Elogio de los pájaros

Giacomo Leopardi

[Traducción de José Luis Reina Palazón]

 

 

 

 

 

melio filósofo solitario, estando una mañana de primavera, con sus libros, sentado a la sombra de una casa de campo suya y leyendo; sobresaltado por el cantar de los pájaros por el campo, poco a poco diose a escuchar y pensar, y dejada la lectura, finalmente echó mano a la pluma y en aquel mismo lugar escribió las cosas que siguen.

Son los pájaros naturalmente las más alegres criaturas del mundo. No digo esto en cuanto si los ves o los oyes siempre te alegran; sino que lo entiendo de ellos mismos en sí, queriendo decir que sienten alegría y regocijo más que ningún otro animal. Se ven los otros animales comúnmente serios y graves; y muchos de ellos también parecen melancólicos: raras veces hacen muestras de alegría y son estas pequeñas y breves; en la mayoría de sus goces y deleites no hacen fiesta, ni significación alguna de alegría; de los campos verdes, de las vistas abiertas y hermosas, de los soles espléndidos, de los aires cristalinos y dulces, aunque se deleiten, no suelen dar indicios externos: excepto que de las liebres se dice que en la noche, en las fases de la luna, y sobre todo de la luna llena, saltan y juegan juntas, complaciéndose de aquella claridad, según escribe Jenofonte.


Los pájaros por lo general se muestran en los movimientos y en el aspecto alegrísimos; y no de otra cosa procede aquella virtud que tienen de alegrarse con la vista, sino de que sus formas y sus actos, universalmente, son tales, que por naturaleza denotan habilidad y disposición especial a sentir goce y alegría: apariencia que no es de considerar vana y engañosa. Por cada goce y cada contento que tienen, cantan; y cuanto mayor es el goce o el contento, tanto más vigor y más aplicación ponen en el cantar. Y cantando buena parte del tiempo, se deduce que ordinariamente están de buena gana y gozan.


Y si bien se ha notado que mientras están de amores cantan mejor y más a menudo, y más largo que nunca, no se puede creer sin embargo que al cantar no le muevan otros deleites y otros contentos aparte de estos del amor. Ya que se puede ver patentemente que en día sereno y plácido, cantan más que en lo oscuro e inquieto: y en la tempestad se callan, como también hacen en cualquier otro temor que sienten; y pasada aquella, vuelven fuera cantando y jugueteando los unos con los otros. Igualmente se ve que suelen cantar por la mañana al despertarse; porque son movidos en parte  por el contento que tienen por el nuevo día, en parte por aquel placer que hay en general en cada animal al sentirse reparado por el sueño y recuperado.


También se alegran sumamente de la verdura alegre, valles fértiles, aguas puras y lucientes, del lugar bello. En los que es notable que aquello que nos parece ameno y hermoso, también les parece a ellos; como puede saberse por los alicientes con los que son atraídos a las redes y a las trampas, en las parajes y lugares de caza. Se puede ver también en la condición de aquellos lugares en el campo, en los que de ordinario hay más frecuencia de pájaros y el canto de ellos es asiduo y ardiente. Allí donde los otros animales, si no fuesen los que están domesticados y acostumbrados a vivir con los hombres, ninguno o pocos hacen ese mismo juicio que hacemos nosotros de la amenidad y el deleite de los lugares.


Y no hay que maravillarse de ello: pues no se deleitan sino con lo natural. Ahora bien, en estas cosas una grandísima parte de aquello que llamamos natural no lo es; al contrario es más bien artificial: como por ejemplo, los campos labrados, los árboles y las otras plantas educadas y dispuestas en orden, los ríos estrechos entre ciertos términos y enderezados en cierto curso, y cosas similares, no tienen aquel estado ni aquel aspecto que tendrían naturalmente.


De modo que la vista de cada lugar habitado por cualquier generación de hombres civilizados, y a la vez no considerando la ciudad y los otros lugares donde los hombres se limitan a estar juntos, es cosa artificial y muy distinta de aquella que sería en naturaleza. Dicen algunos, y sería adecuado a esto, que la voz de los pájaros es más gentil y más dulce, y el canto más modulado en las partes nuestras que en aquellas donde los hombres son salvajes y rústicos; y concluyen que los pájaros, aún siendo libres, toman un poco de la civilización de aquellos hombres en cuyas estancias son usados.


