Ya nadie se llamará como yo

Agustín Fernández Mallo

 

 

    En un poema nada cabe de naturaleza sentimental. Quiero decir que, como cualquier máquina, debe carecer de ingredientes superfluos. Su movimiento es un fenómeno de carácter más físico que literario.

WILLIAM CARLOS WILLIAMS

    Necesito un mapa que me muestre el mundo prehistórico coexistiendo con el mundo presente.

ROBERT SMITHSON

 

 

Como si hubiera perdido la fe en el sueño

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desde que en 2013 se confirmó la existencia del bosón de Higgs,

el vacío no es la nada, sino un lugar lleno de partículas.

Queda así la nada reservada para el lenguaje de la poesía,

las religiones, el ámbito de lo que algunos llaman lo difuso.

La realidad, por mediación del lenguaje, como un río

se ha creado a la vez que escindido.

 

Ello me plantea un problema, radical duda que se hunde

en el lodo de mi lenguaje aprendido:

buscarte en el vacío o en la nada, en cuál

estás tú ahora.

 

 

 

Mordemos el anzuelo de agosto, por la noche

mis cuñados y yo salimos al corral, un cigarrillo,

uno dice que el suyo es de contrabando y entra

en sus pulmones todo el Atlántico que lo trajo, el otro sueña

con tumores y fractales y pareciera que allí afuera

estuviéramos también fuera del mundo.

Las ventanas mostraban una luz que ya no nos pertenecía.

Las montañas no son románticas, sólo reales, digo.

El canto de los grillos sugiere una sola alma.

Comentamos algo

de una crisis financiera que pasará y se llevará

nuestra parte iluminada

—Ia casa emitía luz por otras muchas rendijas-,

el azul de la ceniza será la primera incandescencia

—¿no ves acaso fuegos fatuos en los ojos de los gatos? —.

El agua y la tierra de río no comparten

naturaleza pero envejecen al mismo tiempo.

Alguien nos llama para la cena.

Tres colillas aplastadas a punto

de formar una letra.

 

Esta noche el objetivo es aumentar de volumen, imitar

al agua que no corre,

alcanzar el estado del hielo.

 

 

 

A la luz blanca le brotan colores para anunciamos

que se va al recreo, al lavabo, de vacaciones,

pero va de compras

 

—la luz compra el mundo, siempre ha querido comprar el mundo,

ocuparlo todo es su misión, nunca ha descansado y nunca descansará, incluso los agujeros

negros se hallan saturados de luz, auténticas multinacionales de la luz—,

 

pero aquí, ahora mismo, es noche cerrada

y la de las estrellas no satisface lo anteriormente dicho

—mucho menos la de la luna: llega con la suciedad

de lo adquirido en segunda mano—.

El páramo se curva más que el ojo, así que

es inmenso, el viento husmea en el frío un boquete de salida.

Algo brilla entre unos matorrales, me agacho,

una tarjeta de crédito.

 

La había perdido años atrás, las espinas de los cardos

perforan la banda magnética, roedores han limado

la media luna de sus dientes en la fecha de caducidad, un manto

de liquen cubre los dígitos de control y mis apellidos,

no mi nombre,

me dejan huérfano.

En seguida recuerdo:

mi primera cuenta corriente, Caixa Galicia,

un amigo había dicho

«así me ayudas a que me prorroguen el contrato,

después la olvidas y ya está».

La meto en el bolsillo —un acto reflejo—.

Al instante la dejo donde estaba.

 

NOTA: Entonces sentí algo muy raro, como si todos los signos sé quedaran sin referente, como si decir liquen, matorrales, roedores, tarjeta de crédito o contrato fuera nombrar objetos sin vida nuestra, sólo vida de ellos, muy adentro de ellos, opaca a mis manos como es opaco el Universo más allá del horizonte de sucesos, los alimentos más-allá de la fecha que los caduca de veras, o el sistema nervioso de esta lagartija que ante mis ojos se tumba sobre la banda magnética y espera la salida de un sol que no cubre el mundo sino que lo atraviesa. Me siento en un tronco, espero con ella. Imagine que años más tarde alguien dice acerca de mí: «tras adentrarse en las montañas del Norte para nunca más ser visto...». FIN DE LA NOTA

 

Tú no eres mi objetivo, ni tan siquiera mi deseo, sino la herramienta, “el metro con el que medir la altura y profundidad pero sobre todo la anchura de las cosas,

la gota de aceite que en busca del agua se extiende para después, esférica, no mezclarse,

los poetas también han hablado del sol, de las manzanas, de la luna, de los ojos, de las bolas de fuego y de las lágrimas, todas ellas esferas,

hemos vuelto a la mitología de lo tangible,

como si nunca hubiera existido el aura de la basura o el magnetófono,

como si los que se fueron hubieran estado alguna vez entre nosotros,

como si tu recuerdo se erigiera en catedral sin órgano —creo distinguir una nota, tan lejana y abstracta que podría ser la de una misa a la que jamás he asistido, la de una radio de un chiringuito que no pisaré—.

