Poemas de la galerna

Gontzal Díez

Prólogo de Amalia Iglesias Serna

 

 

Perdón por la tristeza

    César Vallejo 

Se prohíbe estar triste

    Oquendo de Amat

 

DICEN que algunos ¿árboles sólo existen

para saber si hay aire.

No dan frutos: su madera es blanda en exceso

y su sombra raquítica.

No hay pájaro alguno qué anide en ellos.

Son para el aire, aseguran los lugareños

que para todo encuentran utilidad.

El resto de los árboles también tiene temblor de hojas,

dice el extranjero.

¡Qué arrogante es la ignorancia! piensan los paisanos

y se alejan silbando.

Mientras, los árboles se mueven

según cadencia, insistencia y distancia.

PALO DE LLUVIA

SUEÑA el agua con pestañas de árbol

y adquiere un ruido de bosque fúnebre.

Charcos portátiles:

una clausura de dolor libre,

una música de insectos acuáticos

en la falda de una niña risueña.

Un séquito de arpistas descalzos

vive en el vientre de la madera.

REHÉN DE LOS CERROS

PASAN cielos, pasan nubes,

pasan hombres

que miran al cielo

y nada ocurre.

Todo fue sueño, aún lo es.

 

 

 

Poemas de "Zaguán del cielo"
Colección Zurgai, 2014

 

 

Nadie está guardando la sombra

es el tiempo de robar los tatuajes al castillo.

Para lo efímero

 un círculo de tentativas.

 

Pero en esa galerna, el puerto y la tierra son el más terrible

peligro para el barco: debe rehuir toda hospitalidad; un

toque de la tierra, aunque sólo arañara la quilla, le haría

estremecerse entero. Con toda su energía hace fuerza de

velas para alejarse de tierra; al hacerlo, lucha con los mis-

mos vientos que querían impulsarlo hacia el puerto, y

vuelve a buscar todo el desamparo del mar sacudido, pre-

cipitándose perdidamente al peligro por ansia de refugio;

¡con su único amigo como su más cruel enemigo!

Herman MevIlle. Moby Dick 

De la mujer atormentada sólo queda la tormenta.

Inmaculada Corcuera

 

VÍRGENES DESCALZAS

Aquí están las frías vírgenes entre columnas,

las pequeñas lámparas de aceite

esperando...

Un tiempo de ríos, de cuerpos anudados

a noches de tránsito y lento idioma.

Las vírgenes descalzas saben de esperas

y noches inmóviles como el aceite, y ciñen su cuerpo

frágil de estatua y se desnudan con un gesto ignorado

y guardan así, con los pechos apuntando un fulgor

de impaciencia.

No hablan; — sólo un susurro de telas y plegarias,

de roce experto y delgado se escucha.

Aquí están las frías doncellas

con la espera encendida

como un suave

escote

descendiendo

hacia la noche

ALTURAS SÚBITAS (EP)

Álzate turbia de equilibrio en tu salpicadura

arremetiendo quilla truncada

contra los ojos lentos de la noche.

 

             Álzate con un invierno

             en los bolsillos y retén algo de luz

             por si te asalta la duda o el deseo

             de convertir

los versos

en membranas, en materia dúctil, y sombreen los bares

tu triste estancia.

Hay horas convertidas sentimentalmente

en satélites,

espacios que se nos escapan incluso en la galerna.

Sólo el acto ficticio de acumular altura

asombra

a los relojes, y forma grumos de paz entre la carne.

Hay recuerdos que no resisten un balcón

de alondras, otros en cambio

           aguantan la presencia plena

           y duran

           en calidad de estampa

           sobre los héroes.

ADVIENTO

Una mujer llora láminas de cinc en la cuaresma.

Donde el musgo despertar doblega

la testuz de los caballos.

Donde un rastro de alquimia convierte

blandas cigüeñas

en aves de salmo y cada vuelo habita

soles estupefactos, glaciares,

una memoria perdida

de centeno

con que entregarse a la ciudad.

La ciudad: húmeda y versátil

estación del alma.

INFORME MÚLTIPLE

El iris domesticado de los puentes

desciende correcto entre ciudades.

Trae un tiempo curiosamente gris, un susurro

de árbol por donde se escriben

 

geografías de alcohol en las mejillas.

Tu escueto informe decía de pájaros huecos

almacenando rastrojo, pero no.

Ahora la osadía de la noche no incluye

tu pecho poseído, ni el río de las ingles

abreviando torres de exilio en los portales.

RITUAL

Tu sed sólida de icono traiciona

el rito confuso del invierno.

Aun cuando el torso de lobo

recorta la silueta densa en la noche,

iluminas el rictus de los ríos.

Un vaivén de orujo te posee

alimentando horrores, y te incita

decorosamente

a levantarte los

tapices.