Digan estos la verdad o no, sin duda fue notable previsión de la naturaleza el asignar a un mismo género de animales el canto y el vuelo: de modo que aquellos que tenían que recrear a los otros vivientes con la voz, estuvieran por lo ordinario en un lugar alto; donde ella se extendiese alrededor en un mayor espacio y alcanzara mayor número de oyentes. Y en vista de que el aire, que es un elemento destinado al sonido, fuese poblado de criaturas vocales y músicas. Verdaderamente mucho agrado y placer nos produce y no menos, a mi parecer, a los otros animales que a los hombres, el escuchar el canto de los pájaros.


Y esto creo que nace principalmente no de la suavidad de los sonidos, por mucha que ella sea, ni de la variedad, ni de la mudable conveniencia; sino de aquella significación de alegría que está contenida por naturaleza en el canto en general y en el canto de los pájaros en particular. El cual es, como sidijéramos, una risa que el pájaro hace cuando se siente estar bien y agradable.

 


También se podría decir que en algún modo los pájaros participan del privilegio que tiene el hombre de reir: que los otros animales no tienen; y por esto pensaron algunos que como el hombre es definido como animal intelectivo y racional, podría no menos suficientemente ser definido como animal risible, pensando aquellos que la risa no fuese menos propia y particular al hombre que la razón.


Cosa ciertamente admirable es ésta que en el hombre, que entre todas las criaturas es la más apesadumbrada y mísera, se encuentre la facultad de la risa, ajena a cada animal. Admirable también sí es el uso que hacemos de esta facultad: pues se ven muchos en algún accidente extremo, otros en gran tristeza de ánimo, otros que casi no mantienen ningún amor a la vida, seguros de la vanidad de todo bien humano, casi incapaces de cualquier alegría y privados de toda esperanza, sin embargo reír.


Así cuanto mejor conocen la vanidad de los susodichos bienes y la infelicidad de la vida y cuanto menos esperan y menos a la vez son actos para gozar, tanto mayormente suelen los hombres singulares ser inclinados a la risa. La naturaleza de la cual generalmente  y los íntimos principios y modos, en cuanto se refiere a aquella parte que consiste en el ánimo, apenas se podrían definir y explicarse; si no fuera tal vez diciendo que la risa es una especie de locura no durable, o tal vez de desvanecimiento o delirio. Por lo que los hombres, no estando nunca satisfechos ni nunca alegres verdaderamente de cosa alguna, no pueden tener causa para la risa que sea razonable y justa.


A la vez sería curioso buscar dónde y en qué ocasión más verosimilmente el hombre fue llevado por primera vez a usar y a conocer esta potencia suya. A pesar de qué no hay duda que en el estado primitivo y salvaje se muestra por lo general serio, como hacen los otros animales; incluso a la vista melancólico. Aunque yo soy de la opinión que la risa, no sólo aparece en el mundo después del llanto, cosa de la que no se puede hacer controversia ninguna; a no ser que soportara un buen espacio de tiempo ser experimentada y vista primeramente.


Nuestro amor hacia ciertas mujeres es parecido a la amistad que sentimos hacia ciertos hombres. Sólo hay un encanto y un riesgo de más. Si pudiésemos, sin hacer el ridículo, besar la mano, acariciar la mejilla de un hombre al que queremos, oler su perfume, mirarle con ternura, la amistad de un hombre sería más valiosa para nosotros que el amor de una mujer.


En ese tiempo ni la madre sonreiría al niño, ni este la reconocería con la sonrisa, como dice Virgilio. Que si hoy, al menos donde la gente está reducida a la vida civil, los hombres comienzan a reír poco después de nacer: lo hacen principalmente en virtud del ejemplo, porque ven a otros que ríen. Y creería que la primera ocasión y la primera causa de reír habría sido para los hombres la embriaguez; otro efecto propio y particular del género humano.


Esta tuvo origen largo tiempo antes que los hombres habían llegado a una especie de civilidad; dado que sabemos que casi no se encuentra pueblo tan bruto que no haya provisto de alguna bebida o de algún otro modo de embriagarse y no lo suela usar codiciosamente. Cosas que no deben maravillarnos, considerando que los hombres, como  son más infelices que todos los otros animales, a la vez son deleitados más que ningún otro por cada alienación de la mente no trabajosa, del olvido de sí mismos, de la  intermisión por así decirlo de la vida; por lo que interrumpiéndose o por algún tiempo mermándose a sí mismos el sentido y el conocimiento de los propios males, reciben no poco beneficio.


