Coger cerezas

Béla Hamvas

[La melancolía de las obras tardías. Selección y traducción de Adan Kovacsics]

 

 

 

 

El tratado sobre la recogida de la manzana se redactó hace un tiempo. Coger cerezas es algo muy distinto, aunque sólo sea por la música. En octubre, cuando se recolectan las manzanas, a lo sumo chilla el arrendajo, se oye a veces al pájaro carpintero, pero por lo demás reina silencio en el huerto. Yo, por mi parte, en junio ni siquiera subo al cerezo hasta que no comienza a cantar el ruiseñor entre los matorrales vecinos. Forma parte de la ceremonia. Este mundo que nos rodea —como dice Baader— no es la creación originaria, sino su forma fragmentada. Por eso, lo más bello aquí son el destino trágico y las ruinas. No obstante, algo sabemos de la creación originaria y en una ocasión la experimenté. En el sur, mientras una mañana yacía sobre una roca blanca al pie de una adelfa en flor, vi rielar el azul del mar entre las largas y sedosas hojas de forma de aguja de los pinos de Alepo. A ese oro se parece el canto de mi ruiseñor, tan frágil y grave y fragante. Sólo se le asemeja el sabor de la cereza plenamente madura, de color casi púrpura.

 

Dicen que el canto del ruiseñor es un canto de amor. Desde luego que no. Cuando me despierto al amanecer, no abro los ojos, sino que busco con los oídos la voz del pájaro y la escucho. Por la voz me entero de que el cielo está despejado, aunque algunas, pocas, nubecitas vellosas aparecen por el este; de que la hierba está mojada de rocío; de que las cepas de la vid comienzan a florecer y las mosquitas ya las han cubierto; y de que sopla una brisa procedente del sudeste. Y mucho más. Es lo que dice Orfeo: kosmos aiodes, el mundo cantor. El hombre no es capaz de esta música, a lo sumo Mozart, pero su voz —sobre todo en los momentos más bellos— ya es tragedia y ruinas.

 

Abajo en el valle, la lira heroica del mirlo. El sonido del ejército de pinzones, del lúgano, del cuco, de la urraca, que parece un tamboril. Todo esto no existe cuando se cogen las manzanas. Cuando he cogido el último fruto del cerezo, la sinfonía concluye. Las vides han dejado de florecer, la frambuesa ha madurado, igual que la grosella y el melocotón.

 

El día antes, doy varias vueltas alrededor del árbol para ver en qué ramas están maduras las cerezas, es decir, dónde cogerlas. Me baso en el principio de no utilizar una escalera. La escalera es un instrumento perturbador para mi relación con el árbol. Me he dado cuenta, además, de que a los árboles tampoco les gusta la escalera. Sobre todo al cerezo. El cerezo es el más sensible de los árboles. Sus ramas crecen de tal manera que siempre encontramos cómo acomodarnos entre ellas. En la mayoría de los casos hasta ofrece un asiento, a veces incluso un sillón. De esto me percaté ya en mi infancia. Los pisos más altos del árbol cuentan con buenos descansaderos, ahí podernos instalarnos, mirar, siempre hay algunos frutos que se pueden coger y comer, incluso existe la posibilidad de coger el hueso, apretarlo entre dos dedos y hacerlo volar. Lo aprendí de niño. El hueso de la cereza se puede disparar lejos, hasta el árbol de al lado, e incluso a más distancia.

 

Las ramas del manzano no ofrecen comodidades. No sirven para sentarse en ellas y menos aún para apoyarse a gusto. El manzano es una especie de rosal, en todo caso un árbol vanidoso, no le importa nada salvo su propia belleza. El cerezo se parece al ser ideal. Dice Chamfort que el ser ideal es el niño de doce años bien educado. Lo más conveniente sería, señala, sentar a esos seres en todos los tronos de la tierra. Desde el punto de vista de la comodidad, los otros árboles ni siquiera cuentan. A lo sumo el ciruelo. Recuerdo algunos ciruelos de mi infancia que daban acogida hospitalaria entre sus ramas. El nogal sólo en contadas ocasiones, aunque no lo parezca. El nogal posee una idea ingenua de sí mismo, se cree gigante y le gusta crecer por encima de sí. En general, resulta difícil trepar a esos gigantes e imposible descansar entre su ramaje.