HISTORIA DE LA GALERNA

Ahora enloqueces en tu empeño solitario

de contar historias pequeñas por los parques

- para que alguien se estremezca con el miedo o la ilusión

de que esa historia menuda sea la suya, y tú

—portadora de silencios

extensos—

lo sepas.

EJERCICIO DE EQUILIBRIO

Pues lo bello no es nada

más que el comienzo de lo terrible...

     Rainer María Rilke

 

Aquí, lo decible, el manso caballo

y el límite acuoso de la galerna, la faz de ángel desorbitado

incluyendo exterminio o dementes fauces

con que sacrificar un solo símbolo.

Inmediato golpe que suplica vendimias.

Sed de noche inminente donde esconder

lo vulnerable:

aquello que los hombres convierten

en pájaro o víctima

cuando adquieren equilibrio.

Un solo punto perdurable transforma

la conciencia,

un solo fugitivo contacto adquiere cuerpo preciso,

volatiliza el tiempo; el pasado

surge de la cordura indestructible

del olvido.

DONNAFUGATA

Ella huía hacia los sauces, pero deseaba ser vista primero.

     Virgilio

 

DEJAR un rastro,

un perfume haciéndose crujido, una huella

urgente,

una leve brisa de hojas.

La oscuridad del bosque

reclama búsqueda.

El alma del cazador es una tormenta

de caricias.

Ser pausa, dejarse hundir lentamente

el filo del arma,

oler la furia que arremete,

sentir el aliento que se acerca.

Gozar del terror del encuentro.

Ser finalmente descubierto, felizmente hallado

con un sudor frío cegándote el rostro.

Enfrente, un jadeo que se clava en los ojos

y te toca

habitando todos tus resortes.

 

 

SONES

Las damas de la corte sangran senos de alondra.

     Luis Antonio de Villena

Yo me acuerdo de tus senos en forma de ciudad.

     Juan Larrea

 

La luna como una huella de vencejo albo

nos visita

como un ángel incómodo.

No hay amor ni intermediario.

Quizá una niebla o el exilio

asome solemnes intentos de piel

y esa luz o. conjuro externo nos una en un secreto

asedio a la ciudad desconocida.

 

MI PATRIA ES MI VENTANA

por la que arrojar mis costumbres.

Mi patria es mi cama,

en la que sonrojar a mis costumbres.

Mi patria es mi plato

y una sopa de sombras y galernas.

Mi patria es mi tabaco

y un cenicero de estaño.

vi patria es mi zapato

y mi otro zapato

porque tengo dos pies para huir de mi patria.

EL RETROVISOR

Veo por el espejo retrovisor

un coche idéntico al mío.

Al volante

alguien que soy yo sin serlo.

Acelero:

ambos aceleramos.

Quiere adelantarme

pero es imposible

que mi reflejo me alcance.

Insiste

y me asusto.

Continuamos así

por una autovía sin demasiadas curvas.

A la izquierda

hay un inmenso campo de girasoles.

Entonces me adelanta

y yo desaparezco.

 

 

Fuente y agradecimiento: Editorial El Sastre de Apollinaire, 2018

 

 

 

 

Presentación

En este lugar te seguimos pensando

Por Amalia Iglesias Serna

 

Hay un poema en este libro de Gontzal —que no pertenece estrictamente a Poemas de la galera, sino al hatillo de inéditos sueltos que aparecen al final y que hemos llamado «Otros textos inéditos» —, que he leído y releído muchas veces: «En otro lugar te pensarán», y que quiero traer Íntegro aquí porque nos sitúa de lleno en el lugar del poeta y de la alquimia poética; en su capacidad de trascender el tiempo y el espacio, de hacer girar sus pliegues para situarnos, desde su voz, en este presente sostenido de la poesía. Un poema que parece haber sido escrito para esta ocasión y para este lugar, donde, cinco años después, podemos seguir pensando a su autor Como si el tiempo no hubiera sucedido:

 

EN OTRO LUGAR TE PENSARÁN

Quizá de repente,

quizá con piedras azules en los bolsillos,

quizá con diminutos planetas en las manos.

Quizá te piensen con dolor

y con dulzura en otras ocasiones. .

Quizá te piensen con acento de pájaro.

Quizá digan tu nombre o

y pidan que seas bendecido

con un azar generoso

y que camines

sin miedo a las tormentas.

——— En otro lugar, a ras de cielo, te pensarán.

Quizá como una brisa

o cono un pequeño huracán.

Quizá como un águila risueña.

Muchos viven en nosotros,

pero también vivimos en otros

que aún no conocemos.

La vida consiste

en ir un paso por delante

de los fantasmas,

sin perderlos de vista,

y no dejar nunca que te adelanten

para solicitar habitación

en un motel de carretera.

