Poemas en prosa

Francisco Javier Irazoki

 

VISITANTES

Los días que viví se han unido y hablan en voz baja. Antes que yo empiece a escribir, ellos susurran: la poesía no es una delicadeza decorativa, sino una intensidad de la mirada que despierta a la conciencia.

 

ÚLTIMO VERANO

Tenía tres años más que yo y también me superaba en asombros.

     De ingenio ágil, esbelta y con melenas rizadas, su movimiento casi continuo nos incitaba a vivir. La veíamos ascender una cuesta y al poco rato descendía impetuosa por una ladera.

    Detuvo las exaltaciones en los momentos decisivos de nuestras vidas. Pacientemente se sentó a mi lado para que juntos mirásemos unos minerales extraídos de su ansiedad: las páginas de los libros que compraba para mí. A los catorce años empecé a jugar con aquellas sustancias cuyo significado parecía cubierto de tierra y raíces de alguna mina profunda.

    A pesar de su juventud, mi hermana poseía intuiciones antiguas. Como el animal que no se equivoca de espacio y desentierra el alimento sepultado en horas de abundancia, sabía dónde buscarme las palabras. Seleccionó las líneas para desadormecer. Los domingos, antes de irse a sus distracciones de adolescente, dejaba a mi alcance las lecturas que había seleccionado: Francisco de Quevedo, James Joyce, Vicente Aleixandre, Octavio Paz.

    El tiempo restante fue para la euforia y las oscuridades del fondo. Me trajo con puntualidad su provisión de inquietudes, pero por seguir su modelo luminoso lancé al aire un puñado de larvas que había arrancado de los textos de Lautréamont.

    Era aún veinteañera cuando la enfermedad le redujo la alegría y el peso. Permanecía en silencio, y entre nosotros se adensó la niebla de los parajes donde ella rastreaba las palabras. Como si las frases hubieran igualmente adelgazado o perdido sus adherencias de gozo y misterio, dejamos de hablar.

    En el último verano compartido, probó una postura. Nosotros nos agachamos para imitar su muerte recogida en el hueco de las palabras vaciadas.

    Cuando pienso en ella, palpo un obsequio: me acompañó para que yo supiera estar solo.

 

LA CASA DE MI PADRE

Desde la vivienda primero se veía el miedo y después el color verde del paisaje.

    Ahora digo:

    Defenderé la casa de mi padre contra la pureza y sus banderas ensangrentadas.

Para defenderla, regalaré cada una de sus piedras, ventanas y puertas. Las recibirán quienes no piensan como yo.

Los nuevos habitantes airearán los solivos y escaleras; alzarán el vuelo bajo de nuestros espíritus.

    Defenderé la casa de mi padre abriendo una brecha en el tejado; por allí gotearán los idiomas y músicas venidos de tierras desconocidas o remotas.

    En la defensa de la casa vaciaré el orgullo con que dibujamos una frontera de árgomas mojadas.

    Descompuestas las paredes, ningún adversario vivirá ovillado en el nombre de un animal.

    Sólo veremos un clavo enfermo en el sitio donde estuvieron las frases de quien justificó el crimen político. El silencio ha desnudado a los que callaron ochocientas veintinueve veces.

    Sin enemigos, el poeta Gabriel Aresti se recostará aliviado en la nobleza de los lobos.

    Ofrecida la casa, impediremos que en el espacio de su ausencia y memoria los hombres sean extranjeros.

 

 

 

CIEN PALABRAS GEMELAS

He llegado a la Zona Cero de Nueva York. Sin dejar de estar solo, soy un punto de la muchedumbre que se inclina y pone la cabeza en el pavimento. A él cayeron casi tres mil personas sacrificadas en nombre de un dios con las dimensiones del odio humano. En el suelo escuchamos ahora un mensaje. Dice: el grito era un gran bloque que nos impedía ver los paisajes. Con muchos esfuerzos musicales y simbólicos, conseguimos afinar la silueta del grito. De su interior, de las simas del pánico, sacamos estas pocas palabras: el triunfo consiste en no haber herido.

 

CANCIÓN TÓXICA

A veces agito la campanilla y pido los venenos.

     El primer plato lo sirve Rokia Traoré. Ella misma lo ha preparado cantando en un pozo, y trae los ingredientes recogidos en unas hojas anudadas con los cabellos que cortó de su cabeza. Para estimular mi apetito, un pez rojo, con el brillo de los espejismos del desierto, asoma y desaparece entre los labios de la cocinera.

    El segundo plato lo saca, con dolor etíope, Aster Aweke. En una calabaza vacía mezcla ochenta idiomas, muele las especias del éxodo y me dibuja las curvas de un río.

    Acompaño los manjares con agua de un precipicio que se llama Billie Holiday.

    Dejo de temblar y, ya ebrio, sacudo mi sombrero bajo el polvo amarillo de la música.

 

CONOCIMIENTO

Ya la vi en los primeros días que recuerdo. Al principio la gota estaba a una altura inalcanzable: en las cimas de los grandes árboles, pendiente de una hoja invisible. La distancia no difuminaba la imagen, y percibí en su interior algunas palabras borrosas. Con el sol del verano la gota de agua aparecía sin sujeción en el horizonte.

    Conforme crecí, la gota descendió hasta el alero de un tejado. Mis años fueron el imán que me acercaba a una esfera de palabras siempre ilegibles. Llegaron los días violentos de la juventud y ella los acompañó desde una tapia. En la edad que precede a la vejez la encuentro suspendida de los arbustos y hierbas. Solitaria, sobresale incluso en medio de la lluvia.