En cuanto a la risa, se  ve que los salvajes, aunque de aspecto serio y triste en los otros tiempos, tampoco en la ebriedad ríen profusamente; fabulando además mucho y cantando, contra a su costumbre. Pero de estas cosas trataré más distendidamente en una historia de la risa, que tengo la intención de hacer: en la cual una vez que haya averiguado el nacimiento de aquella, seguiré narrando sus hechos y sus casos y su fortuna, desde los comienzos hasta este tiempo presente, en el que se encuentra ser considerada en dignidad y en estado mayor que nunca; teniendo un lugar en las naciones civilizadas y haciendo un oficio con el que suple en algún modo  todas las partes ejercitadas en otros tiempos por la virtud, la justicia, el honor y similares; y en muchas cosas refrenando y espantando a los hombres de las malas obras.


Así concluyendo del canto de los pájaros digo, que bien que la alegría vista o conocida en otros, de la cual no se tenga envidia, suele confortar o alegrar; sin embargo muy loablemente la naturaleza proveyó  que el canto y la risa de los pájaros, que es demostración de alegría, y especie de risa, fuese público; mientras el canto y la risa de los hombres, por respeto al remanente del mundo, son privados: y sabiamente operó que la tierra y el aire fueran esparcidos de animales que siempre, metiendo voces de alegría resonantes y solemnes, casi aplaudieran  la vida universal e incitaran a los otros seres vivos a la alegría, haciendo contínuos testimonios, aunque falsos, de la felicidad de las cosas.


Y que los pájaros sean y se muestren alegres más que otros animales, no es sin razón grande. Porque verdaderamente, como he indicado al principio, son por naturaleza mejor acomodados a gozar y a ser felices. Primeramente no parece que estén sometidos al aburrimiento. Cambian de lugar cada rato, pasan de lugar a lugar todo lo lejos que quieras y de la ínfima a la suma parte del aire, en poco espacio de tiempo y con facilidad admirable; viven y prueban en la vida sus cosas infinitas y muy diversas; ejercitan continuamente su cuerpo; abundan en supremo modo de la vida extrínseca.


A todos los animales, una vez que han proveído sus propias necesidades, les gusta estarse quietos y ociosos ; ninguno, si no fueran los peces, y exceptuando sin embargo algunos de los insectos volátiles, va largamente corriendo por sólo deporte. Así el hombre salvaje, excepto para suplir de día en día sus necesidades las cuales buscan pequeña y breve obra, a no ser que la tempestad o alguna fiera u otra sea la causa no se mueve; apenas es su costumbre dar un paso: ama principalmente el ocio y la negligencia: consume poco menos que los días sentado lánguidamente en silencio en su chozo informe, o al abierto, o en las roturas y cavernas de las rocas y de las peñas. Los pájaros, por el contrario, permanecen poquísimo en un mismo lugar; van y vienen de continuo  sin necesidad verdadera; usan el volar por gusto y si a veces van de paseo a centenares de millas del país que suelen frecuentar, el día mismo por la tarde se vuelven.


También en el corto tiempo que se mantienen en un lugar tú no los ves estar nunca quietos; siempre se vuelven aquí y allí, siempre giran, se unen, se pretenden, se chocan, se menean; con aquella viveza, aquella agilidad, aquella presteza de movimientos indecible. En suma, después que el pájaro ha salido  del huevo, hasta que muere, salvo en los intervalos del sueño, no se posa un momento de tiempo. Por estas consideraciones parece que se podría afirmar que naturalmente el estado ordinario de los demás animales, comprendidos también los hombres, es la quietud; la de los pájaros, el movimiento.


A estas cualidad y condiciones exteriores corresponden las intrínsecas, es decir del ánimo; por las que mismamente son más actos para la felicidad que otros animales. Teniendo el oído agudísimo y la vista eficaz y perfecta, de modo que nuestro ánimo con dificultad se puede hacer una imagen proporcionada; por cuya potencia gozan todo el día inmensos espectáculos y variadísimos; y desde la altura descubren en un solo tiempo tanto espacio de tierra y distintamente  divisan tantos paisajes con el ojo cuantos, sólo con la mente apenas se pueden abarcar por el hombre de golpe; se deduce que deben tener una grandísima fuerza y vivacidad y un grandísimo uso de la imaginación.