Quizá alguien te piense

en el zaguán de la noche.

¡Es tan difícil saber si nos piensan!

¡Son tan frágiles los huesos del recuerdo!

En otro lugar te pensarán. |

Inaugurarán tu rostro

sin advertir tu estatura creciente.

Te pensarán sin mapa,

como una constelación de tendones.

Te pensarán en los cerros, en noches de frío.

En los zapatos OS

y en los charcos recién amanecidos

te pensarán.

Quizá, un día, tú también

pienses en quienes te pensarán.

O pienses en quien te pensará, a tu gusto.

 

Gontzal Díez falleció el 12 de junio de 2013, a los 52 años. Era un poeta y un hombre comprometido con la cultura desde muy joven. A comienzos de los años ochenta, cuando lo conocí en Bilbao, ni siquiera habíamos cumplido los 20 y él ya formaba parte de los miembros fundadores del grupo poético «Poetas por su pueblo» y de la revista Zurgas, que llegaría a ser una de las decanas de la poesía española. En torno a ese grupo maduró nuestra amistad de muchos años, en aquel Bilbao tan suyo, su ciudad, en la que nació y a la que regresó a morir, tan presente en sus poemas. Una ciudad hecha de poetas, el Bilbao de Larrea, de Unamuno y Blas de Otero, de la que Gontzal fue uno de sus mejores embajadores poéticos. El trabajo le llevó durante veinte años a Murcia, una ciudad que supo también hacer su ciudad («Podemos pertenecer a muchos lugares», escribe). Lugares donde todavía podemos pensarle.

Gontzal dejó dos libros inéditos: el último que escribió, Zaguán del cielo —que tuve también el privilegio de prologar—, que se publicó en 2014, al año siguiente de su muerte, y éste que ahora llega a la imprenta y que es el primer libro que Gontzal escribió con veintipocos años O, al menos, el primero que presentó a un premio (según él mismo confesaba), en 1986. Premio del que, por cierto, resultó ganador: el Euskadi Alonso de Ercilla del Gobierno Vasco. Conviene tal vez dejar constancia de que el libro no se editó entonces, aunque en las bases figuraba como parte del premio su publicación (probablemente sea el único de estos premios de ya larga trayectoria que haya permanecido inédito hasta ahora). A estas alturas ya no tiene mucho sentido urgar en las causas, tan sólo apuntar que a algún lumbreras que quería ahorrarle papel a la administración se le ocurrió la extravagante idea de editar en un solo volumen el libro premiado junto con los libros de varios finalistas, a lo que Gontzal, con buen criterio, se negó. Y Poemas de la galerna se quedó en un cajón durante 32 años, hasta este momento. Además de permanecer en ese cajón, este libro no ha dejado de estar presente en mi cabeza y en mi corazón durante todos estos años. En cada encuentro, ya fuera en Bilbao, en Murcia o en Madrid, en cada ocasión yo le insistía en que tenía que publicarlo, alguna vez estuve casi a punto de conseguirlo, pero no fue hasta poco antes de su muerte, en una de nuestras últimas conversaciones telefónicas, cuando me dijo que sí, que lo iba a publicar. Entre la escritura de lo que ahora son sus dos libros póstumos, el primero que escribió y el último, publicó Los poemas de Al Zeid (Premio Antonio Oliver Belmás, 2002), Poemas para una dramática elemental (2008) y Cusco (2009).

Para conocer a Gontzal Díez también es necesario saber que, además de un excelente poeta, fue un gran periodista cultural, fotógrafo más que aficionado, crítico literario y crítico de arte; un trabajador de la cultura con gran preparación intelectual, lector ávido y generoso, polemista comprometido con su tiempo, cuyo único modo de vivir, como para su verdadero padre poético, Juan Larrea, era el modo de la pasión. Poeta de raíz creacionista, cuyo código genético se inscribe en línea de continuidad con la modernidad y las vanguardias, en la búsqueda del lenguaje que trasciende lo cotidiano para acceder al espacio de la revelación. Devoto también de César Vallejo, de Huidobro, de Carlos Oquendo de Amat, de José Ángel Valente... Despreocupado de su propia obra y discreto hasta el extremo con sus versos, era capaz de contagiarte al instante el entusiasmo por un poema o por un poeta. La poesía siempre fue el centro de gravedad de todo lo que hacía, y no sólo está presente en sus libros de poemas, sino que impregna sus crónicas, sus reportajes, sus entrevistas. Y no es menor su dimensión periodística al servicio de la cultura: su labor en el periódico La Verdad de Murcia durante veinte años. Sus columnas tenían siempre el sello inconfundible de su estilo culto, poético y de sus puntos de vista tan personales. Entrevistó a prestigiosos escritores, y estoy segura de que la mayoría de ellos no habrán olvidado a aquel joven de aspecto bohemio que les hizo la entrevista más interesante de su vida (ahí están las hemerotecas para corroborarlo, como afirmaba Victorino Polo «esos más de trescientos textos periodísticos, entrevistas, reportajes, críticas... cuya publicación en libro sería una gran aportación a la cultura de nuestro tiempo»).