    Los viejos no caminan con lentitud por culpa de la carga del tiempo; sólo intentan no pisar la gota de agua caída al suelo de los últimos caminos que recorren. Hasta que los pies cansados rompen esa pequeña bolsa líquida. De ella salen libres las palabras indescifrables cuyo significado, por fin esclarecido, nadie puede transmitir.

 

TRAVESÍAS

Desde los primeros minutos fui integrado en la locomotora. Mis pequeños mecanismos, bagajes y mercancías forman parte de uno de los vagones que la máquina arrastra. Nuestros rostros son las ventanillas.

    Todos los cuerpos enlazados sobre los raíles viajamos al deseo, y la travesía es una búsqueda de frutas, sexo, monedas. Las necesidades trazan el circuito. Su azar guía a los conductores. Los demás viajeros nos atraen por sus sonidos en una curva, el brillo acelerado, las humedades violentas.

    Velozmente exponemos e intercambiamos unos rótulos: posesiones, creencias, juicios.

    Con las breves paradas de la locomotora, los pensamientos calculan el caudal del deseo: una imagen de los relojes que avanzan sin desunirnos de la juventud, unas lejanías de abundancia, la lujuria obediente.

    El tren circula entre montañas nocturnas, dejando a un lado pueblos blancos con nombres de religiones, sistemas políticos, ideales.  De vez en cuando atropella a un ser solitario que, cegado por las luces, cruza el camino de la disidencia.

    En la madrugada del extrarradio vemos cuerpos de hombres caídos, abiertos en canal por una reja de niebla.

    Cerca de alguna estación, en un terraplén o túnel, mis engranajes empiezan a desprenderse de la máquina. Mi silueta de cables sueltos y vidrios rotos será abandonada en otra frontera.

 

ORQUESTA DE DESAPARECIDOS

Diariamente, al atardecer, escucho a los músicos. Si me traslado a algún país extranjero, ellos hacen el mismo viaje que yo y coincidimos en una explanada, en los mercados, en un refugio.

    Los miembros de la orquesta recorren las rutas escarpadas y los desfiladeros de mi memoria. Los he visto de noche, extenuados, mientras suben a pie o en bicicleta una colina de mis pensamientos. Llegan empapados de recuerdos a las nuevas ciudades, pero los primeros compases que interpretan limpian sus ropas.

Las personas que se alejaron de mi vida forman la orquesta. Sus muertes o su desamor se han convertido en música.

    Una mujer que me amó empuña el micrófono y canta con la cabeza llena de peces. Se palpa los animales marinos hasta que el pez del dolor despuebla su mente. Entonces, con las notas finales del blues, entrega a los oyentes un pequeño esturión que lleva en la boca los filamentos luminosos de los días que vivimos juntos.

    El contrabajo lo pulsa otra antigua amante. No es bella sino algo más peligroso, porque ha nacido en un país de gatos libres. Mi padre y mi hermana abren sus ausencias con el arco del violonchelo. La madre golpea en el timbal nuestras pieles de ancianos bebés.

    Encogido detrás de los instrumentos, el amigo que me traicionó pone cerca de sus pies de percusionista el sombrero adonde caen las monedas caducadas.

    Soy todos los espectadores. En las filas delanteras se sitúan el niño sucesivo, el adolescente que caminó entre vidrios de diccionario, los jóvenes que fui.

    Acabado el concierto, cada componente del público vuelve a adentrarse en mí y la orquesta de desaparecidos ve mi disolución en el paisaje.

 

ORACIÓN LAICA

Sin templo ni dogmas, sin rito ni devociones, he desocupado un paraje mental.

     Lo ocupará una piedad sin recompensas.

     Piedad por los que únicamente conocen las libertades del silencio.

     Piedad por quien ha crecido alimentado por los abandonos.

     Piedad por los que al abrazarse aprietan una escalera solitaria en el cuerpo de la persona amada.

     Piedad por los hombres que regresan a la infancia y aprenden más dolor en los hospitales.

     Piedad por el apedreado en el callejón oscuro de las razas.

     Piedad por nuestros habitantes perdidos en la sima de un pensamiento. De noche los encontramos mientras suben una montaña. Caminan con la energía de los antiguos esclavos.

     Piedad por los que duermen o se despiertan sin cubrirse con los apellidos de una patria.

     Piedad por quien llega solo y sin equipaje a los tribunales de su conciencia.

     Piedad por los que desean a hombres y mujeres cercados en la niebla de un despeñadero.

     Piedad por quienes con su amor disidente golpean los muros de la moral.

     Piedad por los que sobreviven escondidos en una creencia.

 

 

 

 

Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954)
fue periodista musical en Madrid. Formó parte de CLOC, grupo de escritores surrealistas. Desde 1993 reside en París, donde ha cursado estudios musicales: Armonía y Composición, Historia de la Música, etc. Cielos segados (Universidad del País Vasco, 1992) recopiló toda su poesía hasta 1990: Árgoma, Desiertos para Hades y La miniatura infinita. La editorial Hiperión le ha publicado las cinco últimas obras: en 2006, el libro de poemas en prosa Los hombres intermitentes; en 2009, La nota rota, semblanzas de músicos de épocas variadas; en 2013, el libro de versos Retrato de un hilo; en 2015, Orquesta de desaparecidos, poemas en prosa; en 2017, Ciento noventa espejos, prosas breves. Durante cuatro años (2009-2013) Irazoki ha escrito su columna Radio París en El Cultural, suplemento del diario El Mundo. Actualmente es crítico de poesía en dicho medio de comunicación.