 

Una de las grandes diferencias entre coger manzanas y cerezas reside en que en octubre, al mediodía —si nos guía un poco de sobriedad— comemos manzanas en rodajas con nueces y miel. Lo ideal es cortar las manzanas a primera hora de la mañana y echarles la miel para que suelten mucho jugo. El menú de la noche consiste en sopa de verduras y castañas asadas, con mosto. En junio, por supuesto, la dieta no es tan rica. Sin embargo, algo hay que dura tan poco corno la castaña y es igualmente irrepetible e insustituible: la sopa de guisantes. Quien quiera vivir de acuerdo con el régimen perfecto, se encarama al árbol a primerísima hora, se harta de cerezas y luego, cuando el rocío no se ha evaporado aún por completo, recoge los guisantes, los guarda a la sombra y los cubre con un paño para que al mediodía, cuando toca preparar la sopa, estén perfectamente frescos. Es preciso recoger los guisantes temprano porque entonces resguardaremos las esencias frescas del amanecer ante el sol ardiente que brillará más tarde.

 

El hombre es idéntico al espíritu más elevado al poseer aquello que Maestro Eckhart llama chispa del alma, y esta es, como enseñan los hindúes, el verdadero ser del hombre, atman, que no fue creado, que existe desde siempre y es inmortal. Por otra parte, no obstante, el hombre es también criatura, nace y muere. Como criatura que es, no puede vivir por sí solo. Señal de su dependencia y transitoriedad es que, para conservarse, ha de tomar fuerzas, esto es, alimentarse. Y eso que come y bebe no es más que brahman, indican los hindúes. Porque el alimento es brahman, enseñan los Upanishads. El alimento es brahman, hay que tenerlo muy en cuenta. De ahí la importancia de los sentidos.

 

Aprendí las enseñanzas de mi maestro John Cowper Powys en defensa de los sentidos y las sigo al pie de la letra. Probablemente apenas exista en la literatura universal una escena más conmovedora que la del alcalde Geard en A Glastonbury Romance, quien el domingo de Resurrección se pone una enorme hogaza bajo el brazo, vierte vino en la jarra, sale al jardín, se instala bajo los árboles en flor, se arrodilla, parte trozos colosales del pan y los va devorando mientras toma largos tragos de vino, piensa en la Resurrección y se deshace en lágrimas. Esto es la eucaristía. A mi juicio, se trata de una descripción grandiosa del hambre insaciable de brahman y vale muchísimo más que cualquier autonegación.

 

En el fondo, los chinos tienen razón: hay que comer de todo. Yo, por mi parte, desconfío de los delicados y melindrosos. Considero histeria el remilgo. Me cuesta confesarlo, pero sí existe una comida que nunca he podido ingerir: la nata. Este rechazo es sin duda señal de alguna corrupción fundamental de mi personalidad. Un fallo grave de mi carácter y de mi constitución, una anomalía que no he podido cambiar. Las jerarquías existen, desde luego, el hombre tiene derecho a estructurar un orden de valores subjetivo. Nadie puede exigirme poner en el mismo plano la frambuesa con crema y el gulash de callos. No obstante, hay que comer todo lo que se pueda. En efecto, la persona con los sentidos sanos come de todo. Es el hombre normal, el hombre fiable a mi juicio, aquí en la tierra y también más allá. El hombre con gusto. Böhme construye el mundo a partir de los sabores. He pensado mucho en ello y me pregunto si no sería conveniente construir el mundo, en analogía, a partir de las fragancias de las flores, aprender lo que significa el olor del narciso, de la flor de la vid, de la del guindo, de la violeta, de la rosa silvestre, del saúco, del agracejo, de la alheña, de la flor del cornejo, de la lavanda, y qué significan los árboles fragantes como el pino o el laurel.