No de la imaginación profunda, ardiente y tempestuosa, como tuvieron Dante, el Tasso, la cual es una dote funesta y principio de solicitudes y angustias graves y perpetuas, sino de aquella rica, varia, ligera, inestable y juvenil, que sí es honda fuente de pensamientos amenos y agradables, de errores dulces, de varios deleites y confortos; es el mayor y más fructuoso don con que la naturaleza es cortés a las almas vivas. De modo que los pájaros tienen de esta facultad, en abundancia grande, lo bueno y útil a la alegría del ánimo, sin participar sin embargo de lo nocivo y penoso.


Y así como abundan en la vida extrínseca, igualmente son ricos en la interior: pero de manera que tal abundancia resulta en su beneficio y deleite, como en los niños; no en daño y miseria insigne como por lo general en los hombres. Ya que  en el modo en que el pájaro en cuanto a la viveza y a la movilidad de fuera tiene una manifiesta similitud con el niño, así en la calidad del ánimo interior es razonable creer que lo asemeja. Los bienes de tal edad si fuesen comunes a las otras y los males no mayores en éstas que en aquella, tal vez el hombre tendría ocasión de llevar la vida pacientemente.


A mi parecer, la naturaleza de los pájaros, si la consideramos en ciertos modos, avanza en perfección aquella de los otros animales. A manera de ejemplo, si consideramos que el  pájaro vence en mucho a todos los demás en la facultad de ver y de oir, que según el orden natural perteneciente al género de las criaturas animadas, son los sentimientos principales; de este modo seguiría que la naturaleza del pájaro es cosa más perfecta que son las otras naturalezas de dicho género.


Además siendo los otros animales, como he escrito arriba, inclinados naturalmente a la quietud y los pájaros al movimiento y siendo el movimiento una cosa más viva que la quietud, más bien consistiendo la vida en el movimiento y los pájaros abundando en movimiento exterior más que ningún otro animal, y además de esto en la vista y el oído en los que exceden a todos los otros animales y que destacan entre sus potencias, siendo los dos sentidos más particulares a los vivientes, como también los más vivos y más móviles, tanto en sí mismos como en los hábitos y otros efectos que de ellos se producen en el animal dentro y fuera; y finalmente estando las otras cosas dichas antes, se concluye que el pájaro tiene mayor cantidad de vida exterior e interior que la que tienen los otros animales.


Ahora bien si la vida es cosa más perfecta que su contrario, el menos en las criaturas vivientes, y si por eso la mayor cantidad de vida es mayor perfección, también por esto se sigue que la naturaleza de los pájaros sea más perfecta. A tal propósito no debe pasarse en silencio que los pájaros son igualmente capaces de soportar los extremos de frío y de calor, también sin intervalo de tiempo entre uno y otro: dado que vemos muchas veces que desde la tierra en poco menos de un átimo se elevan por el aire sobre alguna parte altísima, que es como decir a un lugar desmesuradamente frío; y muchos de ellos, en breve tiempo, transcurren volando diversos climas.


En fin, así como Anacreonte deseaba poderse transformar en el espejo para ser mirado continuamente de aquella que amaba, o en faldilla para cubrirla o en ungüento para ungirla o en agua para lavarla o en faja que ella se estrechase sobre el seno o en perla para llevar al cuello, o en calzado que al menos ella oprimiese con el pie, igualmente yo quisiera por un poco de tiempo ser convertido en pájaro, para probar ese contento y alegría de su vida.

 

 

 

Procedencia del texto: Opperete Morali - Opúsculos morales

 

Giacomo Leopardi (Recanati, 1789, Nápoles, 1837)
Poeta italiano, miembro de una familia aristocrática, conocedor del latín, francés, inglés, alemán, español, griego y hebreo, tuvo una vida desgraciada por las enfermedades. Vivió en Milán, Bolonia, Florencia y Pisa, ciudades en las que entró en contacto con los principales círculos literarios.
Su obra refleja pesimismo, melancolía y escepticismo, contenidos sin embargo por el pudor y un estilo expresivo clásico. Auténtico polígrafo, escribió tratados eruditos, crítica literaria y traducciones y destacó sobre todo por su poesía, que lo convirtieron en uno de los máximos representantes de la lírica italiana.
Sus Opúsculos Morales (1827) recogen una serie de poemas meditativos, de excepcional musicalidad y nítida expresión, a través de los cuales analiza los grandes problemas que se le plantean al ser humano.
Leopardi fue un impecable artista de la forma, como demuestran sus más célebres composiciones recopiladas en Cantos, publicados en 1831 y 1835 y póstumamente en 1845. Entre sus principales poemas se incluyen: A Italia, Al pie del monumento de Dante. A Silvia, Recuerdos, El gorrión solitario. La calma después de la tempestad. El sábado del pueblo. Canto nocturno de un pastor errante de Asia y el conocido El Infinito. Fue autor además de Zibaldone (1817-1832) y de un importante epistolario (1849) póstumo.
Murió víctima del cólera.