Volvemos a abrir ahora este su primer libro para comprobar que en él ya está en sazón la semilla de toda su poesía: poemas póstumos, Poemas de la galerna, que, por fin, dejan de ser inéditos. Un libro cuya calidad ya fue en su día revalidada por el jurado que le otorgó el Premio Euskadi Alonso de Ercilla, integrado por Rafael Conte, Bernardo Arrizabalaga, José Luis Merino, José Monleón y Fernando Savater. Un jurado que destacó la madurez del libro y su poética muy culta. Esta publicación viene ahora a reparar una injusticia poética. Este libro, que debió haber sido publicado hace 32 años, no ha perdido en ese tiempo ni un ápice de su fuerza poética, porque, como toda gran poesía, es intemporal y universal. Y lo digo desde el convencimiento de que es, además, una gran aportación a la poesía de nuestro tiempo. Releerlo me ha hecho recordar otros libros póstumos que ya forman parte de la historia literaria como los Poemas humanos de César Vallejo, o los poemas póstumos de Paul Celan, y también a algunos autores que prácticamente no publicaron nada en vida y hoy son imprescindibles en cualquier canon como Emily Dickinson o Franz Kafka. Ojalá este libro sirva para conocer mejor la poesía de Gontzal, además de reparar esa deuda de varias décadas y restituir su obra al lugar donde siempre debimos pensarla.

El 26 de diciembre de 1986, y a propósito de la concesión del Premio Euskadi Alonso de Ercilla a este libro, publiqué una entrevista con Gontzal en El Correo Español-El Pueblo Vasco (tengo delante de mí el recorte del periódico). Ya en esa fecha tan temprana define la poesía como algo que se oculta y se muestra al mismo tiempo, con las palabras de Virgilio: «Ella huía hacia los sauces pero deseaba ser vista primero. Un poema nunca enseña, se muestra desnudo frente al lector, tiene su grado de erotismo poético que consiste en que el lector lo logre desnudar o no. Existe el lector “voyeur” al que le excita la contemplación literaria del verso, pero que seguramente es el mejor lector porque el otro es el crítico. Ámo al lector “voyeur”, pero nunca prescindiría del crítico». Es curioso que, muchos años - después, Gontzal elaborase una poética (que incluimos también en este libro) en torno a esa idea virgiliana de lo que se muestra y se esconde, lo que pone de manifiesto que su nudo poético fundamental ya estaba apretado en este primer libro y demuestra también la fidelidad a la esencia poética que en él subyace. Un libro, como todos los suyos, capaz de crear nuevas emociones estéticas a través de sus arriesgadas y vibrantes imágenes: «Versos emboscados. En ocasiones la poesía también permanece, para ser verdadera y eficaz, escondida y al acecho, alerta, en idéntica actitud a la de un sabio y viejo piel roja tendido en la pradera». Y añade: «Pero, ¿cómo descubrirla? ¿Cómo descubrir ese verso acostado en la hierba?». Estoy convencida, lector, de que en este libro vas a encontrar esa poesía, ese «verso acostado en la hierba», un lugar donde pensarte.

 

 

 

 

Gontzal Díez del Hoyo (Bilbao, 1961 - 2013)
Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad del País Vasco. Máster en El Correo-UPV en 1989. Fue uno de los miembros fundadores del colectivo «Poetas por su pueblo» y de la revista Zurgai. Redactor jefe de la Ría del Ocio desde su creación, en 1987, donde se ocupaba especialmente de la sección de Literatura y Publicaciones. Durante esos mismos años trabajó también en el Centro de Documentación de Títeres de Bilbao. Desde principios de los 90 vivió en Murcia, donde trabajó como redactor en la sección de Cultura del periódico La Verdad. En ese periódico se ocupó también del suplemento cultural y escribió la columna semanal «Ni huerta ni cantón».

En 1986 obtuvo el Premio Euskadi Alonso de Ercilla del Gobierno Vasco con este libro Poemas de la galerna (que ha permanecido inédito durante más de treinta años) y el Premio Antonio Oliver Belmás, de la Universidad Popular de Cartagena, en 2002, por Los poemas de Al Zeid (Editora Regional de Murcia). En 2008 publicó Poemas para una dramática elemental (Tres fronteras) y, en 2009, Cusco (Ediciones Perdidas). En 2014 se publicó su libro póstumo Zaguán del cielo.