 

Las manzanas tampoco se pueden coger con las prisas del atosigamiento. Kassner lo denomina sobreesfuerzo. Es lo más lamentable de nuestra época. Guillén lo define como prisa de vivir. La propia vida se deshilacha en lo inexistente. Agobio, precipitación, urgencia. Yo, por mi parte, preferiría mantener el concepto de atosigamiento. Es lo que conlleva la barbarie moderna del trabajo. La historia del trabajo es la historia de la corrupción de la existencia. Te ganarás el pan con el sudor de tu frente. ¡Qué maldición! Y no se puede cambiar. No existe la felicidad del trabajo. Y la alegría en el trabajo sólo se da en un caso: cuando trabajas en devolver al mundo y a ti mismo al sitio originario, en tornarnos de nuevo normales. Lo que tenemos aquí y ahora no lo es. Lo que hay es narcótico, huida, suicidio, rabia, desenfreno, furia. Y cuando la juerga ya no funciona, es preciso añadir alguna mentira. Mejor será que ni la mencione. Cuando la estructura del mundo exterior se basa en el derrumbamiento interno. Actualmente, creo yo, es lo que más hace sufrir al hombre. Obligado a hacer algo mediante lo cual, con enorme esfuerzo y concentración, recurriendo a todo su talento y saber e incluso más (sobreesfuerzo), se arroja a sí mismo a la nada. Las manzanas no se pueden coger a la manera bárbara, con prisas y despachaderas. La más bonita se nos escurrirá de las manos, se nos caerá y se nos dañará. Y las cerezas menos aún. Y tampoco vale hacer lo contrario de lo que uno hace cuando trabaja. No. Coger cerezas pertenece a otro orden de la vida. Allí donde no existen ni prisas, ni agobios, ni sobreesfuerzos, ni rige la norma de realizar lo máximo en el menor tiempo posible. Allí donde no hay atosigamiento. Coger cerezas no es un descanso.

 

No guarda relación alguna con la barbarie del trabajo. Para poder coger cerezas, el hombre ha de ser sencillo, es decir, normal. De lo contrario no hará más que precipitarse y le convendría ir al partido de fútbol.
Coger cerezas es una actividad ajena por completo a cualquier excitación.
Una vez bien instalados en lo alto del árbol, con el cesto colgado
en sitio adecuado al alcance de la mano, con el gancho para acercar
las ramas más lejanas-bien colocado en el ramaje,
queda tiempo para todo. Para deleitamos con el paisaje,
con el huerto de abajo que, visto desde arriba,
parece completamente distinto, rodeado por los árboles vecinos.
Para encendemos un cigarrillo, escuchar entretanto el canto
del ruiseñor o del mirlo, contemplar el resplandor del sol
que al oeste asoma sobre una nube vaporosa y arremolinada.
Mientras, cogemos el cabillo de la cereza con cautela,
lo giramos en la dirección contraria a su crecimiento para que
ceda con facilidad y se desprenda sin fuerza.
Ponemos los frutos en el cesto, de a dos, de a tres, como podamos.
No conviene poner más de tres a la vez, porque el fruto se resiente.
En lo alto del árbol, mientras cogía las cerezas,
viví una experiencia que no he vivido
ni tocando el piano, ni escribiendo, ni pensando, ni viajando.
La experiencia de la libertad.
Porque en ninguna otra actividad la tuve, y para vivirla hube
de partir de la base de que no soy
ni artista, ni escritor, ni aventurero, ni pensador.
Con toda probabilidad, soy un hombre sencillo que se siente y se sabe
libre dentro de circunstancias y tareas sencillas.
De la libertad sólo sé decir que no es ni agradable ni desagradable,
aunque tiende más bien a lo agradable. Ni rastro de excitación.
Me sentí plenamente abierto, y fue bueno. Como mirar a alguien directamente a los ojos. Las cosas ni me obstaculizaban, ni me evitaban, ni desaparecían. La forma más simple de explicarlo es decir que cada cosa era la que era y estaba donde estaba. Todo poseía de alguna manera la inmovilidad de la geometría. Antes, libertad significaba para mí total ausencia de obstáculos, lo cual, por supuesto, no era libertad, sino capricho; ahora sé que ser libre es tanto como ser plenamente consciente de lo que es y dónde está y saber cómo moverse entre las cosas. El cesto cuelga de la rama, el gancho se encuentra a su lado, si quiero coger ese racimo de cerezas, he de dar un paso hacia allí para poder agarrarlas sin riesgo y depositarlas en el cesto. Este, por cierto, está casi lleno, de manera que habré de bajar y vaciarlo en el cesto grande al pie del árbol, porque de lo contrario los frutos se rompen y se pudren más rápido.