 

 

José Luis Reina Palazón (Puebla de Cazalla, Sevilla, 1947)
es traductor, poeta y profesor de literatura y lengua españolas en Fráncfort. Ha sido Premio Nacional de Traducción en 2001, por su traducción al español de la Obra Completa del poeta Paul Celán, y en el 2007 por el conjunto de su labor. Ha traducido también a los más importantes poetas alemanes (Goethe, Trakl, Enzensberger, Sachs, Benn), franceses (Rimbaud, Mallarmé, Cocteau), rusos (Ajmátova, Tsvietáieva, Pasternak). Como poeta ha publicado los libros Exotarium I y Exotarium II. De reciente aparición es su traducción y compilación de Poesía suiza contemporánea.

 

 

 

Elogio degli uccelli

 

Amelio filosofo solitario, stando una mattina di primavera, co' suoi libri, seduto all'ombra di una sua casa in villa, e leggendo; scosso dal cantare degli uccelli per la campagna, a poco a poco datosi ad ascoltare e pensare, e lasciato il leggere; all'ultimo pose mano alla penna, e in quel medesimo luogo scrisse le cose che seguono.


Sono gli uccelli naturalmente le più liete creature del mondo. Non dico ciò in quanto se tu li vedi o gli odi, sempre ti rallegrano; ma intendo di essi medesimi in sé, volendo dire che sentono giocondità e letizia più che alcuno altro animale. Si veggono gli altri animali comunemente seri e gravi; e molti di loro anche paiono malinconici: rade volte fanno segni di gioia, e questi piccoli e brevi; nella più parte dei loro godimenti e diletti, non fanno festa, né significazione alcuna di allegrezza; delle campagne verdi, delle vedute aperte e leggiadre, dei soli splendidi, delle arie cristalline e dolci, se anco sono dilettati, non ne sogliono dare indizio di fuori: eccetto che delle lepri si dice che la notte, ai tempi della luna, e massime della luna piena, saltano e giuocano insieme, compiacendosi di quel chiaro, secondo che scrive Senofonte.


Gli uccelli per lo più si dimostrano nei moti e nell'aspetto lietissimi; e non da altro procede quella virtù che hanno di rallegrarci colla vista, se non che le loro forme e i loro atti, universalmente, sono tali, che per natura dinotano abilità e disposizione speciale a provare godimento e gioia: la quale apparenza non è da riputare vana e ingannevole. Per ogni diletto e ogni contentezza che hanno, cantano; e quanto è maggiore il diletto o la contentezza, tanto più lena e più studio pongono nel cantare. E cantando buona parte del tempo, s'inferisce che ordinariamente stanno di buona voglia e godono.


E se bene è notato che mentre sono in amore, cantano meglio, e più spesso, e più lungamente che mai; non è da credere però, che a cantare non li muovano altri diletti e altre contentezze fuori di queste dell'amore. Imperocché si vede palesemente che al dì sereno e placido, cantano più che all'oscuro e inquieto: e nella tempesta si tacciono, come anche fanno in ciascuno altro timore che provano; e passata quella, tornano fuori cantando e giocolando gli uni cogli altri. Similmente si vede che usano di cantare in sulla mattina allo svegliarsi; a che sono mossi parte dalla letizia che prendono del giorno nuovo, parte da quel piacere che è generalmente a ogni animale sentirsi ristorati dal sonno e rifatti.


Anche si rallegrano sommamente delle verzure liete, vallette fertili, delle acque pure e lucenti, del paese bello. Nelle quali cose è notabile che quello che pare ameno e leggiadro a noi, quello pare anche a loro; come si può conoscere dagli allettamenti coi quali sono tratti alle reti o alle panie, negli uccellari e paretai. Si può conoscere altresì dalla condizione di quei luoghi alla campagna, nei quali per l'ordinario è più frequenza di uccelli, e il canto loro assiduo e fervido. Laddove gli altri animali, se non forse quelli che sono dimesticati e usi a vivere cogli uomini, o nessuno o pochi fanno quello stesso giudizio che facciamo noi, dell'amenità e della vaghezza dei luoghi.


