Sin ir más lejos

Fermín Herrero

La poesía

es la conciencia.

Muchas veces la profané,

lo haré de nuevo. Es más,

ya la estoy traicionando.

La poesía no tiene

complacencia, trabaja

a favor del olvido

de uno mismo.

En ausencia de Dios,

lo espera; si se esconde,

lo busca, porque sabe

de su insignificancia. Lo diré

por derecho: la poesía

ha de mostrarse. La bondad

se ve, no necesita

verborrea. Y a cada uno

según sus obras.

La poesía es la conciencia,

ese invento judío, según Hitler.

Es una enfermedad de índole religiosa

que afecta a los más débiles

de la especie.

Que todo es regalado, acuérdate,

que en mucho has de tener, más allá

de ti, cualquier amor, cualquier indicio

de amistad, de misterio compartido.

Vivimos de milagro y eso es suficiente.

Es cierta la belleza aunque lacere,

sobrecoja, remanse y niegue el tiempo.

Que es de admirar por junto, de parte

a parte, lo pasado y lo por venir,

de plenitud en plenitud. Si bien

una sola constancia bastaría. Una sola.

Que de tanto contento no se te acaben

estos días si deja de alumbrar el sol,

que dejará. Actúa como si no lo supieses

y, ante lo inevitable, como fuere razón.

Hemos subido andando hasta el castro

por la pared del monte, parándonos a ratos

para coger aliento. Con el resol, arriba,

entre las piedras, los acebos, la tarde detenida

y con nosotros, nada, las voces de los muertos,

las aves que, hacia el cielo, se perdían.

En la hondonada, manchas de robles

agostados, la soledad desde que el mundo

es mundo. Descendimos a paso vivo,

al fondo el pueblo, el campanario, la vida

con sus cosas, los días que se fueron,

nada: tu voz, la mía. La tarde detenida,

transparente. Al salir de la dehesa te miré,

sonreíste. Nos hemos dado, luego, la mano.

 

 

 

 

En la pared de adobe del palomar

un rayo de sol último se rebalsa,

se enardece entre dos luces. Con barro

y paja se asentaban las tejas

después de levantar las casas. Se usaba

lo que había, ateniéndose a la tierra.

Las fincas de labor se oscurecen,

son fuertes, gastan mucho arado.

La rojiza aspereza del adobe

guarda la claridad hasta la entraña,

tiene muy buena encarnadura

para cicatrizar la sombra, las heridas.

Es propio de los jóvenes ser

oscuros, con los años en cualquier

levedad se cimienta un equilibrio.

Se vuelve el viento taciturno en los cipreses

y la corteza de los abedules es un albor

tan glacial que de pronto me lleva

a Shalámov, mascando bayas en Kolymá

o cochinillo congelado o carne

de perro. Las miserias del siglo.

Lo atroz. En cuanto llego al manantial

aspiro unas matas de hierbabuena,

me las estriego por las manos. La sangre

no se quita con nada. Ni el horror.

Me acuerdo de pequeño, castigado

en la corte por no querer ir a la escuela.

Cuando se lleva un rato en la pocilga

no huele mal. Ya no huele. Con un palo

remuevo el lodo de la fuente. Así es,

todo tiende a enfangarse o se disipa

como si fuese humo. A menudo, hasta el crimen

se glorifica. No huele. Calla el viento en los cipreses

al cielo del atardecer. Todo acaba sumido

en el tiempo. No huele. Qué inútil decir,

qué difícil. Alrededor del manantial

el musgo, berros en el reguero.

Se han espigado, observo su flor menudísima,

el fresno que se inclina sobre el agua.

 

 

 

 

Siempre un frío que pela. En cuanto las sacas

del bolsillo, las manos se te enganchan.

Venimos cada año al cementerio.

La puerta está cerrada con unas cuerdas

de paca. Desatamos los nudos.

Mi madre lleva un azadillo y un caldero

con un poquitín de agua para los ramos

de crisantemos y de rosa tardías,

de haberlas. Reza un padrenuestro y se pone

a cavuchar las tumbas, aporca algo de tierra

hasta formar una lomilla, destripa

los pequeños terrones. El frío

es bueno porque es blanco. No conocí

a ninguno de mis abuelos. Hay hierbas

secas, recién cortadas, excepto en las esquinas,

llenas de pasto y cardos. Han sujetado

con alambres las flores de plástico, a las cruces,

a algunas cruces. Faltan letras de los nombres,

las que tienen. Mi madre deposita

muy despacio, con mimo, los ramos

encima de los lomos, como si acostase

a los abuelos con amor.

A veces caen chispas de aguanieve.

Miramos a poniente, a lo alto. Nos vamos.

Mi madre se persigna. El frío es nuestro.

Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria - 1963)
es natural de Ausejo de la Sierra, Soria. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza. Premio de las Letras de Castilla y León 2014 y de la Crítica de la Comunidad por su libro La gratitud, galardonado previamente con el ‘Gil de Biedma’. El núcleo de su obra se ha publicado en la editorial madrileña Hiperión: El tiempo de los usureros, Un lugar habitable, Tierras altas, Echarse al monte, Tempero y Sin ir más lejos, que obtuvo el premio ‘Jaén’ y con posterioridad el Nacional de la Crítica. Una amplia selección de sus poemas, que han aparecido en varias de las antologías más representativas de la lírica española actual, se encuentra en Lastre. Ha colaborado en revistas literarias y de pensamiento como “Archipiélago”, “El Ciervo” o “Turia” y actualmente lo hace en “La sombra del ciprés”, el suplemento de cultura de “El Norte de Castilla”.

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