Las raíces expían su amargor de genciana bajo tierra.

Los ríos subterráneos están ahora mismo vaciándose.

Un todoterreno se hunde hasta los faros.

 

 

 

En el tronco de un álamo del último bosque encuentro una hoz y un martillo, no fueron grabados por una hoz de verdad y un martillo de veras,

creo recordar el abrecartas, la fantasía burguesa que residía en su punta de rayo, eficaz tan sólo en materiales blandos,

cosas borradas por la rotación de la Tierra,

la hierba lanza un mugido y revienta el cielo y todas las leyes de la gravedad que hemos ido inventando,

la afasia es un estilo en sí misma,

más allá, la nieve se muere por indagar sus propios sueños, crecer hasta suplantar al lago que nivela el mundo, pero sigue dormida,

hoy como luz

y vomito luz,

los dibujos de niños que nunca regresaron a pesar? de haber dado

los pasos adecuados.

A esa hora en la que los tallos de los arbustos son

relojes de sol, y sus pequeñas ramificaciones dan la hora

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ya nadie se llamará como yo,

me dijo.

Pasas por delante y te detienes a oír sus ronquidos, lenguaje

que ni un tigre de Bengala ni los pájaros de Alaska

hubieran podido descifrar.

 

Imposible anticipar en aquel momento su calavera

de Damien Hirst, playa de diamantes en la que hablan

de sus cosas los muertos.

 

 

 

La muerte es una fiesta de la objetividad. Si hoy estuviera interesado en experimentar la felicidad iría al supermercado, compraría leche entera, helados grasos, buen vino de oferta, transformaría los productos en fantasmas personales, haría coincidir la agenda del teléfono —fijo como un pilar, un cimiento, una columna que siempre hubiera estado ahí— con la del teléfono móvil, copiaría cuanto tengo en discos duros repartidos por la casa: desplazar mi cerebro del mismo modo que la tela de araña —que todo lo siente— es un desplazamiento del cerebro de la araña, y en un vaso transparente metería un montón de monedas de 1 y 2 céntimos de euro —la miseria impostada tiene mejor aspecto vista a través de un cristal, a ser posible curvo—.

 

Pero la mímesis no asegura la supervivencia, algunas orugas simulan ser brotes de matorrales y el jardinero las poda, hay insectos-hoja que se comen entre ellos porque se toman por hojas reales, la simulación de la identidad conduce a la homofagia, incita al canibalismo.

 

La muerte es una fiesta de la objetividad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una flecha de sombra se clava en el agua y la sombra de la flecha se clava en mí e ilumina lo que vengo inventando. Me das la mano, acontece el seísmo.

Un problema: iguales son las heces de todos los humanos pero no hay dos humanos iguales.

El vidrio de la ventana parece una estrategia de la luz, la difunde sin esfuerzo.

Las tumbas aguardan vacías como un vaso aguarda la gota que lo desborda. Bajo este prado otras vallas nos contienen. El álgebra sustituye números por letras para operar sin necesidad de calcular, por eso escribo.

Cada instante se cierne sobre el inicial y lo enhebra, la fiesta se prolonga hasta que el confeti acoge a la mosca, se posa y antes de partir dicta su mensaje.

El cosmos está lleno de esta clase de fantasmas, estrellas cuya luz nos engaña incluso muerta.

No es que el agua no tenga forma, acaba de olvidarla.

Tu caligrafía, abstracta como la Historia.

 

 

 

Fuente: Editorial Seix-Barral

 

 

Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967)
es licenciado en Ciencias Físicas.

Su última novela es Trilogía de la guerra (Seix Barral 2018), que ha sido galardonada con el Premio Biblioteca Breve. Su último ensayo es Teoría General de la Basura (Galaxia Gutenberg, 2018). También es autor del Proyecto Nocilla (Alfaguara, 2006-2009), que consta de las novelas Nocilla Dream, Nocilla Experience y Nocilla Lab, galardonadas con diferentes premios y traducidas a varios idiomas. Autor del libro de relatos, El hacedor (de Borges), remake (2011) y de la novela Limbo (2014), también editada por Alfaguara. Es autor de varios poemarios premiados, que se hallan recogidos en Ya nadie se llamará como yo + Poesía reunida (1998-2012) (Seix Barral, 2015). Su libro, Postpoesía, hacia un nuevo paradigma, fue finalista del Premio Anagrama de Ensayo 2009.

Fuente: www.culturafnac.es/agustín-fdez-mallo