E non è da maravigliarsene: perocché non sono dilettati se non solamente dal naturale. Ora in queste cose, una grandissima parte di quello che noi chiamiamo naturale, non è; anzi è piuttosto artificiale: come a dire, i campi lavorati, gli alberi e le altre piante educate e disposte in ordine, i fiumi stretti infra certi termini e indirizzati a certo corso, e cose simili, non hanno quello stato né quella sembianza che avrebbero naturalmente.


In modo che la vista di ogni paese abitato da qualunque generazione di uomini civili, eziandio non considerando le città, e gli altri luoghi dove gli uomini si riducono a stare insieme; è cosa artificiata, e diversa molto da quella che sarebbe in natura. Dicono alcuni, e farebbe a questo proposito, che la voce degli uccelli è più gentile e più dolce, e il canto più modulato, nelle parti nostre, che in quelle dove gli uomini sono selvaggi e rozzi; e conchiudono che gli uccelli, anco essendo liberi, pigliano alcun poco della civiltà di quegli uomini alle cui stanze sono usati.


O che questi dicano il vero o no, certo fu notabile provvedimento della natura l'assegnare a un medesimo genere di animali il canto e il volo; in guisa che quelli che avevano a ricreare gli altri viventi colla voce, fossero per l'ordinario in luogo alto; donde ella si spandesse all'intorno per maggiore spazio, e pervenisse a maggior numero di uditori. E in guisa che l'aria, la quale si è l'elemento destinato al suono, fosse popolata di creature vocali e musiche. Veramente molto conforto e diletto ci porge, e non meno, per mio parere, agli altri animali che agli uomini, l'udire il canto degli uccelli.


E ciò credo io che nasca principalmente, non dalla soavità de' suoni, quanta che ella si sia, né dalla loro varietà, né dalla convenienza scambievole; ma da quella significazione di allegrezza che è contenuta per natura, sì nel canto in genere, e sì nel canto degli uccelli in ispecie. Il quale è, come a dire, un riso, che l'uccello fa quando egli si sente star bene e piacevolmente.


Onde si potrebbe dire in qualche modo, che gli uccelli partecipano del privilegio che ha l'uomo di ridere: il quale non hanno gli altri animali; e perciò pensarono alcuni che siccome l'uomo è definito per animale intellettivo o razionale, potesse non meno sufficientemente essere definito per animale risibile; parendo loro che il riso non fosse meno proprio e particolare all'uomo, che la ragione.


Cosa certamente mirabile è questa, che nell'uomo, il quale infra tutte le creature è la più travagliata e misera, si trovi la facoltà del riso, aliena da ogni altro animale. Mirabile ancora si è l'uso che noi facciamo di questa facoltà: poiché si veggono molti in qualche fierissimo accidente, altri in grande tristezza d'animo, altri che quasi non serbano alcuno amore alla vita, certissimi della vanità di ogni bene umano, presso che incapaci di ogni gioia, e privi di ogni speranza; nondimeno ridere.


Anzi, quanto conoscono meglio la vanità dei predetti beni, e l'infelicità della vita; e quanto meno sperano, e meno eziandio sono atti a godere; tanto maggiormente sogliono i particolari uomini essere inclinati al riso. La natura del quale generalmente, e gl'intimi principii e modi, in quanto si è a quella parte che consiste nell'animo, appena si potrebbero definire e spiegare; se non se forse dicendo che il riso e specie di pazzia non durabile, o pure di vaneggiamento e delirio. Perciocché gli uomini, non essendo mai soddisfatti né mai dilettati veramente da cosa alcuna, non possono aver causa di riso che sia ragionevole e giusta.


Eziandio sarebbe curioso a cercare, donde e in quale occasione più verisimilmente, l'uomo fosse recato la prima volta a usare e a conoscere questa sua potenza. Imperocché non è dubbio che esso nello stato primitivo e selvaggio, si dimostra per lo più serio, come fanno gli altri animali; anzi alla vista malinconico. Onde io sono di opinione che il riso, non solo apparisse al mondo dopo il pianto, della qual cosa non si può fare controversia veruna; ma che penasse un buono spazio di tempo a essere sperimentato e veduto primieramente.


Nel qual tempo, né la madre sorridesse al bambino, né questo riconoscesse lei col sorriso, come dice Virgilio. Che se oggi, almeno dove la gente è ridotta a vita civile, incominciano gli uomini a ridere poco dopo nati; fannolo principalmente in virtù dell'esempio, perché veggono altri che ridono. E crederei che la prima occasione e la prima causa di ridere, fosse stata agli uomini la ubbriachezza; altro effetto proprio e particolare al genere umano.