 

La conciencia de no ser ni artista, ni pensador, ni escritor, sino un hombre sencillo me llenó de especial satisfacción. Me sentí exento de realizar particulares demostraciones y espectáculos, lo cual contribuyó a poder comprender mi libertad. Nada de producir. Nada de sensaciones. Nada de obligaciones. Nada que se aparte del orden, o sea, nada anómalo. El propio hecho de que la experiencia no supusiera una liberación repentina, es decir, que no se produjera ninguna conmoción. Simplemente se presentó, no como una escena, sino como un presente. No en el sentido de poder hacer ahora cuanto quisiera, no en el sentido de lanzar gritos de júbilo, como escribe el apóstol san Pablo: ¡ahora todo me está permitido! La libertad sólo es excitación mientras no existe, mientras hay en el hombre algo que la prohíbe; en cambio, cuando todo el abanico de posibilidades se abre y desaparece del hombre la oposición a sí mismo, la libertad se torna tan sencilla que uno ni siquiera la percibe si no cobra conciencia de ella específicamente. Es probable que tengan razón quienes afirman que resultaría sumamente fácil convertir la tierra en un paraíso y que sólo nosotros la transformamos en un infierno.

 

Resulta curioso que en mi infancia, cuando algo no me gustaba o me molestaba, cuando, por ejemplo, llegaba gente que no me caía bien, me encaramaba al cerezo incluso aunque careciera ya de frutos, en verano o en otoño, me sentaba en el sillón de 499 arriba y en poco tiempo me serenaba.

 

 

 

 

 

Béla Hamvas (Presov, 1897 - Budapest, 1968)
fue un escritor y filósofo húngaro, estudió filología húngara y alemana y empezó ejerciendo de periodista. Trabajó durante veinte años en la Biblioteca Municipal de Budapest, época en la que publicó numerosos artículos y ensayos, en el último de los cuales defendía el arte abstracto. Sus escritos le acarrearon las represalias del gobierno comunista, que lo privó de su trabajo y prohibió la publicación de sus escritos los últimos veinte años de su vida.
Algunas de sus obras más destacadas, como KarneválPatmosz y Scientia Sacra, circularon de forma clandestina y sólo empezaron a editarse a partir de los años ochenta. La filosofía del vino (Acantilado, 2014) era hasta ahora su única obra publicada en español.

Fuente de la biografía

 

Adan Kovacsics (1953)
nació en Santiago de Chile, hijo de inmigrantes húngaros. Ha traducido a autores como Karl Kraus, Joseph Roth, Stefan Zweig, Imre Kertész y Béla Hamvas entre muchos otros. Como traductor del húngaro y del alemán ha ganado numerosos premios entre los que destacan el Premio Nacional de Traducción 2010 del Ministerio de Cultura por el conjunto de su obra y el Premio Estatal de Traducción de Austria. Es autor de Guerra y lenguaje (Acantilado, 2008) y Karl Kraus en los últimos días de la humanidad (Ediciones UDP, 2015).

 

Fotografía: Editorial Acantilado

Fuente de la biografía

 

Extraido de La melancolía de las obras tardías

Ediciones del subsuelo

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