajes”. Algo que sí ha hecho en su libro sobre Uganda, advirtiéndoselo a los lectores al inicio del libro.

     

    Domoslawski también recoge en su libro una frase que también me diría Jagielski y que explica los riesgos de desviarse de la realidad a la hora de escribir un reportaje: “El periodista no puede permitirse demasiadas licencias. Te dices: ‘Voy a salirme solo una vez de la senda del periodismo, solo un poco’. Pero lo importante no es cuántas veces ni lo lejos que se vaya; lo importante es que se sale”.

     

    Lino González Veiguela es periodista. Entre sus trabajos publicados recientemente en FronteraD destacan Vivan Maier: balada fotográfica de un corazón solitario, La edad de oro del cinismo y Europa en la jaima de Gadafi

     

     


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