Questa ebbe origine lungo tempo innanzi che gli uomini fossero venuti ad alcuna specie di civiltà; poiché sappiamo che quasi non si ritrova popolo così rozzo, che non abbia provveduto di qualche bevanda o di qualche altro modo da inebbriarsi, e non lo soglia usare cupidamente. Delle quali cose non è da maravigliare; considerando che gli uomini, come sono infelicissimi sopra tutti gli altri animali, eziandio sono dilettati più che qualunque altro, da ogni non travagliosa alienazione di mente, dalla dimenticanza di se medesimi, dalla intermissione, per dir così, della vita; donde o interrompendosi o per qualche tempo scemandosi loro il senso e il conoscimento dei propri mali, ricevono non piccolo benefizio.


E in quanto al riso, vedesi che i selvaggi, quantunque di aspetto seri e tristi negli altri tempi, pure nella ubbriachezza ridono profusamente; favellando ancora molto e cantando, contro al loro usato. Ma di queste cose tratterò più distesamente in una storia del riso, che ho in animo di fare: nella quale, cercato che avrò del nascimento di quello, seguiterò narrando i suoi fatti e i suoi casi e le sue fortune, da indi in poi,* fino a questo tempo presente; nel quale egli si trova essere in dignità e stato maggiore che fosse mai; tenendo nelle nazioni civili un luogo, e facendo un ufficio, coi quali esso supplisce per qualche modo alle parti esercitate in altri tempi dalla virtù, dalla giustizia, dall'onore e simili; e in molte cose raffrenando e spaventando gli uomini dalle male opere.


Ora conchiudendo del canto degli uccelli, dico, che imperocché la letizia veduta o conosciuta in altri, della quale non si abbia invidia, suole confortare e rallegrare; però molto lodevolmente la natura provvide che il canto degli uccelli, il quale è dimostrazione di allegrezza, e specie di riso, fosse pubblico; dove che il canto e il riso degli uomini, per rispetto al rimanente del mondo, sono privati: e sapientemente operò che la terra e l'aria fossero sparse di animali che tutto dì, mettendo voci di gioia risonanti e solenni, quasi applaudissero alla vita universale, e incitassero gli altri viventi ad allegrezza, facendo continue testimonianze, ancorché false, della felicità delle cose.


E che gli uccelli sieno e si mostrino lieti più che gli altri animali, non è senza ragione grande. Perché veramente, come ho accennato a principio, sono di natura meglio accomodati a godere e ad essere felici. Primieramente, non pare che sieno sottoposti alla noia. Cangiano luogo a ogni tratto; passano da paese a paese quanto tu vuoi lontano, e dall'infima alla somma parte dell'aria, in poco spazio di tempo, e con facilità mirabile; veggono e provano nella vita loro cose infinite e diversissime; esercitano continuamente il loro corpo; abbondano soprammodo della vita estrinseca.


Tutti gli altri animali, provveduto che hanno ai loro bisogni, amano di starsene quieti e oziosi; nessuno, se già non fossero i pesci, ed eccettuati pure alquanti degl'insetti volatili, va lungamente scorrendo per solo diporto. Così l'uomo silvestre, eccetto per supplire di giorno in giorno alle sue necessità, le quali ricercano piccola e breve opera; ovvero se la tempesta, o alcuna fiera, o altra sì fatta cagione non lo caccia; appena è solito di muovere un passo: ama principalmente l'ozio e la negligenza: consuma poco meno che i giorni intieri sedendo neghittosamente in silenzio nella sua capannetta informe, o all'aperto, o nelle rotture e caverne delle rupi e dei sassi. Gli uccelli, per lo contrario, pochissimo soprastanno in un medesimo luogo; vanno e vengono di continuo senza necessità veruna; usano il volare per sollazzo; e talvolta, andati a diporto più centinaia di miglia dal paese dove sogliono praticare, il dì medesimo in sul vespro vi si riducono.


Anche nel piccolo tempo che soprasseggono in un luogo, tu non li vedi stare mai fermi della persona; sempre si volgono qua e là, sempre si aggirano, si piegano, si protendono, si crollano, si dimenano; con quella vispezza, quell'agilità, quella prestezza di moti indicibile. In somma, da poi che l'uccello è schiuso dall'uovo, insino a quando muore, salvo gl'intervalli del sonno, non si posa un momento di tempo. Per le quali considerazioni parrebbe si potesse affermare, che naturalmente lo stato ordinario degli altri animali, compresovi ancora gli uomini, si è la quiete; degli uccelli, il moto.


A queste loro qualità e condizioni esteriori corrispondono le intrinseche, cioè dell'animo; per le quali medesimamente sono meglio atti alla felicità che gli altri animali. Avendo l'udito acutissimo, e la vista efficace e perfetta in modo, che l'animo nostro a fatica se ne può fare una immagine proporzionata; per la qual potenza godono tutto giorno immensi spettacoli e variatissimi, e dall'alto scuoprono, a un tempo solo, tanto spazio di terra, e distintamente scorgono tanti paesi coll'occhio, quanti, pur colla mente, appena si possono comprendere dall'uomo in un tratto; s'inferisce che debbono avere una grandissima forza e vivacità, e un grandissimo uso d'immaginativa.


Non di quella immaginativa profonda, fervida e tempestosa, come ebbero Dante, il Tasso; la quale è funestissima dote, e principio di sollecitudini e angosce gravissime e perpetue; ma di quella ricca, varia, leggera, instabile e fanciullesca; la quale si è larghissima fonte di pensieri ameni e lieti, di errori dolci, di vari diletti e conforti; e il maggiore e più fruttuoso dono di cui la natura sia cortese ad anime vive. Di modo che gli uccelli hanno di questa facoltà, in copia grande, il buono, e l'utile alla giocondità dell'animo, senza però partecipare del nocivo e penoso.


E siccome abbondano della vita estrinseca, parimente sono ricchi della interiore: ma in guisa, che tale abbondanza risulta in loro benefizio e diletto, come nei fanciulli; non in danno e miseria insigne, come per lo più negli uomini. Perocché nel modo che l'uccello quanto alla vispezza e alla mobilità di fuori, ha col fanciullo una manifesta similitudine; così nelle qualità dell'animo dentro, ragionevolmente è da credere che lo somigli. I beni della quale età se fossero comuni alle altre, e i mali non maggiori in queste che in quella; forse l'uomo avrebbe cagione di portare la vita pazientemente.


A parer mio, la natura degli uccelli, se noi la consideriamo in certi modi, avanza di perfezione quelle degli altri animali. Per maniera di esempio, se consideriamo che l'uccello vince di gran lunga tutti gli altri nella facoltà del vedere e dell'udire, che secondo l'ordine naturale appartenente al genere delle creature animate, sono i sentimenti principali; in questo modo seguita che la natura dell'uccello sia cosa più perfetta che sieno le altre nature di detto genere.


Ancora, essendo gli altri animali, come è scritto di sopra, inclinati naturalmente alla quiete, e gli uccelli al moto; e il moto essendo cosa più viva che la quiete, anzi consistendo la vita nel moto, e gli uccelli abbondando di movimento esteriore più che veruno altro animale; e oltre di ciò, la vista e l'udito, dove essi i eccedono tutti gli altri, e che maggioreggiano tra le loro potenze, essendo i due sensi più particolari ai viventi, come anche più vivi e più mobili, tanto in se medesimi, quanto negli abiti e altri effetti che da loro si producono nell'animale dentro e fuori; e finalmente stando le altre cose dette dinanzi; conchiudesi che l'uccello ha maggior copia di vita esteriore e interiore, che non hanno gli altri animali.


Ora, se la vita è cosa più perfetta che il suo contrario, almeno nelle creature viventi; e se perciò la maggior copia di vita è maggiore perfezione; anche per questo modo seguita che la natura degli uccelli sia più perfetta. Al qual proposito non è da passare in silenzio che gli uccelli sono parimente acconci a sopportare gli estremi del freddo e del caldo; anche senza intervallo di tempo tra l'uno e l'altro: poiché veggiamo spesse volte, che da terra, in poco più che un attimo, si levano su per l'aria insino a qualche parte altissima, che è come dire a un luogo smisuratamente freddo; e molti di loro, in breve tempo, trascorrono volando diversi climi.


In fine, siccome Anacreonte desiderava potersi trasformare in ispecchio per esser mirato continuamente da quella che egli amava, o in gonnellino per coprirla, o in unguento per ungerla, o in acqua per lavarla, o in fascia, che ella se lo stringesse al seno, o in perla da portare al collo, o in calzare, che almeno ella lo premesse col piede; similmente io vorrei, per un poco di tempo, essere convertito in uccello, per provare quella contentezza e letizia della loro vita.